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Capítulo 45

—Ah, uf, ¡uuuf!   

Cada vez que Eckhart se movía, el cuerpo femenino frente a él también se sacudía violentamente. Eckhart movió sus caderas con rudeza deliberada.

—¡Haahk!

Cuando embistió como golpeando lo más profundo, Edith, que apenas se sostenía sobre sus brazos, terminó por alcanzar su límite y se desplomó sobre la cama. Pero Eckhart, sin inmutarse, la sujetó por las caderas con ambas manos y continuó con su movimiento.

—Parece que la has pasado bien durante este tiempo —dijo, satisfecho, mientras acariciaba sus nalgas.

La primera vez que la tomó, no tenía carne y se le notaban los huesos. Pero mientras él estuvo ausente, Richard debió haber cumplido con su deber, porque ahora el cuerpo de Edith dibujaba suaves curvas sin que sobresaliera hueso alguno. Aunque nunca antes había contemplado el cuerpo de otro con admiración, Eckhart pensó que el de Edith era bastante hermoso.

En ese mismo instante, la lujuria volvió a surgir en él. Eckhart rodeó con su brazo la cintura de ella, que yacía derrumbada, y la levantó. Le gustaba esa mujer que, a pesar de haberse rendido y caído, aún lo apretujaba firmemente desde abajo. El movimiento se reanudó. Ella, mientras dejaba escapar jadeos, cuando él le rozaba el punto sensible, se contraía con fuerza y derramaba sus jugos. En ese momento, Eckhart tampoco pudo contener el placer y soltó un leve gemido.

¿Acaso era demasiado para ella lo que tenía dentro? El cuerpo de Edith, que había estado emitiendo breves gritos, se quedó completamente flácido. Aun así, Eckhart no la soltó. Incluso contra ese cuerpo inconsciente, eyaculó varias veces más y solo después de un buen rato pudo recuperar el aliento.

Aunque había terminado, su ferocidad no se había apagado por completo. Como correspondía a alguien con sangre de lobo, incluso después de la eyaculación, su miembro permaneció obstruyendo el interior de Edith para que su simiente se asentara perfectamente, sin salirse.

—Haa…

Disfrutando de la satisfacción más instintiva, Eckhart posó su mano sobre la cintura de la inconsciente Edith. La piel suave y tersa se adhirió a su mano como si quisiera envolverla.

Durante su ausencia del castillo, esta escena no dejaba de venirle a la mente. La primera noche después de la boda, la tomó como un loco a ella, que ni siquiera había comprendido bien la situación. Eckhart no negaba que se debía a la lujuria física que había reprimido durante mucho tiempo.

Era un hombre extremadamente sano y vigoroso. Pero hasta que Hacklam se asentó de esta manera, había enterrado todos sus deseos y vivido como olvidándose de ellos. Que todo eso hubiera desbordado de golpe como una explosión hacía natural que se hubiera vuelto loco por aparearse.

Por más que la abrazara y la tomara, no era suficiente. El propio Eckhart no imaginaba que perdería el autocontrol de esta manera.

«Ni siquiera es la primera vez.»

¿Acaso no había saciado ya a placer su deseo en el bosque? No sabe cuánta satisfacción le produjo verla temblando de miedo, tragándose todo lo que él le daba. Por eso entonces tampoco supo contenerse e hizo todo lo que quiso. Hasta el punto de seguir moviéndose para satisfacer su deseo incluso después de que Edith se desmayara. Luego, cuando por fin se sentía satisfecho, abrazaba su cuerpo caído y lo acariciaba.

Cuando estaba consciente, se horrorizaba y forcejeaba por escapar, pero una vez desmayada, cada vez que él la tocaba, ella respiraba entrecortadamente y permanecía dócil en sus brazos. A Eckhart le gustaba bastante esa sensación. Verla así, sin saber en brazos de quién estaba, relajada y abandonada por completo…

Tras reflexionar un instante, se tumbó en la cama y colocó a Edith sobre su propio cuerpo. Entonces, el leve ceño fruncido de ella se relajó. Acto seguido, acurrucada en su cálido abrazo, adoptó una expresión cómoda. Eckhart abrazó aquel pequeño cuerpo. Le gustaba la sensación de sus suaves pechos aplastándose contra su pecho firme.

«Debería haber vuelto antes.»

Originalmente, planeaba regresar después de una semana. Que ese plazo se alargara a tres semanas se debió a varias razones. Primero, tenía que erradicar por completo a los espías del Emperador. En circunstancias normales, no habría matado a tantos. Porque cuanto más lo hiciera, más inseguro se volvería el Emperador y más afilaría sus garras. Pero esta vez, sin importarle algo así, se empeñó en matarlos a todos. Incluso a los que huían, a todos.

«Así, durante todo el invierno, nadie pondrá un pie en Hacklam.»

No deseaba que el Emperador conociera ninguna circunstancia de Hacklam. Al menos hasta que esta mujer concibiera un hijo suyo, quería que solo tuvieran tiempo de placer, sin ninguna interferencia, en este refugio del aislado campo de nieve.

«Mmm…»

¿Acaso no era suficiente para protegerse del frío con solo tenerlo en su abrazo? Edith se acurrucó aún más. Para ella, que temblaba ligeramente, Eckhart extendió la mano, cogió el abrigo de zorro  y se lo cubrió.

El abrigo tenía un brillo lustroso. Como adquiere más brillo cuanto más se usa, seguramente ella lo había llevado a diario durante su ausencia. Las comisuras de los labios de Eckhart se elevaron. La otra razón de su retraso era, precisamente, el zorro lunar.

Al principio pensaba cazar algunos y regresar, pero se le ocurrió hacerle uno lo suficientemente grande para que ella pudiera cubrirse y dormir bien, y se obsesionó con la cacería, y cuando quiso darse cuenta, ya habían pasado tres semanas. Incluso los caballeros que hasta entonces le seguían sin rechistar llegaron a bromear sin sentido: —Jefe, ¿acaso el zorro lunar le hizo algo malo?. Tal fue su dedicación a la caza del zorro lunar.

Hasta tal punto que los zorros lunares que merodeaban por los alrededores del castillo de Hacklam pasando el invierno huyeron de él, más allá de tierras inexploradas ni siquiera cartografiadas. Pero Eckhart no era de los que se rinden. Persiguió a los zorros hasta allí y los cazó.

Los zorros lunares que atrapó así fueron veinte. Antes de venir a esta habitación, se los entregó todos a los sirvientes, así que esos serán rápidamente preparados y pronto estarán en esta estancia.

Imaginar a Edith durmiendo plácidamente cubierta por lo que él había hecho con los zorros lunares que cazó le producía, de algún modo, un buen sentimiento.

Robin: mmmmmm medio ganas mi corazon kks 7%

Eckhart bajó la mirada para observar a Edith, que yacía dormida sobre su pecho. Ya sabía que esta mujer era sensible al frío. Cuando estaba en el convento, cada vez que soplaba un poco de viento, se encogía abrochándose el cuello del vestido.

Por eso pensó que estaba bien. El frío glacial de Hacklam se convertiría en una barra de hierro que le impediría escapar de este lugar.

«Aunque incluso si no hiciera frío, no creo que intentara huir.»

Es una mujer criada como un recuerdo dentro del palacio separado. Una mujer sola en el mundo, sin familiares ni allegados con los que relacionarse. Ahora, tratada como la mujer más preciada en Hacklam, podrá tener una vida en la que obtendrá todo lo que desee. ¿Cómo iba a querer irse de aquí?

Eckhart extendió la mano y apartó su desordenado cabello, colocándolo detrás de la oreja. Así pudo ver su rostro pálido. Un rostro tan inocente que no se podía pensar que era la mujer que hasta hacía un momento había estado enredada con él en actos desordenados, lanzando gritos de placer.

Acarició el rostro de Edith. Su cara, que cuando la trajo por primera vez estaba hundida, ahora también había ganado carne y estaba tersa. Hasta sus labios parecían haber hinchado, y al presionarlos con el pulgar, la textura era agradable.

«Tiene sangre.»

La vio morderse los labios cada vez que él embestía con fuerza. Le resultaba divertido ver cómo se esforzaba por contener los gemidos, por eso la embestía aún más brutalmente.

Debido a tanto esfuerzo, tenía sangre en los labios. Al ver eso, Eckhart abrazó su cuerpo y la subió un poco más. Quedaron tan cerca que sus labios casi se tocaban.

Tras mirar sus labios un momento, cuando estuvo a punto de acercarse aún más, Eckhart se detuvo, sorprendido por su propio acto. Ahora mismo, estaba a punto de devorar los labios de esta mujer.

Le pareció absurda su acción. ¿Para qué querría besarla? Esta mujer era un ser necesario para la sucesión de Hacklam. Para dejarla preñada, el beso es un acto inútil. En ese tiempo, más bien meter su miembro enfurecido entre sus piernas una vez más sería más acorde a su propósito. Entonces, ¿por qué?

Un tanto avergonzado, Eckhart bajó la mano que acariciaba los labios y tanteó el cuello de Edith. Entonces descubrió una marca en su cuello. En cuanto la vio, supo qué marca era.

«Ese Richard, ¿estará intentando marcarla?»

Ya suponía que Richard y Edith se llevarían como la pareja ideal. Desde el momento en que Richard vio a Edith por primera vez, puso cara de estar embobado. Si él no le hubiera ordenado que se comportara, seguro que habría entrado al convento con esa misma cara de idiota.

Aunque seguramente no sepa cómo se produce la marca, está claro que su instinto guió su cuerpo. Habrá intentado tocarla de cualquier modo posible.

«Huf…»

Al pensar en la marca, la expresión de Eckhart se endureció.

Todos creían que él había marcado a su antigua prometida en el pasado.

«Pero no lo hice.»

No mencionó ese hecho a nadie. Como nadie sacaba a relucir a su prometida, él tampoco tuvo la oportunidad ni la necesidad de sacar el tema primero.

Eckhart, mientras acariciaba la marca del cuello, subió un poco más a Edith. Y entonces, mordió justo sobre la marca que Richard había dejado. Como si quisiera cubrir esa marca.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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