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Capítulo 86

En la oficina se instaló un pesado silencio. Fue Richard quien lo rompió primero.

—Parece correcto que el líder cumpla con su deber, ya que ha admitido que la señorita Malea sigue con vida.

La voz de Richard se volvió un poco más baja al llegar a ese punto.   

—Como cuando fue a buscar a Edith.

Quien se había apresurado a salir del castillo más que nadie ante la mención de que podría existir un híbrido, y además con una mezcla de sangre muy leve, fue Eckhart.

—…Tú.

—Si sospecha que es una trampa del ejército imperial, ¿qué tal si se mueve por su cuenta para verificarlo, líder? Si lleva a algunos de los caballeros más ágiles, no habrá mayor problema.

Como si no hubiera escuchado las palabras de Eckhart, Richard continuó hablando con total naturalidad. Eckhart lo fulminó con la mirada. ¿Por qué? ¿Cómo era posible que Richard, que hasta ahora había sido como una extensión de sí mismo, se le opusiera de manera tan abierta?

Solo podía imaginar una razón. El haber pasado tiempo con Edith haciéndose pasar por el propio Richard. Richard estaba furioso por eso.

A pesar de haberlo visto junto a Edith, había actuado con normalidad, como si nada hubiera pasado. Por eso, Eckhart había perdido la oportunidad de justificar lo que hizo. De hecho, sería extraño incluso intentar disculparse. Aquello no fue más que una pequeña broma.

Después de todo, el tiempo de Edith era enteramente de Eckhart. Solo le había concedido un poco por misericordia, y ahora resulta que Richard pretendía que era completamente suya.

—Richard. ¿Acaso has olvidado lo que eres?

—No lo he olvidado.

—Entonces, ¿cómo debo interpretar esta actitud tuya ahora?

—Solo estoy recordando al líder, como su leal sombra, lo que es apropiado que haga.

Eckhart desistió de seguir hablando. Se dio cuenta de que, dijera lo que dijera, Richard no se echaría atrás.

—Ve y transmite eso a los caballeros. Que mantengan sus posiciones. Que si sale uno más antes de que yo dé la orden, esta vez le cortaré el cuello directamente a ese desgraciado.

—…Entendido.

Richard inclinó la cabeza como de costumbre y salió de la habitación. En la estancia flotó un silencio aún más largo que cuando estaban los dos.

***

El ambiente en el castillo se tornó hostil en un instante. Quienes pensaban que Eckhart se movería esta vez, al escuchar la orden transmitida por Richard, patearon el suelo con expresiones a punto de estallar. Hubo incluso quien arrojó su armadura con violencia. Creían que por fin podrían salir a rescatar a Malea, pero al recibir la orden de permanecer quietos, les resultaba difícil contener esa indignación.

Mientras tanto, se extendió rápidamente el rumor de que las opiniones de Eckhart y Richard estaban divididas. Por eso, el ambiente se volvió aún más turbulento. Ante la noticia de que Richard, quien nunca antes se había opuesto a Eckhart, había mostrado una opinión diferente, las voces que cuestionaban si el líder estaba tomando una decisión equivocada se hicieron cada vez más fuertes.

En medio de todo esto, quien se movía afanosamente era Abir. En circunstancias normales, habría estado rodeada por los caballeros que la seguían. Pero ahora, todos los que solían merodear a su lado habían salido del castillo. Tanto el vicecomandante como aquellos que habían entrado con ella a su habitación.

Como si no le gustara esa sensación de vacío, Abir recorría el castillo buscando a otros caballeros.

—Me preocupa que quizás ellos hayan salido arriesgándose por algo que dije sin pensar. Espero que todos regresen a salvo.

Ante las palabras de Abir diciendo que estaba preocupada, algunos le dirigieron miradas de lástima, mientras que otros pusieron expresiones de desagrado. No todos los caballeros sentían aprecio incondicional por Abir. Aunque al principio la recibieron bien, con el paso del tiempo muchos se fueron distanciando de ella. Abir fue la primera en notar ese cambio.

«No puedo estar sacándome sangre todo el tiempo.»

Ya por la mañana se había arrancado toda la piel debajo de las uñas. Además, aunque hiciera eso, la reacción de los caballeros ya no era tan inmediata como antes. La prueba era que incluso ahora, frente a ella, había quienes la miraban con indiferencia.

—Más bien, ¿Caleb se fue a la habitación de la señora?

—Seguro. Viste lo emocionado que estaba desde ayer.

Los caballeros desviaron su atención hablando sobre Caleb. Abir también miró hacia donde ellos señalaban. En ese instante, sus ojos se encontraron con los de Edith, que estaba de pie mirando hacia afuera. Abir le sonrió sin apartar la mirada. Entonces, incluso desde lejos, se notó cómo el rostro de Edith se endurecía.

Satisfecha con esa expresión, Abir se dio la vuelta.

Aunque había sonreído con suficiencia, por dentro estaba consumiéndose.

«¿Por qué diablos no sale todavía?»

Los caballeros se habían ausentado sin permiso. En cualquier orden de caballeros, eso se castigaba como un delito grave. Por eso pensó que Eckhart saldría inmediatamente tras la fuga del vicecomandante, pero él seguía inmóvil en el castillo Hacklam. Como si supiera qué intenciones tenía Abir al venir.

«…No es posible.»

Si fuera así, ya le habría cortado el cuello y lo habría colgado en el castillo.

Pero por más que intentara tranquilizarse, la impaciencia la invadía. La razón por la que había entrado aquí, incluso recibiendo el cabello y la sangre de Malea, era para dividir y hacer salir las fuerzas de Hacklam. Sin embargo, solo habían salido cinco caballeros.

«Si esto sigue así… parece que no me darán lo prometido.»

Abir recordó la habitación de Edith que había visto fugazmente. Cuando Edith no estaba, había ido hasta allí intimidando a una criada del castillo. Pero entonces la criada encargada de Edith se horrorizó y la echó diciendo que no era un lugar al que se pudiera venir sin permiso, así que solo pudo vislumbrar la habitación de Edith a través de la puerta entreabierta.

«Era lujosa.»

Las ropas que Edith llevaba puestas eran lujosas, pero su habitación también era especialmente hermosa y suntuosa, hasta el punto de recordarle al palacio imperial. En el momento en que lo vio, Abir lo decidió. Si todo salía según lo planeado, se quedaría con esa habitación. Se quedaría con lo que Edith vestía, incluso con su habitación.

Al recordar a Edith, rechinó los dientes. Abir recordaba vívidamente la expresión de Edith cuando le arrojó las monedas de oro.

«¿Quién se cree que es?»

Solo tiene la suerte de que por parte de su madre corre una mínima cantidad de la sangre de estos lobos negros. Si ella hubiera sido de ese linaje, quien habría subido a aquel lujoso carruaje ese día habría sido ella. Todo esto podría haber sido suyo…

Abir se mordió el labio. La ira dirigida hacia un solo punto ardía rápida y fácilmente. Su misión era hacer salir a los caballeros de Hacklam como fuera, pero parecía que no habría mayor problema si hacía una cosa más.

«Dicen que desde mañana volverán los que salieron.»

Una de las criadas del castillo Hacklam, aprovechando el ambiente revuelto, le había hecho una propuesta a Abir. Que si más tarde la señorita Malea regresaba, la recomendara como su criada personal. A cambio, le informaría de la situación actual del castillo. Por supuesto, Abir aceptó encantada su propuesta. No hay nada más fácil de usar que alguien que hace una promesa. Solo hay que sacarle todo lo que se pueda y luego no cumplir.

Gracias a eso, Abir también supo de Roquesha, la doncella personal de Edith. Y que Roquesha había estado presumiendo por ahí de que cuando llegara la primavera, ella iría a la capital.

«Jugar con una chica de campo que tiene esos sueños no es nada difícil.»

Abir regresó a su habitación. Nada más entrar, el olor penetrante dejado por el coito del día anterior le golpeó la nariz. Abriendo la ventana de par en par, retiró todas las mantas de su cama y las arrojó al suelo.

«Los que salieron, morirán.»

En varios lugares alrededor de Hacklam, los caballeros imperiales enviados por el príncipe heredero estarán escondidos. Y no solo hay humanos. En un lugar alejado del camino por donde Abir había venido, había un carruaje con forma de caja gigante, sin una sola ventana. Alrededor de ese carruaje había magos por todas partes, así que dentro seguramente habría algo horrible y poderoso. Cosas que pudieran matar a Hacklam.

«Todavía hay tiempo.»

Aunque esta vez solo salieron cinco, si avivaba un poco más el conflicto entre los caballeros y agitaba la opinión, otros caballeros acabarían saliendo también.

«Tengo que ganar más méritos como sea.»

Así después podría reclamar cuánto se esforzó por esta misión y obtener lo que deseaba.

Abir se cubrió con una manta nueva y cerró los ojos, pensando que al día siguiente tendría que moverse con más afán.

***

Así, Abir, que se había quedado dormida, despertó al oír un alboroto afuera.

—¿Qué pasa?

Salió de la habitación, agarró a una criada que corría presurosa y le preguntó. La criada, como si fuera increíble que no lo supiera, le gritó:

—¡Ha llegado la señorita Malea! ¡Ella ha vuelto con vida!



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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