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Capítulo 73

Caleb movió las manos con cautela. La sensación suave y cálida del seno que llenaba sus palmas era más embriagadora de lo que jamás había imaginado.   

Desde que vio a Eckhart y Edith juntos en el invernadero, cada vez que se quedaba quieto, esa escena acudía a su mente una y otra vez. Y lo que más le incomodaba en esos momentos era el cuerpo de Edith.

No es que fuera la primera vez que veía un cuerpo humano desnudo. Los caballeros siempre andaban semidesnudos, así que estaba más que harto de ver sus cuerpos. Los cuerpos de las mujeres también. A veces, mientras recorría el castillo, los veía aunque no quisiera. Pero en aquel entonces no sentía nada. Para Caleb, los cuerpos de las mujeres en el castillo no eran muy diferentes de los cuerpos de los gatos que pasaban por ahí.

Entonces, ¿por qué al ver el cuerpo de la señora se le cortó la respiración y con solo recordarlo se sentía mareado?

Y ahora, por fin, había tocado el cuerpo de esa hermana. Pensó que solo quería tocarlo. Como las piedras de colores bonitos o las plumas de ave que a veces recogía cerca del castillo, solo quería tocarlo porque era bonito; quizás, si lo tocaba una vez, dejaría de pensar en ello todo el día.

«No es eso».

Pero en el momento de apretar, Caleb lo supo. Esto no era algo que solo quisiera tocar porque era bonito. Es cálido, suave, está vivo. Sintió los latidos del corazón de Edith, que retumbaban al otro lado de la palma de su mano. Le pareció tan asombroso.

Es natural que el corazón lata porque está vivo, pero nunca había sentido los latidos de otro ser que no fuera el suyo propio. Su madre lo maldecía y su padre era un ser demoníaco. Eckhart, que lo rescató de ellos, lo trataba bien, pero para Caleb siempre era un superior ante el cual debía mantener la distancia e inclinar la cabeza.

Por supuesto, tampoco tenía trato con los caballeros ni con los sirvientes del castillo, así que lo único que Caleb podía sentir eran sus propios latidos. Pero ahora, a través del cuerpo que tocaba, podía sentir los latidos de la señora. Era increíble.

Caleb hundió su rostro en el pecho de Edith. No solo era agradable por lo suave y cálido. Poder estar tan cerca de alguien, y encima de alguien que no lo odiaba, eso llenaba a Caleb de alegría.

Tras escuchar los latidos de su corazón por un momento, giró la cabeza y tiró de la ropa de Edith hacia abajo. Toc. Con el sonido de un botón al soltarse, el frente de la túnica se abrió y el pecho de Edith, ligeramente sujeto por la tela, quedó al descubierto. Caleb no pudo contenerse más y, abriendo grande la boca, lo tomó como si quisiera devorarlo.

—¡Ah! ¡Cale, b! ¡Ah, eso no…! —Edith, que había intentado apartarle la cabeza, se sobresaltó y sacudió el cuerpo cuando él, como si fuera a hundirse en el centro de su pecho, pinchó con la lengua levantada. Pero Caleb no se separó.

Su cuerpo, que se había vuelto sensible a los estímulos mientras estaba con Eckhart y Richard. Aunque no era un estímulo tan brusco como el que ellos le daban, quizás por eso mismo, su cuerpo reaccionaba mucho más rápido. Bajo la tela húmeda, el pezón se endureció y erectó. Caleb, más entusiasmado, succionó.

Edith no podía recuperar la cordura. Era un niño al que consideraba como un hermano pequeño. Por muy grande que se hubiera hecho, para ella seguía siendo un muchacho. Pero ese muchacho, en un instante, tenía rostro de hombre y estaba excitándola. Lo que más la confundía era el hecho de que su cuerpo se excitaba con demasiada facilidad ante las acciones de Caleb.

Sus acciones no eran bruscas. No sentía dolor cuando le apretaba el pecho, ni cuando lo succionaba como ahora. Desde el principio, el placer la invadió y Edith pronto se sintió incapaz de soportarlo. Creía que todo placer comenzaba con el dolor, pero el placer que Caleb le daba era diferente a todo lo que había experimentado hasta entonces.

Caleb, que había estado lamiendo la tela durante un buen rato, finalmente logró subirle la ropa interior a Edith con la fuerza. Debido a eso, sus senos, que se habían escapado por el costado, sobresalieron aún más. Caleb, con el rostro aturdido, contempló los montículos blancos frente a él. Luego, besó la cima rosada de uno de sus pechos.

—Es tan… bonito, señora… Yo, esto es realmente… —Ante los elogios de Caleb, como embelesado, Edith sintió que el rostro le ardía de vergüenza. La mirada de Caleb recorrió su pecho, húmedo y brillante.

Caleb puso un dedo con cuidado sobre la punta erecta. Edith cerró los ojos con fuerza, pensando que iba a tirar de él. Pero Caleb solo mantuvo la yema del dedo quieta sobre ella. Luego, extendió la mano hacia un lado y acarició el costado del pecho. Era un toque tan cuidadoso como si estuviera manejando un objeto que pudiera romperse con la más mínima fuerza. Y, sin embargo, con la uña ligeramente levantada, arañó suavemente el tembloroso pezón.

—¡Ah…!

Edith tembló entre cosquillas y placer. El toque se volvió más insistente. Acariciaba el costado y luego, suavemente, rascaba la piel sensible bajo el seno. Después, volvía a subir y tiraba ligeramente del pezón. Con la estimulación repetida, su cuerpo, lejos de acostumbrarse, se volvía cada vez más sensible.

El rostro de Edith se sonrojó aún más. Mordisqueaba los labios para no soltar jadeos indecorosos, pero ella misma lo sabía. Cada vez que la mano de Caleb la tocaba, una sensación punzante le recorría la columna y se extendía por su cuerpo. El placer que, a su antojo, le recorría el cuerpo y regresaba, se acumulaba entre sus muslos.

Caleb siguió concentrado en manosear el pecho de Edith durante un buen rato. Se sentía orgulloso. No mordió, no pellizcó. Incluso al tocar, con una mirada cautelosa, no quería dejar ninguna marca en su piel blanca. Sin embargo, la imagen de las marcas rojas de sus dedos que quedaban en ella hacía palpitar su entrepierna.

Cada vez que él se movía, la señora emitía un sonido bonito. Su respiración se volvía cada vez más agitada y su cuerpo se teñía de rojo. Lo que más alegraba a Caleb era que los brazos que antes intentaban apartarlo ahora rodeaban su cuello.

Caleb, tal como había visto y aprendido, se introdujo entre los muslos de Edith. La falda, arremangada sin control, dejó ver sus largas y delgadas piernas blancas. Envolvió esas piernas alrededor de su cintura y se inclinó. Las piernas abiertas forcejearon, pero cuando él volvió a chuparle el pecho, pronto rodearon su cintura.

El suave seno se enredó en su lengua. Como todos los mamíferos, Edith también debía tener leche dentro. Así que, si succionaba con ganas, ¿quizás podría probar la leche de la señora?

Con ese pensamiento, su lengua se movió con más avidez. Nunca había probado la leche materna. Pero a veces veía a madres amamantando. Cada vez, incluso desde lejos, podía oler un aroma dulce… ¿Cuánto más dulce sería la leche de la señora?

ÑAM, ÑAM. 

Resonaba el sonido de chupar la carne húmeda. Entonces, en el momento en que succionó con fuerza el pezón endurecido, como un niño que mama…

—¡Aaaaah…!

Edith soltó un largo gemido. Sus dos piernas, vencidas por el placer contenido, rasparon la cama temblorosas y, sin poder resistir más, cayeron sobre el colchón. Sintió que la zona entre sus muslos se humedecía. Solo con que le chuparan el pecho, había alcanzado el clímax.

Edith, que había estado jadeando durante un buen rato, se giró para intentar escapar de debajo de Caleb.

Tenía que calmarlo. Era un niño que obedecía bien. El mismo que, con una simple seña, inclinaba la cabeza y se golpeaba el pecho diciendo que le ordenara lo que fuera. Así que, si su excitación se calmaba un poco, ¿quizás podría terminar aquí?

Fue cuando Edith albergaba esa esperanza.

—Aquí estaba.

—¿Eh…?

Ante la voz de Caleb, como si hubiera encontrado algo, Edith bajó la mirada. Caleb miró entre sus muslos y de repente hundió su rostro allí.

—¡Caleb!

Edith, aterrorizada, intentó apartarlo. Pero Caleb, sujetando firmemente ambos muslos con sus dos manos, miró fijamente entre sus piernas.

Cuando se encontraba con Eckhart, percibía el intenso aroma de Edith que emanaba de él. Un aroma muy denso que también impregnaba los alrededores del invernadero. Era similar al aroma habitual de Edith, pero mucho más fuerte y embriagador. Un aroma mareante que, sin saber por qué, agitaba su respiración y le hacía querer enterrar la nariz en él para siempre. Sin embargo, cuando él estaba con Edith, no podía oler ese aroma. Por eso Caleb sentía curiosidad. ¿Dónde diablos se impregnaba el señor Eckhart de ese olor? ¿En qué parte de la señora…?

Inclinó la cabeza y, de una vez, hundió la nariz en el sexo de Edith.

—¡No! ¡Caleb, ah, por favor, basta!

Caleb lamió su sexo con más insistencia que cuando le chupaba el pecho. La lengua de Caleb se movió sobre la ropa interior ya empapada por tanta humedad. Como si fuera a penetrar junto con la tela, pinchó con la lengua levantada, y luego, como si fuera a tragárselo todo, abrió la boca y mordió y succionó su sexo.

—¡No hagas eso! ¡Ah, no! ¡Está su…! ¡Ugh!

Con cada succión de Caleb, destellos de luz aparecían ante los ojos de Edith. Creía haber experimentado ya todo el placer del mundo, pero con cada chupada de Caleb, una nueva sensación le hormigueaba en las corvas y el cuerpo se le quedaba sin fuerzas. Después de un rato, Caleb levantó la cara de entre sus muslos. Al ver su rostro, con la boca y la nariz humedecidas por un líquido brillante, Edith quiso llorar. Porque sabía perfectamente de quién provenía aquello.

A diferencia de ella, que sentía tanta vergüenza que quería desmayarse en ese mismo instante, Caleb tenía el rostro aturdido, como drogado. Edith aprovechó ese momento para soltarse. Aunque sabía que él tenía derecho a estar con ella hoy, no podía soportar más.

En el momento en que iba a levantarse de la cama, con un sonido seco, su cuerpo fue arrastrado de nuevo hacia ella. Al volverse, vio a Caleb mirándola con los ojos brillantes.

—Caleb…

—Señora.

Él la atrajo y la abrazó.

—Aún no puede irse.

Y luego, restregando su mejilla contra el hombro de ella como un niño mimado, dijo:

—Le chuparé más la leche y el coño.

Robin: Ya lo perdimos se volvio salvajeeee



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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