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Capítulo 72

A pesar del significado de sus palabras, su sonrisa era tan inocente que Edith se quedó sin habla por un momento. ¿Habría tomado su silencio como un rechazo? Caleb tiró de la muñeca de Edith, a la que aún tenía agarrada. El cuerpo que estaba a un paso de distancia se acercó hasta quedar justo frente a ella.  

Caleb soltó su muñeca y, tras dudar un instante, la rodeó con sus brazos por la cintura. Sus cuerpos se pegaron aún más y su rostro se acercó. Hasta hacía un momento sonreía alegremente, pero ahora su expresión era la de alguien ligeramente enfadado. Era una expresión que había visto a menudo en el joven Caleb. La misma que ponía siempre que ella le señalaba algo que entendía mal.

En el invernadero, Caleb no paró de parlotear, deseoso de decirle algo, cualquier cosa, a Edith. Pero, ¿qué podía saber Caleb, que había vivido toda su vida de manera anómala? Aunque Edith tampoco es que supiera muchas cosas, pudo darse cuenta de inmediato de la ignorancia de Caleb. Entre todo lo que dijo, lo que realmente la dejó sin palabras fue su comentario sobre los bebés.

—Sé cómo se hacen los bebés.

La primera vez que Caleb dijo eso, ella se sobresaltó y lo miró. Entonces Caleb, como preguntándose por qué se sorprendía tanto, ladeó la cabeza y continuó hablando.

—El Lobo Negro, nuestro antepasado, los trae mientras la gente duerme y los deja.

—…

—Dicen que el antepasado observa de lejos a las personas que van a ser papá y mamá. Si piensa que son demasiado débiles y no podrán criar bien al bebé, no se lo da.

No recordaba qué expresión había puesto entonces. Pero al verla, Caleb se sonrojó, así que debió de ser una cara de completa incredulidad.

—¡Es de verdad! ¡Los caballeros me lo dijeron en secreto, diciendo que era un misterio!

Cuando le dijo a Caleb, que saltaba indignado, que parecía que le había engañado, él lo negó rotundamente, como si hubiera recibido un gran golpe, diciendo que no podía ser. Incluso llegó a dudar de que el párroco estuviera equivocado. Cada vez que eso pasaba, Caleb miraba a Edith con el labio inferior hacia afuera, haciendo un puchero. Ahora mismo, su cara era exactamente la misma que entonces.

Edith se sintió incómoda con la situación, pero por otro lado, también sintió alivio. Desde que supo que tendría que estar con el ganador de este torneo, había sentido como si tuviera una pesada piedra sobre el pecho en todo momento.

Aunque no había conocido personalmente a muchos caballeros, todos ellos siempre la miraban con ojos llenos de deseo. Con solo ver esas miradas, podía saberlo. Supiera quién ganara, ella pasaría una noche muy difícil. El tiempo que podrían pasar juntos era de un mes. Y además, solo se les permitía el último día de cada semana, así que, como mucho, ganaba cuatro noches.

Para entonces, Edith ya sabía bien lo mucho que los Hacklam se tomaban en serio la concepción. Tanto Eckhart como Richard, que podían abrazarla en cualquier momento, no se cansaban de hacerlo cada noche, ¿verdad? Si tenía que acostarse con alguien a quien solo se le daban unas pocas oportunidades, estaba claro que sería aún más severo que esos dos. Sin embargo, la noche que tanto había temido la pasaría con Caleb, quien creía que los bebés los traía Dios.

Edith miró el rostro de Caleb, que parecía estar muy enfadado. Pensó, de repente, que Caleb era realmente hermoso.

Ya lo era cuando tenía aspecto de niño. Quizá era porque tenía un aspecto diferente al de los demás Hacklam, pero, por alguna razón, Caleb atraía su mirada de manera especial. Incluso cuando andaba hecho un desastre, era un niño al que no podías evitar seguir con la vista. Aunque llevara ropa sucia y el pelo hecho un nido de pájaro, se notaba que era guapo. Por eso a veces le daba pena. Pensaba que, si Caleb hubiera crecido sin problemas, se habría convertido en un joven tan apuesto que todos se volverían a mirarlo.

Y ahora, Caleb había crecido exactamente como ella lo había imaginado.

—Caleb.

Edith puso su mano en la frente de él, que, aunque estaba muy enfadado, la miraba fijamente. Su cabello, aún húmedo, estaba hecho un desastre. Cuando ella le arregló el pelo revuelto, Caleb cerró los ojos, como si se sintiera bien. Entonces, los dedos de ella rozaron una zona lastimada. Por suerte, ya no sangraba, como si estuviera empezando a cicatrizar.

Cuando Edith acarició la zona cercana a la herida, Caleb acercó aún más la cara, como pidiendo que le siguiera tocando. Ante esa actitud tan parecida a la de un gato, Edith soltó una risita y habló.

—Debes de haberlo pasado mal enfrentándote a todos esos caballeros. Vete a dormir ya. Me quedaré aquí a tu lado.

Aunque su apariencia hubiera cambiado, Caleb seguía siendo Caleb. Como siempre le había gustado estar cerca de ella, con solo dejarlo estar a su lado hasta que se durmiera, se portaría bien y estaría tranquilo. Y también tendría que preguntarle qué era eso de lo que hablaba con tanta seguridad.

Pensó que así, contento, se iría a la cama, pero, contra todo pronóstico, Caleb no soltó los brazos con los que la rodeaba y dijo:

—¿Sigue pensando que no sé nada?

—¿Caleb?

—Es que sí que lo sé.

—¿De qué estás hablando…? ¡Ah!

Edith, al sentir que su cuerpo se elevaba de repente, forcejeó sorprendida. Antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo cayó sobre algo mullido. Al levantar la cabeza, vio el techo familiar y, junto a él, el rostro de Caleb, que se había vuelto a convertir en un extraño.

—Yo… lo vi todo.

Caleb, mientras decía esto, parecía inmensamente feliz. Como un niño a punto de empezar un juego divertido.

—¿Que viste qué…?

—Lo que hacía con el señor Eckhart en el invernadero.

—¡……!

Ante la respuesta de Caleb, Edith se quedó muda de la impresión. Al ver su expresión, Caleb, feliz como alguien que acaba de dar la respuesta correcta, agarró ambas muñecas de Edith y las presionó suavemente contra la cama.

—Yo… lo vi con atención aquella vez. Porque era la primera vez que veía a la señora… con esa expresión… disfrutando…

La respiración de Caleb, al recordar esa imagen, se volvió entrecortada.

Se había enfrentado al torneo con todo, como si le fuera la vida en ello. No recordaba a cuántos había derrotado hasta el final. Hubo varios momentos en medio en los que quiso declararse derrotado y rendirse. Claro que era un torneo más feroz de lo habitual, pero los caballeros Hacklam se volvían mucho más violentos cuando se enfrentaban a Caleb. Aun así, no se rindió hasta el final. Cada vez que los caballeros arreciaban, Caleb pensaba que debía resistir. No podía permitir que esos brutos estuvieran con la señora. Seguro que harían pasar un mal rato. Quizá incluso le pegaran.

«Pero yo… Yo le haré disfrutar. Más que el señor Eckhart…»

Él hundió el rostro en el cuello de Edith, que seguía paralizada por la sorpresa. Entonces, la fragancia que siempre olfateaba con cuidado cuando estaba a su lado inundó por completo su pecho. Sacó la lengua y lamió con cautela su piel, increíblemente suave y blanca.

—¡Ah!

Ante la repentina estimulación en el cuello, Edith se estremeció, sobresaltada. Al oír el sonido que hizo Edith, Caleb sonrió con más alegría. Tal y como él había visto. La señora tenía el cuello sensible. Por eso, aunque al principio soltaba jadeos de cansancio, cuando Eckhart le mordisqueaba el cuello, no tardaba en emitir esos dulces sonidos, ¿verdad?

Continuó con lo que estaba haciendo. Quizá no esperaba que él actuara así, Edith seguía sin poder moverse, paralizada por la sorpresa.

«Es normal.»

Al igual que los demás, la señora aún debía de encontrar extraña su nueva imagen, que había crecido de repente. Pero pronto lo entendería. Entendería que el suyo de abajo podía llenar el de ella tanto como el de Eckhart.

Caleb decidió esforzarse un poco más. El tiempo que le habían concedido no era mucho. Así que debía dar lo mejor de sí en ese tiempo. Caleb solo deseaba una cosa. Que la señora disfrutará aún más. Y que así, desprendiera ese éxtasis embriagador que hasta ahora solo había estado impregnado en Eckhart y en Richard.

Los labios que habían estado jugueteando con su cuello descendieron. La mano de Caleb ya estaba apretando el pecho de Edith. Caleb, que había actuado con tanta seguridad, se sintió desconcertado. Como nunca en su vida había tocado la ropa de una mujer, no sabía cómo debía quitársela.

Pero sabía muy bien lo que había debajo de aquella ropa. Aquella blancura, aquella cosa exuberante que había captado su mirada cuando la vio a escondidas. Esa cosa bonita que él no tenía, debía de estar ahí abajo.

—Lo siento… No sé… cómo se desabrocha esto.

La respiración de Caleb se volvió agitada. Se incorporó y se colocó encima de Edith. Atrapándola entre sus piernas, agarró el pecho de ella con ambas manos. Edith, anticipando el dolor que vendría después, se preparó y cerró los ojos con fuerza. Al verla, Caleb se mordió el labio. Él nunca haría daño a la señora, pero parecía que ella no se lo creía. Si era así, no le quedaba más remedio que mostrárselo.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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