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Capítulo 69

Desde el amanecer, el interior del castillo estaba en calma. Esto se debía a que la mayoría de los sirvientes habían salido de sus muros para descansar. Los únicos que quedaban eran los vasallos que habían estado con Hacklam desde tiempos remotos; aquellos que sabían que la orden de caballeros Hacklam era descendiente de un clan con habilidades especiales.

Con devoción, cerraron con llave las puertas y limpiaron a conciencia el interior del castillo. Luego, se alejaron sin acercarse siquiera a la zona de los caballeros.   

A diferencia de la tranquilidad que reinaba en el castillo, en el área de la orden reinaba el alboroto desde el alba.

La orden Hacklam solía dividirse en tres unidades. Una protegía el castillo, otra resguardaba la mina, y la última patrullaba entre el castillo y la mina. Como las tres unidades operaban por turnos, no se habían reunido todas en un mismo lugar en los últimos años.

Cabría esperar que, tras tanto tiempo sin verse, se saludaran con alegría, pero hoy los caballeros ignoraban por completo a quienes tenían al lado, sumiéndose en sus entrenamientos. Incluso los compañeros con los que habían compartido el campo de batalla eran hoy sus competidores. Por eso, en el campo de entrenamiento solo se oían los jadeos de quienes practicaban.

Cuando el sol de la mañana ascendió, Eckhart y Richard entraron al campo de entrenamiento. Los caballeros los miraron con rostros tensos.

En realidad, muchos caballeros habían especulado que este torneo de combate se pospondría. Pensaban que, si la novia concebía un hijo mientras estaba con Eckhart y Richard, debería guardar reposo durante un año tras el parto. Pero hasta hoy no había llegado noticia del embarazo de la novia.

Sin embargo, no podían estar completamente tranquilos. No sería extraño que la noticia del embarazo se conociera en cualquier momento. Sobre todo, últimamente, ¿acaso Eckhart no había dejado de ir a la mina para permanecer en el castillo principal?

Eckhart, situado frente a los caballeros, recorrió con la mirada a los que habían enmudecido y abrió la boca.

—El torneo de hoy se llevará a cabo según lo previsto.

En ese instante, un rugido de vítores tan ensordecedor que parecía que el castillo se vendría abajo resonó en el campo de entrenamiento. Dicho esto, Eckhart se dio la vuelta y se dirigió a su lugar.

Sentado en su silla, no prestaba atención a los caballeros que comenzaban a prepararse para el combate. En su mente solo resonaban, una y otra vez, las palabras que había intercambiado antes con los hechiceros.

***

—Tal como dijo, había un hechizo puesto sobre la señora novia.

Los hechiceros que habían ido a ver a Edith el día anterior dijeron con el ceño fruncido.

En sus manos sostenían una rama negra como el carbón. Muérdago. Una planta que vive adherida a otras. Dado que tiene la propiedad de aferrarse a cualquier cosa para absorber su energía, los hechiceros solían usarlo a menudo para disolver hechizos.

—Es un hechizo que se realizó hace mucho tiempo. Había echado raíces profundamente.

—¿Y entonces, han disipado el hechizo por completo?

—No es posible de inmediato. Como llevaba tanto tiempo arraigado, ya se había convertido en parte de la señora novia. Si lo destruimos de golpe, podría afectar a su conciencia, así que llevará un poco más de tiempo. Aun así, gracias a las monedas de oro que nos envió, creo que podremos disiparlo más rápido.

Los hechiceros sacaron de sus bolsillos las monedas de oro que Eckhart había traído. ¿Habrían realizado algún trabajo con ellas? Las monedas estaban tan estropeadas que se podría decir que estaban hechas jirones. No solo habían perdido su brillo, sino que la parte donde estaban los relieves nítidos se había vuelto lisa, como si la hubieran lijado. Incluso tenían un agujero en una esquina.

La sensación de desagrado que sintió al ver por primera vez estas monedas ya no estaba. Los hechiceros habían disipado el hechizo que había en ellas.

Ante esa respuesta, Eckhart no pudo evitar chasquear la lengua.

—Ese maldito Emperador, ¿acaso puso este hechizo a todas las princesas que envió fuera del palacio imperial?

—Así debe ser. Es casi una maldición. Impedir lo que debería surgir naturalmente no puede ser un hechizo correcto. Todos los hechizos se basan en fluir conforme a la ley natural.

—Asegúrate de anotar cómo disiparlo. Habrá que informar también a otros lugares.

—Si se refiere a otros lugares…

—A los sitios donde están los recuerdos del Emperador que fueron vendidos aquí y allá. Me pregunto qué cara pondrá el Emperador si todos ellos conciben un hijo.

El Emperador es alguien que solo se siente tranquilo tras haber matado a la mayoría de los seres con habilidades especiales y manteniendo al resto bajo su estricto control. ¿Cuánto miedo le infundiría un ser recién nacido con esas habilidades? Por supuesto, no es alguien que se quede de brazos cruzados. Intentará desesperadamente recuperar a quienes desechó. Pero también habrá quienes, al darse cuenta de esto, oculten que han tenido un hijo, o se vayan a lugares donde la mano del Emperador no pueda alcanzar, como Edith.

Mientras ellos vivan, el Emperador sin duda rechinará los dientes y vivirá siempre en alerta. Por eso Eckhart pensaba enviar gustosamente el método de desencantamiento a todos.

—Entonces, ¿cuándo podrán eliminarlo por completo?

—Llevará alrededor de una semana.

Ante la respuesta del hechicero, Eckhart dudó un momento.

—¿Hay algún problema?

—…No. Está bien, pueden irse ya.

Después de que los hechiceros se marcharan, Eckhart se acarició la barbilla. Por un momento, estuvo a punto de pedir que retrasaran un poco más la disipación del hechizo.

«¿Por qué?»

No hay razón para dar esa orden. ¿Acaso no es lo correcto disipar el hechizo lo antes posible para que Edith pueda concebir?

Tras un largo rato, Eckhart se pasó una mano por el rostro. El ganador de este torneo podrá pasar el último día de cada semana con Edith durante un mes. Es decir, al igual que él mismo y Richard, el ganador de este torneo también podrá engendrar un hijo en Edith.

No es algo nuevo. ¿Acaso no lo sabía desde el principio? Este torneo se celebraba precisamente para elegir al Hacklam más fuerte.

Entonces, ¿por qué se sentía tan frustrado e impaciente? Eckhart no podía comprenderlo.

***

La tormenta de nieve había cesado por primera vez en mucho tiempo, y el sol colgaba en la cima del cielo despejado. El torneo había comenzado por la mañana, y para el mediodía, los participantes se habían reducido a una veintena.

—¡Maldición!

El caballero que acababa de perder en esa ronda, vencido por la frustración, se había desplomado y golpeaba el inocente suelo con el puño. De un lado de su frente manaba un hilillo de sangre.

Este torneo tenía una diferencia con respecto a los habituales: se usaban armas de práctica sin filo, pero no se imponía ninguna otra restricción. Es decir, aunque no hubiera pérdida de vidas, significaba que debían luchar y ganar sin importar el medio y el método, igual que en un combate real.

Por eso, el torneo se desarrolló en un ambiente extremadamente violento. Sonaban ruidos de violencia brutal, gritos y gemidos, y de vez en cuando, alguien sangraba. En otras ocasiones, se habrían calmado en un punto razonable. Pero hoy, todos parecían haber perdido la razón y se abalanzaban sobre sus oponentes.

Desde la ceremonia nupcial, los caballeros solo habían esperado este momento. No era únicamente por deseo carnal. Los Hacklam, descendientes del lobo negro, anteponen la procreación de su estirpe por encima de todo y la consideran una misión sagrada. Para un Hacklam, encontrar pareja y tener hijos era también el deber más sublime.

Pasó más tiempo. En invierno, el sol tiende a ocultarse temprano. Sobre todo en lugares rodeados de montañas como Hacklam, el día es aún más corto. El cielo comenzó a teñirse lentamente de rojo. Ahora solo quedaban dos hombres en el campo de entrenamiento.

Fue entonces cuando alguien entró por la entrada del campo. Las miradas de todos los caballeros se dirigieron allí. Edith caminaba hacia ellos con el rostro pálido como la cera.

Ante las miradas de los caballeros fijas en ella, Edith sintió que le faltaba el aire. Pero no tenía la mente para prestarles atención en ese momento. Su cabeza solo estaba llena de la preocupación de con qué cara debía ver a Eckhart y a Richard.

«Tengo que preguntarles sobre los hechiceros…»

Ayer, unos tales hechiceros la visitaron de repente y, trayendo muérdago, realizaron un hechizo incomprensible. Cuando lo pusieron sobre su mano, este se tiñó al instante de un negro azabache. Incluso Edith, que no tenía conocimiento en estas artes, pudo darse cuenta de que el muérdago había sido afectado por algo nocivo que había dentro de ella. Preguntó qué ocurría, pero los hechiceros se fueron diciendo que lo explicarían tras recibir el permiso del señor.

«¿Qué clase de hechizo me habían puesto?»

Debe preguntárselo a Eckhart cuando lo vea hoy. Pero ahora no quería ver su rostro. Tampoco quería ver a Richard. No quería ver a Eckhart, y no tenía el valor para mirar a Richard a la cara.

Por eso Edith, sin poder acercarse a ellos de inmediato, se sentó en el lugar que la doncella le indicó. La doncella, al verla sentada, susurró:

—Parece que solo queda la final. Podrá regresar acompañada por el caballero ganador.

—…Está bien.

Edith, sin fuerzas, giró la cabeza y miró el campo de entrenamiento. Hasta hace poco, este torneo había sido su mayor preocupación. Pensar que debía pasar la noche con el ganador le cortaba la respiración, pero debido a Eckhart, ahora eso se había convertido en algo sin importancia. Si ya tenía dos maridos, ¿qué más daba que fueran tres o cuatro?…

Justo cuando, con el corazón desolado, miraba a la persona que estaba en el campo de entrenamiento.

—¡Señora novia!

Al ver a un hombre que le sonreía y saludaba con la mano, Edith se levantó de golpe de su asiento.

Un joven de cabello rubio le saludaba efusivamente con la mano. Era claramente un desconocido, pero le resultaba familiar. Edith murmuró incrédula.

—…¿Caleb?



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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