Skip to content

ACOSB

  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks
ACOSB

Capítulo 65

La tormenta de nieve duró varios días. La nieve caía sin cesar con tal intensidad que el mundo entero se tiñó de blanco, hasta el punto de no poder distinguir el cielo de la tierra. Edith, que creía haberse acostumbrado ya a la nieve desde que llegó a Hacklam, acabó sintiendo una profunda desazón al ver que no se divisaba ni siquiera el árbol que estaba justo debajo de su ventana.   

Lo más sorprendente era que, a pesar de esa nevada, la gente del castillo continuaba con sus tareas en silencio, sin inmutarse. Edith bajó a la sala de estar junto con Rokesha. Varias damas, que esperaban a Edith, estaban de pie frente a las doncellas, que se sacudían la nieve de los abrigos. Al ver a Edith, esbozaron una radiante sonrisa e inclinaron la cabeza.

—Soy Mereln von Riden.

—Soy Leoni von Erbach.

Las presentaciones continuaron una tras otra. Desde jóvenes que parecían haber alcanzado la mayoría de edad hasta damas de mediana edad, todas saludaron a Edith. Eran las señoras y las hijas de las familias vasallas.

—Siento haberlas hecho venir con un día como este. No imaginaba que la ventisca arreciaría de esta manera.

—No se preocupe. Es comprensible, ya que aún no está acostumbrada.

Respondió con una sonrisa la dama de mediana edad que estaba al frente. Sin embargo, Edith percibió un aguijón en sus palabras. La única que se había sobresaltado con esta tormenta de nieve era ella. Incluso Rokesha, que no era de Hacklam, había mirado al cielo y, comentando que se avecinaba una fuerte ventisca, se había apresurado a decir que habría que preparar los abrigos con capucha, sin mostrar mayor alteración. Lo que aquella dama estaba insinuando era que Edith no sabía nada sobre Hacklam.

Por suerte, Edith sabía cómo continuar una conversación en momentos como ese. El Palacio Separado era un lugar donde chocaban múltiples deseos. En cada diálogo que allí se sostenía se ocultaba una espada invisible. Evocando aquellos recuerdos, Edith esbozó una inofensiva sonrisa, como si no comprendiera nada, y respondió:

—Ciertamente. Parece que me llevará un tiempo adaptarme. A usted ya la volveré a llamar en otra ocasión.

Ante la respuesta de Edith, la expresión de la dama se endureció ligeramente. Y es que se percató de que esas palabras significaban, en realidad: Parece que no habrá ocasión de volver a llamarla. Edith sabía por qué aquella dama le había mostrado los dientes.

«He oído que se esforzó para que su hija se convirtiera en la señora del señorío.»

Rokesha, que era perspicaz, se dio cuenta de que ella no podía ser la señora y, tras rendirse, aspiró al puesto de doncella; sin embargo, se decía que esta dama no se rindió hasta el final.

—Parece que anda diciendo por ahí que le preocupa si la señora, criada con tanta elegancia en el palacio imperial, podrá adaptarse bien al rústico Hacklam.

Era una declaración con una intención demasiado evidente. Por eso Edith supo que no debía preocuparse por aquella dama. ¿Qué temor podía infundir alguien que, desde el principio, muestra todas sus cartas?

La conversación mientras tomaban el té fue intrascendente. Cada una explicaba cuándo se había asentado su familia en Hacklam y a qué se dedicaban. Edith las escuchó con atención. Debía conocer el poder que tenían en Hacklam estas personas, con quienes se encontraría a menudo en el futuro y a quienes tendría que pedir consejo.

Terminadas las presentaciones, la conversación derivó hacia otros temas.

—He oído que en primavera enviarán presentes de agradecimiento al palacio imperial. El señor pone tanto esmero en ello que, a pesar de ser invierno, estamos más ocupadas que en verano.

Comentó, como si de verdad estuviera agotada, la dama de la familia que poseía la herrería y el taller más grandes de Hacklam.

—Aunque Hacklam es famoso por su mineral de hierro de alta calidad, también son conocidas sus minas de gemas, ¿verdad? El señor ha ordenado preparar las espadas y joyas que se presentarán a Su Majestad el Emperador. Para nosotras es una noticia estupenda. En invierno, el trabajo suele disminuir y tenemos muchos días de descanso. Pero últimamente tenemos que trabajar incluso quitando horas de sueño. La gente del taller dice estar cansada, pero no dejan de sonreír en todo el día.

Y añadió, contenta, que el señor había ordenado que no repararan en gastos y crearan la mejor obra, por lo que estaban pudiendo realizar, sin restricciones, esos trabajos difíciles y costosos que siempre habían deseado hacer. Fue entonces cuando alguien preguntó:

—Entonces, cuando envíen los presentes al palacio imperial, ¿será la señorita Rokesha quien vaya?

Ante la pregunta, los ojos de Rokesha brillaron mientras miraba a Edith. Cuando se enviaban los presentes de agradecimiento al palacio imperial, era habitual que la doncella más cercana a la señora la acompañara. Se necesitaba a alguien que pudiera explicar que la princesa consorte se encontraba bien. Por eso no había trabajado con ahínco aspirando a ese puesto todo este tiempo. Sin embargo, hasta ahora no se había dicho nada concreto al respecto.

Edith comprendió la preocupación de Rokesha, así que dijo sonriendo:

—Así será, efectivamente.

Ante la respuesta de Edith, Rokesha mostró una expresión de alegría que parecía decir: ¡Por fin!. Las otras jóvenes miraron a Rokesha con envidia.

—Qué envidia, señorita Rokesha. Podrá entrar al palacio imperial.

—Seguro que también envían invitaciones a los nobles que quieran saber noticias de Su Alteza la princesa.

Ante la conversación de las jóvenes, Edith tuvo que tragar saliva con una sonrisa amarga. ¿Dónde iba a haber una familia así?

—Precisamente, estoy muy preocupada. Será la primera vez que vaya a la capital, y ni hablar del palacio. Ya estoy nerviosa pensando en qué será de mí si cometo algún error y causo molestias a la señora. Por eso quería preguntarle, señora: si pudiera contarme sobre las familias y amistades con las que trataba habitualmente, creo que podría prepararme mejor.

A las palabras de Rokesha, las jóvenes se sumaron:

—Oh, ¿podríamos nosotras también oír esa historia? Tengo previsto debutar en la sociedad de Vasane el año que viene y, como todo el mundo sabe, Hacklam no es un lugar con historias muy interesantes. Si pudiera escuchar a la señora cosas sobre el palacio y luego contarlo allí, todas se alegrarían mucho.

—Cierto. De hecho, Vasane y los territorios vecinos siempre nos han menospreciado, ¿no? Pero ahora que la princesa ha llegado como señora de Hacklam, ¿quién se atreverá a subestimarnos? Tengo ganas de que llegue la próxima temporada social. ¿Quién de ellos sabrá algo sobre el palacio imperial?

Tanto las jóvenes como las damas ya estaban pavoneándose. En los círculos sociales, las personas de alto rango solían hablar principalmente de su familia, su residencia y sus relaciones. Y era costumbre que quienes estaban cerca de ellos transmitieran lo que oían a otros, presumiendo así de su cercanía con los poderosos.

Por lo tanto, todas las damas de Hacklam estaban deseosas de escuchar de labios de la señora del señorío, y además princesa, historias sobre el palacio imperial o la nobleza de la capital.

—Bueno… no sé por dónde empezar.

Un sudor frío recorrió la espalda de Edith. Los únicos lugares del palacio imperial a los que ella había podido acceder eran el Palacio Separado y el salón de banquetes. El otro sitio que conocía era el convento. Pero no podía hablarles del convento. El Palacio Separado tampoco era una opción. Quizá ellas no lo supieran, pero los nobles que podían entrar en el palacio sabían que el Palacio Separado era como un destierro, y que las princesas que allí residían eran seres a los que el emperador podía desechar en cualquier momento. Y en cuanto al salón de banquetes, no tenía mucho que contar.

Fue entonces cuando Rokesha intervino:

—Entonces, ¿podría presentarnos primero a sus amistades más cercanas? Creo que debería tener claro a quién debo ir a saludar en cuanto llegue al palacio. Todas ellas deben de estar echándola de menos, así que en cuanto llegue a la capital iré a presentar mis respetos.

Las palabras de Rokesha hicieron que la mente de Edith se nublara aún más. ¿Amistades? No podía tenerlas. La persona con la que había tenido más trato en el Palacio Separado era Abir, y hasta esa Abir no había sido expulsada fuera del convento. Con las monedas de oro que ella le había lanzado habría podido sobrevivir de alguna manera en el pueblo, pero aunque estuviera viva, no sería nada bueno.

Mientras miraba a aquellas personas que la observaban con los ojos llenos de expectación, Edith se sintió más desconcertada que nunca.

***

—Entonces, me retiro.

Rokesha hizo una reverencia y salió. Edith la siguió con la mirada. Normalmente, habría mantenido la sonrisa hasta el momento en que la puerta se cerrara, pero hoy su expresión se había quedado rígida.

Tras ordenar a la doncella que estaba en la habitación que saliera, suspiró y se sentó en el sofá.

«Seguro que ya se ha dado cuenta.»

La reunión de hoy terminó en un ambiente extraño. Todo porque Edith no había podido dar una explicación adecuada. Habló del suntuoso salón de banquetes, de los grandes nobles que allí acudían y de los miembros de la familia imperial amados por el emperador, y menos mal, porque si no hubiera tenido ni siquiera eso, el ambiente se habría tornado gélido.

Las damas, que se habían llevado temas de conversación, se fueron sonriendo, pero Rokesha no. Su rostro se tornó pensativo y, a medida que pasaba el tiempo, se volvió cada vez más callada.

«¿Qué hago?»

Habría sido mejor haber dicho desde el principio que era una princesa sin importancia, que había estado en un convento y que por eso había llegado aquí. Aunque no había mentido, ahora que quería decir la verdad, parecía como si la hubiera ocultado a propósito. No podía evitarlo. Y es que había querido ganarse un poco más el aprecio de Rokesha, que había sido amable con ella.

Por esto, Rokesha no renunciaría a su puesto de doncella de inmediato. Necesitaba ir a la capital, que era lo que deseaba. Pero, ¿seguiría siendo tan amable como hasta ahora cuando regresara a Hacklam?

«No lo creo.»

Por supuesto, como Edith era la señora de Hacklam, no podría ignorarla. Pero cuando fuera a la capital y conociera a las damas de allí, se daría cuenta de lo insignificante que era Edith, y cada vez que viera sus carencias, sin duda la menospreciaría.

De repente, sintió el pecho oprimido y los hombros pesados. Era una sensación que había experimentado a menudo en el Palacio Separado. Un sentimiento miserable que la invadía siempre que pensaba que no tenía ningún valor.

Pensándolo bien, tampoco había adquirido un valor especial al llegar a Hacklam. El hijo, que era el motivo por el que la habían traído, aún no había llegado, y tampoco estaba desempeñando bien su papel de señora. Aunque Richard le estaba enseñando los asuntos, no sabía cuánto tiempo le llevaría hacerlo bien.

Sin darse cuenta, Edith se mordió los labios y pensó.

Debía tener un hijo, y rápido. Y así, adquirir algo de valor en este lugar.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


¿TE HAS CANSADO?

© 2026 ACOSB

No puedes copiar el contenido de esta página.

    Previous Post

  • CAPÍTULO 64

    Next Post

  • CAPÍTULO 66
Scroll to top
  • INICIO
  • ROFAN
  • BL & GL
  • FANTASÍA
  • +15 & +19
  • VIP
  • MANHWAS
  • My Bookmarks