Capítulo 58
La persona al otro lado del vidrio del invernadero eran Edith y Eckhart. Las personas favoritas de Caleb en Hacklam. Por lo tanto, en circunstancias normales, aunque lo regañaran por haber ido al invernadero sin permiso, habría corrido feliz a saludarlos. Pero ahora no podía hacerlo.
Dentro del invernadero, los dos se movían juntos. Y además, sin ropa. Ante la escena inesperada, Caleb permaneció inmóvil, mirándolos.
Tenía que apartar la mirada. Debía irse de ahí rápidamente. Caleb, instintivamente, supo que esta no era una escena que él debiera presenciar.
Claramente pensaba eso, pero su cuerpo seguía sin moverse. Los ojos de Caleb continuaban observando a las dos personas en movimiento.
Edith estaba en el largo sofá donde solía pasar el tiempo, con la parte superior de su ropa completamente abierta, dejando al descubierto su pecho. La parte inferior también estaba subida indecentemente hasta arriba, mostrando sus largas y delgadas piernas blancas. Solo con eso, Caleb sintió un mareo inexplicable. Pero lo impactante no era solo la apariencia de Edith.
Sobre ella, Eckhart también estaba con la ropa medio quitada, juntando su parte inferior con la de ella. Si hubieran sido personas comunes que trabajaban en el castillo, quizás se habrían dado cuenta de que alguien estaba allí y se habrían ido sin mirar fijamente. Pero Caleb también era un Hacklam. A pesar de la distancia, podía ver claramente la escena dentro del invernadero.
El cuerpo de Eckhart, que a veces admiraba en el campo de entrenamiento, se movía violentamente sobre Edith. Cada vez que se movía, como si estuviera golpeando hacia abajo, se escuchaban los gemidos de Edith. Ante tal escena, Caleb pensó por un momento que él estaba golpeando a Edith.
—¡Ah, uh, uh-eung!
Cada vez que Eckhart se movía, la voz de Edith se hacía más alta. Al principio pensó que eran gemidos, pero pronto pudo darse cuenta de que no lo eran.
Cuanto más profundamente Eckhart juntaba su parte inferior, más fuerte se volvía la voz de Edith. Era una voz que, aunque parecía de esfuerzo, sonaba excitada. Caleb sintió que ese sonido contenía placer.
El movimiento se aceleró aún más y la voz de Edith se elevó. Al ver cómo se sacudía su pecho, lleno de marcas rojas, Caleb se sintió mareado. Al mismo tiempo, le vinieron a la mente palabras que hasta entonces no había comprendido.
Lo que los caballeros decían antes de los combates de entrenamiento. Todo eso de lo que hablaban, sobre qué harían y cómo cuando conocieran a la Dama.
Sin que nadie se lo explicara, Caleb lo entendió. Qué era eso de pasar la noche y cómo se hacía.
—¡Ah, uh, heeu! ¡Uh! ¡Ueuut!
Entonces escuchó un sonido que se cortaba brevemente. Sus gemidos se aceleraban. Ante ese sonido que parecía como si se le cortara la respiración, Caleb apretó los puños. No sabía qué debía hacer. Solo una cosa estaba clara. No debía estar viendo a esas dos personas ahora, ni debía escuchar esos sonidos.
Aunque lo sabía, permaneció inmóvil y no apartó la mirada.
Su corazón latía como loco. Latía tan fuerte que pensó que iba a saltarle fuera del pecho. Al mismo tiempo, su cuerpo se calentó. Cuando llegó allí al principio, se había encogido por el viento que soplaba, pero ahora Caleb no sentía nada de frío.
No debería mirar. Sabiéndolo y quedándome así, es algo malo. Pero ahora, quería hacer esa cosa mala.
Eckhart no solo movía la cintura. Su gran mano agarraba y sacudía el pecho lleno de marcas. Los pezones rosados en los extremos de sus blancos senos se frotaban entre sus dedos. Caleb no podía apartar los ojos. Era más intenso que cualquier cosa que hubiera visto en su vida. Seguramente, esta escena permanecería en su cabeza hasta el día de su muerte.
El movimiento de los dos, que parecía que iba a continuar, se detuvo al mismo tiempo con un fuerte sonido. Caleb miró a Edith como hechizado. Su cabello, que estaba ordenado cuando la conoció, estaba suelto y desordenado, y su rostro, que solía sonreírle, también se veía agotado y relajado. Pero en su rostro enrojecido, había una expresión que Caleb nunca antes había visto.
En el momento en que vio esa expresión, sintió un dolor punzante en la entrepierna. Caleb inmediatamente se giró y corrió. Cuando volvió en sí, estaba de pie en su habitación.
—¡Huff, huff…!
Nunca en su vida había corrido tan desenfrenadamente. De pie en medio de la habitación, recuperaba el aliento sin cesar. Antes de huir de aquel lugar, recordó el aroma que había rozado la punta de su nariz. El aroma siempre agradable, floral, de la Dama, y el aroma de Eckhart, como de un bosque profundo. Y… otro completamente diferente… pegajoso…
—¡Huff…!
Caleb bajó rápidamente la mano ante el dolor punzante que sentía en la entrepierna. Debajo de la ropa del caballero aprendiz, su miembro estaba erecto. No era la primera vez. Muy de vez en cuando, al despertar, le había pasado. Cada vez se sintió avergonzado, pero como pronto se le bajaba, Caleb no le prestaba mucha atención. Solo le parecía extraño y se preguntaba por qué pasaría.
Ahora podía entender la razón. Y la vaga sensación que había sentido cada vez, ya no era desagradable.
Agarró aquello que aún no mostraba signos de calmarse.
—¡Ug!
Al instante, una sensación punzante recorrió todo su cuerpo. Incapaz de soportar esa sensación, Caleb tambaleó y se apoyó contra la pared. Incluso mientras lo hacía, su mano seguía moviéndose. Su miembro hinchado se puso aún más duro. De su boca entreabierta escapaba un aliento entrecortado. Pronto, su miembro comenzó a supurar y derramar líquido. El roce de su mano que lo agarraba y movía arriba y abajo hizo brillar todo el fuste. Caleb evocó la escena que había presenciado hacía un momento. El miembro que entraba y salía repetidamente, el cuerpo que se balanceaba, el rostro de la Dama que, con la cabeza echada hacia atrás, no dejaba de lanzar gritos de placer.
Sin darse cuenta, en su imaginación, la figura de Eckhart desapareció y en su lugar estaba él mismo.
«Si yo fuera…»
¿Qué habría hecho? A Caleb le gustaba la voz de Edith. Le gustaba su risa, y también le gustaba su aroma brillante como el de las flores. Por eso, cuando estaba a su lado, no sabía qué hacer con los latidos de su corazón y se esforzaba por recibir una vez más el contacto de la Dama, como fuera.
En su imaginación, cada vez que él se movía, Edith lo llamaba por su nombre. Los brazos largos y delgados que él jamás se había atrevido a tocar, rodeaban el cuello de Caleb. Los cuerpos de ambos se juntaban aún más y aquellos senos blancos y voluptuosos que había visto por primera vez, tocaban el pecho de Caleb. El movimiento de su mano que agarraba su miembro se hizo aún más rápido.
Ahora Caleb sabía lo que debía hacer. Abrazarla, llamarla y, en lo más profundo…
—¡Keuut!
En el momento en que la imaginación alcanzó el territorio desconocido, el fuste que se había erguido rígido tembló levemente y luego, de repente, arrojó líquido. El semen eyaculado con violencia manchó la palma de Caleb. La eyaculación no terminó con una sola vez. Cada vez que él exhalaba un gemido, el deseo crudo, que apenas comenzaba a tomar forma, seguía derramándose en su palma.
—Haa…
Sentía como si todo su cuerpo se hubiera vaciado. Caleb recuperó el aliento entrecortado. Aquello que había estado agarrando perdió fuerza. Entonces, de repente, sintió miedo. ¿Qué es lo que acabo de hacer? ¿Por qué he hecho algo tan sucio imaginando a la Dama…?
—Huff…
Aunque su instinto le decía que esto no estaba bien, al evocar nuevamente el cuerpo de Edith, su miembro recuperó la fuerza rápidamente. El deseo que no había desaparecido por completo, resurgió en un instante como una llama. La sensación de eyaculación volvió de repente. Pero Caleb sintió que algo faltaba. Solo la imaginación no era suficiente. Necesitaba poder sentir a la Dama más que eso…
Tambaleándose, se acercó al cajón. Su mano resbaló varias veces y apenas logró abrir el cajón, revolviendo el interior como un loco. Pronto, un pequeño pañuelo de tela apareció en la mano de Caleb. Era el pañuelo que Edith le había dado, el que se había gastado y raído de tanto lavarlo para quitar las manchas de sangre que él había dejado.
Caleb lo agarró y enterró su rostro en él.
—Ah…
Sintió el aroma de Edith, que ya no podía permanecer en él. Caleb, enterrando su cara como un loco en el pañuelo, agarró y sacudió su miembro. Poco después, eyaculó. El deseo que por primera vez tomaba forma, sin conocer la vergüenza, seguía manifestándose.
Sin darse cuenta, el pañuelo blanco donde había enterrado su rostro, envolvió ahora su fuste. El pañuelo, empapado y pegajoso, estaba tan hecho un desastre que ya no podría cumplir más su función. Pero para Caleb, eso no importaba en absoluto.
—Dama…
Continuando con la eyaculación, que ya no sabía cuántas veces llevaba, susurró lo que deseaba.
Quiero ver a la Dama. Quiero encontrarla, quiero hablar con ella… quiero tocarla. Y Caleb sabía cómo podía hacerlo.
—Voy a ganar…
Faltaba poco para el día del combate. Ese día, pasara lo que pasara, aplastaría a todos y ganaría. Para tener el día de esa persona a quien tanto deseaba ver.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN