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Capítulo 5

Al oír las palabras del hombre, Edith se estremeció de terror, girando bruscamente su cuerpo.

—¡Y-yo! ¡Yo nunca dije eso…! ¡Ah!   

Intentó negar las palabras del hombre y forcejeó para liberarse del calor que la oprimía, pero la mano del hombre, aún más brutal, le agarró el pecho como si quisiera exprimírselo. Si esa acción solo le hubiera causado dolor, no habría sufrido tanto. Los dedos del hombre se colaron a través de la tela y, encontrando el pezón que ya se había erguido, lo rasparon con brusquedad.

—¡Ah, ugh! ¡Hh, nngh!

Atrapada en su abrazo, Edith soltó un breve gemido. Cada caricia del hombre era violenta y brusca. Amasaba su cuerpo sin contemplaciones, como si fuera suyo. La lujuria que emanaba de cada uno de sus toques la inundó de vergüenza.

Los dedos del hombre, después de raspar la punta de sus senos, la pellizcaron y restregaron. Como si aquello no fuera suficiente, comenzó a tirar de ellos, soltándolos y volviéndolos a estirar una y otra vez. Como un niño que hubiera encontrado un juguete divertido, cada vez que repetía esa insistente maniobra, la mente de Edith se nublaba.

Ella, que de pequeña, aunque abandonada a su suerte, había vivido como una princesa, y durante el último año como una hermana novicia. En una vida donde solo se permitía una conducta casta, las conversaciones, y mucho menos el contacto con el sexo opuesto, se podían contar con los dedos de una mano. Y ahora, estaba siendo manoseada, con su piel al descubierto bajo las manos de un hombre. Tal como enseñaban en el convento, aquello era un acto lascivo y obsceno que la llevaría directamente al fondo del infierno.

Edith, aterrada, intentó apartar la mano del hombre, llegando incluso a golpearla, pero la mano de él no se detuvo. Lejos de detenerse, ahora repetía el movimiento de levantarle los pechos desde abajo para luego soltarlos. Sus senos, innecesariamente grandes para su delgado cuerpo, se balanceaban en la oscuridad. Cada vez que su pecho se sacudía por ese peso, Edith sentía un dolor punzante.

Ver su propio pecho deformado sin piedad por las manos del hombre hacía que quisiera desmayarse en ese mismo instante. ¿Cómo, cómo podía hacer algo tan ruin con tanta naturalidad…?

Primero el estupor, luego la vergüenza hicieron que sus ojos se llenaran de lágrimas. ¿Se habría dado cuenta él? De repente, los movimientos del hombre cesaron. Ella pensó que por fin iba a parar y fue a respirar aliviada, pero entonces el hombre inclinó la cabeza y se llevó a la boca uno de sus pechos, tal como estaba.

—¡Ahh, nngh!

Edith, horrorizada, intentó empujar su cabeza. Pero el hombre, lejos de retroceder, chupó su pecho con fuerza, haciendo incluso ruidos vulgares, como para que ella lo oyera bien. El invierno se acercaba y su piel húmeda sentía el frío con facilidad. Por eso, una intensa sensación de frío se adhería a las zonas por donde la lengua del hombre había pasado.

La lengua del hombre era aún más despiadada que sus manos. Lamía y chupaba con esmero esa parte que a la propia Edith le daba vergüenza tocar incluso al lavarse y que solo rozaba con un paño áspero, como un niño con un caramelo en la boca. Luego, como si estuviera satisfecho de lo dura que se había puesto, presionó y frotó repetidamente la erguida punta con su lengua. Cada vez, Edith contenía la respiración y se estremecía, pero él, sujetándole la cadera con más fuerza, la mantenía pegada a su cuerpo.

Entre la pesada cosa que se frotaba contra su parte baja y la húmeda lengua que le chupaba el pecho, Edith, sin saber qué hacer, solo atinaba a tragar saliva.

Mientras tanto, la lengua del hombre continuaba con su cometido. Erguía la lengua y la hundía como si quisiera escarbar dentro del pezón, como si buscara algo en su interior. Tras atormentar la punta durante un buen rato, el hombre, quizá cambiando de opinión, abrió grande la boca y mordió con ganas la tierna carne de la base de su pecho.

—¡Agh!

Edith soltó un agudo gemido y se estremeció. Pero el hombre, ignorando su reacción como hasta entonces, apretó los dientes. Ante el dolor que le penetraba la carne, la vergüenza desapareció y fue sustituida por el miedo.

El cuerpo de Edith se quedó rígido. Gracias a ello, el hombre pudo concentrarse en lo que hacía sin interrupciones. El dolor volvió a incidir sobre la zona ya mordida. Cada vez que él apretaba con fuerza, Edith encogía los dedos de los pies.

Su cuerpo rígido cayó al suelo con él, como desplomándose. Gracias a que cayó sobre el suave musgo, no sintió dolor, pero Edith no tenía la mente para preocuparse por eso.

Mirando fijamente la oscuridad absoluta del bosque, Edith respondía dócilmente a los estímulos que se le aplicaban. Los movimientos del hombre, que se había montado sobre su cuerpo inerte, se volvieron más amplios. Al mismo tiempo, la cosa que se retorcía sobre su vientre aumentaba su tamaño junto con el calor.

El hombre, mordiendo el pecho de Edith, pegó aún más su cuerpo al de ella.

—Ah…

¿Sería que el calor de él ya se le había contagiado? Exhalando un suspiro lánguido, Edith relajó su cuerpo. La pierna del hombre se deslizó con calma entre las de ella, que colgaban sin fuerza. Edith, sorprendida, intentó cerrar las piernas, pero, como si él le dijera que no lo hiciera, ella se rindió ante la mordida en su pecho.

¿Estaría satisfecho con eso? Su lengua lamió suavemente la piel del seno, donde ya había marcas de mordiscos. La suave caricia fue tan intensa como el dolor.

—Uu, um…

De sus labios, que solo habían soltado gemidos de dolor, escapó un suspiro dulzón. ¿Le habría gustado ese sonido? Él volvió a moverse. Entre mordiscos y chupetones, el calor que empezaba en la punta de sus senos se extendía por todo el cuerpo de Edith. La mano que intentaba apartarlo, ahora sujetaba su hombro. En un estado ambiguo, sin llegar a apartarlo ni a abrazarlo.

La rodilla del hombre, que se había deslizado entre las piernas de Edith, empujó hacia arriba el borde de la falda del hábito de novicia, ya desordenado. El pantalón del hombre, de cuero áspero, rozó el interior de sus muslos como haciéndole cosquillas, dirigiéndose hacia su zona más íntima. Luego, tocó lo más profundo. Lo lógico sería que se detuviera ahí, pero el hombre, sin inmutarse, presionó con su rodilla la entrepierna de Edith.

—¡Hhhnnk!

Su cuerpo, que estaba flácido, dio un gran respingo. Presionó con fuerza, como aplastando esa sensible parte que hasta hacía un momento ella ni siquiera sabía que existía. Al repetir el movimiento unas cuantas veces más, Edith negó con la cabeza y sollozó. Algo estaba brotando de su interior. Sin duda, esto era igual que aquella vez…

En el momento en que Edith intentó recordar lo sucedido hace unos días, el hombre mordió con fuerza su pecho y, al mismo tiempo, presionó con ímpetu su entrepierna.

—¡Haaahk!

Fue un grito tan fuerte que parecía que hasta los pájaros nocturnos alzarían el vuelo, y resonó en el bosque. Pero Edith no se dio cuenta. Porque se quedó aturdida, como sumergida en agua tibia.

¿Estaría satisfecho? El hombre soltó el pecho que había estado mordiendo y lamió el cuello de Edith. El cabello que le rozaba la cara y la nuca, el enorme cuerpo que la aplastaba, y la viscosa lengua que le lamía el cuello. ¿Sería esta la sensación de ser atrapada por los lobos del bosque invernal, de los que una vez oyó rumores?

Edith, que se estremecía con cada lametón del hombre, miró con ojos vidriosos su propio pecho, brillante por la saliva. Su blanco pecho estaba lleno de marcas de mordiscos por todas partes. El hombre frotó con el dedo las marcas que él mismo había hecho y se incorporó. Luego, comenzó a quitarse la parte de abajo. En la oscuridad, en el instante en que vio su miembro, hinchado a punto de estallar, Edith volvió en sí de golpe.

—Ah, no… No puede ser….

Recordaba todo vívidamente. Lo grande que era, cómo había penetrado tan brutalmente en su interior, cómo su mente se había hecho añicos cada vez que él arremetía con sus caderas.

—¿Por qué? —preguntó el hombre, como si le pareciera extraña la reacción de Edith—. Tú misma lo elegiste.

Diciendo esto, agarró lo que había sacado y lo empujó entre las piernas de ella.

Aquello, grueso y romo, se abrió paso sin dificultad entre la húmeda carne. Aunque solo la punta había entrado, Edith sintió que se ahogaba. Las palabras del hombre resonaban en su cabeza. Lo elegí. Ella misma. Esto.

Sintiendo aquella pesada cosa que abría y entraba en su interior, Edith cerró los ojos. Sumida en una oscuridad donde realmente no se veía nada, la voz del hombre resonó en sus oídos.

—Elegiste la vida, no la muerte. Así que debes aceptarlo.

Era tal como él decía.

Todo esto era el resultado de su propia elección.

Cuando tuvo la muerte ante sus ojos, si se podía llamar elección al forcejeo por vivir.

Aceptando dentro de sí al hombre que la penetraba como si la estuviera rajando, Edith recordó aquel día.

La noche en que ella fue cazada.

***

—Voy a salir.

No necesitaba decir adónde ni a qué iba. Porque ahora todos sabían que Edith salía por las noches a buscar setas.

—Ve con cuidado.

La hermana dijo eso y, mirando hacia donde estaba la iglesia principal, murmuró:

—Ojalá la hermana Abir se pareciera aunque fuera la mitad a la hermana Edith.

Al oír el nombre de Abir, Edith esbozó una sonrisa amarga.

Hacía unos días, Abir había sido sorprendida por la madre superiora cogida de la mano de un visitante.

Como era de esperar, la reprendieron severamente.

La madre superiora ordenó a Abir que permaneciera en oración continua en la iglesia principal hasta que todos los visitantes se hubieran ido, y que comiera pan y agua como penitencia. Abir, enfadada por no poder comer bien, se desahogó con Edith. Por eso, Edith pensó que era mejor estar sola en el bosque que cerca de Abir. Pensando que, como siempre, allí estaría a salvo.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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