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Capítulo 40

Hoy también hacía un día soleado. Aunque se dice que cuanto más soleado es el día, más baja la temperatura, Edith yacía en una silla, incluso sin el abrigo de piel de zorra lunar que siempre llevaba puesto. A pesar de ello, no sentía frío; al contrario, un ambiente cálido la envolvía, hasta el punto de abanicarse involuntariamente con la mano.

Miró hacia el cielo. A través del marco de madera, vio el cristal. Los trabajadores ya habían retirado por la mañana toda la nieve acumulada, así que en el cristal solo quedaban algunas marcas de agua corriente.

«Qué buen cristal».  

Ni siquiera los ventanales del palacio secundario eran tan transparentes. Recordaba que los del salón de banquetes al que a veces asistía tenían una claridad similar.

Construir un invernadero tan enorme con ese tipo de cristal. Además, había montones de piezas precortadas para prevenir roturas acumuladas en su interior. Al ver el cristal apilado sin cuidado, Edith sintió una vez más lo rica que era la ciudad de Hacklam. Ya de por sí, poder construir un invernadero de cristal así era algo increíble.

Había escuchado conversaciones de nobles en los banquetes y sabía que incluso construir un invernadero pequeño era algo de lo que presumir durante todo el año. Sin embargo, este invernadero era tan grande que podrían caber fácilmente varias habitaciones.

Por supuesto, no lo habían construido porque no tuvieran dónde gastar su riqueza desbordante. Edith giró la cabeza para mirar a un lado. Sobre una mesa de trabajo de madera, había hileras de macetas. En las enredaderas que crecían dentro de esas macetas, colgaban racimos de algo parecido a frijoles grandes. Además, más allá, crecían densamente verduras de hoja ancha que solo se veían en épocas de calor.

«Dijeron que todos son ingredientes importantes».

Como el invierno es largo, una vez que empieza a nevar, no hay forma de conseguir verduras frescas. Normalmente, la gente se las arregla comiendo alimentos almacenados, pero dicen que, si el período se alarga, aumentan las personas que enferman. Por eso, lo que cultivan en el invernadero son verduras que previenen esas enfermedades.

Así que, en lugar de hermosas flores, dentro del invernadero solo había cosas comestibles.

Edith se levantó de la mecedora y se dirigió a un lugar a pocos pasos de distancia. Un espacio que había creado moviendo a un lado las macetas que estaban originalmente.

—¿Qué debería cultivar…?

Ese lugar era el espacio que Richard había dejado vacío para Edith. Se suele decir que el invernadero es jurisdicción de la señora de la casa, así que podría hacer lo que quisiera. Pero este lugar era estratégico para la supervivencia de los habitantes del feudo y estaba bajo la administración de Richard.

Él, al oír el informe de que Edith permanecía mucho tiempo en el invernadero, le preparó un espacio aparte para ella. No solo reubicó los cultivos para crear un espacio donde ella pudiera plantar lo que quisiera, sino que también trajo una tumbona para que pudiera sentarse o recostarse cómodamente. Edith no rechazó su gentileza.

«Podré venir al invernadero con más frecuencia».

Precisamente estaba pensando que debía seguir viniendo al ver cómo las cosas que había tocado recuperaban vitalidad. Pero, sin tener nada que hacer o ver en particular, si venía continuamente, podría generar sospechas. Justo cuando él le daba una buena excusa, ¿por qué iba a rechazarla?

Además, el invernadero era el lugar que más le interesaba a Edith después de la biblioteca.

«En la habitación de mi madre no había nada vivo».

La habitación de su madre era un espacio realmente árido. En la habitación no había ni una sola flor; había pinturas y estatuas, pero nunca vio a su madre apreciarlas. Simplemente estaban allí. Aunque hubiera habido una piedra en ese lugar, su madre probablemente no habría mostrado ninguna reacción en particular.

Quizás no le gustaba tener que cuidar algo, como las plantas o los animales. Por eso…

«…tampoco pude quedarme en esa habitación».

Su madre pasaba el día entero sentada en blanco o dormida. Siempre que eso ocurría, sacaba a todas las doncellas, sin excepción, fuera de la habitación. Edith también era una de ellas, así que era expulsada junto con las demás. Por eso, la pequeña habitación que normalmente habrían usado las doncellas se convirtió en la habitación de Edith, ¿no es así?

Recordando aquellos tiempos solitarios y monótonos, Edith se dirigió hacia donde estaban las macetas. La tercera fila empezando desde arriba, una maceta en el medio que tenía una pequeña marca hecha con la uña.

En comparación con el día anterior, claramente había desarrollado tres hojas nuevas. Por muy invernadero que fuera, en una estación como esta no debería crecer tan rápido.

Si esto se debía a su habilidad especial, era muy probable que proviniera de la sangre de su madre. El país de su madre era el país de los bosques y los lagos. Su madre era de la realeza de ese lugar, por lo que era natural que tuviera una habilidad especial relacionada con el crecimiento de las plantas.

«¿Mi madre no quería mostrar su habilidad?»

Lo entendía. Solo los de otras razas y aquellos con habilidades especiales eran llevados al palacio imperial por el emperador. Además, su madre era hermosa. Si hubiera revelado también esta habilidad, el emperador sin duda la habría llevado al palacio principal y nunca la habría dejado salir de allí.

El rostro de Edith se ensombreció. Al recordar el pasado que había ignorado durante un tiempo, su corazón se sintió oprimido de nuevo. Fue un tiempo en el que vivió temblando sin saber qué hacer ni cómo actuar. Aunque ahora tenía varios problemas, ¿no había obtenido la vida con la que soñaba?

Edith regresó a su silla y miró el libro que había dejado a un lado. Era un libro que había traído de la biblioteca sobre plantas autóctonas de la región norte. Como era un contenido académico, no tenía muchas ilustraciones, pero al menos podía saber qué cosas crecían en cada época.

Aunque Richard le había prometido que, cuando llegara la temporada en que los caminos fueran transitables de nuevo, le traería muchas flores, ella quería buscar entre las plantas de esta tierra algo para plantar. Claro que eso también sería posible cuando la nieve se derritiera un poco.

Justo cuando Edith, resignándose, estaba a punto de regresar.

—¿Eh?

Vio algo moverse cerca de la entrada del invernadero de cristal. Era demasiado pequeño y vacilante para ser Rokesha. Sobre todo, si hubiera sido Rokesha, habría entrado parloteando que ya era hora de volver. Pero la figura fuera del invernadero no se atrevía a tocar la puerta y solo deambulaba de un lado a otro sin saber qué hacer.

Edith se acercó a la puerta.

En el pasado, se habría puesto en alerta de inmediato y observado escondida. Pero ahora se sentía cómoda viviendo en el castillo de Hacklam. Todos inclinaban la cabeza ante ella y la trataban con cortesía. Richard siempre la miraba con ojos tiernos y llenos de cariño, y la gente fuera del castillo mostraba una actitud aún más respetuosa.

Solo había dos seres de los que Edith desconfiaba: Eckhart y los caballeros. Pero si hubiera sido Eckhart, ya la habría atrapado y arrollado. Además, no sería tan pequeño.

«No parece un caballero. ¿Será algún trabajador que tiene que hacer algo en el invernadero?»

Pero los trabajadores tampoco se acercaban cuando Edith estaba en el invernadero. Rokesha les había prohibido terminantemente incluso acercarse al camino que llevaba allí, así que nadie lo ignoraría. ¿Quién podría ser?

De repente, un nombre vino a la mente de Edith. Se apresuró a ir a la entrada y abrió la puerta. La otra persona, al verla salir, inclinó la cabeza respetuosamente. Su cabello rubio oscuro brillaba bajo la luz del sol.

—Tú eres…

—¡Ah, hola, señora!

Efectivamente. Quien estaba fuera era Caleb.

—¿Qué sucede?

En cualquier caso, ella no lo había llamado. Edith dio un paso atrás, ligeramente en guardia. Entonces Caleb, como si hubiera comprendido tardíamente lo que había hecho, retrocedió apresuradamente y levantó lo que llevaba en las manos.

—¡Lo siento! Pensé que, tal vez, podría necesitarlo… Así que lo traje…

En las manos de Caleb, que decía esto, había una flor arrancada de raíz. Edith, que hasta hacía un momento estaba leyendo un libro sobre plantas del norte, reconoció que era una valiosa flor de invierno que florece en los lugares donde la nieve se derrite durante la estación fría.

La planta estaba tan intacta como si la hubieran desenterrado con sumo cuidado, sin un solo pétalo dañado. Las raíces también estaban limpias, sin rasgaduras, como si las hubieran sacudido suavemente con las manos. De repente, Edith notó que Caleb, vestido solo con ropa de entrenamiento, temblaba con los labios amoratados.

—Vaya, entra primero.

A pesar de las palabras de Edith, Caleb no se atrevía a acercarse. Su expresión parecía preguntar si realmente podía entrar en el invernadero. Finalmente, Edith tomó su mano, que sostenía la planta, y lo atrajo hacia adentro.

—Tienes frío. Quiero cerrar la puerta rápido.

—¡Sí, señora!

Ante las palabras de Edith, que sonaban a reproche, Caleb finalmente entró, y Edith cerró la puerta apresuradamente. Caleb volvió a distanciarse de Edith. Su acción hizo sonreír a Edith. Como era de esperar, era diferente de esos caballeros que la miraban con ojos lascivos.

«¿Será porque aún es joven?»

Finalmente, relajó toda su cautela. Al verlo tan intimidado y temblando así frente a ella, le pareció ver a un cachorrito perdido en el frío invierno y sintió lástima.

—Justo estaba pensando en qué plantar, pero… ¿cómo lo supiste?

—…Escuché a los trabajadores hablar mientras pasaban. Decían que por orden del señor Richard habían preparado un espacio aparte para que usted lo cultivara. Así que…

Caleb continuó con voz temblorosa.

—Ese pañuelo que me dio la otra vez, lo lavé muchas veces, pero la mancha de sangre era tan intensa que no pude devolvérselo. Lo siento mucho. Así que pensé que debía ofrecerle algo en su lugar, y por eso…

—¿Así que trajiste la flor?

Ante la pregunta de Edith, Caleb asintió. Edith extendió la mano y le acarició la cabeza.

—Qué detalle. Debió ser muy difícil encontrar una flor que florece en esta época, gracias.

Ante el tacto de Edith, el rostro de Caleb se sonrojó.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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