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Capítulo 36

Honestamente, Edith pensó que, dado que ya había tenido mucha experiencia con Eckhart, sería menos difícil cuando estuviera con Richard. Después de todo, en este mundo, uno se acostumbra a todo con la práctica. Pero cuando Richard entró en ella, se dio cuenta de lo vana que había sido esa expectativa.   

Richard no la embistió con brusquedad. Como si quisiera demostrar que era diferente de Eckhart, penetró en su interior lenta y cuidadosamente. Si es así, debería sentirse más cómoda, debería poder aceptarlo mejor…

—Haaak…

Edith, como había hecho con el otro hombre, contuvo el aliento ante el agudo dolor que se extendía por su cuerpo y apretó la parte inferior. Los dos hombres eran tan parecidos que solo al verlos juntos se podía notar la diferencia. Richard también tenía una complexión tan grande como la de Eckhart. Eso significaba que lo que poseía entre las piernas era igual de temible, tan enorme que la palabra monstruoso le sentaba bien.

Cuando aquello comenzó a abrirse paso lentamente en su interior, sintió que se mareaba.

—Ah, ah…

El dolor de ser abierta hasta el límite era el mismo. Sin embargo, debido a que él entraba tan despacio, el tiempo de sufrimiento era mucho más largo y podía sentir su miembro con una nitidez que le ponía la piel de gallina. Por eso, Edith, sin poder evitarlo, terminó apresurándolo.

—Solo, rápido, ugh…

—¿Le duele?

Escuchó una voz llena de preocupación. Le agradecía que pensara en su cuerpo, pero ahora no tenía tiempo para responder. El problema era que, aunque quería decir que le dolía, incluso ese dolor le resultaba estimulante.

Le había rogado que entrara rápido, pero Richard no hizo lo que Edith quería. Se movía con una lentitud exasperante. Y no solo se movía despacio.

Cada vez que Edith emitía un sonido de dificultad, él se detenía y la besaba. Edith se entregó a su cuerpo de buena gana. Las noches con Eckhart habían sido violentamente salvajes, pero ahora, tal como ella siempre había deseado, era normal y suave.

Una relación con su esposo legal, algo que nunca podría ocurrir por la noche, pero que los papeles y la sociedad reconocían.

Con la alegría de haber alcanzado, al menos, uno de los sueños que había albergado en secreto desde pequeña, Edith, sin que él se lo pidiera, abrió primero las piernas.

Ante la visión de Edith, que, aunque agobiada, ofrecía su cuerpo como pidiendo que entrara más, Richard detuvo sus movimientos. Y por un momento, recorrió con sus manos cada rincón del cuerpo de ella. Sus caricias casi le hacían cosquillas.

Cuando la tensión se relajó, el miembro de Richard se deslizó suave y completamente dentro de Edith. Cuando la parte inferior se unió sin dejar espacio ni para una hoja de papel, ambos exhalaron un leve gemido al mismo tiempo.

Con sus cuerpos firmemente unidos, podía sentir muchas cosas. La respiración entrecortada, la suavidad de la piel, el calor del cuerpo, incluso los latidos del corazón del otro. En comparación con las noches en las que era aplastada unilateralmente, el día, donde todo se compartía, traía consigo placer y una emoción abrumadora.

Los humanos pueden expresar sus pensamientos y sentimientos, pero no pueden compartir con otros lo que sienten tal cual es. Pero a través de este cuerpo entrelazado como si fueran uno, Edith estaba segura de que él también sentía lo mismo que ella. Lo que estaba conectado eran los cuerpos, pero lo que se había vuelto uno eran los sentimientos.

Por primera vez, entendió a aquellos que se unían apresuradamente en las sombras. No eran simplemente unos insensatos que se entregaban a un futuro incierto. Si su acto era algo así, si ella lo hubiera sabido, seguramente la primera expulsada del convento habría sido ella. Para quienes siempre llevan un gran vacío en el corazón, un acto como este debía proporcionar la mayor plenitud.

Sería como beber agua salada por sed, a sabiendas de que no deberían hacerlo. Porque esta momentánea plenitud te hace sentir increíblemente bien…

Casi todo era como ella había deseado, pero no era perfecto. Este frío que la obligaba a no salir con su esposo de la noche era el cuerpo extraño que se interponía en su fantasía.

—Edith.

Escuchar su nombre la hizo sentir que iba a llorar. Un esposo que la llamara por su nombre también era una de las cosas con las que había soñado. Edith extendió la mano y rodeó su cuello con los brazos. Para tener lo que deseas, debes abrazar también lo que no deseas.

Alzó la cadera al ritmo de los movimientos de él que comenzaban. Del cielo despejado, empezó a nevar de nuevo.

***

Cuando el acto sexual terminó, el exterior ya estaba oscureciendo.

Richard se detuvo porque, al final, había visto sangre en la vagina de Edith. Su cuerpo, que ya había sufrido lo indecible cuando se unió a Eckhart, estaba debilitado. Por eso, debido al coito continuado, parecía que finalmente se había lastimado el interior.

Al ver la sangre, Richard se horrorizó y retiró su miembro. En lo suyo, que una vez que había entrado, se había quedado como en casa, estaba pegajosamente adherido un fluido espeso que no sabía de quién era.

No solo el interior estaba lastimado. La vulva, rozada incontables veces, estaba enrojecida e hinchada, hasta el punto de que cualquier roce era doloroso. Ni que decir tiene que los labios vaginales estaban completamente inflamados. Él se vistió apresuradamente, salió un momento y regresó con un paño limpio y una palangana con agua fría. Y entonces, como si se hubiera convertido en la doncella personal de Edith, comenzó a limpiarle el cuerpo.

Edith se sintió incómoda con sus acciones. Nunca había oído que alguien cuidara así de una mujer después del acto. ¿No se suponía que, al terminar, la pareja se iba y una debía limpiar sola esas vergonzosas marcas? Pero Richard se movía con naturalidad, como si esto también fuera parte del acto.

Cuando el día se fue oscureciendo y el exterior quedó cubierto por una oscuridad total, su cuerpo empezó a temblar.

La noche es el momento de Eckhart. Al darse cuenta de ese hecho, sintió el terror de que él, en cualquier momento, abriera la puerta y entrara para llevársela.

Como si hubiera notado esos pensamientos de Edith, Richard habló.

—El jefe de la familia ha salido a inspeccionar los alrededores de la mina. Dijo que tardaría alrededor de una semana.

Al oír eso, Edith por fin pudo volver a respirar.

Ya fuera porque Richard había echado un montón de leña a la chimenea, o porque había estado todo el rato enredada con él, no sentía frío, sino más bien un poco de calor. Entonces, entre las cosas que la cubrían, encontró algo familiar.

—Tú también tienes una. Supongo que es natural…

Edith hundió su rostro en la piel de zorro de la nieve. ¿Todavía no la habrían curtido bien? Olía al característico olor de los animales salvajes, pero era cálida y agradable, así que la atrajo hacia sí para cubrirse.

—Ah, con eso tenemos planeado confeccionarle su ropa nueva. Como la vi usar con gusto el abrigo de zorro de la nieve que le di antes…

—Gracias. Debe haber sido difícil de cazar.

—Bueno, eso…

Richard intentó decir algo, pero desvió la mirada como si hubiera recordado algo.

Y, sin decir nada más, se tumbó junto a Edith. Aunque la había abrazado y poseído hasta que llegó la noche, su tacto aún destilaba una lujuria vívida. Como si pudiera continuar así hasta la mañana. Sin darse cuenta, los ojos de Edith se cerraron suavemente. Parecía que, después de haber llevado su cuerpo, ya al límite, a moverse tan violentamente otra vez, realmente había agotado sus fuerzas.

Entonces, Richard le preguntó:

—¿Hay algo que quiera hacer?

—¿Algo que quiera hacer?

Edith se sintió confundida por la pregunta. Hasta ahora, nunca había hecho algo porque ella lo deseara. Siempre se había limitado a obedecer órdenes. En el palacio imperial, las órdenes del emperador; en el convento, las de la abadesa. Por eso, nunca había pensado en lo que quería hacer.

—¿Qué debería hacer?

—No es que le esté ordenando que haga algo. Solo le digo que si hay algo que quiera hacer, puede hacerlo cuanto quiera, como quiera.

—Algo que quiera hacer… Aún no lo sé.

«Sé lo que tengo que hacer. Eckhart, para que quedara embarazada rápido, no dejaba de derramar su simiente en mí, sin que mi interior tuviera tiempo de secarse. Pero, ¿qué es lo que quiero hacer? Aparte de concebir, ¿qué más debo hacer?»

Pensándolo bien, siempre había pensado solo en sobrevivir, nunca en qué quería hacer viviendo.

—Dame un momento para pensar… lo pensaré…

La voz de Edith, que respondía, se fue apagando y sus ojos se cerraron. Entonces, como si tuviera frío, encogió el cuerpo. La mirada de Richard, que recogía la ropa y la manta esparcidas a su lado, se detuvo en la piel de zorro.

La estuvo tocando durante un buen rato y luego la apartó a un lado. En su lugar, cubrió a Edith con su propia ropa. Al ser menos cálida que la de zorro, Edith se acurrucó en el pecho de Richard.

Abrazando aquel pequeño cuerpo, Richard pensó:

«Tengo que apresurar el marcaje.»



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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