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Capítulo 2

El cielo comenzó a teñirse de rojo en el horizonte y, en un instante, la oscuridad cubrió el convento de Erem.

Edith contempló la sala de oración. En ese edificio, el más grande de todo el complejo del convento y que apenas se usaba excepto en las grandes festividades, colgaban innumerables lámparas. Junto a la sala, había varios carruajes y también muchos sirvientes y doncellas que transportaban objetos al interior del recinto.   

El aroma apetitoso y estimulante que provenía de allí hizo que Edith lo mirara por un momento antes de volver la cabeza. Acto seguido, se dirigió a un edificio modesto en un rincón del convento.

En ese lugar, donde las novicias tomaban sus comidas, había mesas toscas y sillas de madera. Un espacio tan sencillo que rayaba en lo pobre. Edith se dirigió a su sitio habitual con familiaridad y observó el plato frente a ella. Sobre un cuenco desportillado había dos duros pedazos de pan, bayas silvestres y setas hervidas. Si solo fuera eso, habría sido una comida como cualquier otra. Pero hoy había un alimento nuevo.

«¿Serán las sobras que les ofrecieron a los invitados?» 

Junto al pan había un poco de carne toscamente cortada, con manchas oscuras de quemado.

Edith terminó una breve oración y puso la carne entre el pan. Al darle un mordisco, el sabor a quemado y el característico gusto grasiento de la carne inundaron su boca. Era un sabor de lujo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

El convento de Erem estaba construido sobre un sanctasanctórum que poseía un poder peculiar. Aquella tierra era un lugar donde no se podía dar muerte a ningún ser vivo. No solo los humanos, sino también las bestias estaban protegidas por ese poder. Por esa razón, en el convento de Erem era difícil obtener carne.

Masticando la carne en su boca, Edith recordó los víveres que los invitados habían traído en carruajes repletos. Había montones de carnes que debían haber cazado y traído de tierras lejanas.

Sabía bien qué sabores tenían aquellas cosas. Tordos regordetes asados y untados con miel, ciervos asados rellenos de especias preciosas, pato guisado durante largas horas con muchas verduras hasta quedar tierno y deshacerse, pescado frito rociado con salsa…

Los sabores que creía haber olvidado hacía tiempo regresaron vívidos. Ante el sabor ficticio creado por su memoria, la fina garganta de Edith se movió con fuerza.

Quienes habían pasado toda su vida en el convento no lo sabían. Pero Edith, que había sido Princesa, conocía esos sabores y por eso podía anhelarlos.

Edith, que se había sumido por un instante en el pasado, volvió a mover las manos. No era momento de dejarse llevar por pensamientos vanos. Debía terminar de comer rápido y regresar a su alojamiento. Si no lo hacía…

Justo cuando las manos de Edith se movían con prisa, la puerta del comedor se abrió de golpe. Con el sonido de unos pasos bruscos, una mujer se acercó a su lado, arrastró una silla con un gesto nervioso y se sentó. La mujer, vestida con el mismo hábito de novicia que Edith, tenía el rostro lleno de irritación y los labios fruncidos en un gesto de descontento.

—Abir.

Edith llamó el nombre de su hermana.

Hermanastras, de padre compartido pero madre diferente, con un año de diferencia de edad.

Aunque fueran hermanas, hasta encontrarse en el convento no habían tenido una relación particularmente cercana como tales. No era algo extraño. El Emperador tenía esposas en número de dos dígitos e hijos en número de tres dígitos.

El Emperador era un hombre enloquecido por la guerra. ¿Cuántos reinos habrían sucumbido a sus manos en las últimas décadas? Tenía una costumbre perversa: la de engendrar hijos a toda costa con los miembros de la realeza de los países que conquistaba.

Entre la gente, a los hijos nacidos así solían llamarlos “recuerdos”. La vida de estos “recuerdos” se dividía en tres caminos.

El primero era vivir en el palacio imperial, recibiendo el cariño del Emperador y siendo tratados como miembros de la familia imperial. El segundo era ser entregados como regalos a los allegados del Emperador. El tercero era ser enviados a un lugar muy lejano del palacio imperial y terminar allí sus días.

Edith y Abir eran “recuerdos” destinados a vivir el último camino.

Se desconocía qué criterios usaba el Emperador para clasificar a los “recuerdos”, y tampoco era importante. Porque lo único que Edith podía hacer era aceptarlo.

Abir, ya sentada, miró el plato frente a ella, frunció el ceño y murmuró:

—Maldita muchacha. Menuda suerte tiene.

Ante su voz aguda, las otras novicias que estaban cerca lanzaron miradas furtivas a Abir. Pero ellas no pudieron decirle gran cosa. Existía un muro infranqueable entre ellas, que eran plebeyas, y Abir, que, aunque viviera una vida llamada de “recuerdo”, seguía siendo princesa.

En lugar de eso, las jóvenes se apresuraron a levantarse e irse para escapar de la incómoda situación. Cuando las otras novicias desaparecieron, Abir empezó a hablar aún más alto.

—¿Viste los carruajes? Dicen que aquellos cofres que llevaban dentro venían rebosantes de monedas de oro y plata. Nashira, esa chica, después de abrir las piernas tan alegremente, al final ha atrapado a un hombre que hasta ha venido a buscarla al convento.

Ante ese lenguaje tan vulgar, difícil de creer que saliera de la boca de una princesa, Edith frunció el ceño. Pero Abir, sin inmutarse, continuó dirigiendo palabras innobles hacia Nashira.

—El hombre que vino a buscar a Nashira es plebeyo, al parecer. Pero como tiene un montón de dinero, le ofreció un montón de cosas increíbles a Su Majestad y le concedieron el matrimonio. Ese hombre, seguro que Nashira también le habrá abierto las piernas a otros tipos…

—Abir. Basta ya.

Edith, que no pudo soportarlo más, interrumpió a Abir. Edith encontraba absurdo que Abir censurara a Nashira por esa razón. ¿Acaso Abir no había hecho lo mismo que Nashira? Abir lanzaba miradas coquetas a los hombres de manera excesiva en los banquetes del palacio, e incluso se acercaba a aquellos que visitaban el convento para entregar donaciones.

Hace unos meses, Edith vio a Abir cogida de la mano de alguien mientras subía a un carruaje. El carruaje, con las cortinas corridas, se había balanceado durante un buen rato. Aunque no lo vio, podía imaginarse lo que ocurría dentro. Y después de eso, señalar a Nashira.

Aun así, no tenía intención de culpar a Abir. Porque, al igual que Nashira, Abir también actúa por desesperación.

Abir estuvo refunfuñando un buen rato y luego comenzó a cenar. Devoró rápidamente la comida de su plato y acto seguido alargó la mano hacia los platos preparados para las otras novicias.

—Abir. Esas son para las otras hermanas…

—¿Y qué más da? Culpa de las que llegaron tarde. Y, total, para las monjas de aquí esto es un lujo de todas formas. Son las que se pudrirán aquí toda la vida, ¿para qué quieren saber lo que es lo bueno?

Abir, con toda naturalidad, siguió comiendo la comida de las demás. Luego, mirando a Edith, murmuró:

—Ya verás. Yo saldré de aquí. No pienso dejarme llevar a un convento de clausura como tú, tan quieta.

Habiendo vaciado hasta los otros platos, Abir miró a Edith como si fuera una lastima y dijo:

—En lugar de pensar en seguir ciegamente el testamento de tu madre, ¿por qué no te esfuerzas ahora? Decir que entre en un convento de clausura como última voluntad para su hija. Es ridículo.

Edith no respondió a las palabras de Abir.

La madre de Edith había sido una princesa de cierto reino lleno de bosques y lagos. Cuando faltaba un mes para su boda, fue hecha botín de guerra y arrastrada al lecho del Emperador, y el niño que nació así fue Edith.

Su madre no quería a Edith, pero tampoco la odiaba. Simplemente la miraba siempre con una mirada indiferente, como si mirara un mueble. Ella, que había estado muriendo desde el momento en que fue llevada al palacio imperial, falleció el año en que Edith cumplió doce años. Justo antes de exhalar su último suspiro, llamó a Edith.

—Edith.

Qué extraño le sonó su propio nombre, pronunciado por su madre por primera vez. Edith, titubeando, se acercó a su madre, que yacía acostada. Ella, con una mirada y una voz tan claras que no parecía alguien a punto de morir, dijo:

—Entra en un convento de clausura y muere sin deshonra. Allí, ni el Emperador… ni ellos…

La respiración de su madre se volvió agitada y, acto seguido, sus ojos se cerraron. Dejando así ese breve testamento, su madre expiró.

Mirando a su madre, que ya no abriría los ojos, Edith pensó: «Sé bien que mi madre no deseaba casarse, y que yo soy el resultado de ello. Por eso puedo entender sus palabras de que me aleje del Emperador. Pero, ¿quiénes demonios serían “ellos”?»

Incluso después de que terminara el humilde funeral y regresara sola al tranquilo palacete, Edith siguió pensando en quiénes podrían ser esos “ellos” que mencionó su madre. Pero no pudo encontrar la respuesta.

Eso sí, sabía qué era la deshonra de la que hablaba su madre. Que si entraba en un convento de clausura, no tendría que ser abrazada por alguien a quien no deseara, ni tendría que dar a luz a un hijo no deseado.

Así pasó el tiempo.

Cuando Edith cumplió 19 años, llegó la orden de partir al convento.

El convento de clausura. El lugar al que entraría tras completar el periodo como novicia estaba situado en la parte más profunda del sanctasanctórum, y se decía que ni siquiera el Emperador podía entrar en él. Era un lugar donde el silencio era la primera regla, por lo que debía pasar la vida solo rezando, sin poder pronunciar palabra alguna hasta la muerte. Las otras princesas de su edad se aferraban al emisario que traía la orden, suplicando que, por favor, retiraran esa orden de ir al convento. Pero al día siguiente, todas fueron cargadas en carruajes como bultos y llevadas al convento.

Y pasó un año.

«Ahora, la semana que viene…» 

Ella misma entraría en el convento de clausura. Todo lo que había ocurrido aquí, lo dejaría enterrado en este lugar.

Al recordar ese hecho, la expresión rígida de Edith se relajó un poco. Abir, que seguía comiendo la comida de otra, vio a Edith así y entrecerró los ojos.

—Tú debes ser la única a la que le gusta ir a un convento de clausura. Ojalá Yenin hubiera sido como tú. Si lo hubiera sido, no habría acabado hecha un estropicio así.

Al oír el nombre de Yenin, la expresión de Edith se endureció.

Yenin también era una de los “recuerdos” enviados aquí. Una princesa pusilánime que, más que nadie, temía entrar en el convento de clausura. Ella, que no paraba de murmurar que saldría de este lugar, cometió una acción temeraria. Se relacionó con un comerciante que había venido a rezar.

Con el tiempo, el vientre de Yenin comenzó a abultarse, y el convento se sumió en un gran revuelo.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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