Capítulo 19
La corazonada no se equivocó.
—¡Ah, aaah, ugh…!
Edith sintió que el agua volvía a brotar de entre sus piernas. Al mismo tiempo, la fuerza abandonó su cuerpo. Un jadeo áspero escapó de sus labios y las lágrimas cayeron. No podía entender qué fue lo que dijo para enfurecerlo tanto. Y al mismo tiempo, se sintió patética por haber terminado hecha un desastre hoy también, reaccionando a sus estímulos.
Edith cerró los ojos. Conocía sus propios límites. A juzgar por el mareo que ya sentía, si él la llevaba al clímax una vez más, terminaría desmayándose.
Como si lo hubiera notado, él se incorporó. Bañado por la tenue luz de la luna, pudo ver el rostro de él, hecho un desastre por los fluidos que ella había derramado. Su rostro, impecable como durante el día, estaba obscenamente húmedo.
Él posó una mano sobre el vientre de Edith.
—La promesa que hiciste en el bosque no ha terminado. Ahora debes convertirte en la novia de Hacklam.
«Lo sé. ¿No dijiste que me llevarías para tomarme como compañera?»
—Allí, harás lo que se te ha encomendado.
—¿Qué es…?
—¿Qué más podría ser el deber de una novia?
Su gran mano acarició el plano vientre de Edith.
—Quedar preñada. Si no fuera por eso, ¿qué razón habría para ir a buscarte a esa tierra asquerosa?
Ante sus palabras, el rostro de Edith se ensombreció.
Pensó en su madre después de mucho tiempo. Su madre, que fue traída de su patria, la concibió a ella y, incluso después de eso, tuvo que seguir acostándose con el emperador. No solo su madre, sino también las otras princesas eran iguales.
Era imposible que su madre hubiera sido feliz. Por eso, Edith suponía que había dejado como última voluntad que ingresara en un convento de clausura.
«Debí haber seguido esas palabras enseguida. En lugar de esperar a que el emperador me enviara al convento, debería haber dicho que me iría primero. Si hubiera llegado al convento aunque sea un año antes, no, aunque sea un mes… podría haber evitado una vida como la de mi madre».
Edith se encogió. Se dio cuenta demasiado tarde de que la vacuidad de ese lugar que pensaba era horrible, le habría dado el descanso que necesitaba.
—Por qué… —murmuró, moviendo los labios.
—¿Por qué… yo?
Era una duda que albergaba desde que salió del convento. ¿Por qué él vino a buscarla precisamente a ella? Las palabras que dijo hace un momento lo hacían aún más extraño.
Él llamó al santuario una tierra asquerosa, pero aun así vino allí. Era una suposición, pero sin duda la había estado observando desde hacía mucho tiempo. El hecho de que la hubiera rescatado de los cazadores también fue posible porque la estaba vigilando.
Pero eso solo puede hacerse con algo que vale la pena. Si se trataba de una princesa, en el convento quedaban otras, incluida Abir. También existía la opción de llevarse a Yenin. Entonces, ¿por qué ella?
—¿Crees que fuimos a buscarte porque “nosotros” queríamos?
Robin: Nosotros???
La mano que acariciaba su vientre subió. La mano que, en otras ocasiones, habría acariciado sus senos con lujuria, se movió con sequedad hacia arriba. Su mano tanteó el cuello de Edith. Era un movimiento como si estuviera calculando si podría estrangularla con una sola mano.
—El emperador tomó lo nuestro, así que nosotros no tenemos más remedio que tomar lo suyo.
Dijo algo incomprensible mientras rodeaba el cuello de Edith con la mano como si lo agarrara.
Edith contuvo la respiración. Fue porque, instintivamente, sintió intenciones asesinas en él.
No era una amenaza vana. Si él decidiera ahora estrangularle el cuello, este se rompería y su aliento se detendría sin más. Edith, conteniendo la respiración, sintió el tacto que rondaba su garganta.
No obtuvo una respuesta clara a la pregunta que albergaba. Sin embargo, era seguro que el odio que él guardaba se debía a su padre, a quien ella apenas había visto en su vida.
Por eso Edith calló. Porque sabía que si la causa del odio era su sangre, no había manera de solucionarlo. Después de todo, no podía extraerse toda la sangre que corría por sus venas.
La mano que tanteaba su cuello se retiró. Pero no hubo un suspiro de alivio. Sin decir nada más, él volvió a abrirle las piernas.
—Cuando llegues a Hacklam, tendrás que recibirlo más a menudo.
No preguntó qué era lo que tendría que recibir. Era una pregunta demasiado estúpida para hacer en una situación como esta.
Enseguida, sus largos dedos penetraron en su interior, y Edith gimió mientras arqueaba la cintura.
—A pesar de haberlo tragado tantas veces, sigues estrecha.
Dijo con voz irritada mientras movía los dedos suavemente. Cuando la uña rozó el punto más profundo que su lengua no había podido alcanzar, su cintura se arqueó aún más. A diferencia de su mente llena de miedo y desesperación, su cuerpo se encendió rápidamente. Mientras la conciencia se le nublaba de nuevo, escuchó su voz.
—Ya que dices que te gusta que me comporte como durante el día, lo haré así. Así que… —susurró él, acercándose más a su oído—, más te vale hacer pronto lo que tienes que hacer.
Sus dedos se doblaron, ensanchando el interior de Edith. Como si le estuviera advirtiendo que se preparara para recibir algo más grande que eso dentro de ella otra vez.
***
A partir del día siguiente, Edith comenzó a enfermar. No sabía si era por haberlo recibido derramando tanta agua que las pieles que tenía debajo quedaban empapadas, o por el viento del norte que se colaba entre las mantas que había dejado entreabiertas.
Le subió la fiebre y un dolor le invadió todo el cuerpo, como si este fuera a desmoronarse en cualquier momento. Desde fuera llegaban las voces de Richard y los caballeros. Aunque solo escuchaba algunas palabras sueltas que traía el viento, podía deducir que estaban deliberando si descansar un rato o si, por el contrario, aumentar la velocidad para llegar rápidamente a Hacklam.
Fuera cual fuera la decisión, no era algo que concerniera a Edith. Escuchando el ruido de las ruedas del carruaje, que se había vuelto más fuerte, Edith cerró los ojos. Parecía que los caballeros de Hacklam habían optado por llegar rápido.
Era un alivio. Porque, de todos modos, ya había empezado a sentirse tan mal que ni siquiera podía sentir el mareo por el movimiento.
El carruaje corría como loco a través de la ventisca. A su lado, decenas de caballeros cabalgaban en silencio. Los ojos bajo los cascos de metal miraban de vez en cuando el carruaje. Dentro del carruaje viajaba la novia de su señor. Y también… la mujer que era la novia de Hacklam.
Ellos cabalgaron aún más cerca del carruaje. Como si protegieran algo muy valioso.
La ventisca continuó incluso cuando cambió el día. Así, tras varios días más de viaje, por fin divisaron un imponente castillo que emergía entre la tormenta de nieve. En cuanto la caballería apareció, un fuerte sonido de trompeta resonó desde lo alto del castillo. Entonces, el interior del castillo se volvió un hervidero de actividad. Eran los movimientos de aquellos que se preparaban para recibir a su señor.
El carruaje atravesó rápidamente la puerta abierta del castillo. En cuanto el carruaje y la caballería entraron, se oyó un chirrido y la enorme puerta del castillo comenzó a cerrarse lentamente.
En otros años, esa puerta ya habría estado cerrada desde hacía tiempo. Cuando comenzaba la ventisca, Hacklam cerraba por completo sus puertas y se convertía en una tierra aislada durante todo el invierno. Pero este año, su señor había ido a las tierras de los humanos a buscar a su novia, y hoy por fin regresaba, por lo que el momento se había retrasado.
¡BAM!
Con un fuerte estruendo, la puerta del castillo se cerró, y la gente miró hacia el recinto interior donde había entrado el carruaje.
Entre ellos, algunos de los más mayores levantaron las manos y se arrodillaron de cara al castillo.
Hacklam. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que estos lobos negros habían tomado una novia? Antes también hubo quien estaba destinada a ser la novia. Quizás, la que habría sido la última novia. Sin embargo, el emperador, que veía a Hacklam como una espina clavada, al final la apartó y la asesinó.
Pero Hacklam había vuelto a encontrar. A la que sería su novia.
En medio de la ventisca, las ventanas de las altas torres del castillo comenzaron a iluminarse una a una. Ahora que el señor había regresado, el castillo permanecería siempre iluminado, sumido en el regocijo.
La ventisca arreciaba.
***
Edith despertó con un fuerte dolor de cabeza, como si le fuera a estallar la cabeza.
Al principio, estaba tan aturdida que ni siquiera era consciente de que había abierto los ojos. Su visión era borrosa y solo percibía formas difusas y blanquecinas.
Tras parpadear varias veces más, los contornos de las cosas que entraban en su campo visual se volvieron gradualmente más nítidos. Solo después de esforzarse por recuperar la conciencia durante un buen rato, Edith se dio cuenta de que estaba en una habitación suntuosa.
No había sonido de viento, ni ruido de ruedas de carruaje, ni balanceo. Ya no estaba dentro del carruaje.
«He llegado a Hacklam».
Pensó que moriría allí, gimiendo de dolor, pero al final había logrado sobrevivir y llegar a este norte.
—¡Oh, cielos, ha abierto los ojos!
Entonces, escuchó una voz tan aguda y exageradamente alegre que parecía que le iba a perforar los oídos. Edith giró lentamente la cabeza. Allí, de pie, no estaba la criada que había visto en el carruaje, sino una joven bien vestida, de la edad de Edith.
—Tú… ¿quién…?
De su garganta escapó una voz terriblemente rasgada, pero no era momento para preocuparse por eso. La mujer, como si ya lo esperara, trajo un vaso de agua, incorporó a Edith y le acercó el vaso a los labios. Aunque se mostraba amable, parecía ser la primera vez que cuidaba a alguien, pues sus movimientos eran torpes.
Después de que Edith, derramando la mitad del agua, consiguiera humedecerse los labios con esfuerzo, la mujer le habló.
—Me llamo Rokesha Neumann. He entrado en el castillo como doncella de la señorita. Hasta la ceremonia de la boda, espero que nos llevemos bien.
—¿Boda…?
—Sí. Se celebrará la semana que viene.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN