Capítulo 18
Hacía tiempo que no mantenían relaciones, así que cuando su cuerpo cedió de repente, un dolor agudo se extendió por cada fibra de su ser. Edith, con la boca abierta, jadeaba con forcejeos, sintiendo cómo él la penetraba. En medio de la dificultad, su mano forcejeó y agarró la manta que la cubría. Fue entonces cuando Edith cayó en la cuenta de dónde se encontraba y se mordió el labio con urgencia.
Ricardo se retiró de su cuerpo con parsimonia. Pero no pudo sentir alivio. Tal como esperaba, sin llegar a sacarse por completo, volvió a abrir su entrada con la parte más ancha de su miembro.
Él movió sus caderas con lentitud. Cuando aquella dureza rozó con fuerza la entrada, destellos de luz bailaron ante sus ojos.
—Ugh… ¡Uh…!
La cadera de Edith se movió al compás del vaivén de él. El recuerdo de haberse enredado sin descanso en el bosque durante las últimas semanas permanecía vívido en su cuerpo. Todo era una marca que él había dejado en ella. Sin poder evitarlo, ella extendió los brazos para rodear su cuello. Sabía que, al hacerlo, los movimientos de él se volvían un poco más indulgentes.
Por suerte, también esta vez sus movimientos se ralentizaron un tanto. Aunque se sintió aliviada por ello, no podía olvidar que estaban dentro de un carruaje. El espacio que Edith y su doncella habían compartido constantemente. Muchos nobles ven a las doncellas como meras herramientas. Cuando vivió en el palacio imperial, ¿acaso no fue testigo de cómo trataban a las doncellas como objetos que debían moverse por sí solas?
Pero Edith no había sido criada con suficiente refinamiento como para pensar de esa manera. Mostrar a alguien ese acto de cópula era algo impensable.
Los ojos de Edith recorrieron el interior del carruaje. La única luz provenía de la tenue claridad lunar que se filtraba entre las cortinas entreabiertas, y al despertar apenas del sueño, sus ojos aún no se habían acostumbrado a la oscuridad. Mientras Edith, sobresaltada, forcejeaba, él apretó su entrepierna con fuerza contra ella.
Él empujó hacia adentro como si quisiera introducirse por completo, y la abrumadora sensación hizo que las pestañas de Edith temblaran. No es que en el bosque no hubiera sido igual de abrumador, pero ahora resultaba aún más difícil.
¿Lo habría notado? Él chasqueó la lengua y dijo:
—A la doncella la mandé fuera, así que relájate.
Al oír eso, su tensión se disipó de golpe. Él no dejó escapar ese instante. El movimiento que por un momento había sido amable, volvió a tornarse brusco. Edith se balanceaba sin resistencia al ritmo que él imponía. Quizás por el tiempo transcurrido, su cuerpo, que estaba rígido, fue cediendo poco a poco y el placer aumentó.
—¡Ah!
En el momento en que él acarició su punto más sensible, un gemido escapó entre sus dientes. Fue entonces cuando Edith cayó en la cuenta de un detalle que había pasado por alto. Había estado tanto tiempo solo con su doncella en aquel espacio que lo había olvidado, pero alrededor del carruaje estaban los caballeros de Hacklam.
Solo los había visto en el convento y, durante el viaje, fugazmente a través de la ventana, pero sabía que ellos eran más perceptivos que nadie a cualquier presencia. No era posible que ellos, en esa noche silenciosa, ignoraran lo que ocurría dentro del carruaje.
—¡Basta ya!
Edith, aterrada, intentó apartar su cuerpo. Pero él sujetó la cintura de Edith con la mano y volvió a introducirse profundamente. Si lo hiciera rápido, tal vez ella podría incluso perder la conciencia, pero al hacerlo tan lentamente, Edith podía sentir vívidamente cómo la iba ensanchando por dentro. La arremetida de aquello que se introducía a la fuerza, como si quisiera abrirla toda por dentro, no mostraba la más mínima señal de amainar.
—¿Y por qué debería parar?
Cuando Edith intentó apartarlo empujándole el pecho, él preguntó, como si le pareciera extraño. Al no conseguir que él retrocediera por más que lo empujaba, Edith lo miró.
—Fuera, los caballeros…
—¿Y qué con ellos?
Él preguntó con una voz que denotaba que realmente no lo comprendía.
—Tanto tú como ellos saben perfectamente que solo hay una razón para que yo entre en este carruaje.
Su actitud era como si dijera: ¿cuál es el problema entonces?
Su actitud tan despreocupada hizo que quien terminara angustiada fuera Edith. Para intentar sacar aquello que le hurgaba las entrañas, agarró la manta que estaba debajo e intentó apartar el cuerpo. Entonces él apretó la mano con la que sujetaba su cintura. Al darse cuenta de que no podía escapar, los ojos de Edith se enrojecieron y pronto comenzó a sollozar.
Aunque estuvieran dentro del carruaje, se sentía como si estuviera desnuda y obligada a abrir las piernas frente a todos. Prefería mil veces estar en brazos de él en el bosque. Los pequeños sollozos pronto se convirtieron en lamentos. Quizás no le gustaban las mujeres que no gemían, porque él soltó un sonido molesto y retiró su cuerpo de entre las piernas de Edith.
Incluso en la oscuridad, pudo ver el enorme pilar que se retiraba de su cuerpo. Al ver el aspecto lustroso de aquello, Edith sintió aún más vergüenza y amargura. Ni ella misma sabía por qué se sentía tan agraviada. Él era el dueño de su vida. Pronto sería su esposo, así que según las leyes del imperio, Edith se convertiría en su posesión absoluta.
Si hubiera sido una princesa de verdad, quizás habría sido por orgullo. Pero era un ser tan inútil que la habían abandonado en un convento, por lo que Edith nunca se había tomado la molestia de valorar sus propios sentimientos. Por eso rara vez se enfadaba y tampoco se entristecía. Así que ahora mismo, solo tendría que aceptarlo, pero no podía comprender por qué se sentía así.
En medio de esa confusión mental, sin poder evitarlo, soltó lo que pensaba.
—Durante el día… durante el día no eras así…
Edith recordó la imagen de él que había visto durante el día. Tenía la misma cara que ahora, vestía la misma ropa. El color del cabello y de los ojos también eran iguales. Sin embargo, la imagen del perfecto caballero noble había desaparecido, y ahora solo quedaba un grosero que ni siquiera pensaba en ocultar su miembro erecto.
Al oír sus propias palabras, Edith encontró la respuesta a por qué se sentía así. Lo que sentía ahora era traición. Traición por cómo la sensación de alivio que había sentido al verlo durante el día se había hecho añicos en un instante. Quizás también era desprecio hacia sí misma, la estúpida que por un momento llegó a albergar algún sentimiento por él.
—¿Durante el día?
Como si ya hubiera perdido por completo el interés en continuar, él volvió a ponerse la ropa.
—Durante el día, ¿no fuiste tú quien primero coqueteó conmigo?
¿Coquetear? ¿Cuándo había hecho eso? Apenas habían cruzado palabra, ni siquiera sus cuerpos se habían rozado. Entonces, ¿a qué se refería?
—Te agarraste de mi brazo y te colgaste de mí, así que me tomé la molestia de sacar tiempo esta noche para follarte, y ahora armas un escándalo diciendo que no quieres. ¿Qué se supone que haga?
Él se forzó a guardar su miembro, aún sin amainar su ardor, dentro del pantalón. Como si no entrara bien, estuvo un buen rato maniobrando con la mano, hasta que volvió a agarrar la pierna de Edith. Ante su acción, Edith rápidamente se cubrió la entrepierna con la mano. Porque en momentos así, él lamía y chupaba tanto que parecía que le iba a desgarrar la entrepierna.
Tal como esperaba, como si le dijera que no se pusiera pesada, él apartó bruscamente la mano de Edith y finalmente hundió su rostro, como embistiendo, entre sus piernas abiertas. Su alta nariz se deslizó entre los pliegues húmedos de su carne, restregándose. Así como él no había podido calmar su excitación, el cuerpo de Edith también seguía sensible.
—¡Ah…! ¡Ugh!
Con solo la sensación de que le rozaban la zona superficial, su cadera se sacudió y su cuerpo se estremeció. Edith no dijo que parara. De todas formas, sabía que no le haría caso. En cambio, se tapó la boca con la mano. Pensó que, si no la estaba penetrando, quizás podría soportar los gemidos de alguna manera.
Él, como había hecho en el bosque, lamió la entrepierna de Edith sin descanso. La imagen de aquel hombre corpulento postrado entre sus piernas, con la cabeza gacha lamiéndola, era como una bestia gigante lamiendo miel. De repente, recordó el estandarte de Hacklam. Un enorme lobo negro. En el momento en que pensó que el que estaba entre sus piernas era como el lobo de aquel estandarte.
—¡Hup!
De repente, la lengua carnosa se deslizó entre los pliegues de su carne y se introdujo en su interior, haciendo temblar las piernas abiertas de Edith. Aunque no acariciaba las partes más profundas, el placer se fue acumulando gradualmente. Edith pronto supo por qué. En el bosque, él lamía toscamente a su antojo, pero ahora no era así. A pesar de haberle abierto las piernas con brusquedad, su lengua se movía suave y dulcemente. Abriéndola lentamente para penetrar, la recorría con parsimonia, encontrando los puntos donde el cuerpo de Edith temblaba. Y entonces, muy despacio, comenzó a devastar ese lugar. Lamiendo, y lamiendo otra vez. Como un niño que derrite un caramelo en la boca durante mucho tiempo.
Así, aunque lento, la excitación se fue acumulando de manera constante. Lo que era como el agua de un arroyo que moja los pies, se fue amontonando hasta convertirse en una ola.
—¡Aaah!
Cuando la lengua, que lamía como haciendo cosquillas, se deslizó hacia el interior más profundo, el cuerpo de Edith dio un respingo.
—No haga eso, así, de esta manera… no…
—¿Por qué? Estoy actuando como durante el día. Te estoy lamiendo con cortesía, pero ¿qué es lo que te disgusta tanto?
En su voz se filtraba una leve risa. Al oír esa voz, a Edith se le heló la espina dorsal. Porque sabía que cuando él se reía era porque no estaba de buen humor.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN