Capítulo 12
Edith no parecía importarle la situación en la que se encontraba, el hombre hundió su miembro hasta lo más profundo y se quedó así, disfrutando, durante un largo rato. Los dedos temblorosos de Edith se aferraban al suelo. Una sensación que iba más allá del dolor la abrumaba.
Con la boca bien abierta, apenas exhalaba un difícil aliento entrecortado, sin emitir sonido alguno, sintiendo con todo su cuerpo aquello que la estaba desgarrando por completo.
«¿Qué es esto? ¿Por qué, cómo…?»
Un sudor frío recorría su cuerpo tembloroso. Sentía como si todos los músculos de su cuerpo estuvieran tensados al máximo. En la oscuridad del convento, había oído los jadeos de las parejas en el acto, pero no eran así. Incluso, ¿no exhalaban ellos gemidos de placer? No podía imaginar que nadie realizara un acto tan violento, que parecía llevarla a la muerte.
—Relájate. Si no, solo sufrirás tú.
Quiso preguntarle cómo se suponía que debía hacer eso. Lejos de poder relajarse, sentía que si respiraba mal, se desmayaría en ese mismo instante.
Ante el consejo, Edith permaneció rígida sin saber qué hacer, y la mano del hombre volvió a apretarle el pecho. Pero esta vez era diferente a los bruscos amasamientos de antes. Como si sus acciones anteriores hubieran sido un engaño, su mano ahora repetía el movimiento de apretar suavemente su sensible seno para luego soltarlo. Mientras tanto, con sus dedos callados, le rozaba con delicadeza el erguido pezón.
—¡Ah!
Edith se retorció por el cosquilleo. Su parte íntima, que sujetaba firmemente el miembro de él como si fuera a desgarrarse en cualquier momento, se estremeció. Al mismo tiempo, una sensación punzante se extendió por su cuerpo. Dolor y cosquilleo, y entre ambos, un extraño anhelo que surgía débilmente. Sensaciones complejas se entremezclaban sin orden.
Entonces, el hombre inclinó la cabeza y succionó el pecho que había estado acariciando. Su generoso seno se deformaba contra su afilada nariz.
—¡Ah, uh, um!
Su lengua lujuriosa y persistente jugueteaba con el pezón. El hombre, sin titubeos, hundió su rostro en el pecho de Edith mientras con la otra mano agarraba el otro seno. Ante la continua estimulación, la punta se endureció aún más. Mordisqueando un pezón con los dientes, pellizcaba el otro con los dedos.
Cada vez que lo hacía, su interior se contraía y apretaba aún más aquello que ya de por sí apenas podía contener. Los gemidos que resonaban en el bosque se mezclaban con respiraciones cada vez más excitadas. Cuanto más agitada se volvía su respiración, más abría Edith la boca. ¿Sería esta la sensación de un pez arrojado a la orilla? Sentía cómo se secaba con cada movimiento de la lengua del hombre.
Después de un buen rato succionando sus pechos, el hombre mordió con fuerza el pezón y luego levantó la cabeza. Tan intensamente había estado chupando y restregando que, incluso en la oscuridad, podía ver el brillo de la saliva en sus labios.
—Parece que ya te estás acostumbrando. Ya no lloriqueas tanto.
El hombre le dio unas palmaditas en el pecho, como si estuviera satisfecho. Bajo su tacto, los senos enrojecidos y llenos de marcas de mordiscos se balancearon. Su mirada no se apartaba de los pechos que se movían al ritmo de sus manos.
—Me gusta. Cuando te salga leche, sabrán mejor.
Su tono era desapasionado, como si estuviera evaluando un producto en el mercado, más que impregnado de lujuria. Aun así, la mano del hombre no soltaba el pecho de Edith. Como si lo que acababa de obtener fuera de su agrado.
La mano que había estado tanteando sus pechos durante un buen rato, descendió sigilosamente y acarició su vientre. Luego, el hombre acercó aún más su parte inferior. Su duro miembro removió el interior con fuerza. Al mismo tiempo, él presionó con fuerza el vientre de ella con la mano.
Mientras la penetraba y presionaba su vientre, podía sentir con claridad su miembro dentro de su cuerpo. Hasta dónde había entrado, cómo se movía.
¿Le gustaría estar dentro? El hombre, con su miembro aún insertado, disfrutaba lentamente del interior de Edith. En el momento en que pensó que si se quedaba así todo terminaría, el hombre retiró la cadera. Al sentir que se retiraba, Edith se disponía a exhalar un suspiro de alivio.
¡ZAS!
—¡Ugh!
El hombre la embistió con violencia.
¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS!
Sujetando las caderas de Edith, que forcejeaba, arremetió con fuerza contra su interior. Sin darle tregua, el incesante movimiento hizo que las caderas de Edith se elevaran en el aire. Ya no le quedaba mente para preocuparse por la ropa o nada más. Junto a la cadera del hombre, sus delgadas piernas se balanceaban al ritmo de sus embestidas.
El sonido húmedo de los cuerpos chocando golpeaba sus oídos. Su interior, que antes estaba tan apretado, ahora rezumaba fluidos. Con cada movimiento de él, junto al sonido húmedo, los fluidos salpicaban en el punto de unión. Sus caderas, elevadas al máximo, temblaban sin control. Los movimientos del hombre se volvían cada vez más rápidos. En el momento en que Edith, incapaz de soportar más, iba a desplomarse, él la sujetó por las caderas y la embistió con todas sus fuerzas, como si quisiera introducir todo su cuerpo dentro de ella.
Edith perdió todo sentido por un instante. Lo único que sentía era a ese extraño en lo más profundo de su ser. Su miembro se retorció, se endureció aún más y se hinchó. Luego, algo comenzó a llenar su interior por completo.
Poco después, un líquido viscoso fluyó por el interior de sus muslos desde el punto de unión. Al mismo tiempo, el cuerpo de Edith se desplomó sobre las hojas secas. Entonces, el miembro del hombre se deslizó fuera de su cuerpo.
La sensación de que aquello que llenaba su interior se retiraba era extraña.
—Mmm…
Sorprendida por su propio gemido, Edith se mordió los labios. No podía ser. Sin duda había sido doloroso y difícil, ¿por qué entonces emitía un sonido que parecía de añoranza?
Mientras tanto, el hombre se pasó la mano por su miembro, que acababa de salir de ella. Un fluido que no se sabía de quién era, se adhería a él, dándole un brillo húmedo.
—No está mal, mejor de lo que pensaba.
Dijo mientras miraba a Edith, derrumbada. En su mano, su miembro comenzaba a recuperar la rigidez. Edith, arreglándose la ropa a toda prisa, dijo:
—Yo… yo me voy. Ya… ya terminó, ¿no? Tengo que… tengo que irme…
Ahora, entre las ramas de los árboles, se veía un cielo de un color claramente diferente al de antes. Pronto sería la hora de que las monjas se levantaran. Por muy tarde que fuera, debía regresar antes de que se levantaran las monjas encargadas de la cocina.
—¿Que terminó? ¿El qué?
Ante las palabras de Edith, el hombre soltó una risa sarcástica, como si hubiera oído un disparate mayúsculo.
—No me digas que crees que esto se acaba con una sola vez.
—Entonces…
El hombre miró la parte íntima de ella por donde se derramaba su semen. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro. Con la mano, recogió el semen que su interior no había podido retener y lo volvió a introducir en el orificio que hasta hacía un momento lo había contenido.
Al recibir un nuevo estímulo en su cuerpo, relajado después del acto, Edith echó la cabeza hacia atrás. El hombre le habló a ella, que, sin siquiera intentar huir, lo aceptaba impotente.
—Dentro de tres días, te espero.
Susurró mientras con su gran mano cubría su sexo, como para evitar que lo suyo se derramara.
—Será mejor que esa vez, para no molestar, vengas sin nada debajo.
Después de eso, Edith no recordaba cómo había regresado al convento. Cuando recobró el conocimiento, estaba en su habitación y se desplomó en la cama. Por suerte, desde ese día, una gripe se extendió por el convento, y Edith pudo usar eso como excusa para no salir de su cuarto.
Lo extraño era la herida en su cuello. La flecha del cazador le había causado una herida profunda y sangrante, sin embargo, cuando volvió a abrir los ojos, no quedaba ninguna marca en su cuello. Visto que había manchas de sangre en su ropa, no podía ser una alucinación, pero no podía entender qué había sucedido. Lo único que recordaba era que él había estado lamiendo su cuello herido una y otra vez.
Y tres días después, Edith tomó una cesta y volvió a salir del convento.
***
CLICK.
Edith cerró la puerta de su habitación. Se quedó de pie un momento, aturdida, luego se acercó a la cama y se cubrió con la fina manta. A pesar del débil calor, sus dientes castañeteaban con violencia. Tras temblar durante un buen rato, se llevó la mano al pelo. Estaba tan empapado que el agua goteaba. Se había lavado apresuradamente en un arroyo cercano antes de regresar al convento.
Hoy también, el hombre había disfrutado a placer del cuerpo de Edith.
Desde la primera vez que se entregó a él, no recordaba con exactitud cuántas veces se habían acoplado. El dolor y el placer, que parecían quemarle el cerebro, habían nublado su mente una y otra vez.
Sin embargo, había algo que había aprendido con certeza. Que perdiera el conocimiento o no, el hombre la poseía, una y otra vez. El semen que al principio solo se derramaba en su interior, ahora cubría su cabello, su rostro, sus pechos, sin distinción. Por eso, Edith debía lavarse antes de regresar al convento.
Porque si volvía así, las monjas notarían sin duda ese olor a pescado y lascivo.
Cuando salía del agua tras un baño apresurado, el hombre estaba sentado cerca, haciendo girar entre sus manos la ropa que ella se había quitado. Luego, cuando Edith se acercaba a recoger su ropa, él abría los brazos. Edith, apretando los dientes, se refugiaba en su abrazo. Como una mujer desesperada por permanecer un segundo más en sus brazos. Entonces él se reía, complacido, como si estuvieran jugando a un juego de amantes cursi. Cada vez, Edith no tenía más remedio que morderse los labios y hundirse aún más en su pecho.
No podía evitarlo. El clima se estaba volviendo más frío, y su cuerpo, tras meterse en el arroyo, buscaba desesperadamente calor. En el bosque, el único lugar donde Edith podía encontrar calor era en el pecho de ese hombre.
También había una razón más práctica. Como no tenía un paño para secarse, debía de algún modo restregar la humedad en la ropa que él llevaba. Al hacerlo, sin darse cuenta, terminaba restregando su cuerpo desnudo contra el de él, frenéticamente. En esos momentos, la entrepierna de él volvía a hincharse, pero por suerte, el hombre no volvía a poseerla después de que ella se hubiera lavado.
Edith no pensaba que eso fuera una consideración especial hacia ella.
«Solo está jugando conmigo.»
Por eso la retenía hasta el último momento y luego la dejaba ir, como diciendo que ya podía volver.
Había una cosa más que había aprendido. Envuelta en la manta, Edith se agarró el pecho con manos temblorosas.
Cada vez que la poseía, él chupaba y mordía sus senos. Pero hoy, por alguna razón, solo la besaba suavemente y la lamía con la lengua. Esa actitud de él, más que otra cosa, la hacía sentir aún más ultrajada. Cuanto más amable se mostraba el hombre, más miserable se sentía. Porque así, parecía que eran una pareja que se acoplaba por mutuo afecto.
Introdujo la mano entre los pliegos de su hábito. Sus senos, que se abultaban con solo ser tocados por él, le dolían sordamente. Al pellizcar y retorcer sus hinchados pezones con sus propios dedos, un suspiro cálido escapó entre sus dientes.
Edith se encogió aún más, atormentando su propio cuerpo.
Las lágrimas brotaron. Su cuerpo no solo se había acostumbrado dócilmente al acto con el hombre, sino que ahora incluso sentía placer.
«Ya casi termina.»
Solo faltaba una semana para ingresar al convento de clausura.
El hombre le había dicho que tenía algo que hacer y que volviera a salir dentro de una semana. Pero esa misma tarde, ella ingresaría al convento de clausura. Un lugar donde se deja atrás todo lo mundano, incluso los pecados. Una vez dentro, nada podría retenerla.
Si se mantenía tranquila hasta entonces, todo terminaría.
Pero, como siempre, el mundo no se movía según los deseos de Edith.
—¡Hermana! ¿Qué significa esto?
La mañana del día de ingreso al convento de clausura, la aguda voz de la madre superiora resonó en el convento.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN