Capítulo 1
En el bosque hay un lobo.
El bosque alrededor del monasterio estaba cubierto de abetos tan altos que tapaban el cielo. Era un bosque oscuro en el que, si alguien sin buena visión nocturna se adentraba, pronto perdía el norte y comenzaba a dar vueltas sin rumbo, por lo que la gente rara vez se aventuraba en él. Edith corría por ese bosque. El velo que ocultaba su brillante cabello platino había desaparecido, y su hábito de monja, que le llegaba hasta los tobillos y cubría su cuerpo, estaba rasgado longitudinalmente, dejando sus muslos al descubierto.
El lobo te sigue.
Tras ella, que corría como una loca, se oía el sonido de unos pasos que la seguían. A diferencia de la desesperada Edith, el sonido que la seguía era pausado. Como si hubiera salido a dar un paseo tranquilo. Pero el dueño de ese sonido acortaba la distancia con Edith poco a poco.
Incluso mientras corría tan frenéticamente que podía sentir el sabor de la sangre en la garganta, Edith lo sabía. Lo que la seguía podía abalanzarse sobre ella y derribarla en cualquier momento. Aun así, mantener una distancia de unos pocos pasos era sin duda un juego para esa cosa. Estaba saboreando con calma el vil placer de apretar la garganta de una presa que podía atrapar en cualquier instante.
Saltará y te morderá el cuello.
El sonido de los pasos que la seguían dejó de oírse. Al desaparecer el sonido, Edith miró hacia atrás. ¿Habría dejado de perseguirla esa cosa? En el momento en que albergó esa mínima esperanza, algo oscuro y pesado se abalanzó sobre ella.
Su cuerpo, agotado de correr, cayó al suelo sin poder ofrecer una resistencia decente. Cuando pataleó, lo que la había arrollado se rió entre dientes. Como si esa patética resistencia le pareciera divertida.
Pero no podía quedarse quieta. Para escapar como fuera, Edith levantó las manos e intentó apartarlo. Ante sus desesperados movimientos, él se rió.
—Otra vez con patéticas tonterías.
La voz grave se clavó en sus oídos, nítida y clara.
Cuando él se montó sobre ella y la aplastó con su peso, Edith jadeó. A través de la ropa rasgada, podía sentir vívidamente el cuerpo del que estaba encima. Su cuerpo era duro y caliente, como forjado en hierro. El rostro de Edith palideció.
Las palabras que él había dicho resonaban en sus oídos.
Que otra vez hacía patéticas tonterías.
Otra vez.
Ante esa palabra, otra vez, la mente de Edith evocó un recuerdo no muy lejano.
Sí, no era la primera vez que se encontraba en una situación así. Había sucedido lo mismo. Solo que el que se había montado sobre ella entonces era diferente. Si lo pensara ahora, si hubiera aceptado a aquel que se montó sobre ella la primera vez, ¿habría tenido un resultado diferente?
Edith negó con la cabeza sin darse cuenta. Imposible. Quienes extienden la mano solo desean una cosa: el vil placer de aplastar su cuerpo maduro. No importaba quién fuera, el final que le esperaba era el mismo. Ella solo quedaba indefensa…
—¡Ugh!
Antes de que Edith pudiera reaccionar, una mano grande le agarró el pecho. La mano la apretó con tanta fuerza que parecía que iba a estallar, y Edith volvió a retorcerse. La gorguera blanca, símbolo de pureza, se arrugó deformemente en su mano. Él, al ver lo que había arrancado como si la desgarrara, se burló.
—¿Te la doy? Puede que los perros machos reunidos en el monasterio oigan tus gemidos y se encelen todos.
Una voz mezcla de burla y desprecio. Pero Edith, temblando, no tuvo más remedio que asentir. Porque sabía cómo iba a usar él esa prenda.
—Abre la boca.
Edith, temblando, abrió la boca. La otra vez, él también le había hecho morder la gorguera. Gracias a eso, Edith había podido tragarse los gemidos que no dejaban de escaparse. De hecho, era necesario. Porque de su garganta no dejaban de fluir sonidos que una hermana novicia no debería emitir.
La áspera tela tocó sus labios. Pero debido a la tensión que tenía el cuerpo, Edith no logró morderla bien y se le cayó varias veces.
TSK.
Oyó un sonido que denotaba descontento. Edith, dándose cuenta de que su ánimo se había torcido, volvió a abrir la boca con todas sus fuerzas. Lo sabía bien por la experiencia pasada. Él era alguien que se volvía extremadamente violento si no estaba de buen humor. ¿Acaso no se había adentrado tan hondo que ni siquiera podía pedir clemencia, revolviéndolo todo por dentro? Eso, eso era algo que, de verdad, si volvía a experimentarlo…
Los recuerdos grabados en su cuerpo hicieron que Edith se moviera aún más desesperadamente. Abrió la boca como un polluelo que recibe comida. Tras sus dientes blanquísimos, su lengua roja y húmeda se retorció. Al verlo, los ojos de él se entrecerraron.
Los dedos de él, que sostenían la gorguera, se introdujeron en la boca de Edith.
—¡Uu, umm!
Edith hizo arcadas con los dedos que entraron bruscamente.
Aquello se adentró aún más, como si no tuviera intención de considerar su situación. Los largos dedos apuñalaron sin piedad la mucosa húmeda. Cada vez, el cuerpo de Edith se estremecía. Ante tanta violencia, se le llenaron los ojos de lágrimas.
En la cabeza de Edith solo quedaba un pensamiento: debía apaciguarlo y satisfacerlo rápidamente.
Pero no sabía qué hacer ni cómo. Porque entre los conocimientos que había aprendido en la corte imperial y en el convento, no había ninguno sobre cómo calmar la violencia de un hombre. Por ello, Edith no pudo hacer nada más que aceptar aquellos bruscos movimientos sin poder evitarlo.
Los dedos permanecieron un buen rato dentro de ella y luego salieron lentamente. Justo antes de salir, no olvidaron abrirle bien la boca.
—No abre tan bien como la de abajo.
Edith comprendió tarde lo que eso significaba y, ante la oleada de vergüenza, cerró los ojos. Antes de eso, la mano del hombre le metió en la boca la gorguera hecha un ovillo. Luego, sin dudarlo, le separó las piernas.
—¡…!
El gemido ahogado se perdió amortiguado por la gorguera. Al no poder emitir sonidos, su cuerpo se movió. Con sus movimientos desesperados, el cuerpo del hombre se tambaleó. El hombre no le dijo que se estuviera quieta, ni chasqueó la lengua. En su lugar, se introdujo entre sus piernas abiertas y acercó su rostro al de Edith. Sus profundos ojos negros brillaron de cerca. Edith, sin valor para mirarlo, cerró los ojos. Mientras tanto, algo grueso restregó su cuerpo contra el muslo de ella, completamente al descubierto. Algo largo, de punta roma. Edith, al darse cuenta de lo que era, se retorció aún más tratando de escapar de él.
¿Sería por su desesperación? Aquello que había rozado entre sus piernas, bien abiertas, se deslizó sobre la zona húmeda y no consiguió entrar en su destino.
En el momento en que Edith, pensando que había evitado la penetración, iba a exhalar un suspiro de alivio.
—¡Ugh!
Un gemido impregnado de dolor brotó de su boca, amordazada por la tela. Al mismo tiempo, un aliento caliente le rozó el cuello. Unos dientes fríos tocaban las venas que sobresalían por la tensión. Los afilados dientes se hundieron lentamente en su cuello.
—Ah, uh, ugh…
Cuando su mente empezaba a nublarse por el dolor penetrante.
¡ZAS!
Algo pesado se introdujo en su interior.
Los ojos de Edith se abrieron de par en par. No era por el dolor. ¿Cómo, cómo podía haber entrado hasta el fondo de una vez…?
Hasta que se te corte la respiración.
El hombre soltó el cuello que había mordido y movió lentamente la cadera. El dolor ascendió lentamente desde abajo, abierto al límite desde el principio. El hombre dijo mientras se movía pausadamente:
—Mira esto. El de abajo abre mucho mejor, ¿verdad?
Edith no pudo responder. Sus pupilas se agitaban. Entonces, el hombre que estaba encima hundió profundamente su cadera y restregó sin piedad la sensible pared interna.
—¡Umm! ¡Uuuuummm!
Ante la oleada de dolor y un placer más profundo, Edith volvió a cerrar los ojos. Era difícil de soportar. El pasado, el presente. Todas estas sensaciones que la embargaban.
—Abre los ojos.
Ante la voz grave, como el gruñido de una bestia, Edith levantó los párpados con dificultad. En su visión borrosa y distorsionada, aparecieron unos ojos que la miraban fijamente con un brillo intenso.
—Tú lo quisiste, ¿no? Así que debes tragártelo todo.
El hombre que así habló, mientras restregaba de nuevo la parte más vulnerable de Edith contra lo suyo, dijo:
—Disfrutando tanto.
Edith quiso taparse los oídos.
Todo era horrible. Pero lo que más le resultaba insoportable era esto: su cuerpo, que debía ser puro, mientras le grababan la lujuria carnal, lejos de sentirse avergonzado, lo aceptaba con gozo. Su cuerpo, su corazón…
El lobo te devorará.
El hombre empezó a moverse con rudeza. Edith miró al cielo. En el cielo no había nada. Ni luna, ni estrellas, ni siquiera nubes. Solo se veía una oscuridad profunda.
Hasta que tú te conviertas en lobo.
Edith levantó las piernas y rodeó su cintura con ellas. Pensando que ojalá pudiera hundirse más profundamente en esta oscuridad.
Así, para siempre…
—¡Ah!
Edith gimió brevemente y abrió los ojos. El sol de la tarde inundaba la vacía sala de oración. En los rayos de luz anaranjados se reflejaban los viejos bancos de madera y el polvo que flotaba lentamente. A través de la ventana, llegaban risas y voces de niños.
***
Voces de niños cantando una canción que decía que en el bosque hay un lobo y que ese lobo te devorará.
—¡¿No pueden dejar de cantar esa canción tan impía, ¿¡eh?!!
Con la voz de la Hermana Superiora, visiblemente enfadada, la canción se desvaneció. Al mismo tiempo, Edith se dio cuenta de dónde estaba y qué estaba haciendo, y se levantó apresuradamente.
—¡Es tarde!
A juzgar por la luz del sol, era hora de apresurarse a preparar la cena. Si no bajaba pronto a la cocina, recibiría una severa advertencia de la Hermana Superiora.
Edith guardó rápidamente los útiles de limpieza que tenía en la mano en el armario de la limpieza y salió de la sala de oración. Antes de salir al pasillo, se detuvo un momento y miró hacia abajo, a su hábito. Vio la gorguera, sin una sola arruga.
Tras dudar un instante, Edith levantó con cuidado la gorguera con la mano. Su pecho, que había estado oculto bajo la tela, quedó al descubierto. Un pecho lleno de moratones rojos y azules y marcas de mordiscos.
Edith se cubrió apresuradamente con la gorguera.
«Nadie lo sabrá».
Nadie debe saberlo. Las pruebas de la noche pasada.
Porque así, dentro de una semana, podrá ingresar en un convento de clausura y pasar allí el resto de su vida.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN