Capítulo 52
Ante su anuncio de romper el compromiso, la expresión de Malea se tensó y permaneció en silencio por un momento. Eckhart vio cómo temblaba el puño que ella tenía apretado. Estaba conteniendo la rabia.
Eckhart entendía perfectamente su enfado. Así como él había crecido como jefe desde niño, ella había sido criada para ser la esposa del jefe. Malea sentía un enorme orgullo por ello. Estaba convencida de que era la mujer más noble de todo el clan, y esa soberbia a veces era fuente de conflictos.
—¿Todavía estás enfadado por lo del otro día con las criadas? ¿Por eso me estás amenazando ahora?
—Ellas son vasallas, no criadas.
—¡Eso no es lo importante!
Era natural que tuviera orgullo, provenía de una familia distinguida y poseía un gran poder. Pero eso no justificaba que tratara a las demás mujeres del clan como si fueran inferiores. Incluso había intentado utilizar a su antojo a los guerreros de Hacklam , lo que había provocado que Eckhart y ella alzaran la voz en más de una ocasión. Parecía que Malea creía que la ruptura se debía a esos incidentes.
—No es por eso. Es algo que he estado pensando desde hace tiempo.
—…¿Es por la marca?
Al oír las palabras de Eckhart, Malea esbozó una radiante sonrisa, como si hubiera encontrado la respuesta.
—Si eso es lo que te preocupa, podemos grabar la marca ahora mismo. ¿Vamos a mi habitación? Tal vez se solucione después de estar juntos.
Malea se acercó a Eckhart, rodeó su cuello con los brazos y apretó su cuerpo contra el de él. Eckhart se sintió desconcertado por la actitud de Malea.
Desde que la conoció hasta ahora, Malea nunca había tomado la iniciativa de acercarse así. Ella siempre había esperado que Eckhart, como los demás, la admirara. Actuaba como si diera por hecho que él, desesperado por tener descendencia, acabaría sometiéndose a ella, e incluso sus conversaciones parecían un favor que ella le concedía.
Por eso, su repentina muestra de afecto le generó más un rechazo inexplicable que alegría.
Eckhart la apartó con suavidad.
—No saldrás perdiendo. Diré a los ancianos que la ruptura fue por mi culpa, que no fui suficientemente bueno para ti, y haré una compensación acorde.
Cuando Eckhart habló con firmeza, como si no quisiera seguir con la conversación, la sonrisa de Malea se desvaneció lentamente. En su rostro, ahora sin rastro de alegría, se reflejaban una mezcla de ira y vergüenza. Tras un largo silencio, Malea habló.
—…Hablaré yo con los ancianos. Espérame hasta entonces.
Eckhart asintió. Debía ser repentino para ella, necesitaría tiempo para prepararse mentalmente.
Como si no tuviera intención de decir nada más, ella dio media vuelta. Luego, volviendo la cabeza para mirar a Eckhart, murmuró:
—Te arrepentirás de no haberte marcado conmigo.
Su voz era tan sombría que parecía estar lanzando una maldición. Tras dejar esas palabras, Malea se marchó. Eckhart, que se quedó solo, sintió un gran alivio. Había mantenido un compromiso no deseado durante demasiado tiempo.
«Los ancianos armarán un escándalo cuando lo sepan.»
Aun así, no tenía la menor intención de eludir su responsabilidad por la ruptura. Tal vez la familia de Malea difundiera rumores maliciosos para obtener una compensación, pero estaba dispuesto a asumir todo eso. Es más, pensaba enviar una suma muy generosa como indemnización por la ruptura, para que pareciera que él tenía un problema grave. Si ellos querían, estaba dispuesto a entregarles incluso toda su fortuna.
Sinceramente, esta ruptura era algo que no debería hacer. Malea era una mujer poderosa, reconocida por todos, y descendiente de una familia noble. ¿Acaso no suspiraban todos los hombres de Hacklam por recibir una sola mirada suya? Como su compromiso con ella estaba decidido desde la infancia, Eckhart había sido durante mucho tiempo objeto de miradas envidiosas.
Cuando se supiera la noticia de su ruptura con ella, todos le señalarían con el dedo. Dirían que él había cometido un grave error. Que fuera corriendo a recuperar a Malea.
Había mucho que perder. Honor, confianza, fortuna… A pesar de saberlo, Eckhart no la retuvo cuando se alejaba.
Solo había una cosa que ganaba con esta ruptura. Liberación. Aunque era un sentimiento inútil para alguien que debía vivir el resto de su vida como jefe de Hacklam , no se arrepentía ni un poco de su decisión. Bueno, eso fue hasta que el ejército imperial invadió el territorio de Hacklam .
El ataque fue repentino. Sus tropas avanzaron sin piedad hasta el corazón del clan. Incluso ahora, al recordarlo, le parecía increíble la velocidad de su avance. Cada uno de los guerreros de Hacklam podía enfrentarse a varios caballeros del ejército imperial. Sin embargo, todos los pasos fueron franqueados con demasiada facilidad.
Como siempre, no mostraron piedad al exterminar a los no humanos. El ejército imperial mató a todos, sin importar si eran niños o mujeres. El jefe, que en ese momento se preparaba para cederle el puesto a Eckhart, se apresuró a ir al campo de batalla para salvar al clan.
Eckhart planeaba enviar a los que podían ser evacuados, reunir al resto del clan que pudiera ayudar y luego ir a apoyarle.
Pensó que, con el jefe al mando, resistirían un tiempo, pero las fuerzas del jefe fueron derrotadas con una rapidez tan absurda como la brecha que habían abierto en sus líneas. Como todos fueron masacrados, Eckhart no pudo saber qué les sucedió. Solo que algunos que vieron la batalla desde lejos comentaron que las tropas del jefe se habían dividido.
Eckhart no podía entender por qué él, teniendo ya fuerzas escasas, las había dividido. El jefe era sabio y fuerte. Debía haber una razón para que actuara así. Pero no hubo tiempo para pensar en ello. Eckhart evacuó apresuradamente al clan restante.
Primero evacuaron a los niños pequeños. Asignaron a alguien para guiarlos y los enviaron a un lugar muy lejano. Los que quedaron decidieron contener al ejército imperial, ganando tiempo para que los niños pudieran huir.
Tan importantes como los niños eran las mujeres. En otras circunstancias, las habrían enviado con los niños, pero en ese momento, las mujeres, siguiendo la tradición, estaban reunidas entre ellas en el santuario de Hacklam , preparando un ritual.
Antes de que pudiera ir a buscarlas, una mujer de Hacklam encontró a Eckhart. A pesar de haber perdido un ojo y un brazo, sus ojos brillaban intensamente y, en cuanto vio a Eckhart, gritó:
—¡El ejército imperial ha profanado el santuario! ¡Capturaron a las mujeres, las violaron, las mataron y las arrojaron al río! ¡También sabían cómo extinguir los poderes del santuario!
Con la vida extinguiéndose, ella se aferró a Eckhart y dijo:
—La señorita Malea… tomó a las mujeres restantes… y huyó… rápido, ve… rápido con ellas… usa el poder de la marca… para encontrarla…
La mujer, llena de rabia hasta el final, exhaló su último suspiro tras esas palabras. Murió con los ojos abiertos, de pura indignación.
Eckhart se dirigió inmediatamente al santuario de Hacklam . El camino ya estaba ocupado por el ejército imperial, y numerosos caballeros lo atacaron. Mancharse de pies a cabeza con la sangre de los que mataba, logró llegar al santuario. Pero no había nadie. Buscó desesperadamente supervivientes. Siguiendo las pistas, Eckhart llegó a la orilla del río y vio al emperador al otro lado. Para ser precisos, vio al emperador estrangulando a Malea. El cuerpo de ella, que forcejeaba, se quedó inerte. En ese momento, recordó las palabras de Malea.
—Te arrepentirás de no haberte marcado conmigo.
Debería haberse marcado con Malea. ¿Qué era su maldita liberación comparada con eso para haberla rechazado? Si se hubieran marcado, habría sabido dónde estaba ella y en qué situación se encontraba. Así, no solo habría podido salvarla a ella, sino también a las demás mujeres.
Pero, como siempre ocurre con el arrepentimiento, ya era demasiado tarde. Eckhart intentó abalanzarse como un loco hacia el emperador. Si hubiera podido, se habría lanzado contra él para vengarse, sin importar lo que pasara con su vida entre la lluvia de flechas.
Pero los guerreros que lo habían seguido lo sujetaron y le rogaron que se detuviera. Le dijeron que todos los del clan que estaban en el santuario ya habían muerto. Que no podían perder también a Eckhart, ahora convertido en jefe, en esa situación. Pero sus palabras no llegaban a oídos de Eckhart, y como él no dejaba de forcejear, los guerreros no tuvieron más remedio que noquearlo.
Cuando Eckhart recobró el conocimiento, Hacklam ya había desaparecido del mapa. Lo único que le quedaba eran los guerreros moribundos, los niños que apenas había podido evacuar, y los vasallos de los territorios vecinos que, por no ser de Hacklam , habían sobrevivido.
El rostro de Eckhart, al recordar el pasado, se ensombreció.
En ese momento, desde afuera se oyó el rugir de una ventisca. Pensó en salir y estar allí hasta que su atribulado corazón se calmara, pero entonces giró sobre sus talones y regresó a la habitación.
De repente, recordó lo que había hecho antes de salir de la habitación. En el delicado cuello que había suplicado fuera de sí, seguramente quedarían marcadas las huellas de sus dedos.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN