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Capítulo 98

—¡Mi cuadro! ¡Por favor, vean mi cuadro!

—¡No puede entrar aquí sin permiso!

—¡Sáquenlo rápido!

Cuando los nobles fruncieron el ceño, los empleados lo agarraron bruscamente y comenzaron a arrastrarlo afuera. Aun mientras lo arrastraban por el suelo, el hombre extendía su pequeño cuadro y gritaba.

—¡Aunque sea una sola vez, por favor, vean mi cuadro!

Ante su desesperado clamor, Calliope dio un paso al frente. O mejor dicho, estuvo a punto de hacerlo. Si el duque de Gladiert no le hubiera sujetado el hombro, lo habría hecho. El Duque seguía con su rostro sonriente, pero su mirada estaba fría cuando habló.

—¿Vas a ayudarlo?

—Si puedo.

—¿Para qué?

—¿Por qué?, ¿es que no puedo?

El Duque intensificó su suave sonrisa, como si mirara a un niño, y explicó: —No vale la pena tratar con alguien así. Un verdadero pintor, o cualquier persona, gana sabiendo ser paciente.

—¿Eso cree?

—¿Conoces la historia de las galletas?

Calliope sintió ganas de reír en ese momento, pero guardó silencio y escuchó sus palabras.

—Se ponen dos niños frente a unas galletas. Se les dice que si esperan diez minutos, recibirán una más. Entonces, uno espera y el otro no.

—¿Y luego?

La voz de Calliope ya contenía un matiz de diversión. El Duque, sonriendo, alzó una ceja.

—El que esperó obtuvo una mejor recompensa. Los que no esperan son impacientes e indignos de confianza. Si ni siquiera pueden esperar una recompensa ya prometida, ¿cómo van a ser dignos?

En cuanto terminó de hablar, Calliope soltó una breve risa. Su voz era clara como una campanilla, luminosa como un copo de nieve recién caído. Pero su expresión no acompañaba. Lo miraba con el ceño fruncido, como si observara a alguien que no entendía nada.

—Duque.

—… ¿Qué ocurre?

—Esa es una forma de pensar propia de alguien que no carece de nada, como usted.

—Somos nobles. ¿Qué tiene de malo que los nobles piensen como nobles?

—No he dicho que esté mal. Solo que… —ella apartó con calma la mano que él tenía sobre su hombro y respondió: —Esperar la misma paciencia de un pintor que tiene dinero para exponer en una galería y de otro que no tiene ni para comer y pinta en un callejón lleno de basura… me parece un poco tonto.

La expresión del Duque se endureció ante lo que no dejaba de ser una agresión, aunque disfrazada. Pero Calliope no se detuvo.

—Un cuadro colgado en una galería basta con esperar para que alguien lo vea y lo ame. Pero el cuadro de un pintor con las manos negras de suciedad, que pinta en un callejón… ¿aparecerá alguien a rescatarlo solo porque espere? ¿Sentado ahí, esperando como un tonto?

Calliope dio unos pasos al frente. En los ojos del Duque solo se veía su espalda blanca alejándose.

—Para ellos, esperar es aún más tonto. Deben gritar, agitar las manos, buscar miradas. Decir: estoy aquí, existo.

Calliope se giró de pronto, con una dulce sonrisa, e hizo una ligera reverencia levantando un poco su falda.

—Gracias por la conversación. Creo que debo irme. Mañana en la exposición vendrá Karolie en mi lugar, así que le pido que la atienda bien.

—… No te preocupes.

—Gracias. Confiaba en que usted lo haría.

Como para asegurarle que no discriminara a su hermana por esto, el Duque respondió que lo entendía. Leyó el significado de sus palabras y frunció levemente una ceja, para después sonreír como si no tuviera más remedio. Calliope también le sonrió y se dirigió directamente a la entrada, en busca del pintor que había sido arrastrado por los empleados.

Calliope se detuvo en la entrada del salón y divisó, en un callejón a lo lejos, al pintor recibiendo golpes. Aun mientras soportaba las patadas, abrazaba su cuadro contra el pecho.

Ella lo observó en silencio. Comprendía bien el corazón de alguien que luchaba por hacerse notar. Se acercó lentamente a ellos. Jack la seguía de cerca.

—Basta.

A su palabra, los dos empleados que lo pateaban se giraron a mirarla. Con el ceño fruncido y gesto hostil, al darse cuenta de que se trataba de una invitada distinguida del salón, se inclinaron de inmediato.

—Señorita, ¿qué hace aquí…?

—No tienen que preocuparse por esto.

—Quítense.

—¿Qué?

Como si no hubiera oído bien, uno replicó, pero Jack se acercó y le estampó una bofetada de inmediato.

 ¡PAF! 

El empleado cubrió su mejilla con los ojos temblorosos. Jack, con las manos detrás de la espalda, habló como un sirviente impecable.

—¿No oyeron que la señorita les pidió que se apartaran?

—Ah. L-lo siento.

—Lo sentimos.

Tras la bofetada, ambos retrocedieron varios pasos, intimidados, y se metieron de nuevo en el salón. Calliope suspiró y se dirigió al pintor:

—Muéstrame el cuadro.

—¿C-cómo?

El rostro del pintor, enrojecido, mostraba señales de haber recibido patadas en la frente y las mejillas. Además, el frío empeoraba su aspecto.

Titubeó, temeroso de que le pegaran, un acurrucado. Pero Calliope, imperturbable, repitió:

—Muéstrame el cuadro.

—¿Mi… mi cuadro?

Era un joven que no aparentaba más de veinte años, desaliñado. Incapaz de entender la situación, seguía preguntando. Calliope, paciente, asintió. Ella también había necesitado de alguien que fuera paciente con ella alguna vez.

—Vamos, rápido.

—A-aquí tiene, mi señora.

Jack tomó el cuadro sucio que él le tendía y se lo mostró a Calliope. Era un dibujo de carbón, tosco y pobre, pero con una fuerza innegable. Sus dedos endurecidos y uñas rotas demostraban que había pintado sin ninguna enseñanza, solo con determinación. Calliope sentenció:

—Es un desastre.

—…

Él bajó la cabeza, pero no lloró. Solo se frotó las mejillas y la frente golpeadas, se levantó de golpe y se inclinó profundamente.

—Gracias por verlo.

—Si te dijera que no tienes talento, ¿qué harías?

El joven sonrió con lágrimas contenidas.

—Seguiría hasta que llegue el día en que me arrepienta de no haber parado cuando usted me lo dijo.

Esa respuesta le resultó tan grata que Calliope sonrió sin darse cuenta. El joven, fascinado por esa sonrisa tan perfecta, quedó embobado. Nunca había visto a alguien tan hermoso, como esculpido en hielo. Calliope pronto cubrió su boca con la mano para ocultar la sonrisa.

—Qué imprudente. Bueno, ya veo.

Chasqueó los dedos. Jack, entendiendo de inmediato, asintió. Calliope se marchó primero. Jack, quedándose con el desaliñado joven, le dijo: —Sígueme. Te presentaré a un maestro.

—¿P-perdón? ¿Cómo dice?

—La señorita ha decidido llevarte. Puedes rechazarlo. Pero ella no acepta rechazos.

El joven miró a Jack con ojos temblorosos, luego a la figura de Calliope que regresaba al carruaje. Miró una vez al cielo, como conteniéndose, y de pronto se arrodilló en el suelo y se inclinó profundamente.

—¡Gracias! —Su voz resonó fuerte en la calle. Aunque los transeúntes lo miraban, no sentía vergüenza y seguía inclinándose—. ¡Muchas gracias!

Su voz empezó a quebrarse.

—¡Lo compensaré! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! 

Su llanto y sus palabras no cesaban. Calliope subió al carruaje escoltada por los empleados, y Jack alquiló otro carruaje para llevar al joven pintor a la mansión.   

Ty: ay me dieron ganas de llorar lpm

***

Riona, desconcertada por la repentina llamada de Calliope, llegó a la mansión. Allí recibió una inesperada petición.

—¿Un discípulo?

—Sí. Eres joven aún, pero creo que ya es hora de que formes a alguien. Pero si no quieres, puedes negarte.

—N-no es que no quiera, solo que me tomó por sorpresa —ella jugueteó con los dedos—. No estoy segura de ser alguien digno de tener un discípulo.

—Riona.

Calliope, dejando silenciosamente el té que Susan le había servido sobre la mesa, dijo: —Eres una genio. Todos imitan tus cuadros. En vez de que sigan produciendo copias mediocres, mejor toma un discípulo y forma a un verdadero pintor que pueda seguirte.

—También lo pienso. Pero… ¿seré buena enseñando?

Ante su pregunta, Calliope hizo un gesto a Jack, que esperaba detrás del sofá con el sucio cuaderno de dibujos.

—Míralo y decide si puedes enseñarle.

Jack le tendió el cuaderno, un cuaderno pequeño y maltrecho de dibujos al carbón. Al verlo, los ojos de Riona se abrieron. Tomó el cuaderno con manos temblorosas. Era tan pequeño que cabía perfectamente en su delicada mano.

—Es… un desastre.

Calliope sonrió.

—¿Verdad?

Liona también sonrió mientras hojeaba los dibujos, con mucho cuidado.

—Parece mi primer cuadro.

—Ese chico dibujó eso después de intentarlo decenas de veces. No es un genio como tú.

—Está bien. Aunque sea después de decenas o cientos de intentos, si sabe lo que siente al pintar, creo que puedo enseñarle.

—Entonces, así será.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: SIA
CORRECCIÓN: TY


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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