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Capítulo 92

Él parecía estar apretando los dientes, pero a ella no le interesaba ese hecho. ¿Se alegraría si le daba esta tierra?

Por supuesto, había una razón específica por la que Calliope había escogido esta tierra. Pronto, empezarían a aparecer monstruos cerca de la cordillera del norte, donde se encontraba el castillo del Rey Demonio, y esta región, situada en el inicio de dicha cordillera, se convertiría en un punto clave para los mercenarios. Se decía que los cueros y huesos de los monstruos comenzarían a comercializarse mucho.

Erben no sabía nada, pero ella sí lo sabía muy bien. Era un trato muy satisfactorio.

—Nos vemos el día de la fiesta de cumpleaños, cuñado.

—Representan…

—Si envías un representante, verás lo que pasa.

—Asistiré.

—Ahaha, es tu hermano menor, así que deberías felicitarlo un poco. Al fin y al cabo, es tu familia. ¿Ni siquiera puedes hacer eso? 

—Sí…

Erben respondió con la mirada perdida, como si prefiriera ser simplemente mezquino, y Calliope, satisfecha con haber obtenido una respuesta, abandonó la mansión del Conde con una expresión muy serena. De algún modo, cada vez que ella irrumpía en esa residencia, parecía que soplaba un tifón.

Después, cuando regresó a la mansión del marqués y estaba preparando la fiesta de cumpleaños de Isaac a pesar del escaso tiempo disponible, llegó una carta inesperada. Era del Duque Glen Gladiert.

Era una invitación para tomar el té, una excusa absurda y no apropiada para un miembro de la facción aristocrática dirigirse a un noble partidario del rey, pero dado quién era el remitente, no parecía que simplemente quisiera decir tonterías.

Calliope finalmente dejó a cargo a la doncella de Circe y se dirigió a la casa ducal de Gladiert.

Sorprendentemente, pero como era de esperarse, el propio Duque la recibió. ¿Qué clase de hospitalidad era esa? ¿Lo hacía a propósito? Calliope, aunque sonrió, rechazó su escolta en señal de desagrado. Él puso una expresión exageradamente triste y la condujo al salón de recepción.

Calliope habló apenas se sentó en el sofá.

—No intente nada raro. Ya le dije que voy a casarme con mi prometido.

—Nunca se sabe con estas cosas.

—No, yo sí lo sé. Me casaré con él.

—¿Y por qué estás tan segura?

—Se lo dije la última vez. Puedo ver el futuro.

Lo dijo como si fuera una broma sin gracia y se dejó caer en el sofá. El Duque se encogió de hombros y fue directo al grano. Dejando de lado sus tretas molestas, eso era algo que ella sí podía apreciar de él.

—En realidad, es algo que supe desde el día de tu cumpleaños, pero creo que ya es hora de decírtelo.

El día de su cumpleaños. Calliope frunció el ceño. Intuía que tenía que ver con el intento de asesinato. Además, no le gustaba que recién ahora revelara algo que sabía desde entonces.

—No voy a preguntarle por qué recién ahora me lo dice.

—Eso es lo correcto. Si empiezas a interrogarme, se me quitan las ganas de darte la información.

—Bueno, con eso entiendo una cosa. Si yo fuera el joven Gladiert, viviría con dolor de cabeza.

—Hmm, eso sí que no puedo refutarlo.

Calliope cruzó los brazos.

—Basta de juegos de palabras. Entonces, ¿qué es eso que sabe?

—Los asesinos que los atacaron, tanto la vez pasada como ahora, tienen una característica en común.

—¿Una característica en común?

—Comparando la información que obtuviste de los gremios de asesinos esta vez, parece coincidir.

—Ah, ¿se refiere a esos asesinos que iban desapareciendo uno por uno?

—Sí. Al principio pensé que se habían suicidado tras fallar en el asesinato. Bueno, los que vinieron después, tú los mataste, ¿no?

—Sí, bueno, así terminó siendo.

—Examinamos los cadáveres con magia y encontramos rastros de un potente hechizo de control mental en sus cerebros.

Calliope frunció el ceño de inmediato.

—¿Hechizo de control mental?

—Literalmente eso. Es un hechizo que inserta una orden en el sujeto y, si este no logra cumplirla, el cerebro envía una señal que detiene el corazón. Es una magia tan delicada que no cualquiera puede hacerla. Incluso mi asistente no está seguro de poder lanzarla.

Seguramente su asistente era un mago muy talentoso. Si ni él podía asegurar poder usarla, debía ser una magia extremadamente difícil.

Calliope se frotó el mentón y bajó la mirada. Cuando pensaba en magos, sólo se le venía uno a la mente, pero era muy joven y no parecía especialmente talentoso. Jilian, Jilian Andress. Los ojos de Calliope se oscurecieron un momento.

«Si lo atrapo y lo sacudo un poco, quizás diga algo».

Claro que si no era el culpable, sería un gran problema. Calliope negó con la cabeza. Era un método demasiado extremo. Además, como ya se había dicho, él aún no parecía haber alcanzado un gran nivel mágico.

Y con razón: la magia dependía en gran medida del control, y cuanto mayor era la edad, mayor el poder. Como un maestro espadachín.

—En fin… gracias por la información.

—Bah, no me agradezcas. Como el primer favor que me pediste fue tan fácil, esto es un servicio extra.

—De todos modos, gracias.

—¿Qué pasa? ¿Piensas compensarme?

—Sí. Le entrego mi sincero agradecimiento.

—Vaya, pensé que al menos me invitarías al cumpleaños de tu prometido.

Calliope se alarmó.

—¡De ninguna manera! Si viene a la fiesta de cumpleaños de mi prometido, seguro arma algún escándalo. ¡Va a asustar a mi niño!

—Es la primera vez que escucho a una dama llamar “mi niño” a su prometido.

—Hay razones para eso.

Entonces, Calliope se puso de pie. No olvidó recoger los documentos relacionados. El Duque se los entregó con una sonrisa.

—Señorita, debes saber que soy tan amable contigo porque confío en que algún día te convertiré en parte de mi familia.

—Le agradezco mucho sus palabras, pero eso no va a pasar. Aunque esforzarse es cosa de cada quien.

—No pierdes ni una discusión.

—¿Eso no le gusta?

—Sí.

Ambos sonrieron al mirarse. Sonrisas inquietantemente parecidas para dos personas sin ninguna relación entre sí.

—Entonces, hasta la próxima.

—Claro. Nos vemos para el siguiente favor.

Calliope salió de la casa ducal de Gladiert y subió a su carruaje. Mientras el carruaje partía lentamente, cayó en una breve reflexión.

Asesinos controlados mentalmente por un mago. Ni en su vida pasada ni en esta había tenido relación con ningún mago. Excepto quizás por Jilian.

—Ese hombre solo genera más preguntas…

Pero había un gran problema con suponer que Jilian era el culpable. No tenía ninguna razón para hacerle daño ni a ella ni a Isaac. Además, tampoco entendía por qué esta vez los asesinos apuntaban a ambos. En el pasado, los intentos de asesinato habían sido solo contra Isaac.

—¿Qué cambió? ¿Qué demonios cambió? —murmuró para sí misma, recibiendo la luz del sol de la tarde invernal que entraba por la ventana.

***

Isaac Esteban tenía un gran problema. Llevaba diez gruesas invitaciones en el bolsillo interior. Su increíble prometida, que las había preparado todas, se las colocó con sus propias manos, diciendo:

«No has olvidado nuestra promesa, ¿verdad? Ni más ni menos, exactamente diez personas».

No consideraba en lo absoluto la posibilidad de que alguien rechazara la invitación. Y claro, teniendo en cuenta la reputación de Isaac como espadachín y su prometida Calliope, era lógico.

Respiró hondo y se dirigió a la oficina de Kelvin, subcomandante del escuadrón de caballeros del palacio, para informar su regreso.

Al tocar la puerta, una voz ordenada le dijo que entrara.

—Isaac Esteban, regresó tras finalizar mi licencia por heridas.

—Ah, ya veo. Has trabajado duro.

—Gracias.

—…

—…

Como normalmente Isaac saludaba e informaba y luego se retiraba de inmediato, Kelvin no dijo más. Pero al ver que Isaac no se iba y se quedaba allí parado, lo miró con cara de desconcierto.

Isaac parecía dudar, poco propio de él, con una mirada tan afilada que parecía que iba a devorar a alguien. Kelvin tragó saliva al sentir esa inquietante presencia.

—¿Hay… algo más que quieras decir?

—No es algo que quiera decir exactamente…

Isaac metió la mano dentro de su ropa. Su movimiento fue tan solemne que parecía que fuera a sacar un pergamino mágico ofensivo. Kelvin agarró el mango de su espada por reflejo, pero se echó para atrás de golpe al ver el papel que Isaac sacó.

—Una invitación… ¿Subcomandante?

—Ah, ¿eh? ¿Una invitación?

Soltó el mango de la espada como si no pasara nada y, tras aclararse la garganta, se sentó. Luego, observó el papel que tenía Isaac.

Efectivamente, era una invitación. Calliope lo invitaba al cumpleaños de su prometido. Kelvin, con expresión confundida, la aceptó. Estaba tan bien hecha que el dorado del borde brillaba intensamente.

—¿Y las vas repartiendo tú mismo?

—Mi prometida me dio la orden directa de invitar personalmente a diez caballeros.

—¿Orden directa?

—Sí.

Respondió sin vacilar. Kelvin, que no tenía mucha relación con él, entendió cuán controlado estaba el joven prodigio “que pronto sería maestro espadachín” por su prometida. Guardó la invitación con cuidado y respondió: —Agradezco que te hayas tomado la molestia. Me aseguraré de asistir.

—Gracias.

Hizo una reverencia de noventa grados y se fue sin más que hacer.

Una vez cerrada la puerta, Kelvin volvió a sacar la invitación y la examinó. La letra prolija no parecía de Isaac, así que debía ser de su prometida.

—Ahora que lo pienso, es una dama famosa, pero nunca la he visto.

El marquesado Anastas, una casa muy en boga en estos días… No era una mala idea visitarla alguna vez. Probablemente la señorita sabía eso y por eso pidió que fuera Isaac quien entregara las invitaciones. Nadie se atrevería a rechazarla.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: SIA
CORRECCIÓN: TY


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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