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ACOSB

Capítulo 41

Raymond, con sus rojas pupilas temblorosas, miró a Daria en busca de consuelo. Comenzaba a preocuparse seriamente de que el motivo por el que Chloe no le hubiera correspondido ni ahora ni en el pasado era porque no le resultaba atractivo. Así que, la mujer sentada a su lado se compadeció un poco e intentó apaciguar su agitación, dejando de lado sus burlas.

—Bueno, no lo sé. Es cuestión de gustos. No te deprimas tanto, Ray. Tú también eres guapo. Aunque para mí no lo seas, tienes a otras muchas jóvenes en el Imperio suspirando por ti.

Daria trató de tranquilizarlo como pudo. Mas, era una chica con los pies sobre la tierra y su forma de hablar era demasiado realista. Así que, lo que dijo, sin muchas florituras solo motivó a que la expresión de Raymond se ensombreciera bruscamente ante la desconfianza; ya de antes, en sus pensamientos, arraigada.

—¿Crees que Chloe…? ¿También lo piensa? Que soy guapo…—murmuró el Monarca afligido.

—Mmm… No sé, la verdad. Es que nunca he hablado apariencias y preferencias del sexo opuesto con Chloe…

—Ugh… Esto me está volviendo loco…—gimió Raymond mientras sentía que le invadía la impaciencia. 

Se sintió sediento con la inquietud y bebió de golpe un vaso de agua fría que el sirviente había puesto a su alcance. Con la garganta aún seca debido al nerviosismo esperó a que ella volviera. No obstante, no pudo evitar su aura asesina que, con una mirada letal fija en la puerta de la terraza, hacía que los asistentes del baile se encogieran y vigilaran cada uno de sus movimientos cuando pasaban cerca de él. Justo cuando Daria estaba a punto de intervenir para evitar que el Emperador arruinara el baile con su humor, que iba a peor; Chloe entró al salón, y la expresión de Raymond se suavizó ligeramente al verla volver sola.

—¿No te parece gracioso, Ray? Dices que no tienes intención de pedirle a Chloe que se case contigo, pero te preocupa que pueda gustarle otra persona… Aclárate chico porque esto está a punto de volverse más y más ridículo. No estarás pensando en que se quede soltera para siempre, ¿no?

—No me corresponde a mí interferir en a quién le gusta Chloe o lo que ella quiera hacer respecto a ello, siempre y cuando sea feliz. Aun así, me enerva saber que hay un hombre mejor que yo… Y no, no me hagas recordarlo porque ya me ofende bastante de por sí…

Daria soltó una carcajada y giró la cabeza. Era agotador discutir con un hombre locamente enamorado que no se daba cuenta de que, con sus propias palabras, se delataba a sí mismo. Así que, miró a su alrededor lentamente, contemplando los próximos movimientos de su doncella de cabellos plateados; la principal causa de que tuviera que lidiar con un Raymond problemático. Chloe estaba hablando con Besty, mas fue la persona que se acerca a ellas, la que provocó que un escalofrío recorriera por su espina dorsal. Allí estaba, caminando hacia ellas, el hermano mayor de Betsy, el joven Lord que, en el futuro, heredaría el título de Duque de Carolina. La espalda de Daria se puso rígida ante la escena y su expresión se agudizó al ver a su horrendo primo que intervenía en la conversación entre ambas, sus damas de compañía. No obstante, al girar la cabeza para mirar hacia otro lado, sintió un pequeño respingo por parte de su acompañante, el Emperador..

—¿Ray?

—…

Raymond, sin pestañear por un segundo, miraba en dirección a Chloe con el rostro bastante serio. Con el ceño fruncido, examinó el rostro de la joven durante un largo rato, hasta que ella se fue, a hurtadillas, del salón de baile. La forma en que desapareció, fue tan natural, que no causó ninguna molestia entre los presentes, es más, no parecía que nada la hubiese perturbado. Sin embargo, Raymond, a estas alturas, ya la conocía demasiado y sabía que aquella salida no era normal. Así que, no pudo aguantarlo más y se levantó.

—¿Adónde crees que vas con esa aterradora cara tuya?—preguntó Daria sorprendida por su reacción.

—…—Raymond no contestó y siguió caminando siguiendo la ruta que Lady Garnetsch había tomado. 

Hace unos minutos, aunque Chloe había tratado de disimularlo, su expresión se había ensombrecido con algo que le había dicho el joven Señor de Carolina. Parecía que se encontraba bien, porque sonreía suavemente y charlaba con la multitud. Pero no había forma de engañar a Raymond nuevamente con esa su forma falsa de sonreír. Él conocía  perfectamente aquella faceta suya de enmascarar su disconformidad curvando los labios sin emoción, ya que era algo que el joven Emperador había experimentado muchas veces, antes de viajar atrás en el tiempo. Por eso, Raymond sospechaba de que algo estaba pasando y el motivo de que Chloe fuera al jardín, un lugar oculto a los ojos de los demás, cuando Kylos no estaba en la fiesta, lo convenció aún más. 

—¿Adónde ha ido?

Se apresuró a seguirla, mas no había rastro de ella en los alrededores. Solo el viento frío hacía acto de presencia mientras él la buscaba. Corriendo sin aliento, como si alguien lo persiguiera, centró todos sus sentidos en encontrar cualquier señal de la joven entre el aire helado de la noche; hasta que, al final, se dirigió por una corazonada hacia un bosque de árboles desnudos.

Entonces, un débil sonido ahogado llamó su atención.

—Ugh, umm, Ugh…

Era un grito reprimido, que se tragaba los llantos. Gemidos, como los de una golondrina, que le resultaban familiares porque provenían de una chica que él conocía demasiado bien desde hace años. Raymond se detuvo entre la maleza porque frente a él estaba, de pie, llorando con el rostro oculto entre sus delicadas manos, su dulce y amada Chloe Garnetsch.

—Chloe…—la llamó suavemente por su nombre, pero los sollozos no cesaron. 

Afligido, viéndola de ese modo, el joven Emperador se acercó suavemente hasta que estuvo justo delante de ella y volvió a susurrar sus palabras para que fuera consciente de que no era la única en aquel desolado espacio.

—Por eso no puedo dejarte sola…

Ella apartó la cara de sus palmas y levantó la cabeza.

—Chloe, ¿por qué siempre…? ¡Estás sangrando!—soltó Raymond mientras la miraba sobresaltado.

Él, que en un principio tenía la idea de tratar de tranquilizarla con voz suave y calmada, acabó elevando su tono, alarmado por verla en aquel estado. De cerca, estaba hecha un desastre. Tenía el pelo plateado revuelto por el viento, el vestido sucio y sus manos cubiertas de cortes, sangre seca y suciedad. Una vista amarga que hizo que a Raymond se le encogiera el corazón.

—¿Por qué…? ¿Qué fue lo que…? ¿Qué pasó para que te encuentres en semejante condición?—dijo,formulando preguntas a trompicones, debido a la preocupación.

Raymond, de un atisbo, vió una astilla de tamaño considerable clavada en su piel y tragó saliva. Incapaz de continuar, respiró hondo para serenarse en lo posible, con la esperanza de que Chloe no se asustara más de lo que ya estaba.

«¿Qué demonios te ha pasado para que vuelvas a llorar de nuevo? Parecía que, pese a algunos inconvenientes, todo iba bien… Pero ahora te veo aquí, con estas terribles heridas, hecha jirones y con un estado mental tan roto… ¿Quién te hizo esto? ¿Él de nuevo?»

Raymond, preparado, entre pensamientos, para arremeter contra el bastardo de su hermanastro, quien probablemente era el causante de todo aquello; se interrumpió al escuchar una pequeña voz ronca que flotó en el silencio.

—Su majestad… No haga esto otra vez, por favor…

—¿Qué…?

—No tienes que ser amable conmigo, ya no tienes por qué ser responsable de mí. Es demasiado para una chica con la que solo has pasado una noche, ¡déjalo ya, por favor!

Estaba claro, por la desesperación en su voz, que ella sentía que su comportamiento era una carga y tenía razón, porque lo que Raymond le estaba ofreciendo no era amabilidad, sino amor.

—No te corresponde a ti juzgar.

—¡¡No lo quiero!! ¡¡Nada de esto!!—Chloe alzó el tono, enfadada por primera vez, e hizo que Raymond sintiera como su interior se retorcía entre los calores del rechazo—. ¡¡Te lo dije, varias veces!! ¡¡No valgo la pena…!! ¡¿Por qué insistes?!

«Porque no es así, Chloe, maldita sea… ¡Lo vales! Eres una mujer digna. Al menos para mí, eres la más valiosa que hay en el mundo. ¿Por qué tengo que escuchar esta mierda cuando eres lo más importante para mí? Más que mi propia vida. Moriría por ti, otra vez, si fuese necesario…»

Raymond, reprimiendo los gritos de su mente, escuchaba cómo Chloe seguía desahogándose, rompiendo la quietud de la noche. 

—Su Majestad, solo dices eso porque no sabes nada… Menos de mí… Desconoce todo y por eso para usted es fácil, pero no sabes lo que te he hecho. ¡No tienes ni idea! ¡¡No sabes nada en absoluto!!

«Sí, cierto, en nuestra relación no sé exactamente lo que pasó realmente entre bastidores. Los motivos que te llevaron a actuar así, tu comportamiento durante el tiempo que pasamos juntos y cómo te educaron para que llegaras a involucrarte en una disputa que no te pertenecía. Tampoco sé lo que pasó tras mi muerte para que te menosprecies de esta manera… Al final parece que solo fuiste un sacrificio por mi culpa y la de Kylos…»

Era entendible que la joven dijera todo aquello sin pensar en cómo se sentía Raymond. Para ella, él no recordaba nada, y la cruz que llevaba en la espalda, en una penitencia donde se culpaba a sí misma constantemente, era demasiado pesada como para seguir soportándola en silencio.

—Su Majestad, no me abra su corazón. Ódiame más que a nadie en este mundo. No se compadezca. Porque soy una mujer que se merece eso, ser aborrecida hasta el hartazgo por usted.

Inmediatamente después de la regresión, Raymond agonizó durante los dos días siguientes. No podía comer ni dormir adecuadamente y se debatía entre pensamientos sobre qué hacer.

“¿Puedo perdonar a la mujer que me mató?”

Esa fue la pregunta más profunda y aparentemente difícil en toda la vida de Raymond de Astarot. Sin embargo, la respuesta era sorprendentemente sencilla. Él ya la había perdonado hace mucho tiempo

Entre sombrías mazmorras de Palacio que rezumaban humedad, resentido, aún se preocupaba por ella.

{—Es un alivio, porque mi hermano no te matará.}

Cuando puso su cabeza en la guillotina, en ese breve momento, antes de morir, su ira, por la traición que ella había cometido, se había disipado completamente; y la gracia del perdón llegó con un pensamiento.

{«Si ella está a salvo… Sí, solo eso es suficiente… Al fin y al cabo es todo lo que, de verdad, me importa.»}

Raymond siendo consciente de todo esto volvió a reflexionar.

«Chloe Garnetsch… ¿Una mujer digna de odio? No, no lo es. Chloe es… Mi adorable niña es…»

—Yo tampoco puedo perdonarme a mí misma…—siguió diciendo Chloe llena de dolor—. Así que, ¿por qué demonios querrías tú perdonarme a mí? Yo, yo… Yo…

El corazón de Raymond se hundió al ver las amargas lágrimas de la joven rodar por sus mejillas. A él también le dolía su palpitante interior tanto como a ella y se compadecía de la mujer que se autoproclamaba “una mujer que merece ser odiada”.

Raymond sintió como le faltaba el aliento ante la visión de ella sollozando y rechinando los dientes después de descargar toda su ira ahogada en angustia. Ya, sin fuerzas, a Chloe no le quedaba más energía como para seguir gritando y soltando su rabia contenida. Ella se tambaleaba peligrosamente, como rindiéndose ante todo, harta de su penitencia, únicamente esperaba un castigo que la liberara de aquel sufrimiento. 

—Su Majestad no sabe nada… No sabes la clase de mujer que soy, las cosas horribles que hice… Lo  que te he hecho…

—Chloe, cálmate.

—¡Maté a una persona! ¡La maté! Fuiste tú… ¿Lo entiendes? ¡¡¡Yo te maté!!!

Los ojos rojos como joyas de la joven estaban borrosos y llenos de lágrimas que brotaban sin cesar. Estaba tan rota por dentro que ni siquiera era consciente de lo que decía y Raymond, incapaz de tranquilizarla con palabras, viendo a su amada hecha trizas por un pecado que, por él, ya había sido perdonado; la estrechó entre sus brazos gritando con desesperación.

—¡Cálmate, Chloe! ¡Por favor, por favor, te lo ruego, por favor!

Su pequeño cuerpo, como el de un pajarillo, se retorcía en su ancho pecho torneado. Raymond enterró la cara en el hueco de su hombro, esperando a que cesaran sus gemidos.

—Por favor, Chloe… No dejes que todo esto te rompa. el corazón. No te castigues más.—dijo Raymond en un susurro, esperando que ella pudiera deshacerse de toda culpa. Por eso, no dudó ni un instante en lo que añadió a continuación—. Está bien, estoy bien. ¿Te lo dije no? ¿Recuerdas? Está todo bien, porque… “Al menos eres tú quién está llorando por mí”.

Mimy: Esta extraña sensación de que escribí esta misma línea unas 4 veces y sigo fangirleando con ella XD.

Las palabras que Chloe Garnetsch tenía para Raymond eran “lo siento”. Las cuales provenían de una culpa inmensa que la carcomía por dentro. Mientras el Emperador esperaba su muerte inminente, ella se mostró frente a él derramando sendos raudales que caían por su rostro. Además, no solo eso apuntaba al hecho de que Chloe buscaba exculpación, ya que ella misma lo había dicho, pensando que no estaba siendo escuchada. 

{—Raymond… Lo siento… De verdad, lo siento tanto…}

La pequeña confesión, que ella susurró a altas horas de la noche cuando estaba frente a su puerta, lo decía todo. Con esto estaba más que claro y no cabía la menor duda para Raymond, quien era consciente de que Chloe recordaba el pasado, de que ella se consideraba una pecadora y agonizaba en tal hecho buscando un “ te perdono” por su parte. 

Pero aquella disculpa que, tras la regresión, rompió el silencio de una noche en el Ducado de Ludwig fue tan desesperada, triste y lamentable; que Raymond decidió no involucrarse más con la joven. La traición, conspiración y la lucha por el poder eran el día a día de un Emperador y no podía asegurar que Lady Garnetsch, una chica ingenua, pudiera sobrellevarlo después de haber sufrido tanto en el pasado. Su idea, en un principio, era simple. Solo se relacionaría lo necesario con Chloe una última vez; para mantenerla alejada de su hermanastro, protegerla y, finalmente, devolverla a la despreocupada vida feliz que de verdad se merecía.

Para ello, Raymond no reveló, ante Chloe, el hecho de que él también había regresado en el tiempo. Era consciente de que solo le causaría más dolor y, a pesar de que había muchas incógnitas sobre qué había pasado tras su muerte, él estaba dispuesto a enterrar el pasado junto con su amor, únicamente por el bien de ella. Y quizá lo hubiera conseguido, callarse para siempre la verdad de sus recuerdos si no fuera porque en aquel bosque solitario Chloe mostró el asco y desprecio que sentía hacia ella misma. Raymond se dio cuenta de que la herida en el corazón de la joven no era del tipo que menguaría intentando borrar los hechos de otra época y hacer como si nunca hubieran existido.

Él había actuado de esta manera porque esperaba que las costras cubrieran las viejas lesiones del antes y que brotara carne nueva, del ahora. Mas, no contó con que, las heridas que no son tratadas a tiempo, persisten pudriéndose desde dentro, y eso era el por qué Chloe seguía en aquella encrucijada; sin poder avanzar hacia una nueva vida feliz porque seguía atrapada en la desdicha del pasado.

—Entonces, como yo estoy bien, ahora te toca a ti ser feliz. Promételo y a cambio te ayudaré en todo lo que pueda para que seas dichosa, Chloe. 

Al final, Raymond, optó por abrir los traumas de una miserable existencia para poder curarla y así, empezar de nuevo.

—… ¿Su Majestad?

Raymond siguió hablando en voz baja, con cariño, secando las lágrimas de sus ojos húmedos, ya que, obviamente Chloe, aún no procesaba completamente la situación.

—Dijiste que ni siquiera tú puedes perdonarte a ti misma. Entonces, seré yo el que te perdone en tu lugar.

«No puedo ser ajeno a esto Chloe. Me rompe el corazón verte así. El hecho de, entre llantos, digas que no te aprecias a ti misma… Es algo que, aunque me pidas ignorarlo, soy incapaz de hacerlo.»

—Ahora, ¿de qué estás hablando…? No lo entiendo, Su Majestad…

—Chloe, dijiste que no debería ser amable contigo, que no quieres involucrarte más conmigo, ¿No es así?

«Ridículo. Mi niña tonta, si pensabas que no era consciente de lo que pretendías, estás muy confundida…»

—Entonces dime la verdad, Chloe. ¿Genuinamente era ese tu motivo? ¿Simplemente no saber nada más de mí porque fuiste una mujer de una sola noche? ¿O en realidad era porque tenías miedo de que volviera a enamorarme locamente de ti como en el pasado? ¿Es por eso que evitabas mi mirada, me apartabas de ti cada vez que me acercaba y rechazabas mi amabilidad? Si pensaste que no me iba a dar cuenta…

«Soy un completo idiota. Esta lucha sin sentido es inútil porque estoy enamorado de ella y nunca he dejado de estarlo. Negarlo no cambiará lo que siento.»

—… Entonces estás muy equivocada, Chloe.

El debate interno de Raymond de Astarot había llegado a su fin. Todo lo que se había planteado fueron propuestas falsas que se hizo a sí mismo desde el principio. Intentó no perdonarla, pero ya lo había hecho antes de la regresión. Después trató de no involucrarse con ella, sin embargo no podía dejarla vivir en desdicha y menos con aquel bastardo. Al final, decidió no amarla, ¿mas qué podía hacer cuando nunca había dejado de quererla? En esta situación solo había una opción: aceptarlo.

—Te quiero, Chloe. Para mí, es imposible no amarte, y ha sido imposible durante mucho tiempo. Por más que lo intente, no puedo engañar a mi corazón que solo palpita por ti.

Lo que pretendía Chloe Ganetsch también era una proposición engañosa desde el comienzo. Ella esperaba ser odiada, aborrecida, despreciada y que fuera castigada por su traición. Pero no contaba ni con los sentimientos del joven Emperador, ni con el hecho de que él sabía todo lo que había ocurrido, al menos hasta antes de su muerte. Además, todo aquello claramente la condenaría a morir en vida. Una punición injusta hacia una chica cuyo mayor pecado fue haber sido demasiado ingenua. Cumplir esto era imposible para Raymond de Astarot. 

Al final ambos esperaban lo imposible. El ser humano por naturaleza busca la plenitud y atentar contra aquello de muto propio era contradictorio en la vida misma. Raymond esperaba matar su amor pensando que sería feliz si solo ella era dichosa y Chloe pensaba que sería liberada de su infelicidad si era castigada por él debido a hechos de otra línea temporal. Las dos determinaciones que habían decidido, eran caminos erróneos que únicamente conducían al arrepentimiento.

—Me conozco muy bien.—dijo Raymond sonriendo melancólicamente mientras mirada a Chloe Ganetsch, con lágrimas a punto de desbordarse  por las comisuras de sus ojos—. Y sé perfectamente que si alguna vez “Raymond de Astarot” dice no quererte; no soy “yo” realmente. Porque te amé en un entonces, ahora sigo enamorado y juro que por siempre lo haré.

No hay Raymond del Astarot que no ame a Chloe Ganetsch.

Era la verdad del universo, la única razón del mundo entre ambos. Un hecho inmutable que no cambiaría ni aunque se negara miles de veces.

Suavemente, le besó la frente, y una única lágrima caliente rodó por la mejilla de Raymond, desvaneciéndose sobre los cabellos plateados de Chloe. 

A estas alturas, ya no había nada que pudiera hacer. No había forma de ocultar su amor por Chloe Garnetsch.

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈ 

El cuerpo de Chloe finalmente se desplomó en los brazos de Raymond. Ya de antes se la veía debilitada y, tras un largo rato al aire frío, con tantas emociones que se desataron de golpe, era normal que se desmayara. Raymond acunó su pequeño cuerpo y caminó lentamente.

Su rostro estaba tan pálido, bajo la tenue luz de la luna, que temió que se desvaneciera desapareciendo de su vida para siempre. Así que la abrazó fuertemente contra su cuerpo como para asegurarse de que la hermosa chica que tenía a su lado era real y no una alucinación del momento.

«Es tan bonita y adorable…»

En el baile, todo el mundo se volvía varias veces para mirarla. Daria lo negaba, pero Raymond lo veía claramente. Las miradas de los hombres que, impacientes, buscaban el momento oportuno para hablar con ella.

Puede que hoy no hubiera varón alguno que no la hubiese visto más de una vez. Descaradamente o con pequeños atisbos, Chloe era el tipo de mujer que hacía que tus ojos se posaran sobre ella, al menos, dos veces e inevitablemente te voltearías innumerables otras para ser testigo de su belleza. Incluso su pelo, mojado por las lágrimas y pegado a la cara, no estaba enmarañado, sino pulcro y ordenado.

—Me pregunto por qué estabas llorando esta vez… Qué te causa tanta tristeza para que derrames sendos regueros por tu rostro cada vez que te dejo sola por un instante…—musitó Raymond, mirando su menuda cara.

Aunque sabía que ella no podía oírle porque dormía profundamente en sus brazos. No pudo evitar cuestionar en voz alta por el motivo de su aflicción. Probablemente era por Kylos Ludwig, el hermanastro al que, si por él fuera, destrozaría cien veces. A Raymond se le rompía el corazón cada vez que se daba cuenta de que ella aún no había escapado completamente de él. Porque la sombra de aquel hombre seguía unida a ella. Daba igual si fuera por amor u odio, el Emperador sentía punzadas de dolor al saber que esa persona todavía seguía impregnando los pensamientos de la joven.

Raymond caminó, seguro de sí mismo, hacia los aposentos de Chloe, asignados en el Palacio de la Emperatriz y no de vuelta al salón de baile. Por supuesto, no tuvo inconveniente en encontrar su destino, porque conocía perfectamente el día a día de la chica. Además, sin que Chloe fuese completamente consciente, él se paseaba todas las noches bajo su ventana hasta que ella se dormía. No para inspeccionar la seguridad del Palacio, sino para asegurarse de su bienestar como doncella.

Algunos se sorprendían de las visitas inesperadas del Emperador, pero nadie osaba cuestionar sus acciones, más aún cuando la excusa que daba el chambelán era que estaba controlando a los guardias del Palacio. Pero Daria no era tonta, y cada vez que lo veía hacer tal teatro solo para ver a la chica que le gustaba resoplaba más de una vez como muestra de desaprobación. 

Así, con Raymond avanzando sin pausa, ambos llegaron a su habitación, pero ella todavía seguía inconsciente en sus brazos.

—Chloe.

—…

Chloe no respondió y, tras dudar un momento, Raymond la tumbó con cuidado en la cama para no despertarla. Luego, se acercó a la silla que había frente a su escritorio y la puso cerca de la cabecera de la cama para sentarse al lado de ella.

El rostro de Chloe estaba blanco y con lágrimas secas. Raymond llamó a su criada y le entregó una toallita caliente.

—Mira hasta qué estado has llegado, Chloe.

Cuidadosamente le limpió la cara, las manos heridas y la suciedad de las uñas. Le sacó las astillas de madera que quedaron incrustadas en sus palmas, secando la sangre que brotaba de éstas. Con toques delicados fue tratando su piel y cuerpo como si de una frágil flor se tratase. Cuando terminó, miró la expresión tranquila de Chloe mientras dormía y se sintió algo más aliviado.

—No me importa si me señalas con el dedo diciendo que soy un loco descarado por amarte de esta manera aún después de todo lo que hemos pasado. Pero no lo puedo evitar, te quiero, Chloe.

«¿Cómo pude siquiera pensar en retener este sentimiento? ¿Qué pasó por mi cabeza? Esto no es algo que pueda reprimir. No hay manera de que alguien pueda amarla tanto como yo lo hago, hasta este punto, donde, por ella, hasta daría el mundo entero. Incluso era imposible con estas emociones no involucrarme con ella… ¡Qué tonto fui! Intentando engañarme a mí mismo evadiendo la verdad inevitable… Ahora solo me queda aceptarlo porque no puede ser de otra manera…» 

—Está bien si no me amas.—Raymond sonrió amargamente y le rozó la mejilla con las yemas de los dedos—. Pero no me pidas que te deje de quererte porque eso es algo imposible para mí. Te protegeré; sin preocupaciones, sin cargas y sin presiones. Porque cuando todo termine, y vuelvas a sonreír libremente, te enviaré de vuelta a donde tú quieras.

Era una situación amarga para Raymond. Había amado tanto a esa mujer, que ahora estaba siendo acariciada suavemente por él, y, sin embargo, por mucho que hizo todo lo posible nunca fue correspondido por ella. No tener el afecto de ella era algo tan familiar para él que no tenía esperanza alguna que en esta vida eso, que siempre había deseado, sucediera. No era algo nuevo. Así que, rindiéndose en ese aspecto, al menos trataría de hacerla feliz.

Nada había cambiado con respecto a su objetivo principal. Simplemente le había confesado que él también había viajado en el tiempo, que ya la había perdonado en el pasado y aceptó sus verdaderos sentimientos sin esperar ser correspondido. Lo único que quería a cambio era que ya no se infravalorara más, que no se odiara a sí misma, ni que se derrumbara bajo el peso de la culpa que sentía.

Raymond la miró con sumo cariño para luego, suavemente y, con la avidez que su corazón ardiente emitía; susurrarle palabras en el oído mientras inclinaba su cuerpo sobre Chloe. Sabiendo que estando ella en sueños no lo escucharía decir lo que apenas podía contener.  

—Pero, Chloe…—dijo, casi sin atreverse a terminar el deseo de posesividad que delataba sus segundas intenciones—. Si quien te preocupa es el Duque de Ludwig, ahora ansío alejarlo y reclamar tu corazón para hacerte solo mía.   

Era algo que Raymond de Astarot quería desde hacía mucho tiempo, desde antes de la regresión, cuando la vio llorar sola en el Ducado de Ludwig después de que sus dulces labios fueran robados por su hermanastro. Pero el joven Emperador nunca forzaría esos sentimientos sobre Chloe, ya que no la harían feliz. Mas no podía soportar la idea de que esta noche ella llorara nuevamente y llegara a esa condición por culpa de ese bastardo. ¿Cómo pedirle a un hombre con tal pasión no revelar al silencio sus motivos ocultos que bullían en su interior?

«No, no puedo hacer eso. Únicamente estaría añadiendo más peso sobre sus hombros cuando ya tiene suficiente con los traumas del pasado.»

Raymond conocía muy bien su situación y, aunque deseaba tomarla como su esposa, no se atrevía a imponer tal cosa, aún después de haber muerto por ella. Además, sin contar la traición de Gran Duque, la situación problemática a la que habría que enfrentarse no cambiaría con respecto al pasado. La nobleza, el dogma de la Iglesia Ramie y los seguidores de esta seguirían en contra de que Chloe fuera la Emperatriz. Atacarían de nuevo a su inocente amada con difamaciones. Aunque claro está que a Chloe no le afectaría tanto puesto que no se amaba a sí misma y se despreciaba constantemente como alguien sin valor alguno. Solo de pensarlo Raymond sentía crecer su rabia. Imaginar lo que hizo Kylos para llevarla a pensar de esa manera era insoportable para él.

Además Chloe en aquel momento no estaba enamorada de Raymond por lo que no le importaba ser o no su esposa. No obstante, si la cortejara de nuevo, y esta vez se diera el caso de que ella se enamorara de él, ¿cómo podía hacerla pasar por un proceso tan doloroso? Con tanta oposición, hacerla su única mujer era casi imposible y tener un lugar a su lado como amante ,la haría sufrir tanto como cuando estuvo cegada de amor por Kylos. Por supuesto, eso era algo que, por nada del mundo, dejaría que Chloe pasara de nuevo.  

—Chloe, tienes que ser feliz. Así que, no debes amarme. No debes quererme. No vuelvas a tener nada que ver conmigo.—Raymond, que había estado repitiendo las palabras para sí mismo, dejó escapar una risa melancólica y, apartando la mano de ella para ponerla sobre su cabeza gacha, añadió—. Y sin embargo hay una parte de mí que desea lo contrario. ¡Qué demonios…!

Se sentía tonto y estúpido. Sin embargo, no odiaba su patética situación del todo porque lo hacía por ella. Aún así, no podía evitar el sabor amargo porque era un completo perdedor. 

—Pero por ti, Chloe.—los ojos rojos de Raymond del Astarot, miraron los luceros granates de Chloe y, curvándolos suavemente en arcos profundos, añadió—. Estoy dispuesto a ser un tonto por el resto de mi vida.

┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈ 

A altas horas de la noche, la ventana cerrada de los aposentos de Chloe, se abrió de par en par sin hacer ruido.

Una niña pequeña y menuda trepó por la ventana mientras las cortinas ondeaban con el aire frío de la noche. Aterrizó en el suelo con un paso silencioso y suave. Sus ojos rojos recorrieron la oscuridad, hasta que vio a dos jóvenes acurrucados, uno sobre la silla y la otra sobre la cama. Al ver a una chica de pelo plateado, la cara del infante, se iluminó.

—¡Chloe…!—exclamó la chiquilla que se parecía a la mujer que estaba dormida.

Sin más dilación, corrió hacia el lecho, se subió encima y, sus diminutas manos, se posaron en ambas mejillas de la joven.

—¡Chloe! ¡Eres tú Chloe! ¡No lo puedo creer! Es realmente Chloe, por fin puedo verte…—murmuró la niña con una voz teñida de añoranza mientras estudiaba el rostro que tenía delante—. Eres igual a como me imaginaba. No, eres incluso más guapa. Creo que ahora sé lo que Enoch quería decir con “hermosa”. Mms… Pero, ¿por qué hay tanta tristeza en tu expresión, Chloe? Me rompe el corazón…

La mirada melancólica del infante, con ojos almendrados semejantes a los de Raymond de Astarot, era la misma que él había puesto horas antes entra habitación mientras observaba a Chloe acostada. 

—Ojalá pudiera ver sonreír a Chloe… ¡Oh! ¡Es cierto! Enoch siempre dice que Chloe es más guapa cuando sonríe. Me pregunto cómo te verías con una hermosa medialuna en los labios…  

Ensimismada, la chiquilla aleteó sus húmedas pestañas con aflicción. 

—¿Por qué huiste cuando me viste antes?—susurró la niña, enterrando la cara en el pecho de la joven—. Yo te reconocí de un simple vistazo. ¿Por qué tú no me reconociste a mí?

La voz del infante era triste, tintada por un leve atisbo de resentimiento.

—No sabes las ganas que tenía de volver a verte, y me molestó mucho que huyeras así de mí… ¿Es que ya no te acuerdas de mí?

La forma de hablar, de la pequeña con cabellos plateados, no distaba mucho del de un adulto y chocaba, en cierta manera, con su tono melodioso que era inequívocamente el de una niña sollozante. 

—Kylos…—las pupilas carmesíes de la niña brillaron de una manera inquietante en el momento en que pronunció aquel nombre y continuó hablando con odio hacia su enemigo—. Fue por culpa de ese maldito perro bastardo, ¿verdad, Chloe?

Obviamente Chloe, no la escuchaba. Tampoco Raymond, quien estaba sentado a su lado. Así que, no hubo respuesta a sus interrogantes. No obstante, a la chiquilla no le importó y siguió con su diálogo hacia el silencio.

—Lo siento, Chloe. Cuando me enteré de que Kylos te estaba acosando en el baile, me dieron ganas de estrangular a ese hijo de puta con esta mano y matarlo. Por eso me presenté ante él para advertirle. Pero ya sabes… Ese hombre no debe morir fácilmente, tiene que sufrir tanto o más que tú, por todo lo que te ha hecho… 

El pecho de la joven sobre el que la niña se acurrucaba era cálido y ella sintió una sensación de plenitud. Deseaba estrechar a Chloe durante días y quedarse así junto a ella para siempre, mas no podía. Enoch todavía estaba afuera, esperándola pacientemente.

—No quiero irme. Me gusta estar en tu regazo, Chloe.—mientras musitaba aquellas palabras, las lágrimas acudieron a sus ojos. 

UGH, …

Ahogó un sollozo y se levantó. De un pequeño salto, llegó a los pies de la cama, donde un hombre de cabellos rojos, del que, a primera vista, no se había percatado, estaba dormido en la silla junto a Chloe.

—Este es…—la niña al instante supo quién era nada más mirarlo por un instante y reprochó—. ¡Enoch eres malo!

Incluso sentado, el joven torneado quedaba alto para una niña menuda como Lette y, por eso, ella tuvo que estirar el cuello para verlo mejor. De pronto, una leve sonrisa se dibujó en las comisuras de los labios de la chiquilla mientras estudiaba el rostro de un Raymond dormido.

—Tsk, Tsk, Enoch… No me habías dicho que Raymond tenía una cara tan linda y adorable… Es guapo, sí, el perfecto para Chloe.

Ella sonrió tímidamente y alargó la mano para tocarlo, sin embargo, no pudo alcanzarlo. Se detuvo por un instante y, de un parpadeo, levitó en el aire hasta que estuvo a la altura de los ojos del hombre pelirrojo. 

—Lo siento, Raymond. En realidad no te reconocí al primer vistazo porque Enoch siempre me hablaba de Chloe y pocas veces de ti. Bueno, es que tampoco tenía mucha relación contigo…—susurró Lethe suavemente, ahora sí, rozando la faz del joven—. Es extraño… Tú también, Raymond, al igual que Chloe, ¿por qué estáis los dos tan apenados?

Como si sus sentimientos resonaran con las emociones internas de los dos jóvenes, Lette acabó rompiendo a llorar.

—Aún así, Raymond. No hay desesperación en ti, y tienes el espíritu más sano de todos las personas que he conocido.—secándose las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano, Lethe sonrió volando un poco más alto en el aire y, dándole una palmadita en la cabeza a Raymond, dijo—. Gracias. Por darme la inesperada suerte de conocerte.

Con una débil y tierna expresión llena de cariño, el pequeño cuerpo de Lette se alejó de los dos.

—Volveré a veros pronto, Chloe y Raymond…

Con aquella despedida que no llegó a los oídos de ninguno, el infante se dio la vuelta  y desapareció por la ventana.

Cuando llegara la mañana siguiente, nunca nadie se daría cuenta de que alguien estuvo allí. Ni siquiera recordarían la voz que les habló mientras dormían y, si por casualidad, en sueños la escucharan, la olvidarían rápidamente como si jamás hubiese pasado.

Porque Lette es el “olvido”.


RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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