Capítulo 32
*y aquí estamos con el tan esperado y aclamado POV de Raymond. (¡A sufrir se ha dicho! <3)
Raymond de Astarot, educado desde su nacimiento para ser el heredero del Imperio Astart, nació para ser Emperador.
Cuando el joven tenía catorce años, sus padres murieron. La causa fue por beber té envenenado.
En el Palacio Imperial más vigilado del mundo, el Emperador y la Emperatriz habían muerto al mismo tiempo. Era imposible.
Raymond esperó hasta el funeral de sus progenitores para intentar encontrar al culpable, pero no pudo. En su lugar, tuvo que consolar a su hermanastro, que al igual que él, también había perdido a sus padres* el mismo día.
*Aclaración: En la hora del té murieron 3 personas; El Emperador, la amante (madre de Kylos) y la Emperatriz. Pero en los POV de esta novela solo importa tu madre, porque ya lo decía Disney; las madrastras son malas XD
Poco después de convertirse en el Soberano de Astart, el chico, que acababa de entrar en la adolescencia, iba a tomar como esposa a Daria de Carolina, la hija mayor de un Duque del Imperio.
Sin embargo, al recién coronado Emperador no le gustaba aquella muchacha, quien era tres años mayor que él. De igual manera, Daria, la que decía haberlo criado desde que era tan solo un niño llorón, estaba tan disgustada como Raymond, por la alianza matrimonial entre las Casas Carolina y Astarot. El primero de ellos en negarse a contraer matrimonio, fue el joven Monarca.
—No te preocupes, Ray, tú y yo nunca nos casaremos, ni en broma. ¿Acaso me ven cara de loca? ¿Pronunciar los votos matrimoniales con un enano mocoso como tú…? ¡Si eres incluso más bajo que yo!—la hija mayor del linaje de Carolina habló de forma arrogante.
Ella siempre se expresaba así en su presencia, con la nariz en el aire, como si fuese superior a él; lo que hería secretamente su orgullo.
—¡Cuidado con lo que dices, bruja de la Casa Carolina! No es difícil imaginar cómo la disciplina y diligencia de la Corte Imperial caería en picado si te convirtieras en la Emperatriz. ¿Cómo podría yo, elegir a una bruja como tú, para ser mi Princesa Heredera?
Los dos habían sido enemigos desde la infancia, gruñéndose cada vez que se veían. Pero a medida que pasaba el tiempo, se distanciaron, y sus caminos se cruzaban cada vez menos, olvidándose paulatinamente el uno del otro.
No obstante, por ironías del destino, volvieron a encontrarse de la peor manera posible. Cuando Raymond, de catorce años y ahora Emperador, visitó al Duque de Carolina a instancias de lo estipulado por su difunto padre.
La visita del chico pelirrojo fue pesada. Entre que se sentía culpable por no haber sido capaz de encontrar al asesino de tres miembros de la familia real, y la presión de la nobleza, que lo menospreciaba; no le dejaron otra alternativa. Desposar a Daria reforzaría su posición, ya que pondría de su lado al Duque Carolina, quien era el actual jefe del consejo nobiliario. Mas, todo aquello conllevaba un precio, el de sacrificar sus ilusiones por casarse con alguien que él amara de verdad. Aun así, Raymond, no quiso imponer aquella alianza en la joven noble, así que antes de seguir lo estipulado por su difunto padre, prefirió consultarlo con ella.
—Aunque el Emperador me ha dejado la voluntad de casarme contigo, no quiero obligarte a hacerlo, si no lo deseas.—dijo el muchacho abatido por la inestable situación.
Raymond supuso, con razón, que Daria lo rechazaría. Además, él tampoco quería verse obligado a una unión con una mujer que le aborreciera. Así que, si ella se negaba, respetaría su decisión tanto como pudiese.
—… Lo siento mucho, Ray.—Daria, que sabía mejor que nadie cómo él aguantaba la presión de la nobleza a una edad tan temprana, aun después de convertirse en Emperador por derecho, dijo disculpándose sinceramente—. Lo arreglaré con mi padre de algún modo. Los Carolina nunca te darán la espalda, te lo juro.
El corazón de un honesto varón, se debilitó al ver a una joven alta que lo miraba con ojos, llenos de culpabilidad, mientras le pedía perdón genuinamente.
Para no forzar a aquella muchacha de diecisiete años a un matrimonio de conveniencia de por vida, Raymond decidió buscar otros medios para consolidar su estatus como Soberano del Imperio.
Ese era el tipo de hombre que era Raymond de Astarot. Una persona recta y responsable que no le deseaba el mal a nadie. Por eso, en cuanto pudo, anunció al Duque de Carolina, que no podía acatar el dictamen del ya fallecido ex-Emperador. Con esto, el jefe del consejo nobiliario estaba bastante disgustado por haberse roto una promesa que habían hecho él y el antiguo Monarca de Astart, hace mucho tiempo. No obstante, no dijo nada más.
Poco después de terminar el enfrentamiento, el Duque y padre de Daria, murió repentinamente. Cuando se reencontraron en el funeral, los ojos de la hija del finado miembro de su familia estaban llenos de veneno mientras observaban a un hombre con desagrado.
—Tengo entendido que hace años, el ex-Emperador había dispuesto una alianza entre la Casa Imperial y la de los Carolina.—el hombre que le había hablado con tanta franqueza, era el hermano del difunto, y la persona que pronto heredaría el título Ducal de los Carolina. Así mismo, también era el hombre que se convertiría en el tío de Daria—. Soy consciente de que la hija mayor de la familia no es digna de su linaje. Pero si la acoge humildemente en la Realeza de Astart, le prometo que el Ducado de Carolina siempre permanecerá de su lado, Su Majestad.
—¿Es lo mismo contigo, Daria? ¿Estás de acuerdo?—preguntó Raymond, mirando el rostro de la joven, cubierto por un negro velo.
—…—ella, que estaba serenamente sentada al lado de su tío, no respondió, y en su lugar, otra voz se escuchó.
—Por supuesto. ¿Verdad, Daria?—el hombre pasó el brazo por los hombros de la chica y sonrió con cariño.
Raymond frunció el ceño y se incorporó, sintiendo una extraña incomodidad ante la falsa amabilidad, que aquella persona destilaba.
—Dame un poco más de tiempo… Me lo pensaré.
Sin embargo, esta vez fue Daria quien detuvo a Raymond cuando empezaba a caminar de vuelta al Palacio Imperial.
—Si no aceptas la petición de mi tío, se unirá a los demás nobles para presionarte, Ray.
—¿Y qué?—preguntó Raymond, con los ojos hundidos en la oscuridad.
—Hazme tu Emperatriz.
—Tú no querías eso.
—De todas formas, lo que dije… Ya no significa nada para mí. La situación de ahora ya no es la misma de antes, Ray. Las tornas han cambiado.—Daria bajó lentamente los ojos y su voz se convirtió en un susurro—. No te hago esta oferta solo por ti. Yo también te necesito…
Raymond se desconcertó interiormente al ver el enrojecimiento en las comisuras de sus ojos, por los que ella no había derramado lágrima alguna durante todo el funeral. Al ver esto, él no pudo evitar cuestionarse las emociones que sentía Daria en aquel momento.
«¿Qué tan impactante fue la muerte de su padre? ¿Hasta qué punto le ha afectado tanto como para haber decidido contraer matrimonio conmigo tan repentinamente?»
Dicha muerte, por algún motivo desconocido, había sido tan traumática para Daria, que había decidido casarse con el chico al cual ella había odiado tanto de pequeña. Raymond, estaba convencido de ello y así lo creyó. Aunque, más tarde, descubriría que esto solo era la pequeña punta del iceberg de los problemas a los que se enfrentaría su futura esposa.
No obstante, objetivamente hablando, no era una mala propuesta para Raymond. La inesperada muerte de sus progenitores, había propulsado su repentina coronación y la inestabilidad de la Casa Imperial era palpable en el ambiente que rodeaba al Imperio de Astart. Necesitaba fuerzas para establecerse y la nobleza dependía mayoritariamente de las acciones que los Carolina tomaban.
Al final, Raymond hizo de Daria su Emperatriz, quien trajo consigo el apoyo absoluto de su Casa Ducal.
La única tragedia fue que, a pesar de su aspecto exterior de corazón frío, Raymond de Astarot era un chico que había soñado con el amor puro desde la infancia. Mas él sabía mejor que nadie que no podría conseguir todo lo que deseaba convirtiéndose en Emperador, y mucho menos sin estar previamente preparado. Por tanto, ese era un anhelo al que sentía que debía renunciar por el bien del Imperio y su gente. En ese momento, lo que había que evitar a toda costa, era una Guerra Civil, y por ello, el joven decidió ser responsable de todo aquello que se le pusiera por delante, tanto ahora como en su futuro por venir. Incluso si ello implicase pasar la noche con una mujer, a la que él no amaba.
—¿Por qué tenemos que pasar por toda esta mierda sin sentido cuando estamos unidos por un claro propósito de conveniencia?—en la primera noche de su cargante y tediosa boda, fue Daria la primera en rechazarlo.
—De todas maneras es una formalidad por la que tarde o temprano tendremos que pasar…
—No, Raymond. Dije que no quiero tener una relación más profunda contigo. Nunca pasará, ni siquiera después de que cumplas tu mayoría de edad. Definitivamente, no pienso tener algo que transcienda más allá de mis meros actos como “tu esposa de apariencias”.
Inesperadamente, Raymond se puso rígido y se apoyó en la puerta con los ojos entrecerrados, mientras la miraba.
—Aunque lo evites ahora, algún día tendrás que ver a tu descendencia, y no es como si no conocieras tus deberes Imperiales como Emperatriz.
—De todos modos, no pretendo ser tu mujer “real” ni ahora ni dentro de mil años. Si te preocupa tu progenie, puedes tener una amante, y si da a luz un hijo, lo criaré como si fuera mío. No tengo inconveniente por eso.
El comportamiento inflexible de Daria hizo que Raymond pensara que era una mujer odiosa hasta lo inimaginable y eso suponía un inconveniente para él.
Aunque su matrimonio estaba formalizado, para los demás debía de parecer que se llevaban bien. Además, por otro lado, estaba el Duque de Carolina quien, como había prometido, ya había prestado su influencia para que Raymond reforzara su hegemonía en la nobleza de Astart. Debido a esto, ambos debían actuar de puertas hacia afuera como una armoniosa pareja.
Justo cuando las cosas parecían asentarse gradualmente en el Imperio, ocurrió algo inesperado para el joven Monarca.
—¡Estoy embarazada!
La Emperatriz, que nunca había tenido una relación sexual, presuntamente estaba encinta. De hecho, no era difícil suponer que el niño que llevaba en su vientre había sido concebido antes de haberse desposado con él.
—¿El hijo de quién?
—Lo siento, Ray. Yo… Yo…
—¿Por eso te casaste conmigo?
—¡No! ¡No lo sabía! Si lo hubiera sabido, nunca… Yo realmente…
SNIF, SNIF, SNIF, …
Daria enterró la cara entre las manos y empezó a sollozar. Ella, la mujer que ni siquiera durante el funeral de su padre mostró tal escena. Raymond apretó la frente palpitante y le preguntó.
—¿Dónde está el padre del niño?
—… Muerto.
—¿Qué?
—Un poco antes de que mi padre muriera…
HAAAAAAA, …
Un suspiro acompañado de una sonrisa vanidosa se escapó de su exuberante boca.
Raymond no le hizo más preguntas sobre el progenitor del niño. En su lugar, ambos acordaron ocultar la verdad y anunciaron que la Emperatriz Daria estaba esperando el propio hijo del Emperador; un vástago de sangre Imperial.
A los diecisiete años, y no mucho después de alcanzar la edad adulta, Daria, aún seguía siendo muy joven a los ojos de los demás. Pero también era lo suficientemente madura como para concebir y estar embarazada de un niño, sin tener en cuenta que esto era algo muy común en aquella época. Sin embargo, Raymond, a los catorce, todavía era un adolescente que apenas se había desarrollado, y el hecho de que ya tuviera un hijo en camino tan pronto, era un acontecimiento demasiado acelerado, que no había sido previsto por nadie. Por eso, fue tan sorprendente que causó un gran escándalo en todo Astart.
Las personas del Imperio señalaban y cotilleaban sobre Raymond. Los rumores sobre la promiscuidad del nuevo Emperador corrían como la pólvora, a pesar de su corta edad. Pero él desestimó las habladurías de la gente con un ligero resoplido. No le importaba que los fisgones criticaran cosas sobre él, ya que tenía muchas otras cosas importantes de las que ocuparse.
Poco después, Raymond tuvo que enterarse del aborto de Daria. Una vez más, el asesino no dejó rastro. Él sospechaba en secreto que, quien se había atrevido a tocar al futuro hijo Imperial, era la misma persona que había matado a sus padres.
El Emperador estaba indignado por la pérdida involuntaria del niño, que la Emperatriz, ilusionada, esperaba. No obstante, él no se mostró entristecido por ello. El pueblo pensaba que Raymond era un hombre frío y calculador, con un corazón de hielo que no le importaba siquiera la muerte de su hijo nonato. Aun así, nadie se atrevía a hablar sobre esto frente a él, puesto que ahora, el joven Monarca ya había comenzado a afianzar su dominio y se encontraba en la cúspide del poder.
Por fin, después de mucho esfuerzo, Raymond de Astarot consolidó su posición. Era el Emperador, Soberano del vasto Imperio de Astart y nadie osaba contradecir tal hecho en su presencia.
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Estalló la Guerra en las fronteras del Imperio y, a su pronta edad, el joven Emperador tuvo que salir a combatir. Miles de Leyendas sanguinarias surgieron de sus heroicas contiendas. Tras año y medio de conquista, Raymond regresó a casa. Había crecido tanto, que a su alrededor ya no se veía aquella atmósfera juvenil de antes. Más bien, ahora se había convertido en un hombre de aspecto maduro.
Había superado sus dieciséis años en el campo de batalla y, aunque aún le faltaban unos meses para alcanzar la mayoría de edad, dominaba su entorno con una estatura y un volumen muscular, más allá de lo que normalmente los varones adultos del Imperio podían permitirse.
Este crecimiento, que destilaba la virilidad del joven Emperador, hizo vibrar los corazones de muchas mujeres nobles de la capital. No importaba que en su interior tuviera el alma de un muchacho de dieciséis años, porque su aspecto ya era el de un hombre perfecto. Para más inri, la ferocidad de la larga guerra le daba ese aire de “chico malo” que rara vez se encontraba en los hombres corrientes. Además, desde hacía mucho tiempo, ya se rumoreaba que era un Emperador promiscuo y lascivo que pasaba las noches con montones de mujeres.
Así que, desde el momento en él alcanzó su mayoría de edad, no pasó mucho para que Raymond estuviese rodeado de innumerables mujeres hermosas; las cuales no dejaban de revolotear a su alrededor, tratando de llamar su atención todos los días. Es más, algunas de ellas, incluso habían sido enviadas a propósito por la Emperatriz.
—La mujer de anoche, he oído que es una de tus doncellas, Daria. ¿No es inusual que las doncellas de la Emperatriz se vean cara a cara con el Emperador?
A la irritada pregunta de Raymond, Daria respondió con una alegre ocurrencia.
—¿Por qué? ¿No te gustaba? Tenía una cara bonita.
—¡Hugh…!—Raymond fulminó a Daria con exasperación.
No comprendía por qué Daria estaba tan obsesionada por encontrarle una amante. Sin saber muy bien cuáles eran sus verdaderas intenciones, él no estaba dispuesto a acatar los deseos de la Emperatriz según lo que a ella le convenía.
—Dime qué es lo que no te gustó, Ray, para que pueda encontrar una chica a tu gusto y prepararla para ti.—insistió Daria con vehemencia.
—De pies a cabeza, todo era malo.—respondió Raymond, malhumorado, con una pizca de arsénico en la voz.
—Eres muy exigente, Raymond.—murmuró para sí misma, sacudiendo la cabeza.
Desesperada, por encontrar una mujer que se adaptara de algún modo a los gustos de Raymond, la Emperatriz había cambiado periódicamente de doncella para que se acercasen a él. No obstante, el joven Emperador las devolvía siempre, con una excusa u otra.
—¿Qué es lo que no te ha gustado esta vez? ¡Me desviví por encontrarte una belleza de cabello plateado!
Raymond sacudió suavemente la cabeza ante el enfado de Daria.
—¿He dicho yo eso alguna… vez…?—al fruncir el ceño y pensar en ello, se dio cuenta de que sí.
La razón era muy sencilla. El pelo más raro del Imperio era aquel de color argentado.
Apenas recordaba la vez que había hablado sobre ello con Daria. Tras enviar de vuelta a la decimoséptima doncella presentada por la Emperatriz, pronunció con cierto matiz que le gustaban las mujeres con melenas de tonalidades plateadas y señaló, al momento, una noble cuya cabellera era similar a su descripción. Lo cierto, es que solo lo había dicho con la esperanza de librarse de la persistencia de su esposa, al menos por un largo tiempo.
—No me gustaba su forma de hablar. Me gusta la voz delicada, que es noble pero no arrogante.
—¡Dios mío, Ray! ¿Qué demonios estás diciendo? ¿Ahora me vas a decir que hay chicas con diferentes tonos al expresarse? ¿Unas que son recatadas y otras que no lo son? ¡Pero dónde se ha visto eso! ¡Eres demasiado puntilloso en cuanto a mujeres! ¡La perfección no existe!— Daria acusó a Raymond mirándolo fijamente.
El joven Emperador seguía poniendo de los nervios a Daria, pero lo cierto era que a él le divertía bastante aquella situación. Así que, empezó poco a poco a dar pistas ridículas sobre su tipo ideal; con exigencias sin sentido. A mayores, cada vez que podía, la molestaba, y ella ya comenzaba a hartarse de su gusto quisquilloso.
Mimy: Quizás me odiéis, pero lo que le pasó a Raymond fue por avaricia. Si no fuera tan quisquilloso o al menos si se quedara calladito, Kylos no habría ideado ese plan para acabar con él y podría conocer a Chloe de manera natural. Pero nah, ¿a qué hemos venido aquí si no es por drama? ( ¬‿¬)
El color de sus ojos, su forma de andar, de sonreír, de saludar con las manos, … Siempre había algún detalle que, según Raymond, se le escapaba a la Emperatriz. Apostaba por cada pequeña cosa, y por una minucia, armaba jaleo. Antes de que se diera cuenta, Raymond se había convertido en el esteta más inflexible del continente.
Una tras otra, la gente traía chicas para enseñárselas, todas ellas respondían a sus supuestos gustos, pero ninguna cumplía con los requisitos exactos que el Emperador demandaba. No era para menos. Sus condiciones eran una lista de cosas que, en la mente del propio Raymond, nadie podría cumplir con ellas y él lo sabía perfectamente.
«Es imposible que una chica así exista en este mundo.»
Con ese pensamiento, Raymond se burló interiormente de las mujeres que estaban desesperadas por llamar su atención. Era capaz de coquetear con moderación con aquellas personas que le presentaban, y de ponerles límites basándose en su propia estética fastidiosa. Lo que le servía de mucho para zafar de situaciones engorrosas.
No obstante, debido a esto, a los veinticuatro años, se rumoreaba que era el hombre más libertino del Imperio. No era cierto, pero al ser medio intencionado, tampoco se trataba de una injusticia. Al fin y al cabo, cosechaba lo que había sembrado, aunque eso significase demeritar su imagen.
Las habladurías sobre las infidelidades del Emperador con las mujeres, se habían hecho tan conocidas, tanto dentro como fuera del Imperio, que la gente no culpaba a la Emperatriz por no ver a su marido durante más de una década. Simplemente, suponían que el sanguinario y lujurioso Raymond de Astarot, entraría en razón algún día.
Pero en el séptimo baile de Año Nuevo, al que asistió tras su regreso de la guerra, conoció a una joven que haría añicos su convicción. La chica que destruiría su creencia de que nunca podría haber una mujer en el mundo, la cual pudiera satisfacer sus exigentes gustos.
—Saludos al Sol del Imperio. Soy Chloe, de la Casa Garnetsch.
En la sala apareció una chica llamada Chloe Garnetsch, quien era la apadrinada de su hermanastro, Kylos de Ludwig. La mujer de la que se decía que, el Gran Duque, la trataba con condescendencia.
En ese instante, lo primero que cautivó a Raymond fue la elegante y melodiosa fluidez de su voz. Luego, su mirada se posó en su cabello plateado, que brillaba sutilmente a la luz de la reluciente lámpara de araña del salón de banquetes.
—Levanta la cabeza.—ordenó él, muriéndose de curiosidad por ver su rostro.
La cara que se levantó en obediencia a su mandato detuvo a Raymond por un momento.
—Es bastante bonita…—musitó de forma inaudible el Emperador.
Raymond tragó saliva mientras observaba lentamente a la joven, de arriba abajo, por todas partes, hasta que se le oprimió el pecho al ver aquellos luceros rojos que le miraban.
«Es demasiado buena, muy linda, preciosa, … No, ¡basta…! ¡Contrólate!»
Era guapa. De todas las bellezas que habían pasado por su vida, ninguna le había conmovido tanto el corazón como ella.
Por primera vez en su vida, Raymond deseó que los ojos de una mujer se fijarán únicamente en él. De repente, la sed le secó la garganta, pero no por falta de agua, sino por amor.
Recordó el anhelo al él había renunciado hace tiempo, con tan solo catorce años. El momento en donde se convenció a sí mismo, de que encontrar a alguien a quien amase de verdad y que ella le correspondiera; era algo que para él, en esta vida, nunca sería posible.
Robin: saben lo que más duele que ya sabemos como termina esto.
—…
—…
Raymond se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo contemplándola con admiración, y conteniendo su deseo, soltó una pequeña carcajada.
—Efectivamente, hermosa. Eres tal y como se rumorea…
Un pequeño rubor se extendió por el rostro de la mujer. Raymond se esforzó por apartar la mirada de ella e intercambió unas palabras más con su hermanastro antes de despedirse de ambos.
El baile estaba en su apogeo y, en medio de todo el esplendor, Raymond con libertad tomaba alcohol, solo y aburrido. Aun así, si dejaba divagar un poco su mente, no podía evitar quedarse con los ojos fijos en Chloe. Allá donde estuviese ella, la encontraba al instante, y eso era algo impropio de él.
Pero no era solo Raymond. Muchos de los hombres del salón la miraban furtivamente y, al darse cuenta de ello, se sintió extrañamente mal.
Por primera vez, Raymond de Astarot se hallaba tan atraído por una mujer al punto de sentir celos incontrolables de todas aquellas miradas sobre ella. Quería hacerla suya por siempre, para que ningún hombre se atreviera a tocarla jamás.
De esa forma, la sed del amor, que lo consumía en aquella fiesta, no desaparecía por mucho que bebiera de su copa.
De hecho, nada podía apaciguar los incontrolables deseos del Emperador de poseerla.
Robin: ¿Por qué el primer amor tiene que doler tanto?
Mimy: Ya sabemos que es triste, así que pongámosle un poco de humor (Yo, cortando el drama XD).
En un universo paralelo +18, donde Chloe es la Soberana del Imperio y Raymond su cebo…

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY