Capítulo 14. No se sueña con tener una estrella en el cielo
Desde la mañana de aquel día, el castillo del Conde Romagnolo recibía preciosas mercancías enviadas por el Duque Morciani. Cajas de madera con las telas más finas y joyas deslumbrantes. Las ruedas de los carros de grano parecían a punto de romperse, seguidas de caballos y ganado de fino pedigrí.
En el reino, era tradición que el novio enviara regalos a la familia de la novia para expresar sus buenos deseos. La llegada de regalos significaba que su partida de la casa del Conde era inminente.
—Ja.
El rostro de Nuritas se ensombrecía cada vez más mientras observaba la interminable caravana de carretas. Si ella realmente fuera la legítima hija del conde, sus mejillas se habrían sonrojado y sus pies habrían dado golpecitos de emoción. O tal vez su voz habría sido tan agradable como la de los pájaros en el cielo, pero ella no sabía ninguna de esas cosas.
—Maldita sea.
Esos innumerables regalos no eran para ella. Tan solo era una mera sustituta. Un espantapájaros sin voluntad ni sentimientos. Se asomó a la ventana y escupió. Su largo cabello ondeaba como una bandera.
«Realmente voy a ir.»
Al volver a entrar, Nuritas se apoyó en el alféizar de la ventana y cerró los ojos. La primera vez que oyó hablar del plan del Conde, pensó que solo intentaba hacerlo por ira. Pero su juicio había sido erróneo, y ella terminó aquí.
No importaba que el Conde Romagnolo se arruinara si la sorprendían imitando a un noble. O si le cortaran la garganta o le clavaran una espada en el pecho; una vida tranquila y sencilla de felicidad ya no era posible. El niño flaco que había soñado con convertirse en caballero ya estaba muerto.
—¡Mierda! No hay forma de que pueda hacer eso.
Nuritas ya no sabía quién era. Había crecido pensando que era un hombre, pero era una mujer. Y resulta que es una hija ilegítima. Todo sucedió tan rápido. La imagen del rostro del conde pasó por su mente y sintió una oleada de calor.
Para salvar a su madre, que sangraba y se enfriaba, tuvo que arrodillarse a sus pies. No quería pedirle ayuda pero era el único en el castillo que podía cuidar de ellas.
Cuando el Conde supo de Leonie, convocó a un médico. Con la máscara de un padre amoroso, tomó la mano de Leonie mientras yacía en la cama y susurró suavemente a Nuritas.
—No te preocupes. Si haces lo correcto con la familia Morciani, cuidaré bien de tu madre.
Arietty: Maldito desgraciado hijo de … *procede a decir más groserías*
Lilián: El cucho ahi si queriendoselas hacer de bueno
No sabía por qué sus palabras le provocaban náuseas. Literalmente se refería a que sino hacia un buen trabajo, acabaría con la vida de su madre.
«Cree que soy tan humilde que no me daré cuenta de ello.»
Deseaba poder dar marcha atrás al reloj y volver a ser como era de niña, cuando creía en la existencia de los magos, cuando sudaba y recogía la mugre hasta romperse la espalda. Cada sueño que Nuritas había tenido alguna vez estaba enterrado bajo la tierra helada.
A partir de ahora, sólo tendría que pensar en su madre y en su vida.
«Qué desesperación.»
Un suspiro escapó de sus labios, y la ventana se empañó con vapor blanco. Estiró los dedos a través de ella, intentando dibujar algo. Como para interrumpir sus pensamientos, la puerta crujió al abrirse y llegó un visitante no deseado.
Era Abio, el hombre pelirrojo vestía una blusa blanca con ribetes dorados y pantalones azules. Nuritas lo reconoció y se apartó de la ventana para mirarlo de frente. Estar cerca de él siempre era estresante. Nuritas se abrazó instintivamente el bajo vientre, bajó los ojos y habló cortésmente.
—¿Puedo ayudarle?
—¿Por qué necesito una razón para venir a la habitación de mi hermana?
Debía de estar loco. Le pegaba, le daba patadas, le decía que la quería, y ahora volvían a ser hermano mayor y hermana menor. Parecía como el Conde, maldiciendola y hablándole informalmente, para luego pretender ser una familia unida.
Nuritas contuvo una carcajada y bajó la cabeza al suelo. No le apetecía para nada mirar aquella cara.
—…¿Estabas viendo eso? ¿Por qué? ¿Estás encantada de recibir regalos del Duque, eh? ¿De verdad quieres ir con él?
Pensaba que estaba loco, pero estaba claro que también era muy poco inteligente. ¿Qué parte de este matrimonio era voluntad de Nuritas? ¿Quién la vistió, le enseñó a leer y la azotó mientras limpiaba tranquilamente la pocilga?
Abio no quería desprenderse de Nuritas, a quien había llevado en su corazón desde la primera vez que había entrado en razón. Desde luego, no creía poder vivir sin ella.
A pesar de las órdenes del Conde, no podía reprimir el deseo que sentía por ella. Había violado a innumerables criadas, pero no se sentía ni un poco mejor por ello. No eran como Nuritas. Ni de lejos.
Lilián: Que p*to asco el Abio, mano
Abio se acercó a ella, con los ojos ardientes de sinceridad.
—Te he dicho que te amo.
Arietty: Que asco, debo dejar de comer mientras traduzco esto, el alfajor ya no sabe rico ;v
Lilián:
Arietty luego de que se le dañara la saboreada del alfajor por culpa de basurAbio:
Abio rodeó la cintura de Nuritas con los brazos y enterró la cara en el pliegue de su cuello. Aspiró su aroma.
«Sí, eso es.»
Mientras Abio abrazaba el suave cuerpo de la mujer con la que había soñado durante tantos días, podía sentir la sangre corriendo frenéticamente hacia la parte inferior de su abdomen. Fue un momento de éxtasis.
—Quiero decir, me refiero a ti.
Arrastró las palabras por la excitación y se hundió aún más en su nuca. Le gustaba la sequedad del cuerpo delgado de Nuritas, y los impasibles ojos azules de la niña le volvían loco.
Nuritas se quedó quieta, sin respirar siquiera. No. Sería más exacto decir que simplemente soportaba el asqueroso momento en silencio.
Ahora había un poco de locura en los ojos de Abio. No podía permitirse morir antes de poder casarse con el duque. No era poca cosa para ella escuchar un poco más de sus tonterías. Su aliento caliente era como imaginar que era calor de verano, y su nauseabundo olor corporal era como estar parado en la pocilga.
Los labios húmedos de Abio recorrieron con urgencia su cuello, deteniéndose cerca de su esternón, y rodeó con sus manos la cintura de Nuritas con más firmeza, haciéndola retorcerse.
—Te quiero, te amo. ¿Hmm?
Abio se aferraba ahora al cuerpo de Nuritas como un perro en celo. Se sentía mareado, cegado por el deseo de llegar un poco más lejos y estrecharla más.
—Estoy a punto de convertirme en Duquesa por el bien de la familia, Abio. ¿Recuerdas lo que dijo el Conde?
Nuritas se asustó al notar que la respiración de Abio se volvía tan acelerada, y sólo mencionó ligeramente al conde. Entonces su roja cabeza se apartó un poco de ella, y se estremeció suavemente.
—Sí, sé que vas por el bien de la familia en lugar de Meirin. ¿Pero, qué haré si te vas? ¿Eh?
Nuritas no tenía intención de responder. Sólo esperaba que el tiempo pasara rápido. Pero cuando Abio vio que ella no tenía respuesta, sus ojos inmediatamente se enfriaron y sacudió su hombro vigorosamente.
—Después de todo quieres ir con el Duque, ¿no?
Luego la empujó con más fuerza, arrinconándola contra la pared con el marco de la ventana. Con la cara enrojecida, Abio levantó la mano como para golpearle la mejilla, pero cuando ella se quedó inmóvil, él gritó.
—¡Mírame!
Antes de que el grito pudiera disiparse, Abio abandonó bruscamente la habitación.
Nuritas, completamente sola, levantó la vista al oír cerrarse la puerta.
—Loco.
Se frotó la parte delantera de su vestido, que tenía la saliva de Abio, con ambas manos. Sacudió la cabeza vigorosamente como para quitarse el aliento. Se quedó allí fingiendo que no pasaba nada, pero en realidad no estaba bien. Tiró de las correas de la cama y llamó a Sophia para que preparara un baño.
Nuritas desabrochó lentamente los tirantes que sujetaban su vestido. Completamente desnuda, se miró en el espejo. Su cuerpo delgado como un palo había ganado una cintura decente, y sus pechos parecen haberse vuelto un poco más prominentes, pero eso era todo. Su aspecto no era diferente del que tenía cuando cuidaba a los cerdos, salvo por la mancha roja en la base del cuello.
«¿Qué esperabas, que apareciera algún elegante noble? »
Se metió en el barril y empezó a frotar enérgicamente en el lugar donde se había posado la mirada de Abio. Le temblaban las manos mientras deseaba poder borrarlo todo.
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Aquella misma tarde, las costureras vinieron a ajustar el vestido de novia de Nuritas, una tarea tan extraña para ella que sólo había llevado la ropa desechada de Meirin.
Nuritas se puso rígida por los nervios y se movió de un lado a otro cuando se lo pidieron. Levantó los brazos y se puso de pie con la cabeza alta.
—Date la vuelta, jovencita, tu pelo rojo queda tan bien contra la tela blanca.
Las mujeres que habían venido a confeccionar la prenda tenían un aspecto similar, como si fueran hermanas, y eran grandes conversadoras. Miraban el delgado cuerpo de Nuritas con admiración.
—¿Cómo puedes estar tan delgada y, sin embargo, tener tanta elasticidad en la piel?
Nuritas se sintió aún más incómoda a medida que le llovían los cumplidos.
«Esto es lo que se consigue después de años tirando de una carreta.»
Las palabras que no pudo decirles se quedaron en su boca. Ahora se había teñido el pelo completamente de rojo en preparación para su papel como sustituta de Meirin. Desde muy joven, Meirin sufrió enfermedades frecuentes y no participó en actividades externas, por lo que, a sus ojos, parecia una joven muy preciosa. Nuritas se alegraba de que las costureras no sospecharan de ella, pero al mismo tiempo se sentía triste.
Ahora las costureras sacaron sus cintas métricas y empezaron a medirle la cintura y a discutir entre ellas. Nuritas tuvo que aceptar que, efectivamente, había llegado el momento de dejar atrás a su madre.
«Me pregunto si el Conde cumplirá su palabra.»
Le habían asegurado la seguridad de su madre si iba con el Duque en lugar de Lady Meirin. ¿Se podía confiar en ellos? Pero, como siempre, estas preguntas flotaban en el fondo.
Fue el Conde quien golpeó a la madre y a la hija en el pecho con un hierro candente y cuando ellas gemían por las heridas y extendían las manos pidiendo ayuda, él era el único que las agarraba compasivamente.
«De él tome la vida, y él me la quitará.»
Al ver el rostro de Nuritas, tan serio para una joven a punto de casarse, la costurera pensó que eran los nervios, y habló en voz baja. Su voz era cálida y llena de alegría de vivir.
—Todas las novias tienen muchas preocupaciones antes de casarse. ¿Pero quién puede resistirse a enamorarse de alguien tan bella como tú?
Las ágiles manos de la costurera, que sonreía dulcemente y decía amables palabras a Nuritas, introducían alfileres por los pliegues del vestido a coser.
Nuritas se sintió muy agradecida a la costurera por sus amables palabras, pero le costaba decir algo al sentirse tan indefensa en ese vestido que estaban confeccionando.
En el largo espejo bellamente ornamentado, una joven pelirroja de mirada melancólica parecía tragarse las lágrimas en privado.
Algo como el amor es ahora para mí como una estrella en el cielo.
Algo que brilla tan alto en el cielo que no puedes ponerle las manos encima, que no te atreves a poseerlo. Su vida no era tan fácil como para soñar con eso.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY
CORRECCIÓN: LILIAN