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Capítulo 07. Padre. Conde, por favor, vela por mí.

La voz de Abio parecía pegarse a su espalda, aún resonando en sus oídos. Su interrogatorio era natural. Seguía siendo difícil de creer, incluso para ella, que la mujer que acababa de tirar de las carretas al amanecer, de esparcir fardos* de heno y limpiar la suciedad, y que terminaba el día volviendo a transportar pesadas cargas, pasara ahora por pasillos libres de polvo y con maquillaje por todas partes.

*Fardo: Conjunto de elementos que son atados para formar un bloque y así facilitar su traslado o almacenamiento.

Nuritas se armó de valor, empujó a Abio y siguió su camino con el corazón acelerado. Esto era algo que nunca antes había imaginado. ¿Cómo se atrevía a poner sus sucias manos sobre el heredero del condado…?

Ella levantó su áspera mano contra su pecho, luego la estiró de nuevo y miró hacia abajo lentamente. Las manos secas llenas de su vida parecían hoy más sucias.

Pero entonces, recordando el rostro de su madre, se enderezó y se plantó de nuevo ante el despacho del conde, palpando una vez más la textura de su vestido antes de abrir la puerta. Era tan suave que parecía tocar el pétalo de una flor. Tenía miedo de que la flor se volviera negra y seca si la tocaba, así que retiró la mano.

«Qué ridículo es esto. »

Dejó escapar un profundo suspiro y trató de serenarse.

«Diga lo que diga el Conde, no nos alarmemos. Pensemos sólo en madre y en mí. »

Todo el mundo decía que este mundo es mejor que el infierno aunque te revuelques en la mierda de perro. Si vives así, sobrevivirás de algún modo. Ella siempre creyó que llegará un buen día, y que seguramente habrá un día mejor que hoy. Nuritas se esforzó por abrir la puerta después de sobarse con ambas manos.

──────⊹⊱✫⊰⊹──────

En el despacho se encontraban el Conde, que parecía algo sonriente, la Condesa, que parecía ansiosa, y Meirin. Cuando Nuritas apareció, sus ojos se fijaron en ella.

Aunque ya había estado aquí antes, todo se sentía tan desconocido y estando asustada, se puso rígida al entrar en la habitación. Como no tenía ni idea de modales nobles, se limitó a hacer una reverencia como hacen los trabajadores.

Al inclinarse con su vestido, Meirin soltó un pequeño bufido.

—Te ves ridícula.

Meirin se acercó a Nuritas y la rodeó como si estuviera viendo algo raro. Era realmente asombroso ver a Nuritas de pie con un vestido pasado de moda y el pelo mojado con una mirada ansiosa.

Meirin se acercó un poco más para ver mejor sus ojos, que extrañamente se parecían a los del conde. Su cabello corto, áspero y descuidadamente recortado era tan oscuro y manchado que era difícil saber de qué color era.

—¿De verdad no eres un hombre?

Burlándose del cabello corto de Nuritas, Meirin sacudió levemente su abundante cabello rojo. Ella era muy hermosa, igual que su madre, era pequeña de estatura y tenía una cintura muy delgada, por lo que su forma de caminar era como una brisa de viento. Después de ver a Meirin en persona, Nuritas se convenció de que parecía aún más imposible actuar como doble de una joven tan frágil y preciosa.

Cuando le preguntaron si era un hombre, asintió levemente con la cabeza.

—Qué espectáculo más ridículo.

Nuritas no se sintió ofendida por el descarado menosprecio de Meirin hacia su aspecto, era cierto. No había forma de que pasara de ser un joven, limpiando pocilgas, a parecer una dama noble en un día, sólo por ponerse un vestido.

Había vivido toda su vida en condiciones que la obligaban a mirar con dureza la realidad. El único sueño vano que tuvo fue convertirse en caballero. Nuritas volvió a cerrar las manos en puños y las colocó sobre su abdomen, luego inclinó la cabeza.

—Debes mantener tu imagen. Meirin.

—Fue un descuido, Conde.

Al oír al conde, Meirin bajó los ojos obedientemente, fingiendo admitir su error, y luego curvó los labios en una mueca que sólo Nuritas pudo ver.

—Es justo que todos prestemos atención a una joven que está a punto de hacer grandes cosas por nosotros los Romagnolos.

Ante las palabras del conde Meirin hizo un sonido arrastrando los pies con los zapatos, como si ya no le interesara Nuritas, se acercó al sofá y asumió el porte de una dama bien arreglada.

—Parece que tienes que arreglarte más de lo que pensaba.

El conde examinó a Nuritas de los pies a la cabeza como si estuviera comprando un caballo en el mercado. Su pelo corto, enmarañado por la mala alimentación, la expresión hundida de su rostro que ninguna cantidad de aceite caro podría borrar, y el vestido raído que llevaba sobre su delgado cuerpo, le hacían parecer tan ridícula como Meirin había dicho. Pero sus brillantes ojos azules y su boca, como la suya, llamaron la atención del conde.

Fue entonces cuando la condesa, con un brillo de nerviosismo en los ojos, le preguntó.

—Conde, ¿se ha fijado la fecha del matrimonio?

—Entregué la carta al ducado hoy, por lo que deberíamos recibir una respuesta dentro de una semana.

—¿Qué ha dicho?

—Le escribí para pedirle un poco de tiempo, ya que nuestra Meirin padece una terrible enfermedad de la piel. ¿Quizás en seis meses, para ser generosos, le crecerá algo el pelo, engordará un poco y se hará pasar por una noble?

El conde ya había hecho todos los planes. Iba a ganar tiempo y enseñar a la humilde joven algunas cosas para que pudiera fingir ser un noble, y si mientras tanto lo alimentaba bien, haría más respetable su aspecto harapiento.

Cuando imagino al Duque Morciani siendo jodido, no pudo evitar sonreír. Pero él era el único en la sala que parecía feliz. Meirin y la Condesa sentían que sus corazones se hundían por una ansiedad desconocida. ¿Cómo se atrevía aquella criatura inmunda y rastrera que tenían delante suyo a actuar como sustituto de una dama noble? La apariencia confiada del Conde pareció preocuparlas aún más. El Conde pensó en algo y abrió la boca.

Nuritas estaba tan nerviosa como la primera vez que tuvo que tirar de un carro cuando era niña. Siempre había sido pequeña y delgada debido a su retraso en el crecimiento, y no creía que pudiera tirar de la carreta con la montaña de heno que tenía delante. Tenía las manos desnudas y el sudor le caía a chorros. Le costaba dar un solo paso. Hoy era igual que aquel día. Se quedó boquiabierta, insegura de si podría conseguir la apariencia de una dama aristocrática.

Si le pidieran que trabajara más, apretaría los dientes y trabajaría duro… 

«Una noble.»

No está a la altura ni de los dedos de los pies de una noble tan florida. Percibiendo su angustia, el conde esbozó una sonrisa muy benévola.

—Tal vez, cada vez que te sientas flaquear, puedes animarte pensando en tu madre.

«Ese desgraciado… »

El hombre que había gritado y despreciado a su indefensa madre había vuelto a mencionarla.

¿El Conde realmente lo sabe? ¿Que no sólo estaba dañando la salud de su madre, sino que también estaba erosionando su espíritu? Probablemente no. Cualquiera que supiera esas cosas no habría planeado algo como esto. 

Incluso los perros criados por patrocinadores pensaban que sus cachorros eran lindos. Mordían y lamían a los recién nacidos e intentaban mantenerlos con vida.

El solo hecho de trabajar para alguien así la hizo sentir enojada, al pensar en tener que arriesgar su vida por el conde nuevamente era como si una columna de fuego caliente se elevara sobre su pecho.

Sus emociones, normalmente apagadas, empezaban a tomar color. Cuando Nuritas levantó la cabeza y miró al Conde con hostilidad en los ojos, él le sonrió amablemente.

—¿No lo sabías? Este es mi amor por ustedes, los pobres humildes.

El corazón de Nuritas se hundió al oír la palabra amor de su sagaz boca.

¿Es eso lo que significaba el amor? Se quedó tan sorprendida que fue incapaz de pensar en otra cosa que decir.

Ella no pudo compartir su afecto y vivir con su madre porque su trabajo era difícil, pero lo sabía bien. Sabía que los ojos de su madre estaban siempre sobre ella, llenos de preocupación. Ella no sabía mucho, pero pensaba que eso era amor.

Lo que el Conde acaba de escupir fue veneno.

Era más bien una amenaza, agarrar el salvavidas de una persona inocente y llevarla a la muerte. No era más que egoísmo proteger a aquellos de sangre noble, y no soportaba mirarles a la cara ahora que no mostraban ninguna consideración por ella ni por su madre.

El conde volvió a mirar a Nuritas, que inclinaba la cabeza impotente sin preguntar nada, y vio que sus pequeños hombros temblaban y que sus manos entrelazadas estaban rojas.

Pero eso era todo. Lo que le deparará el futuro a la joven bastarda no era asunto suyo. Ella no era más que un peón en su juego, y que, además, resultaría ser un peón muy útil.

Nuritas sintió que el pelo se le ponía blanco de ira. Si él decía la palabra amor una vez más, ella no podría soportarlo.

Él era un gran hombre que veía por un momento a las jóvenes que empezaban a florecer como objetos de su lujuria, y no tenía ni idea de lo que sufrirían después. Y las mujeres que no sedujeron intencionalmente al Conde tuvieron que sufrir duramente a manos de la Condesa.

Si no hubiera sido por eso, Nuritas habría agachado la cabeza y habría trabajado como un ganadero hasta que ya no fuera útil. Habría sido lo que querían que fuera: una boca sin voz, simplemente una sombra tras las sombras deslumbrantes de los nobles. Eso es lo que habría hecho.

—¿Por qué no contestas? Cosa inmunda.

Lilián: La cucha me pone violento

La Condesa estaba casi loca de rabia por la joven bastarda que estaba allí de pie, sin decir nada. Estaba nerviosa por el futuro, y la presencia de una criatura tan indigna la hizo sentir los pelos de punta.

Se acercó a Nuritas, que permanecía boquiabierta, y le dio una durísima bofetada en la mejilla. Nuritas se sobresaltó un instante, pero apretó los dientes para no reaccionar. Las mejillas se le hincharon al instante, irradiando calor, pero no le dolió; intentaba imaginar que ahora estaba aquí de pie, sola, y no con ellos.

El Conde chasqueó la lengua ante el repentino arrebato de violencia de la Condesa. Habló con voz suave, como si la reprendiera.

—Bueno, es una joven que va a hacer cosas importantes, así que ¿no sería mejor tratarla bien? ja ja.

Pero a Nuritas le resultaba más insoportable la voz del Conde que la mano que le abofeteaba la mejilla.

Lilián: Top 7 Las voces más insoportables del mundo: 1. El Conde (Ocupa los 7 puestos)

Todo el plan había salido de su malvada cabeza, y su humilde cuerpo había salido de él.

«Mi querido padre, no, Conde. Definitivamente haré bien este trabajo. Por favor cuídame hasta el final.»

Nuritas sintió un escalofrío recorrer su delgada clavícula.

Dispuesta a no llorar nunca, deseó que este momento pasara rápido, que no fuera más que una breve pesadilla en pleno verano, pero el sonido del sudor goteando de su frente al suelo le recordó que aquello era real.

Ahora mismo, Nuritas es probablemente una joven débil y lamentable esperando caer en el pozo de fuego a la entrada del infierno.


RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ARIETTY 
CORRECCIÓN: LILIAN


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