Capítulo 59
Penélope, hablando con un tono de voz más alto de lo habitual a propósito, dio una palmada sonora y se puso las manos en las caderas, mirando a Bliss.
—¡Muy bien! Dejemos de pensar en lo que pasó por ahora y vamos a encargarnos de las tareas de la mañana, ¿de acuerdo?
Bliss siguió a Penélope, que se había dado la vuelta con energía, pero la imagen de Cassian se negaba a abandonar su mente. «Lárgate, lárgate de una vez. ¿Por qué sigo pensando en ese mentiroso malhablado? ¡Tú eres el que debería salir de mi cabeza!».
Sacudió las manos en el aire como si intentara espantar moscas invisibles para alejar sus pensamientos, pero no era fácil. Justo cuando apretaba los dientes inconscientemente al recordar aquel rostro gélido…
—¿Eh? ¿Dijiste algo? —preguntó Penélope dándose la vuelta de repente.
Parecía haber creído que Bliss había hablado, por lo que él agitó las manos con nerviosismo y soltó una risa forzada.
—Ah, no, no es nada. Jajaja.
Penélope ladeó la cabeza con extrañeza, pero siguió caminando. Bliss soltó un pequeño suspiro de alivio y reafirmó su postura.
«Ese infeliz… ahora hasta me ha insultado».
Parecía que la lista de sus pecados no era lo suficientemente larga.
«Definitivamente haré que se arrepienta». Tras añadir un nuevo punto a su “Lista de Venganza” personal, juró que se la cobraría con creces.
***
—¡Conde Heringer! Bienvenido, lo estábamos esperando.
Al verlo, un caballero de cabello cano se acercó con alegría. Cassian se adelantó, estrechó su mano y forzó una sonrisa protocolar.
—Buenos días. Gracias por la invitación.
—Por aquí, por favor. Todos están esperando.
Guiado personalmente por el anfitrión hacia el salón, encontró a varios hombres reunidos en grupos de dos o tres, conversando animadamente.
—¡Oh, Conde Heringer!
—Conde, cuánto tiempo. ¿Cómo ha estado?
Al notar la entrada de Cassian junto al anfitrión, los presentes le sonrieron y lo saludaron con familiaridad. Tras completar la ronda de apretones de manos y saludos, Cassian tomó asiento y el mayordomo, que estaba a la espera, le sirvió el té. Mientras se llevaba la taza humeante a los labios, el Marqués de Verhello, el anfitrión, tomó finalmente la palabra.
—Les agradezco a todos por reunirse hoy. Como ya les mencioné, se trata del nuevo proyecto de ley que se va a presentar. ¿Qué opinan al respecto?
Todos los presentes eran miembros de la Cámara de los Lores. Estas reuniones, donde se juntaban legisladores con intereses afines para asegurar un resultado específico, eran comunes; a veces se organizaban incluso por asuntos triviales, simplemente para estrechar lazos sociales.
Ese era precisamente uno de esos días. Entre bromas ligeras y conclusiones que ya estaban pactadas de antemano, Cassian se limitaba a llevarse la taza de té a los labios en silencio. En realidad, no escuchaba ni una sola palabra de lo que decían aquellos hombres; su mente estaba perdida en otros pensamientos.
Todo esto, acompañado de una migraña punzante que lo atormentaba sin piedad.
«¿Cuándo demonios se me va a pasar esto?», pensó Cassian, aunque sabía perfectamente que las probabilidades eran nulas. La migraña, que había aparecido casi al mismo tiempo que su insomnio, había empeorado gradualmente hasta convertirse en un suplicio constante. Ya ni siquiera sabía si no podía dormir por el dolor de cabeza o si el dolor de cabeza era consecuencia de no dormir. Sintiendo que el té caliente al menos calmaba un poco sus nervios a flor de piel, volvió a sorber el líquido cuando, de repente…
—… por eso creo que debemos apoyar este proyecto de ley esta vez. ¿Qué opina usted, Conde Heringer?
Al escuchar su nombre, la mano de Cassian se detuvo en seco. Levantó la mirada lentamente y se dio cuenta de que todos lo observaban. Tras fingir que bebía un poco más para ganar tiempo, dejó la taza con parsimonia sobre el plato y miró al hombre que le había preguntado. En momentos como este, la respuesta siempre era la misma.
—Pienso igual que usted, Marqués.
Acompañó la frase con una leve sonrisa, lo que provocó que el Marqués de Verhello soltara una carcajada sonora mientras se palmeaba el muslo.
—¡Lo sabía! ¡Estaba seguro de que el Conde Heringer estaría de acuerdo con mi opinión!
En realidad, Cassian no tenía ni la más remota idea de qué estaban hablando. Pero no importaba; se limitó a mantener su sonrisa silenciosa.
—He oído que Miller está preparando otro proyecto de ley para presentarlo pronto, ¿alguien sabe algo al respecto?
La mención de ese nombre captó la atención de todos. El que hablaba era el Barón Condial, un joven legislador que había empezado a destacar recientemente. Quizás por haber heredado su título hace poco, siempre se mostraba muy entusiasta y, una vez más, lograba atraer todas las miradas con un tema de actualidad.
—No, no he oído nada. ¿Ustedes saben algo? —preguntó el Marqués mirando a su alrededor.
Nadie respondió; solo se miraban las caras unos a otros. Al ver que no obtenía respuesta, el Marqués volvió a centrarse en el Barón.
—Entonces, ¿usted ha escuchado algo, Barón? Si sabe algo, cuéntenos. Si se trata de un proyecto de Miller, es muy probable que se apruebe, así que debemos estar informados.
Todos lo miraron con expectación, pero la reacción del Barón no fue la esperada. Se rascó la nuca con gesto incómodo y vaciló antes de hablar.
—A decir verdad, solo sé eso por ahora. Tengo que investigar más, solo preguntaba por si acaso alguno de ustedes tenía más detalles.
Un suspiro de decepción recorrió la sala. El Barón, sintiéndose avergonzado, se apresuró a continuar.
—Pero conociendo a ese hombre, uno nunca sabe qué se trae entre manos, así que si alguno tiene un contacto cercano, sería bueno que investigara. Por supuesto, yo también estoy en ello…
—Sí, entendido. Comprendo perfectamente a lo que se refiere.
El Marqués asintió, dándole la razón, y pronto cambió de tema. Justo en ese momento, Cassian dejó su taza vacía y el mayordomo se acercó de inmediato para servirle más té.
La conversación fluía, pero Cassian no escuchaba ni la mitad. De vez en cuando, si le lanzaban una pregunta, se limitaba a decir: «Sí, opino lo mismo», y a regalar una sonrisa que dejaba a todos satisfechos. Al fin y al cabo, son cosas que no vale la pena escuchar, pensó mientras seguía fingiendo. El tiempo pasó sin que nadie sospechara lo que realmente sentía, y la reunión sin sentido llegó a su fin.
—Gracias por venir hoy también, Conde Heringer.
Ante el apretón de manos firme del Marqués, Cassian respondió con la misma cara sonriente que había mantenido todo el tiempo.
—No hay de qué. Por favor, invíteme de nuevo; será un placer.
La influencia del Marqués en el Parlamento no era nada despreciable. Mantener este tipo de relaciones por asuntos triviales sin duda daría frutos en el futuro. Esconder sus verdaderas intenciones y cultivar una imagen pública impecable era parte de la misma estrategia.
—Confío en que, algún día, el Conde liderará este país.
El rostro del Marqués desbordaba confianza y expectativa al decir aquello. Cassian sonrió y respondió con un Gracias. Y, ciertamente, eso era lo que él también deseaba.
—Con su permiso, me retiro. Hasta la próxima.
Cassian se despidió cortésmente y abandonó la mansión del Marqués. Su siguiente cita era con el director de una organización benéfica a la que solía donar. El hecho de que lo hubiera invitado directamente a su casa significaba que, sin duda, tenía algo que pedir; aunque él lo llamaría “un favor”. Y después de eso…
Sentado en el coche, Cassian repasaba su agenda mientras soltaba un largo suspiro y cerraba los ojos. Apoyó la cabeza en el respaldo, esperando a que la migraña remitiera, y pensó:
«Está bien. Cuando regrese, ya no estará.»
Penélope era una mayordoma competente y jamás había ido en contra de sus deseos. Esta vez no sería la excepción. Al volver, todo regresaría a la normalidad: el castillo vacío y melancólico, las noches interminables, el insomnio atroz y…
«… esta maldita migraña.»
—Mierda.
Cassian soltó un insulto que fue casi un gemido. Si la Duquesa lo escuchara, probablemente se desmayaría de la impresión, pero hacía tiempo que las palabrotas se habían vuelto parte de su vocabulario diario. Sí, probablemente desde que empezaron estos malditos dolores de cabeza.
—… Ugh.
Apretó los dientes mientras un quejido escapaba de sus labios. Lo único que podía hacer era esperar a que el dolor pasara, sin poder hacer nada más que sudar frío por la presión en sus sienes.
«… No pasa nada.»
Susurró para sí mismo en la oscuridad de su mente. No tengo ningún problema.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN