Capítulo 57
Menos mal que está oscuro, pensó Bliss, conteniendo el aliento a propósito para regular su respiración.
«¡Si la habitación hubiera estado iluminada, me habría descubierto sin duda…!»
Cassian estaba apoyado en la barandilla del balcón. La vasta llanura que se extendía frente a él ya estaba sumida en una oscuridad tan densa que no parecía haber nada digno de ver; sin embargo, él permanecía allí, inmóvil como si estuviera clavado al suelo, recibiendo de lleno el gélido viento nocturno con las manos apoyadas en el barandal, limitándose a observar la lejanía. Ni siquiera se giró hacia Penélope.
«¿No se ha dado cuenta de que he entrado con ella? ¿O lo sabe y me está ignorando?»
Bliss sentía una curiosidad punzante, pero no tenía forma de comprobarlo. Llegó a pensar que era mejor que Cassian siguiera de espaldas. Si sus rostros llegaran a encontrarse, entonces…
¿Qué pasaría?
“Bliss”.
De pronto, un recuerdo olvidado afloró en su mente de la nada. Cassian enseñándole los nombres de los pájaros. ¿Qué habría sido de aquel libro que le regaló en aquel entonces?
Mientras Bliss luchaba por mantener la compostura, Penélope llevó el carrito hasta el sofá de la sala de estar contigua. Colocó la cubeta de hielo con el vino sobre la mesa, dispuso las copas y los accesorios, descorchó la botella, se guardó el corcho en el bolsillo y, tras enderezar su postura, habló:
—¿Necesita algo más, señor Conde?
Sin volverse, Cassian hizo un gesto con la mano indicándole que se marchara. Penélope lanzó una mirada fugaz a Bliss. Era la señal: “Es tu turno”. Bliss tragó saliva y se cuadró. Penélope, apartando la vista de él, se dirigió de nuevo al Conde.
—Verá, señor Conde…
Comenzó con cautela, usando su tono calmado habitual.
—El nuevo empleado del que le hablé ha llegado hoy. Desea presentarse ante usted.
Acto seguido, Penélope le dio un toquecito con el codo a Bliss. Él dio un respingo y, tras soltar un breve suspiro, habló:
—Ho… hola. Soy Bli… Blair Carlton. Es un placer conocerlo.
Su voz salió con un ligero temblor. Espero que piense que es solo por los nervios, pensó angustiado. Mientras esperaba sumido en la ansiedad, Cassian, que había permanecido inmóvil, giró la cabeza lentamente.
Ah…
En el momento en que sus ojos se encontraron con los de Cassian en la penumbra, Bliss tuvo la ilusión de que su corazón, que hasta entonces latía como loco, se detenía en seco. Se quedó completamente atónito.
10.
Una brisa nocturna sopló de alguna parte, rozándole la mejilla. El aire gélido despertó sus sentidos nublados y Bliss parpadeó rápidamente.
Cassian seguía allí, en el mismo lugar. Inalterable, mirando a Bliss desde arriba.
«¿Siempre fue… así de alto?»
Bliss lo recordó vagamente. Habían pasado más de diez años para ambos, pero mientras que en aquel entonces Cassian apenas entraba en la edad adulta, Bliss era solo un niño de siete años. Hasta ahora, solo se había preocupado por cuánto había cambiado él mismo, sin detenerse a pensar en la evolución de Cassian. Era lógico; después de todo, antes de venir aquí, se había pasado los días buscando noticias suyas y escudriñando cada una de sus fotos.
Pero esto era la realidad. Era el mismísimo Cassian Strickland, de pie frente a él. La sensación de opresión que emanaba superaba con creces cualquier cosa que hubiera imaginado. Era tan alto como el padre o los hermanos de Bliss, pero se veía mucho más gélido. Y, sobre todo, se veía completamente solo.
Sí, este hombre está solo.
De repente, Bliss se dio cuenta: no había nadie alrededor de Cassian.
Era extraño. Este hombre lo tenía todo, absolutamente todo. Riqueza, fama y, por lo que Bliss había visto con sus propios ojos, amigos de sobra con quienes reír y hacer tonterías.
¿Entonces por qué parece estar tan vacío?
Era una sensación que no lograba comprender. Por alguna razón inexplicable, Bliss sintió el impulso de abrazarlo y decirle que todo estaría bien, aunque no sabía de dónde venía ese sentimiento ni qué lo provocaba.
—…..
Cassian abrió la boca y dijo algo. Bliss tardó dos o tres segundos en procesar el sonido.
—… ¿Qué?
Su voz era tan baja que apenas se oía. ¿Cuál era la intención de su pregunta? ¿Le preguntaba su nombre? ¿Le preguntaba qué acababa de decir? Mientras Bliss vacilaba sin saber qué responder, Penélope dio un paso al frente.
—Es Blair Carlton, señor Conde. Un pariente lejano mío.
Y añadió la misma explicación que les había dado a los empleados:
—Viene de Estados Unidos para ayudarme y aprender a mi lado. Acaba de empezar, así que aún tiene mucho que aprender. Le ruego que sea comprensivo con él.
Penélope se enderezó tras hacer una reverencia impecable. Esperó a que él dijera algo más, pero Cassian volvió a sumirse en el silencio. Bliss empezó a impacientarse ante aquella reacción: el Conde seguía clavado en su sitio, con la mirada fija en él. ¿Qué hago? ¿Tengo que decir algo más? ¡Penélope, ayúdeme!
Justo cuando enviaba señales de auxilio mentales, ocurrió.
—… Fuera.
—¿Perdón?
Esta vez ni siquiera Penélope lo escuchó bien y volvió a preguntar. Al ver a ese par de “capibaras” parpadeando con cara de confusión, el Conde, que parecía estar a punto de estallar de rabia, apretó los dientes con un chirrido y bramó:
—¡Fuera! ¡He dicho que se larguen! ¡Lárguense ahora mismo, pedazo de #@%! &#$ %&@* #$!…
El estruendo de aquel rugido fue tan potente que las aves que dormían en las ramas de los árboles cercanos levantaron el vuelo en bandada, aterrorizadas. En la mente de Bliss, una sirena de advertencia comenzó a pitar sin cesar, dejándolo completamente aturdido.
—¡Válgame el cielo! —exclamó Penélope.
En un acto reflejo, la mayordoma le tapó los oídos a Bliss con ambas manos y lo arrastró fuera de la habitación a toda prisa. Mientras Bliss se dejaba llevar, todavía en estado de shock, los insultos de Cassian seguían lloviendo tras ellos, uno tras otro, con una violencia inaudita.
***
Haa, haa…
No se detuvieron hasta bajar las escaleras de un tirón y llegar al vestíbulo de la primera planta. Solo entonces se permitieron soltar el aire y tratar de calmar sus corazones desbocados.
—P-pensé que me moría…
Bliss, con el rostro lívido y los hombros todavía temblorosos, apenas podía procesar lo ocurrido. Penélope no estaba mejor; se veía pálida y el sudor frío le perleaba la frente. Durante un buen rato, el único sonido entre ellos fue el de sus respiraciones agitadas. Finalmente, Penélope fue la primera en recuperar el juicio.
—¿Pero qué ha sido eso?
Al verla tan desconcertada, Bliss se sobresaltó y preguntó con angustia:
—¿N-no será que me ha reconocido?
—No, no creo que sea eso —sentenció Penélope con firmeza. Tenía sus motivos para estar tan segura—. Piénsalo con lógica. Si tú fueras el Conde y estuvieras en su situación, ¿cómo habrías reaccionado si lo hubieras reconocido?
Bliss no supo qué responder de inmediato.
—Eh… bueno…
—¡Como el protagonista de un drama! —le espetó Penélope con severidad al verlo dudar.
Al instante, los ojos de Bliss brillaron y su expresión cambió por completo, entrando en el papel.
—¿Qué haces tú aquí? —exclamó con voz afilada.
—¡Exacto! —asintió Penélope satisfecha.
Bliss captó finalmente el punto. Si lo hubiera reconocido, habría habido una confrontación dramática, no una lluvia de insultos genéricos.
—Entonces no me reconoció.
—Eso es lo que te digo.
Al oír a Penélope repetirlo con tanta seguridad, Bliss por fin se relajó. Soltó un suspiro de alivio genuino mientras se tocaba el pecho. Si todos esos insultos hubieran sido dirigidos a mí personalmente, habría muerto de un infarto allí mismo.
—Cielos… —continuó Penélope con urgencia—. Es la primera vez que escucho al Conde insultar de esa manera.
Bliss asintió vigorosamente, dándole la razón.
—Yo también. Es la primera vez que veo a alguien decir más palabrotas que Chase.
Tras aclarar que Chase es uno de mis hermanos mayores, Bliss preguntó con el rostro lleno de confusión:
—¿Y ahora qué hacemos?
Penélope tampoco tenía una solución mágica. Se rascó la mejilla con gesto preocupado y respondió:
—No lo sé. Esta situación está totalmente fuera de mis planes.
Llegados a este punto, no parecía haber una respuesta clara. Penélope se quedó pensativa unos instantes y luego levantó la cabeza con determinación, como si hubiera tomado una decisión final.
—No queda de otra. Por mucho que le demos vueltas, no vamos a encontrar la solución ahora.
—Entonces…
Justo cuando Bliss iba a preguntar cómo proceder, ella le dio la respuesta más lógica y directa:
—Por ahora, vamos a dormir.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN