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Capítulo 48

«Sé que no hay otra opción», pensó Koi, sintiendo un nudo en la garganta por la pena. Le dolía el corazón al sentir que lo único que podía hacer era quedarse mirando cómo Bliss se marchaba.   

Pronto, el avión despegó del suelo y comenzó a cruzar el océano. En cuanto subió a la aeronave, Bliss sacó su tableta y pasó todo el tiempo de vuelo pegado a la pantalla, completamente absorto.

4.

El antiguo castillo de la familia del Conde Heringer, ubicado en las afueras de Londres, acababa de entrar en el otoño. El paisaje estaba teñido de colores vivos, con hojas verdes que aún resistían y pinceladas de los primeros árboles que comenzaban a cambiar de color. Al llegar en taxi, Bliss miró con curiosidad a través de las altas y lúgubres rejas de hierro el jardín que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Esperaba ver a alguien pasar, pero no había ni rastro de alma alguna.

«…Da un poco de miedo.»

Aunque el sol todavía estaba alto, se sentía una extraña atmósfera lúgubre. Bliss encogió los hombros y miró a su alrededor; se asomó hacia el interior por si acaso, pero todo seguía igual. “Mmm”, murmuró desconcertado, y al apartarse de la puerta de hierro, vio un viejo timbre. Tras respirar hondo, caminó hacia la columna y lo presionó. Un sonido agudo y estridente resonó largamente, seguido de un silencio sepulcral. Mientras esperaba en medio de la quietud, Bliss dudó.

«¿Debería tocar una vez más?»

Levantó la mano con indecisión, pero justo cuando iba a poner el dedo en el timbre, divisó una silueta en el interior. Para ser exactos, era un hombre mayor que se acercaba en un carrito. Bliss retiró la mano apresuradamente y se enderezó.

Por el overol viejo y la camisa manchada de tierra que vestía, parecía ser el jardinero. Momentos después, el hombre detuvo el carrito a cierta distancia de la reja y caminó con paso lento hacia Bliss. Tras escanearlo de arriba abajo, el hombre habló:

—¿A qué ha venido?

Su tono era seco y su rostro fruncido desbordaba desagrado, pero a Bliss no le importó. Mostró una sonrisa radiante y respondió con entusiasmo:

—Hola. Soy Bli… Blair Carlton, y tengo una entrevista hoy a las 2. Vine porque tengo una cita con la señora Taylor.

Tartamudeó un poco, probablemente por los nervios. Estuvo a punto de cometer un error fatal, pero la expresión del hombre no cambió. Se limitó a mirarlo con desaprobación y soltó un corto chasquido con la lengua.

Mientras Bliss esperaba ansioso, el hombre se movió hacia el lado opuesto de la columna del timbre y presionó algo. De inmediato, se escuchó un metálico “clack” y la puerta comenzó a abrirse lentamente. El hombre había quitado el cerrojo.

—Muchas gracias.

Bliss se sintió aliviado, pero no olvidó dar las gracias mientras entraba. El hombre, todavía con el rostro rígido, señaló el carrito y dijo brevemente:

—Suba.

Tras soltar aquellas palabras, el hombre presionó un botón en el muro para cerrar de nuevo la entrada. Bliss caminó con paso firme, dejando atrás el chirrido inquietante de los barrotes de hierro que volvían a unirse, y se dejó caer en el asiento del pasajero mientras el hombre se acomodaba en el del conductor.

Bliss observaba los alrededores con una tensión interna difícil de ocultar. La gran mansión donde vivió de niño también tenía un jardín inmenso, pero aquel era un parque de juegos lleno de gente, con vistas despejadas donde podía correr todo el día. En primavera se llenaba de flores, en verano de bosques frondosos, el otoño lo teñía todo de colores hermosos y en invierno rodaba por un mundo de nieve blanca; disfrutaba de las cuatro estaciones.

Sin embargo, este lugar era la viva imagen de la desolación. Aunque el jardín estaba bien cuidado y había esculturas bellas por doquier, ¿por qué sentía una sensación tan lúgubre y húmeda?

Bliss echó una mirada fugaz al cielo y reflexionó. ¿Sería por el clima? El cielo nublado, con nubes negras asomando aquí y allá, era suficiente para hundir el ánimo del habitualmente optimista Bliss. Pero no era solo eso. La densa humedad en el aire, las gárgolas que coronaban las paredes exteriores de la mansión y que desentonaban con las elegantes y antiguas estatuas del jardín, y el camino estrecho y lleno de baches que hacía saltar las ruedas del carrito; todo contribuía a esa atmósfera siniestra.

Bliss apretó con fuerza el asa de su bolso y contuvo el aliento. Al ver cómo se amontonaban las nubes oscuras, empezó a preocuparle que el carrito no tuviera techo. Pensó en sacar un sombrero, pero al mirar de reojo al hombre, vio que seguía conduciendo con la misma expresión imperturbable de antes. En medio de aquel ambiente sombrío, el único sonido era el rugido del motor. Finalmente, incapaz de soportar el silencio, Bliss habló primero:

—Es-esto… gracias por venir a recibirme, ¿míster…?

Era una indirecta para que le dijera su nombre, pero el hombre ni siquiera lo miró antes de soltar bruscamente:

—¿Para qué quieres saber mi nombre? Total, no te quedarás mucho tiempo.

—Ja, jaja. Jajajaja.

«¡Este señor…!»

Bliss rió con timidez por fuera, pero por dentro sintió una oleada de indignación. A decir verdad, él tampoco tenía la más mínima intención de quedarse mucho tiempo. Una vez que atrapara el corazón de Cassian Strickland y obtuviera su disculpa, no volvería a mirar esta casa del terror nunca más en su vida. Jamás.

Pero hasta entonces, debía permanecer aquí. Tenía planeado entablar cierta amistad con los empleados para obtener información, pero se había topado con un obstáculo desde el primer momento.

«Si tan solo pudiera liberar mis feromonas…»

El pensamiento cruzó su mente, pero en su estado actual era imposible. Si un Omega dominante libera una cantidad mínima y adecuada de feromonas, puede relajar la tensión del oponente y mitigar su hostilidad. Incluso el ser humano más ruin se vuelve incapaz de actuar con violencia. Podría decirse que es como un aroma mágico que convierte a un perro salvaje en una mansa oveja.

Bliss lo sabía gracias a que había conocido a alguien con su misma naturaleza.

«Angel.»

No sabía si ese era su apellido o incluso su nombre real; todos lo llamaban así. 

{—Somos de la misma naturaleza, así que somos familia}, decía Ángel antes de esparcir sus feromonas como una bendición y marcharse. Tras presenciar cómo la gente se llenaba de felicidad, compartía buenos deseos y se reconciliaba entre sí, Bliss llegó a creer que las feromonas, en su justa medida, eran en realidad una ayuda para los demás. Incluso deseó que, algún día, él también pudiera hacer felices a todos como lo hacía Ángel.

Sin embargo, había una trampa: si no se usaban con la misma maestría que Ángel, se corría el riesgo de provocar una mutación en el otro.

«Aunque, de todos modos, eso no es algo que me incumba ahora…»

Tras reflexionar sobre eso, Bliss miró de reojo a su acompañante. El hombre de aspecto rudo que conducía el carrito sin apartar la vista del frente parecía tener más de cincuenta años.

«Si pudiera usar mis feromonas, ¿este señor también sería amable conmigo?»

A su edad, ya era bastante tarde para una mutación, así que no habría de qué preocuparse. Bliss imaginó por un momento que liberaba sus feromonas y que el humor de este hombre hosco mejoraba al instante. Así sería más fácil sacarle información y el ambiente se volvería mucho más relajado…

{—No intentes resolver las cosas con feromonas.}

De pronto, las palabras de Koi interrumpieron su fantasía. «Es cierto», pensó Bliss dejando caer los hombros. ¿De qué servía imaginarlo si era algo que, de todas formas, no podía hacer?

Soltó un suspiro y un nuevo pensamiento cruzó su mente.

Pensándolo bien, ¿será que  Papa nunca ha usado sus feromonas con el fin de ganarse a alguien o para estar más cómodo?

Tenía curiosidad, pero no había forma de saberlo. Entre el viento que no dejaba de soplar, el jardinero que murmuraba cosas en un acento ininteligible y su propio conflicto interno por querer salir huyendo de allí, el carrito llegó finalmente frente a la mansión.

—Espere aquí.

Tal como parecía haber sido instruido, el jardinero lo llevó a lo que parecía ser una sala de espera y se marchó. “Al fin solo”, pensó Bliss soltando un suspiro de alivio. Corrió hacia un espejo en la pared para revisarse. Gracias a que se había sujetado la coronilla durante todo el trayecto, la peluca seguía en su sitio; el único problema era que el peinado que tanto le había costado arreglar estaba hecho un desastre.

—¡Maldito clima!

Bliss se quejó entre dientes mientras intentaba acomodar la peluca con las manos. Sin embargo, cuanto más la tocaba, peor se ponía; no parecía que fuera a mejorar. Finalmente se rindió y revisó el resto. Se reajustó la corbata torcida, alisó su camisa y su saco arrugados, y solo entonces tuvo la calma suficiente para observar lo que lo rodeaba.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN 


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