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Capítulo 53

Su mente ya estaba llena de fantasías comprando un departamento junto a Larien.

«Claro que primero tengo que darle su merecido a ese tipo…»   

Y así, tal como estaba, se quedó dormido profundamente sobre la cama, roncando suavemente.

8.

Cuando el auto del Conde regresó a la mansión, la noche ya se había asentado por completo, tiñéndolo todo de negro. Debido a la personalidad del Conde, quien evitaba extremadamente a los extraños, el número de empleados era ínfimo en comparación con el enorme tamaño del castillo. Penélope —la mayordoma—, el jardinero y tres o cuatro personas más encargadas de la cocina y la limpieza eran todos los que vivían allí. Penélope siempre era la única encargada de despedirlo y recibirlo en sus trayectos.

—Bienvenido, señor Conde. ¿Ha tenido un buen día hoy?

El Conde Heringer bajó del auto y, en lugar de responder a la anciana mayordoma que lo saludaba con una sonrisa radiante, cerró la puerta del vehículo con un estruendo violento y subió las escaleras a zancadas. Penélope, tras notar de reojo su expresión sombría y sus labios firmemente apretados, decidió guardar silencio y lo siguió apresuradamente como si no hubiera pasado nada.

Como siempre, está de mal humor.

No era nada especial, ya que ocurría casi siempre. Penélope entró con él hasta su habitación y, mientras recibía el abrigo que su señor se quitaba y le entregaba, comenzó a informar con rapidez:

—Se dañó una parte del altar en el santuario, así que ordené fabricar uno nuevo. Me informaron que estará listo para el próximo día de oración. Sam dice que comprará plántulas nuevas para el jardín; por favor, dígame qué flores prefiere que plante. ¿O prefiere que lo decida yo? Yo elegiré. Además…

Mientras el Conde se desvestía, Penélope lo asistía mientras reportaba los sucesos del día en la mansión. El Conde, que no reaccionaba y parecía dejar que las palabras le entraran por un oído y le salieran por el otro, se detuvo un momento al escuchar lo siguiente:

—¿Dices que contrataste a un nuevo empleado?

—Sí.

Penélope asintió con una sonrisa ante la pregunta de su señor, quien simplemente repetía lo que ella acababa de decir.

—Le mencioné hace unas semanas que pensaba contratar a más personal, ¿lo recuerda? Ha sido difícil encontrar a alguien adecuado, pero ayer finalmente apareció un candidato que cumplía con mis expectativas. Está previsto que comience a trabajar mañana. Planeo que me ayude con la administración general de la casa.

Ante la fluida respuesta de Penélope, el Conde simplemente frunció el ceño con fuerza. Era difícil distinguir si era por genuino disgusto o por alguna otra razón. Tras mirar a Penélope, que esperaba en silencio sus órdenes, soltó un chasquido con la lengua y murmuró con su habitual voz grave:

—Haz lo que quieras. ¿Eso es todo?

—Sí, descanse, señor. Le traeré el vino que toma cada noche.

Tras una reverencia impecable, Penélope salió de la habitación, no sin antes echar un vistazo fugaz al Conde, quien soltaba un pequeño suspiro mientras se llevaba una mano a la frente.

«Vaya, parece que el insomnio lo está haciendo sufrir de nuevo.»

Hacía ya bastante tiempo que el Conde no lograba conciliar el sueño adecuadamente. Penélope, quien trabajó como submayordoma en la casa del Duque antes de que Cassian Strickland heredara el título de Conde y sus tierras, se había dedicado en cuerpo y alma a ser la mayordoma de su nueva residencia. Debido a esto, conocía mucho sobre él, desde su infancia hasta el presente, y uno de esos secretos era, precisamente, su insomnio.

«¿Desde cuándo habrá perdido la capacidad de dormir, mi señor?»

Mientras preparaba el vino que Cassian bebería, se sumergió en sus pensamientos. El único heredero del Ducado, poseedor de una riqueza inmensa y una gran influencia política, solía gozar de una excelente reputación. Era amable con los empleados y generoso con todos, ganándose el respeto y el afecto general; sin embargo, todo eso cambió radicalmente a partir de cierto día.

Incluso ahora, de cara al exterior, no parece muy diferente de antes. Pero eso es solo una imagen. La realidad, conocida solo por un círculo muy íntimo de empleados, era totalmente distinta a lo que el público creía.

La verdad es que su personalidad estaba completamente rota.

—No puedo creerlo, el joven amo era una persona realmente dulce —se había lamentado Penélope en una ocasión.

En aquel entonces, el mayordomo principal suspiró profundamente con una expresión compleja. Por esos días, solo circulaban rumores discretos de que “el hijo mayor del Duque padece insomnio”, por lo que nadie sospechaba la gravedad del asunto. Penélope también lo sabía solo de oídas, hasta que Cassian recibió formalmente su título de Conde y tomó posesión de su propio castillo en sus tierras.

Cuando Penélope fue elegida para independizarse como la mayordoma de la casa del Conde, el mayordomo del Duque la llamó aparte para darle varias advertencias. Mientras ella escuchaba atentamente sus consejos como colega y mentor, él le confesó con rostro sombrío:

Que el insomnio del único heredero del Ducado había alcanzado niveles críticos.

—Me pregunto si el cambio de personalidad del Conde no se deberá a eso —dijo el mayordomo.

Penélope frunció el ceño y preguntó:

—¿Se refiere a que el cansancio acumulado lo ha vuelto irritable?

—Irritable… el problema es que no es algo que se pueda resumir con una palabra tan simple.

Ella hablaba en serio, pero la reacción del mayordomo sugería que había algo más profundo. Mientras esperaba en silencio a que continuara, él se frotó la frente y soltó un largo suspiro.

—Por ahora solo afecta su estado de ánimo, pero si continúa, por supuesto que dañará su salud. Eso es lo que me preocupa. Quizás estoy pensando demasiado a futuro, pero…

Si el heredero tuviera un problema de salud grave, sería algo absolutamente inaceptable. Ante la reacción del mayordomo, Penélope se sintió sorprendida y, a la vez, muy desconcertada.

—¿Acaso el Conde no goza de buena salud? Lo he visto durante años y no parecía tener ningún problema en particular; no entiendo a qué se refiere. Casi todos los que trabajamos aquí sabemos que tiene insomnio, pero no he notado nada extraño.

Luego, con el rostro tenso por la preocupación, preguntó:

—Si es tan grave como para temer por su salud… ¿no es un asunto extremadamente serio?

Si el insomnio ha persistido durante tantos años que ya ni se sabe cuántos son, es seguro que algo imposible de ocultar debería haber ocurrido ya. Lo normal sería una palidez extrema, desmayos o, al menos, algún mareo ocasional; sin embargo, Cassian Strickland jamás mostró un aspecto descuidado, ni siquiera se le habían visto los ojos inyectados en sangre.

—En realidad, yo también considero que eso es una suerte —asintió Joseph, el mayordomo, coincidiendo a regañadientes con las palabras de Penélope—. Por eso le digo que lo que me preocupa es el futuro. Esa es la razón por la que la he llamado para darle este aviso en privado.

—Por supuesto, te agradezco mucho que me lo adviertas de antemano, Joseph —respondió Penélope, mirándolo de nuevo con expresión sombría—. Pero, ¿exactamente qué tan grave es su insomnio para que me digas todo esto? ¿No podrías darme un ejemplo concreto?

—Véalo usted misma, he preparado una tabla aquí.

El mayordomo tomó una carpeta que estaba a un lado y se la tendió. Penélope la recibió, admirando la meticulosidad del veterano que llevaba tanto tiempo a cargo de los asuntos del Ducado. Bastó con que pasara apenas un par de páginas para que su rostro palideciera y asintiera con gravedad.

—Esto es realmente serio. Según esto, con suerte duerme apenas tres o cuatro horas al día. Y lo peor es que se despierta en intervalos de 30 o 40 minutos… eso significa que no logra dormir ni una hora de corrido.

—Exactamente a eso me refiero. Por eso estoy así.

El mayordomo soltó un suspiro profundo, como si estuviera a punto de estallar de frustración. Si esa tabla era correcta, la situación era crítica. Los rumores de que el heredero del Ducado sufría de insomnio empezaron hace uno o dos años, aproximadamente. Si los síntomas habían comenzado incluso antes, significaba que llevaba años sin tener un sueño reparador.

—¿Cuál será el motivo? ¿Por qué el Conde no puede dormir de esta manera?

—¡Ojalá lo supiera yo! —El mayordomo sacudió la cabeza y continuó con su lamento—: Hemos probado de todo: tés para dormir, comidas especiales, aromaterapia… no hay nada que no hayamos intentado. Incluso el médico personal le recetó medicamentos, pero el resultado es el mismo. A estas alturas, ya estamos en un estado de rendición.

Se llevó una mano a la frente, totalmente desanimado. Penélope, sintiendo lástima tanto por él como por el Conde, comentó:

—¿Han consultado con una clínica del sueño? Ah, bueno… si lo hubieran hecho, supongo que me habría enterado.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN 


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