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Capítulo 82

En ese momento, sintió como si el corazón se le hundiera en un abismo.

«¿Ya?»   

No podía ser. Le habían asegurado que un mes no sería problema. Que sería tiempo suficiente para manejar sus asuntos. Pero no habían pasado ni dos semanas y el aroma ya se estaba desvaneciendo. Abir se apresuró a recomponer su expresión. Por ahora, los Hacklam estaban hechizados por la fragancia, con la mirada perdida. Pero en el momento en que el olor desapareciera, recobrarían la razón y se darían cuenta de que algo en su comportamiento había sido extraño.

Las sospechas son como la maleza; una vez que echan raíces, no dejan de brotar. Así que no debía darles tiempo para ello.

Bajo su manga, Abir clavó las uñas y se rasgó bruscamente la piel junto a la uña. Sintió un dolor punzante por un instante, seguido de la sangre que comenzó a fluir por la yema de su dedo. Al mismo tiempo, las pupilas de los caballeros, que habían empezado a mostrar perplejidad, se nublaron de nuevo. Tras olfatear el aire a su alrededor un par de veces, le dijeron a Abir, como disculpándose:

—No es nada, no se preocupe.

Al ver eso, Abir exhaló un suspiro de alivio.

«Decían que si notaba que el aroma se debilitaba, debía hacer brotar mi sangre».

Por suerte, por ahora había podido evitar el problema con esta pequeña cantidad de sangre, pero no podría resistir mucho tiempo. ¿Cuánto más podría aguantar forzando la fragancia de esta manera? Con impaciencia, Abir preguntó a los caballeros:

—Disculpen, ¿no ha llegado ninguna nueva orden respecto a la búsqueda de la señorita Malea?

Tanto Eckhart como Richard estaban claramente alterados, ¿por qué no se movían? Ante la pregunta de Abir, los caballeros desviaron la mirada como si fueran ellos los culpables de algo y, titubeando, respondieron:

—Aún no hay órdenes específicas.

Al oír esa respuesta, Abir se tragó un insulto para sus adentros. ¿No decían que los Hacklam eran de temperamento fogoso? Había oído muchas historias sobre lo belicosos que eran, y sin embargo, ahora permanecían en el castillo como si fueran los cobardes más cautelosos del mundo.

—Pero seguramente las órdenes llegarán pronto, así que no necesita impacientarse. Más bien… Sé que se lleva bien con el vicecomandante, pero será mejor que tenga cuidado por un tiempo.

—¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

Ayer mismo se había acostado con el vicecomandante. Ver a aquel hombre de gran complexión, con los ojos nublados, aferrarse a ella jadeando, fue un espectáculo bastante satisfactorio. Qué bien se sintió al oírle murmurar que la prefería a ella antes que a la señorita Malea, que incluso si ella regresaba, él la seguiría queriendo a ella. ¿Qué problema podía haber tenido aquel hombre?

—Aprovechando la ausencia del jefe y del señor Richard, intentó entrar en la oficina y lo descubrieron, por lo que recibió la orden de confinamiento. Pero se resistió violentamente y armó un escándalo. Al parecer, varios caballeros tuvieron que forcejear con él para encerrarlo. No sería bueno que a usted, sin tener nada que ver, la vieran con malos ojos por estar relacionada con esto.

Abir también sabía que allí dentro estaba el cabello de Malea. Seguro que el vicecomandante había intentado entrar para tocarlo, aunque solo fuera una vez.

«Y eso que dijo que le gusto más que a la señorita Malea».

Ante esa sutil sensación de derrota, la expresión de Abir se endureció. Los caballeros, pensando que era por miedo al vicecomandante, se esforzaron por animarla de cualquier manera, diciéndole que estaba encerrado y que no saldría por un tiempo. Al ver cómo los caballeros buscaban su complicidad a cada instante, mimándola, Abir suavizó su expresión.

En cualquier caso, era cierto que el vicecomandante no había obedecido órdenes y había actuado por su cuenta.

«Esto es justo lo que quiero».

Necesitaba avivar un poco más este disturbio. Hasta que Eckhart no tuviera más remedio que moverse. Los Hacklam debían salir de este castillo cuanto antes. Para lograrlo…

Abir esbozó una sonrisa dulce y dijo a los caballeros:

—Oigan… hay algo que quisiera preguntaros en privado…

Entonces, igual que había hecho con el vicecomandante, se agarró del brazo de un caballero como acurrucándose contra él y parpadeó. Por un instante ellos vacilaron ante la abierta invitación, pero pronto, con el rostro embelesado, miraron a Abir.

—Aquí hay mucha gente, ¿por qué no vamos todos juntos a mi habitación a tomar un té?

Nadie se negó.

***

Edith regresó a su habitación. Caleb había insistido en acompañarla, siguiéndola como un perrito, pero ella le dijo que lo vería al día siguiente de todos modos y lo hizo volver. Caleb refunfuñó, pero al pensar que a partir de mañana podría estar de nuevo con Edith, parecía de buen humor y la acompañó hasta la entrada de la residencia principal antes de regresar.

La residencia principal seguía igual de desordenada. Las criadas con las que se cruzaba de vez en cuando, al ver a Edith, inclinaban la cabeza una vez y seguían su camino sin decir nada más. Llevaban varios objetos en las manos.

«Ya vuelven los que habían salido».

Ante la proximidad del torneo regular, los que no sabían nada de los Hacklam, los civiles, habían tomado vacaciones y abandonado el castillo. Tanto los de fuera, como Rokesha, como los sirvientes ignorantes, habían sido enviados fuera, por lo que durante un tiempo la mano de obra se había reducido a la mitad.

«En cuanto vuelvan, empezarán a preguntar».

Le latía la sien. En cuanto amaneciera mañana, Rokesha sería la primera en acudir a ella para sonsacarle con indirectas y preguntarle esto y aquello.

«¿Qué debería responderle?»

Seguro que Rokesha no solo preguntaría, sino que intentaría conocer a Abir en persona. Y entonces, ¿cuánto afilaría Abir su lengua para menospreciarla?

Cuando entró en la habitación, vio a una criada que añadía más leña a la chimenea. Por el cansancio en sus ojos, parecía que había tenido mucho trabajo hoy. La habitación estaba cálida, pero a ella le temblaba el cuerpo. El frío que había olvidado por un momento entre tantos pensamientos la envolvía con retraso. Edith dijo a la criada, que terminaba de poner la leña:

—Hoy quiero descansar ya, puedes retirarte.

—¿Qué desea para la cena?

Al ver que le preguntaba directamente por la comida sin ofrecerle palabras de preocupación, parecía que la criada también estaba deseando descansar.

—No tengo mucho apetito. Solo tomaré un té antes de dormir, prepárame agua y una taza.

—Entendido.

La criada, como temiendo que Edith cambiara de opinión, se apresuró a prepararlo, luego inclinó la cabeza y salió de la habitación. En el silencio de la estancia, Edith se cambió de ropa. Por costumbre, fue a coger el abrigo de piel de zorro, pero entonces retiró la mano.

«¿Se lo llevará cuando Malea regrese?»

Era algo muy valioso. Algo que habían preparado para la novia de Hacklam. Así que cuando ella llegara, esto debería volver a su dueño legítimo, ¿no?

Al pensar así, sin darse cuenta, soltó la mano con la que había agarrado el abrigo.

Por suerte, la criada había dejado la chimenea bien alimentada, así que la habitación estaba muy cálida. Como había despedido a la criada, Edith ordenó su propia ropa. Entonces, de uno de sus bolsillos cayó una pequeña bolsa haciendo un ruido sordo. Era la bolsa que había traído del invernadero.

La recogió, la abrió y miró dentro. Luego sacó las hojas de la hierba del sueño.

«Voy a probar a tomarla».

Ya sabía cómo debía tomarse la hierba del sueño por haberlo leído en libros. Quienes sufrían de insomnio la infusionaban en agua caliente como si fuera cualquier otra hoja de té. Aunque era la primera vez que usaba una hierba medicinal directamente, Edith puso las hojas en la tetera tal como había visto en los libros. Por mucho que uno se pasara con la hierba del sueño, no se dormía al instante. Por eso no necesitaba ser muy precisa con la cantidad.

Cuando la infusión estuvo lista, Edith cogió la taza y se sentó en el borde de la cama. Quizá por haber estado mucho tiempo fuera con el frío, en cuanto dio un sorbo al té caliente, una sensación de calor se extendió por todo su cuerpo.

Si se quedaba quieta, los malos pensamientos volvían a aparecer. Así que era mejor ocupar la mente en otra cosa. Mientras pensaba en qué libros podrían quedar en la habitación, dio unos pasos con la taza en la mano. Fue entonces cuando…

—¿Eh…?

De repente, el paisaje ante sus ojos dio vueltas. Sin darse cuenta, el suelo estaba frente a ella.

«¿Me he desmayado?»

Pero antes de que pudiera pensar en levantarse, su conciencia se nubló. Vio la taza rodando por el suelo. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Por qué de repente se sentía tan…?

Antes de poder responder a sus propias preguntas, la mente de Edith se hundió en la oscuridad.

***

Edith caminaba por un largo pasillo. Era un lugar que conocía bien, el palacio separado. En cuanto supo dónde estaba, también supo hacia dónde se dirigía.

«Madre».

Al final de este pasillo estaba la habitación de su madre. Como su madre detestaba el bullicio, normalmente mantenía incluso a las criadas alejadas. A las criadas, seguro que les parecía bien. Así que muy de vez en cuando, cuando Edith la echaba de menos, solía visitarla así, sola.

Pero aunque la visitara, nunca la saludaba. Porque entonces su madre la miraba con una frialdad mayor de lo habitual. Una mirada que, sin decir nada, dejaba clara su intención de que Edith se marchara cuanto antes. Así que solo debía asomarse un momento por la rendija de la puerta. Y eso solo era posible si tenía suerte. Normalmente, se limitaba a acercar la oreja a la puerta y regresarse. No se oía nada, pero le gustaba saber que al otro lado estaba su madre.

Aquel día, pensó que sería uno de esos días. Pero algo era diferente.

Edith se acercó a la puerta y aguzó el oído. Si hubiera sido como siempre, no debería oírse nada, pero al otro lado de la puerta se escuchaba una respiración entrecortada.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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