Capítulo 83
No podía entender qué eran esos sonidos, pero le pareció extraño. Su madre detestaba estar con otras personas. Por eso, ni siquiera a su hija Edith le permitía permanecer mucho tiempo en la habitación. Mantenía incluso las ventanas cerradas, deseando quedarse completamente sola, pero las respiraciones y voces que ahora se oían dentro de la habitación no eran de su madre.
«¿Quién?»
Primero, pensó en gritar, en llamar a alguien. Porque era imposible que hubiera otra persona en la habitación de su madre. Pero si alguien hubiera entrado, su madre lo habría llamado primero. Así que quien estuviera dentro seguramente había entrado con el permiso de su madre.
Edith, dudando si llamar a la puerta, acabó tropezando. Y así, chocó contra la puerta. En ese instante, el sonido que venía del otro lado se detuvo. Como si hubieran sido sorprendidos en falta. Sin entender la situación, Edith se alejó rápidamente de allí. Su instinto le gritaba que debía hacerlo.
Pero, a fin de cuentas, eran pasos de niña. A los pocos pasos se escondió junto a un adorno en el pasillo, pero era un escondite tan endeble que no podía evitar ser vista. Aun así, Edith creyó que se había escondido bien. Así que, sin huir, miró hacia la puerta que se abría.
La puerta se entreabrió y alguien asomó la cabeza, mirando a su alrededor. Era un hombre que Edith veía por primera vez. No era un sirviente. Con solo ver su ropa, vestida de cualquier manera, se notaba que era de una clase social aún más baja. Además, con esa piel tan curtida… Contrario a la creencia de Edith de que nunca la encontrarían, él pronto descubrió a Edith escondida junto al adorno.
«¡…!»
Edith, que no esperaba ser descubierta tan directamente, se quedó paralizada. Entonces, desde dentro de la habitación, se oyó la voz de su madre.
—¿Hay alguien ahí?
—No. No hay nadie.
Con la mirada aún fija en Edith, el hombre respondió así. Luego, como pidiendo silencio absoluto, se llevó un dedo a los labios. Y cerró la puerta.
Al momento siguiente, el paisaje cambió. El pasillo frente a la habitación de su madre desapareció en un instante y su nivel de visión era diferente. Convertida en una Edith ya crecida, paseaba por el jardín. A su lado, Abir parloteaba animadamente contándole que su doncella había averiguado algo nuevo sobre lo ocurrido en el palacio principal. Con su voz llena de todo tipo de expresiones vulgares que le taladraban los oídos, Edith volvió la cabeza.
Absorta quizás en su propia charla, Abir no se percató en absoluto de que Edith no la escuchaba y siguió hablando sin parar. Edith desvió la mirada hacia el jardín lleno de flores. En un rincón, los jardineros trabajaban. Al pasar junto a ellos, sus ojos se encontraron con los de uno. A pesar de que llevaba un sombrero de ala ancha calado hasta la cara que apenas dejaba ver sus facciones, lo reconoció al instante. Era el hombre que había estado en la habitación de su madre.
En ese momento, el hombre volvió a llevarse el dedo a los labios. Como entonces, como pidiéndole que no dijera nada.
Los jardineros recogieron sus herramientas y se trasladaron a otro lugar. El hombre, mezclado entre ellos, se marchó. Mientras lo miraba absorta, oyó una voz.
***
—¡…Señora!
Al momento siguiente, Edith abrió los ojos.
—¡Señora!
Quien la llamaba con rostro sorprendido era Caleb. En cuanto reconoció quién era, comprendió que todo lo que se había desarrollado confusamente hasta ahora no era más que cosas del pasado.
—Señora, ¿está bien? ¿Vuelve en sí?
—…Caleb, ¿podrías callarte un momento?
Ante su voz que retumbaba ensordecedoramente en sus oídos, Edith frunció el ceño. Luego giró la cabeza y examinó su alrededor. Era su familiar habitación. Sin embargo, los objetos a su alrededor eran diferentes a lo habitual. Para ser precisos, los veía distintos debido al cambio en su nivel de visión. El techo parecía más alto de lo normal y ante sus ojos estaban las patas de la mesa. Es decir, ahora mismo estaba tumbada en el suelo.
«¿Por qué?»
Edith evocó el último recuerdo que le quedaba en la mente. Como el sueño y la realidad aún no se separaban del todo, le costaba recordar qué había sucedido. Pero al ver una taza de té rodando por el suelo, por fin pudo recordar el último momento. Había bebido una infusión de adormidera. Y poco después se había desmayado.
Edith se levantó ayudada por Caleb. Aunque sentía un ligero mareo, no tenía ningún dolor en el cuerpo. Afortunadamente, gracias a haberse desmayado sobre la alfombra, parecía no haberse hecho daño en ninguna parte.
—¿Qué ha pasado? ¿Llamo a las doncellas?
Caleb, sin saber qué hacer, iba de un lado a otro. Edith lo sujetó.
—Espera, aguarda un momento.
—Pero…
—Quédate quieto.
—…Sí.
Como un perro obediente, Caleb se sentó junto a Edith. Por suerte, su mente se aclaró rápidamente. Como tampoco tenía dolor de cabeza, Edith pudo sumergirse en sus pensamientos con calma.
Primero pensó si alguien le habría dado un té adulterado. Pero las hojas las había traído ella misma, y también se había preparado el té con sus propias manos. Entonces, podría haber sido el agua que trajo la doncella la que estuviera en mal estado.
«Pero, ¿qué ganarían con eso?»
Si hubieran querido hacerle daño, ya habrían actuado. Además, al reconocer su cuerpo, aparte de haberse desmayado y dormido, no parecía haber nada extraño.
«Entonces, realmente fue por beber el té que me desmayé.»
Edith le pidió a Caleb que le alcanzara la bolsita de hierbas que estaba sobre la mesa. Dentro, tal como ella misma había visto ayer, estaban las hierbas.
«Es imposible que el efecto de la adormidera sea tan rápido y fuerte.»
Ni siquiera masticándola cruda tiene un efecto tan fuerte como para desmayarse al instante. Además, las otras hierbas tampoco eran tan potentes. Eran tan comunes que se las confiaban a los trabajadores, no a un boticario. Si no había problema con las hierbas, entonces el problema debía ser con ella misma…
«Y eso que no es la primera vez que tomo adormidera, ¿por qué ahora?»
Edith se levantó lentamente y se dirigió a la mesa. Viendo que aún quedaba el agua que había dejado la doncella, la sirvió en una taza y bebió un sorbo. Pero solo sintió frescor; por mucho que esperó, ningún síntoma extraño apareció en su cuerpo.
—¿Señora? ¿Qué está haciendo?
A Caleb, que seguía intranquilo, Edith le explicó la situación anterior a desmayarse.
—Por eso quería comprobar si había algo raro en el agua.
Entonces Caleb dio un salto, sorprendido.
—¡Si podría haber sido tan peligroso, cómo puede usted beberlo directamente! ¡Lo haré yo! ¿Queda más para beber? ¿Es esto? ¿Tengo que beber esto ahora, verdad?
Temiendo que Edith volviera a beber, Caleb sirvió el té que quedaba en la tetera en una taza y se lo bebió todo.
—¡Caleb!
—Está bien. Yo también he tomado adormidera antes, y aparte de dormir un poco más de lo habitual, no noté nada raro. Además, tengo cierta resistencia a otras hierbas venenosas, así que no habrá mayor problema…
En ese momento, la mirada de Caleb se perdió, desenfocada.
—¿Eh?
Sintiendo algo extraño en su visión, Caleb se levantó aturdido, pero su cuerpo cayó directamente sobre la cama.
—¡Caleb!
Edith, sobresaltada, lo sujetó y lo sacudió. Pero Caleb no abrió los ojos. Por si acaso, Edith le controló la respiración y acto seguido suspiró aliviada. No había dejado de respirar. Solo seguía, tranquilo y regular, como si estuviera dormido.
«Si es igual que yo, Caleb también se despertará después de dormir.»
Miró el reloj. Parecía que ella había estado dormida nueve horas enteras. Quizás Caleb dormiría un tiempo similar, o tal vez un poco menos.
En lugar de salir a llamar a una doncella, le cubrió a Caleb con una manta y ordenó la habitación.
«Normalmente, las doncellas habrían entrado al amanecer y me habrían encontrado…»
Quién iba a decir que nadie entraría hasta que llegó Caleb. Sintió de nuevo, en carne propia, que se había convertido en alguien desatendido. Pero ahora no era momento de preocuparse por esas cosas. Edith recogió la tetera y la taza, y colocó la bolsita de hierbas sobre la mesa.
«Está claro que el problema fue el té que preparé con esto.»
Pero, ¿acaso no lo habían manipulado los trabajadores? No debería ser diferente de otras hierbas, ¿por qué de repente produjo un efecto tan fuerte en ella y en Caleb como para desmayarse tan rápido?
«¿Qué es diferente?»
Seguro que hay algo. Edith volcó la bolsita y esparció todo su contenido. Creía que solo había hierbas comunes, pero había una cosa diferente.
—Esto es…
Tocando los fragmentos de una planta seca y quebradiza, recordó lo que era. Una planta que había muerto sin echar raíces. La había metido en la bolsita.
«¿Qué efecto habrá producido esto?»

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN