Capítulo 84
Parece una locura, pero después de pensarlo una y otra vez, solo hay una cosa que me resulta sospechosa. Edith fue directamente a buscar la tetera y vertió las hojas de hierba del sueño que quedaban en el fondo sobre un plato. Luego, las examinó una por una con los dedos. Como esperaba, no solo había hierba del sueño, sino también varias hojas de una planta ornamental mezcladas.
«Pero necesito asegurarme».
Edith se levantó y se dirigió a la habitación contigua, conectada con la sala de estar. Este lugar, el más alejado del dormitorio, también era usado por las criadas como trastero para guardar objetos de uso frecuente. Recordó que una vez, cuando se pinchó el dedo con una aguja de bordar y sangró, las criadas habían traído rápidamente un botiquín de aquí.
«Dentro de ese bote había hierbas medicinales».
Sin duda, también estaba la hierba del sueño. Al abrir el bote, comprobó que, tal como recordaba, estaba lleno de hierba del sueño bien seca. Edith sacó la hierba. Cuando llegó por primera vez a Hacklam, estaba tan agotada física y mentalmente que las criadas solían prepararle infusiones de hierba del sueño. Poco a poco, su corazón se fue calmando y, después de decidir vivir aquí, ya no había necesitado recurrir a su poder. Quién iba a decir que tendría que buscarla de nuevo.
Edith cogió la tetera que colgaba sobre la chimenea y vertió agua en ella. Poco después, cuando el agua hirvió, añadió la hierba del sueño y la dejó reposar. Sirvió un poco en una taza y se sentó en un sillón mullido a beberla. Luego, esperó tensa a que pasara el tiempo. Pero, después de un buen rato, solo sintió un ligero sopor, ningún otro cambio significativo.
«No es que a la hierba del sueño le haya pasado algo de repente».
Así que, por fuerza, debía concluir que el problema surgió al mezclarse con la planta ornamental seca. Le gustaría volver a mezclarlas y preparar la infusión para probarla, pero le parecía que ingerirla dos veces seguidas podría traer problemas. No le quedaba más remedio que esperar un tiempo y volver a probar más tarde.
Edith giró la cabeza y miró hacia la cama. Caleb yacía profundamente dormido bajo las mantas. Preocupado de que ella volviera a beber la infusión, se la había bebido él primero de golpe. Suspiró, pero a la vez sintió gratitud por ese gesto.
Se levantó y se acercó a Caleb. Por si acaso, lo sacudió, pero no mostró señales de despertar. Estaba claro que no solo inducía el sueño rápidamente, sino que lo hacía tan profundo que ni siquiera un estímulo como ese lograba despertarlo.
Edith volvió a su silla y se quedó pensativa. Para saberlo con certeza tendría que beber la infusión una vez más, pero seguramente la planta ornamental que se había secado, al mezclarse con la hierba del sueño, había producido ese efecto.
«Puede que en la guía de la biblioteca haya información sobre esa planta».
Como se la habían regalado de fuera del castillo, no sabía el nombre de la planta. El hecho de que ni siquiera los trabajadores del invernadero la conocieran indicaba claramente que no era una planta del norte.
«¿Sabrá su nombre quien me la regaló?»
Intentó recordar la cara del señor local que se la había dado, pero era algo de hacía tanto tiempo que resultaba imposible. Podría investigar y dar con él. El problema era qué beneficio obtendría con eso.
«Además, en tiempos como estos, si empleara gente para algo así, solo conseguiría más malas miradas».
Desde la llegada de Abir, Edith había salido menos. Nadie le había dicho nada directamente, pero sentía claramente que las miradas de la gente hacia ella habían cambiado. En una situación así, ¿qué dirían si movilizara a la gente solo para averiguar el nombre de una planta?
«Además, sería problemático que esto se supiera».
Si le preguntaran por qué quería saber el nombre, tendría que contarles las propiedades de esta planta. Si se descubría que tenía una eficacia tan fuerte, sería fácil que se malinterpretara y se usara con malos fines en muchos sentidos.
«Podría incluso dar lugar a malentendidos».
Con el ambiente actual, una sola palabra fuera de lugar bastaría para ganarse miradas de reproche. Así que, de repente, revelar un hecho tan peligroso no traería nada bueno. Cuando la situación se calme un poco, entonces tal vez al herborista…
«¿Calmar?»
Edith no pudo evitar sonreír con desdén ante sus propios pensamientos. ¿Qué es lo que podría calmarse y cómo? Los de Hacklam, al saber que Malea está viva, están alzando la voz, dispuestos a salir del castillo ahora mismo para traerla. Eckhart y Richard tampoco ocultan su excitación.
La verdad es que, aunque Caleb no se lo hubiera contado, podía imaginarse perfectamente lo emocionados que estaban los dos con la noticia de Malea. Hasta ahora, Eckhart y Richard no han aparecido ni una vez. Ellos, que solían venir cada dos por tres…
Sin darse cuenta, una mueca de desdén se dibujó en sus labios. No es que les guardara rencor. Simplemente, se sentía patética por tener que vivir apoyada en el favor de los demás.
La perspectiva de que Malea viniera a Hacklam era desalentadora, pero más horrible aún era la posibilidad de que muriera perseguida por el ejército imperial. El mero hecho de confirmar su existencia ya había revuelto tanto a Hacklam. Todos están entusiasmados con la noticia de la supervivencia de una mujer de sangre pura. Y si ella muriera por culpa del Emperador, ¿qué sería de mí, su hija?
Un repentino escalofrío recorrió a Edith, que se encogió abrazándose los brazos.
«Otra vez dándole vueltas a lo mismo».
No hay nada que pueda cambiar, y sin embargo no dejo de pensar, preocuparse y aterrorizarse una y otra vez. No podía seguir así. Tenía que idear algo, una manera de escapar de esta situación.
Edith se llevó la mano al vientre. Los chamanes le habían dicho que ya no habría problema para quedarse embarazada. Pero ni siquiera esa noticia la alegró. Antes lo había deseado tanto, y ahora le daba miedo. Quedarse embarazada de un hijo de Hacklam y permanecer aquí, ¿era realmente el camino para sobrevivir a salvo? Más bien, ¿era Hacklam un lugar donde ella pudiera seguir viviendo?
En su vida solo había vivido en tres lugares: el palacio imperial, el convento y Hacklam. Cuando vivía en el palacio, pensaba que era una prisión. Por eso creía que si se alejaba del palacio, existiría un lugar donde podría vivir tranquila. Pero ¿qué había pasado? Ni el convento ni Hacklam resultaron ser lugares seguros para ella. No pedía una tierra fértil y cálida todo el año. Solo quería vivir sin preocuparse por si vería la luz del día siguiente, ¿por qué era tan difícil simplemente existir?
Sintiendo cómo volvía a hundirse en la desesperanza, Edith se cubrió el rostro suavemente con las manos. Tenía que encontrar la manera, como fuera, de sobrevivir.
¿Cuánto tiempo habría pasado? Oyó un ruido de trastos y el rumor de alguien acercándose desde el exterior. Miró el reloj y vio que ya había pasado el mediodía.
«¿Será la criada que viene a dejar el almuerzo?»
El fin de semana pasado había estado tan enredada con Caleb que no supo cómo pasó el día, pero al parecer le habían traído la comida a sus horas. Por eso a veces, cuando volvía en sí, Caleb le daba de comer.
Entonces cayó en la cuenta de que la criada debía haber oído los ruidos del interior y sintió vergüenza. Se levantó y salió.
—¡Oh, madre mía!
La criada, que no esperaba que alguien saliera de la habitación, se sobresaltó al ver la puerta abrirse. Y al ver a Edith, sus ojos se abrieron aún más como platos. Era evidente su desconcierto por ver a Edith levantada a esas horas. Eso hizo que Edith se sintiera aún más avergonzada. Sin duda, la criada recordaba lo de la semana pasada.
—Ah, he traído el almuerzo.
Como si se diera cuenta de que había mostrado demasiado su sorpresa, la criada inclinó la cabeza y continuó.
—No esperaba que usted saliera… así que pensaba dejarlo aquí. Lo dejaré dentro.
—No, está bien. Yo lo entro.
Ante las palabras de Edith, la criada dudó un momento y luego dijo:
—Déjeme solo dejarlo dentro. Lo siento mucho, me gustaría quedarme a ordenarle todo, pero estamos muy faltas de personal… Pero mañana ya habrá vuelto toda la gente y podré estar todo el día con la señora.
Dicho esto, inclinó repetidamente la cabeza y, finalmente, empujó el carrito con la comida hasta la entrada de la habitación y se fue. Al menos había gente que no había cambiado su actitud, pensó Edith mientras colocaba la comida sobre la mesa.
Cuando estaba en el convento, hacía ella misma todo, desde preparar la comida hasta recogerla. Quién iba a decir que, después de unos meses viviendo cómodamente, estas tareas se le harían tan cuesta arriba.
Después de dejar toda la comida, se acercó a Caleb. Caleb seguía profundamente dormido.
—Caleb.
Al llamarlo, sus párpados temblaron ligeramente.
—Caleb, ¿puedes despertarte?
—Mmm…
Abrió los ojos. Aún no había despertado del todo, pues sus ojos parpadeantes no enfocaban. Aun así, al oír la voz de Edith, Caleb se frotó los ojos y se incorporó perezosamente.
Edith miró el reloj. Habían pasado aproximadamente cuatro horas desde que se durmió. ¿Quiere decirse que con este nivel de estímulo externo puede reaccionar? Edith siguió despertando a Caleb mientras intentaba memorizar ese dato.
Aunque ella no había notado nada extraño en su propio cuerpo, tenía que comprobar si Caleb podía haber sufrido algún problema por si acaso.
Por suerte, Caleb recobró pronto la conciencia. Y se bajó de la cama de inmediato.
—¿Yo… me he dormido?
—Dormías profundamente, ¿eh?
Al responder Edith con un tono de broma, Caleb se rascó la mejilla, algo avergonzado. Parecía que le daba apuro haberse dormido de repente después de decir que no pasaría nada mientras lo probaba de nuevo.
—¡Lo volveré a probar! Esta vez…!
—Primero comamos. ¿No tienes hambre?
—…Sí.
Aunque ya era un joven hecho y derecho, en momentos como este se parecía tanto al Caleb de antes que Edith se sintió tranquila y se sentó a la mesa. Justo cuando ambos iban a tomar la sopa.
—¡Sujetalo!
Se oyó la fuerte voz de alguien desde fuera.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN