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Capítulo 77

Han pasado dos días desde que Abir llegó a Hacklam. Una doncella le informó que Abir se había quedado en la fortaleza. Edith se mordió el labio. Esas palabras significaban que Eckhart y Richard habían reconocido como cierta la historia de Abir.

Lo que más inquietaba a Edith era que, durante esos dos días, ninguno de los dos la había llamado para explicarle la situación. Como si Edith no tuviera nada que ver con todo esto. Aunque ella misma había evitado aparecer, no esperaba que no le dijeran nada, ni siquiera sobre el lugar que ocuparía Abir, teniendo que enterarse por una doncella. A pesar de que era ella quien llevaba tiempo en el castillo de Hacklam, se sentía como si de repente se hubiera convertido en una extraña, y su corazón se agitaba aún más.  

Incluso dos de las tres doncellas asignadas a Edith se habían ido con Abir. La doncella que quedaba dijo: En cuanto consigamos a alguien de confianza que sea discreto, ellas volverán, pero el corazón de Edith seguía pesado.

«¿Hasta cuándo se quedará Abir aquí?»

Como era de esperar, Edith no sentía alegría por la presencia de Abir. Aún recordaba vívidamente lo ocurrido en el convento. La imagen de Abir, riéndose con cinismo mientras gritaba que no iba a morir sola, que Edith también había andado con hombres. Y encima, con esa desfachatez, le había suplicado que le perdonara la vida. 

¿Con qué ojos me miraría Abir cuando le tiré las monedas de oro y me fui de allí?

Edith sospechaba de todo. Que precisamente Abir, de entre todas las personas, hubiera llegado a Hacklam. Estaba convencida de que era mentira tanto que la hubieran llevado de vuelta al palacio imperial como que hubiera escapado de allí con ayuda. Entonces, ¿con qué propósito habría venido Abir a Hacklam?

«La única persona a la que le complica la vida la llegada de Abir soy yo.»

Edith estaba segura de que Abir había venido precisamente para eso. Pero no era algo que Abir pudiera hacer aunque quisiera. Entonces, ¿quién diablos la estaba ayudando?

«¿Y Malea estará realmente viva?»

¿No estaría usando algún tipo de hechizo en ese cabello para engañar a Hacklam?

Los pensamientos se sucedían sin cesar, pero ninguno podía llegar a una conclusión clara. Angustiada por darle vueltas sola a todo, Edith salió al exterior. Si Eckhart o Richard no venían a buscarla, no le quedaba más que ir ella misma a preguntar qué estaba pasando.

Mientras caminaba por el largo corredor en dirección a la oficina, escuchó una fuerte carcajada y se detuvo en seco.

—Chisss —ordenó en silencio a la doncella que la seguía, y luego aguzó el oído para escuchar lo que provenía del otro lado de la esquina.

—Gracias, pero no puedo salir libremente. El jefe me ha ordenado que permanezca dentro del castillo hasta que dé su permiso.

La voz aguda era, sin duda, la de Abir. Estaba llena de alegría, como si algo le divirtiera mucho. Pero no era solo la voz de Abir lo que se oía.

—Pero si es solo para visitar la orden de caballería, seguramente nos lo permitirá.

—Cuéntenle a todos la historia de la dama Malea.

—¡Con solo decirnos dónde se separó de ella, nosotros podremos ir de inmediato a rescatar a la dama Malea!

Las voces murmullantes eran claramente de los caballeros. Estaban emocionados. Parecían no caber en sí de gozo ante el hecho de que la mujer de Hacklam estuviera viva. Entonces, uno de ellos alzó la voz.

—De todas formas, está claro que el Emperador tenía retenida a la dama Malea.

—Así es, supongo. La dama Malea lo dijo. Yo misma quisiera disculparme con ustedes. Aunque mi padre, al que ni siquiera llegué a conocer bien, lleva esa sangre, yo también la llevo, y no tengo cara para presentarme ante todos… y mucho menos ante la dama Malea…

—No es algo por lo que usted, dama Abir, deba disculparse. Al fin y al cabo, ¿no ha venido hasta Hacklam para traernos sus palabras?

El ambiente de la conversación entre Abir y los caballeros era sumamente cordial. Al oírlo, Edith, acompañada de su doncella, se dio la vuelta en silencio. Sintió que si aparecía ante ellos en ese momento, recibiría miradas poco amables. A pesar de que ella no había hecho nada malo.

Finalmente, Edith volvió a encerrarse en su habitación. Así pasó otro día, cuando unas personas vinieron a verla.

—El jefe ha ordenado que completemos el tratamiento.

Eran médicos y hechiceros. Edith notó que entre aquellos hechiceros había una cara que no conocía.

—Tú eres la primera vez que te veo.

—Sí. Vine como refuerzo desde la mina, por eso saludo hasta ahora.

—¿Refuerzo…? ¿Viniste de vuelta con Abir?

—Así es.

—Menos mal. Tengo algo que preguntarte.

No le apetecía encontrarse directamente con Abir, y Eckhart y Richard la estaban evitando a propósito. Así que pensó que sería mejor obtener una explicación detallada de este asunto a través de este hechicero.

—¿Acaso Eckhart o Richard te ordenaron que no me dijeras nada?

—No recibí tal orden.

—…Bien. Entonces, me gustaría oír la historia de cuando Abir apareció en la mina.

Ante la petición de Edith, como si no fuera nada difícil, él procedió a explicar la situación de aquel momento.

—…Me contaron que se encontraron de frente con los mineros que buscaban el origen del sonido. Para entonces, el aspecto de la dama Abir era lamentable, según oí. Supongo que al intentar pasar por un conducto que llevaba mucho tiempo sin usarse, debió de pasar muchos apuros. Aun así, es increíble que lograra llegar sana y salva. Menos mal que aún quedaban las marcas de identificación que indicaban que era un camino seguro.

Pero su explicación, aunque un poco más detallada que la de Abir, no contenía ningún hecho nuevo o información diferente. Edith, a punto de decepcionarse por no obtener nada relevante, notó algo en la actitud del hechicero. A diferencia de los habitantes de Hacklam, que se habían sobresaltado al ver a Abir, el hechicero parecía indiferente. Incluso daba la impresión de estar un poco molesto.

—Debieron de pasarlo mal trayendo a Abir.

—¿Qué trabajo hemos tenido nosotros? Es solo que la dama Abir, muy excitada, no paró de hablar de esto y aquello durante todo el camino. Tan alto que hasta nosotros, que íbamos algo alejados, podíamos oírla.

Negó con la cabeza, como si estuviera harto de la locuacidad de Abir.

—…¿Quién iba en el grupo de refuerzo?

—Estaban los caballeros que se quedaron custodiando la mina, nosotros, y los mineros que querían volver con sus familias en la fortaleza. La dama Abir, incluso agarrando a los mineros, no paraba de decir que había que rescatar a la dama Malea, lo que los puso en un aprieto.

—……

Edith contuvo la respiración por un momento. Apareció de forma escandalosa desde la mina y, además, durante todo el camino a Hacklam, no había parado de hablar de Malea.

«La noticia de que Malea está viva debe haberse extendido ya hasta fuera de la fortaleza.»

Los vasallos de Hacklam que viven fuera de la fortaleza, e incluso gente de fuera como Rokesha, ahora deben saber de la existencia de Malea.

«Fue planeado.»

No creía que Abir hubiera ido suplicando a todo el que veía para salvar a Malea de verdad. Estaba claro que lo había hecho a propósito, para que se corriera la voz. Entonces, el objetivo de Abir era evidente.

«Hacer saber que Malea está viva para que mi valor disminuya.»

Pero, ¿a quién podía contarle esto? Ella ya sabía bien el valor que tenía una mujer de sangre pura de Hacklam para Eckhart y Richard, y para todo Hacklam en general.

Mientras Edith estaba inquieta, los médicos y hechiceros continuaron con su examen. Trajeron una planta de muérdago de un color diferente al de la vez anterior y la colocaron sobre el vientre de Edith. Los hechiceros rociaron unos extraños brebajes y murmuraron algo, y al instante, el color del muérdago comenzó a tornarse negro, como la vez anterior. Al mismo tiempo, Edith sintió dentro de sí una vez más la sensación de que algo se escapaba. A medida que el muérdago se teñía de negro, su cuerpo se sentía más aliviado. Incluso sin que se lo explicaran, podía darse cuenta de que esa desagradable cosa que habitaba en su interior estaba desapareciendo.

Al cabo de un rato, el muérdago se volvió completamente negro. No solo había cambiado de color. Las hojas de los extremos comenzaron a derretirse y a escurrirse como agua, por lo que ellos se apresuraron a guardarlo en la caja que habían traído.

—Probablemente con un par de sesiones más termine.

—¿Qué cambiará cuando termine?

—Al analizar este hechizo, resultó ser uno que echaba raíces en el vientre para impedir la concepción. Probablemente lo haya tenido desde hace mucho tiempo. Como creció con él, seguramente no podía sentirlo bien. Después de las sesiones, podrá concebir sin problemas.

—Ya veo. Pueden irse ya.

Cuando los médicos y hechiceros se retiraron, y también la doncella, Edith se sumió en sus pensamientos a solas.

«¿Qué debo hacer ahora?»

Había pensado que debía tener un hijo constantemente. Porque creía que así podría afianzarse en Hacklam y seguir viviendo allí. Pero si Malea regresaba, ¿qué trato recibirían ella y su hijo?

Si se les consideraba necesarios, los llamarían mestizos. Pero si se les consideraba inútiles, los llamarían bastardos. Edith conocía bien a un ser al que llamaban bastardo. Y también sabía cómo lo trataban.

Permaneció absorta en sus pensamientos hasta que oscureció. A lo lejos, le pareció oír la risa de Abir.

***

—Muchas gracias por mostrarme la orden de caballería hoy. Ojalá la dama Malea pudiera venir pronto aquí y conocer a los caballeros de Hacklam.

Ante las palabras de Abir, el subcomandante asintió vigorosamente. Ese día, él le había presentado la orden de caballería. Cuando antes le preguntó a Eckhart si podía encargarse de ello, recibió la respuesta de que hiciera lo que quisiera. Nada más oír eso, corrió adonde estaba Abir y se ofreció a acompañarla.

Al principio, pensó que si Malea regresaba, tal vez esta mujer llamada Abir podría hablar bien de él. Pero…

—Pero, señor subcomandante.

Abir lo tomó del brazo.

—Es que quería preguntarle algo en privado, ¿podríamos hablar a solas?

Él era, sin duda, un Hacklam, y no sentía la más mínima atracción por las mujeres humanas. Pero entonces, ¿por qué no podía apartar la mirada de esta princesa llamada Abir?



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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