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Capítulo 71

Cuando terminó el otro combate, los espectadores al menos aplaudían por compromiso. Cuando eran conocidos los que realizaban un buen duelo, incluso estallaban vítores. Sin embargo, a pesar de que este combate que todos habían esperado con tantas ansias finalmente había terminado, no resonó ni un solo sonido en el campo de entrenamiento. El único sonido era el gemido del vicecomandante, que se retorcía de dolor mientras se cubría el ojo que le faltaba.

Caleb giró la cabeza para mirar a Edith. Al ver su rostro pálido, enseguida se dio cuenta de su error.

—Ah, lo siento. Le he mostrado algo desagradable —murmuró Caleb, algo incómodo, mientras apartaba de una patada el ojo que él mismo había arrancado al vicecomandante, lanzándolo lejos. Ante la acción de Caleb, como quien se deshace de la basura, los caballeros se quedaron sin palabras. Fue entonces cuando el vicecomandante, que yacía en el suelo, se levantó. Cubriéndose con una mano la cuenca del ojo desaparecido, miró fijamente a Caleb.

—¡Tú, maldito…! —y acto seguido se abalanzó sobre Caleb.  

—¡Vicecomandante!

—¡Deténgase!

Los caballeros, que reaccionaron tarde, se horrorizaron e intentaron sujetarlo, pero el vicecomandante los golpeó a todos mientras se dirigía hacia Caleb. Levantó a Caleb con una mano. Y justo en el momento en que iba a estrellarlo contra el suelo.

¡PUM!

Con un fuerte impacto, el vicecomandante se detuvo en seco. Su único ojo remanente se puso en blanco.

—Grrr… —su boca se abrió y se escuchó un gemido de dolor, mientras su cuerpo se inclinaba lentamente hacia un lado. Acto seguido, con un sonido sordo, su cuerpo cayó hacia atrás por completo. El vicecomandante caído temblaba, echando espuma por la boca. Detrás del caído, Ekhardt chasqueó la lengua y ordenó a los caballeros:

—Llevenselo.

—…¡Sí!

Los caballeros, que miraban atónitos, corrieron presurosos y sacaron al vicecomandante del lugar. Entre los puros sangre de Hacklam no había médicos. Era porque ellos no enfermaban y, además, ante cualquier herida o lesión leve, solían dejarlo a su propio poder de curación. Por eso, hoy tampoco había médico en el lugar.

—¿Llamamos a un médico de fuera? —preguntó uno de los caballeros, inquieto, a Ekhardt. Éste miró brevemente a Caleb y luego asintió.

—Ya tenemos un ganador, así que terminen de recoger todo y vulvan a abrir las puertas.

Ante esas palabras, el rostro de Caleb se iluminó por completo. Caleb corrió inmediatamente hacia Edith.

—¡Señora!

—¡Dios mío, ¿de verdad eres Caleb?! No, más bien tu cara… tu cara está… ¡sangre…!

Edith estaba desconcertada, sin saber cómo tratar a Caleb, que se había acercado a ella cubierto de sangre. La doncella que estaba a su lado también se asustó y rápidamente intentó limpiar a Caleb con el pañuelo que traía. Sin embargo, Caleb esquivó la mano de la doncella y acercó su rostro a Edith, como pidiendo que ella le limpiara.

Fue entonces cuando varios caballeros se acercaron a Ekhardt y le dijeron:

—¿Caleb se ha estado viendo a escondidas con la señora?

—¡Es una locura!

—¡Todos hemos estado conteniéndonos! ¿Cómo puede ese tipo…?

—¡Esto es injusto!

Las voces de los caballeros se hicieron cada vez más fuertes. Por eso, Edith no tuvo más remedio que encogerse. No solo miraban fijamente a Caleb. También lanzaban miradas de reproche hacia Edith. Como si ella los hubiera traicionado.

—¡Hay que repetirlo!

Cuando alguien entre los caballeros gritó, la expresión en sus ojos cambió. Si se pudiera repetir, tal vez…

—Basta.

Quien acalló su alboroto fue Ekhardt. Tras mirar una vez a Edith y a Caleb, se giró y dijo a los caballeros:

—En nuestras reglas no había ninguna que prohibiera verse. Y, aunque se hubieran visto, eso no ha influido en este combate. Caleb llegó al final.

—…

Ante sus palabras, ninguno de los caballeros abrió la boca. Porque sabían que, aunque ellos pensaran que Edith y Caleb se conocían, eso no era motivo para anular el resultado del combate.

—Así que abstenganse de más comentarios innecesarios y pongan orden.

Dicho esto, Ekhardt se dio la vuelta y se marchó. En su lugar, Richard se quedó observando, y los caballeros, aunque todavía con rostros llenos de descontento y refunfuñando, no tuvieron más remedio que recoger el lugar. Aun así, no dejaban de lanzar miradas furtivas a Edith y Caleb. Sobre Edith llovían miradas de resentimiento, y sobre Caleb, de envidia.

Al ver que el pañuelo con el que había limpiado a Caleb se había teñido completamente de rojo, Edith tomó su mano.

—Por ahora, volvamos.

No podía dejar así a Caleb, con la sangre goteando y el cuello, que había sido estrangulado por el vicecomandante, amoratándose en un instante. De camino de regreso con Caleb, Edith giró la cabeza un momento para mirar atrás. A lo lejos, Richard observaba a los dos. Pero al cruzarse sus miradas, él desvió la vista. Y ya no volvió a mirar.

Dejando atrás a Richard, que le daba la espalda, Edith se dirigió a su habitación con Caleb.

***

Tan pronto como llegaron a la habitación, Edith ordenó a las doncellas que prepararan agua tibia. Pero por más que limpiaban, no sabía cuánta sangre había perdido, que la sangre no terminaba de desaparecer.

—Traigan más agua. Tú, ve y trae medicina. Y llama también a un médico. Tú, trae ropa para cambiarse.

—Pero, señora, usted sola…

—¡No se preocupen por mí, vayan rápido!

Ante las apremiantes palabras de Edith, las doncellas no tuvieron más remedio que salir de la habitación para cumplir sus órdenes. Edith le tendió a Caleb la toalla que una doncella había dejado.

—Aquí todavía queda una mancha de sangre. Termina de limpiarte.

Creía que ya se lo había limpiado todo, pero de la herida en la frente volvió a manar sangre. Parecía que se había hecho una herida más profunda de lo que pensaba. Caleb, que había cogido la toalla, soltó un gemido de dolor y se tocó el brazo.

—¿También te has herido el brazo?

—Eso parece… —respondió Caleb con voz débil y apagada.

Al oír su voz, Edith tomó la toalla de su mano y le limpió la frente ella misma. Cada vez que la toalla tocaba a Caleb, este se estremecía. Al ver el cuerpo de Caleb, que se había vuelto más grande que el suyo, diferente a como lo recordaba, retiró la mano y preguntó:

—¿Qué ha pasado con tu cuerpo? ¿Por qué has crecido tanto de repente?

Entonces Caleb, como un niño regañado, encogió los hombros y bajó la cabeza.

—Lo siento. Seguro que le resulta desagradable…

—No es para que te disculpes. Es que me he llevado una gran sorpresa…

—Pero todos decían que era desagradable. Que si no estaría maldito o algo. Me preocupa que pueda pasarle algo malo a la señora si me toca.

Al ver la actitud infantil de un Caleb apesadumbrado, Edith negó con la cabeza.

—Para tu edad, esto es lo normal, ¿no? Entonces, si la maldición se ha roto, es algo bueno.

—Pero todos me miran con mucha incomodidad. Incluso la señora se alejó de mí… Pensé que me felicitaría por lo bien que lo hice…

Ante las palabras de Caleb, Edith recordó cómo lo trataba antes. Aunque sabía su edad real, por su aspecto infantil, solía darle palmaditas como a un hermano pequeño. Caleb, que solía contarle las cosas que hacía esperando recibir sus elogios, siempre se pavoneaba cuando Edith lo felicitaba.

«Su cuerpo ha crecido, pero su mente no puede madurar de la misma manera…».

Edith dudó un momento, luego extendió la mano y acarició el cabello de Caleb. Aunque su cabello estaba mojado y hecho un desastre, y no podía acariciarlo adecuadamente, Caleb, contento de que Edith le hubiera tendido la mano de nuevo, solo sonreía de oreja a oreja.

Mientras tanto, las doncellas regresaron. Como si nunca hubiera estado herido, Caleb tomó el agua y la ropa que le ofrecieron y entró al baño. Poco después, salió con aspecto impecable.

Pero, aunque estuviera impecable, solo se había limpiado la sangre y cambiado la ropa desastrada. Las heridas seguían ahí, por lo que Edith lo miró con ojos compasivos. La herida en la frente era una cosa, pero lo que parecía más grave era su cuello, que el vicecomandante había estrangulado con el brazo. Tal como la marca del brazo, en el cuello de Caleb había quedado un moretón oscuro.

—¿Y el médico? —preguntó Edith.

Ante su pregunta, una doncella inclinó la cabeza con pesar.

—Todos han salido fuera del castillo, así que parece que llevará tiempo. En cuanto llegue, le diré que venga inmediatamente…

—Estoy bien —interrumpió Caleb a la doncella.

—Yo también soy de Hacklam. Esto, si lo dejo así, se cura. Los Hacklam sanamos con el tiempo, aunque no nos traten. Pero… —dijo, esbozando una sonrisa radiante, como si estuviera de muy buen humor—. El ojo del vicecomandante no sanará, ¿verdad? Y ahora, ¿la señora y yo tenemos que pasar la noche juntos? Aunque aún no se ha puesto el sol, ¿podemos empezar ya?

Ante su voz ingenua y alegre, Edith se llevó la mano a la frente. Luego, tras dudar un momento, ordenó a las doncellas que salieran.

Cuando las doncellas recogieron todo y salieron, lo sentó en una silla.

Hasta hace poco, Caleb parecía un niño pequeño. Ahora su cuerpo ya no era de niño, pero su mente parecía no haber cambiado desde entonces. Como aquella vez, cuando no entendía ni las cosas más básicas y ladeaba la cabeza con extrañeza. ¿Cómo iba a saber ese niño para qué era este combate? Seguro que, como parecía, solo había participado porque estaba contento de poder volver a verla.

—Caleb. No sé cómo explicártelo, pero como aún no sabes lo que significa pasar la noche juntos…

—No es cierto —Caleb agarró la muñeca de Edith y la miró desde abajo.

—Yo sé lo que hay que hacer y cómo hacerlo.

Con una sonrisa radiante, igual que siempre.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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