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Capítulo 74

«…¿Qué?»   

Ante la vulgar palabra que escapó de Caleb, Edith dudó de sus propios oídos por un momento. No es que Edith no conociera esa expresión. Cuando estaba en el palacio secundario, las otras princesas e incluso a veces las doncellas solían decir esas palabras. Así que sabía que era una forma muy grosera de nombrar las partes íntimas.

—¡Tú, ¿dónde aprendiste esa palabra…!

Olvidando por un momento la situación, terminó levantando la voz. Al verla gritar con seriedad, Caleb se dio cuenta de que había hecho algo mal y encogió los hombros.

—…¿Hice algo mal?

Aun así, la abrazó con más fuerza. Edith no pudo reprenderlo más al ver que Caleb, incluso en esta situación, no quería soltarla. Aunque de por sí era absurdo que hubiera dicho algo así en estas circunstancias.

—No debes usar esa palabra.

Le resultaba demasiado vergonzoso volver a pronunciar ese término, así que giró la cabeza. Quería aprovechar que Caleb se había quedado pasmado un instante para arreglar esta situación cuanto antes. Edith intentó soltar suavemente las manos que la sujetaban. Pero como si lo hubiera anticipado, Caleb la abrazó aún con más fuerza por detrás.

—Entonces, ¿cómo llama a esto?

Diciendo eso, su mano se deslizó entre los muslos de Edith.

—¡Ah!

Cuando sus dedos penetraron su parte íntima, que aún palpitaba y estaba adolorida, Edith forcejeó asustada, pero la mano de Caleb la sujetaba con firmeza.

Sus largos dedos hurgaron entre la húmeda y resbaladiza carne.

—¡Ugh, uuh!

Aunque entraron sin aviso, su interior tragó sus dedos con demasiada facilidad. No era un movimiento al azar. Cómo lo habría notado, Caleb solo acariciaba sus puntos débiles.

Cada vez que sus dedos presionaban lo más profundo, el cuerpo de Edith se sacudía. Mientras tanto, con la otra mano, sujetaba su pecho con la fuerza justa para no lastimarla. Cuando presionaba como empujando con la palma y luego movía la mano en amplios círculos, esa presión se transformaba lentamente en placer.

—Caleb… para… —jadeó Edith.

—¿Por qué? Si le está gustando —respondió él con una voz que parecía genuinamente perpleja.

Ante sus palabras, Edith no pudo decir nada. Las caricias de Caleb no eran extremadamente intensas, pero el problema era que, precisamente por eso, todo se sentía con más claridad. Los dedos que removían su interior, el tacto que acariciaba la punta de sus senos, incluso la respiración áspera que se dispersaba en su nuca. Aunque eran estímulos menudos, se acumulaban firmemente y la llevaban corriendo de nuevo hacia el clímax.

Al notar que la respiración de Edith se entrecortaba de nuevo, él aceleró el movimiento. Aunque ella le decía que se detuviera, la cintura de la señora se movía al ritmo de sus caricias. Eso lo llenó de orgullo. No había rastro de dolor en el rostro ni en el cuerpo de la señora. Las mejillas sonrojadas, la respiración agitada, la mirada soñolienta, y además, el cuerpo que se entregaba por completo a él. Caleb, emocionado por el hecho de estar dando placer a la señora, se movió con más ahínco.

—¡Huuuh!

Finalmente, en brazos de Caleb, Edith volvió a desplomarse. Tan pronto como la fuerza abandonó el cuerpo de ella, Caleb, como si hubiera estado esperando, la recostó boca arriba y volvió a hundir su rostro entre los muslos de Edith. El intenso aroma que tanto le gustaba fluía abundante entre las piernas de la señora.

Acto seguido, sacó la lengua y lamió entre sus muslos.

—¡Aaah!

Cuando su húmeda lengua recorrió esa zona sensibilizada por el eco del orgasmo, Edith negó con la cabeza e intentó empujar la cabeza de él. Pero, contrariamente a su intención, sus manos no tenían fuerza alguna para apartarlo, y terminaron más bien acariciándolo.

Caleb movía la lengua sin descanso. Cuanto más se movía, más intenso se volvía el aroma. Ni la flor más fragante que florece en verano desprende un perfume más denso que ese. Por eso, simplemente le parecía asombroso. De repente, le surgió una curiosidad.

—Señora… entonces, ¿esto, cómo se llama?

¿Cómo se llamaría un lugar tan bonito y dulce? Ya que le habían dicho que había usado mal el nombre, parecía que debía aprenderlo bien.

—No, ¡ah! ¡Uuh! ¡No hay… un nombre así…! —gimió ella.

Cada vez que el aliento de Caleb rozaba su parte íntima, Edith se cubría el rostro con las manos y negaba con la cabeza. Debido a Caleb, que parecía querer lamerla y derretirla por completo, su cabeza se volvía a teñir de blanco.

Caleb, al no obtener respuesta de Edith, al oír su voz transformada en gemidos, lamió más afanosamente su sexo.

«Es extraño.»

¿Cómo podía no tener nombre un lugar tan maravilloso? Pero no era momento para resolver esa duda con calma.

La persona más hermosa que había visto en su vida también era la más fragante. Incluso era amable con él. Ahora, ante la visión de Edith que, mostrándole tan abiertamente su intimidad, derramaba su jugo sin reservas, Caleb se sintió embargado de emoción.

Por la entrega de Caleb, Edith alcanzó de nuevo el clímax. Mientras ella jadeaba, Caleb, que se separó de entre sus muslos, se quitó trabajosamente la ropa interior. Su miembro, que le dolía y palpitaba desde que se había subido a la cama, ya estaba hinchado hasta el límite. Ahora sabía cómo aliviar esta agonía.

Abrazó el cuerpo yacente de Edith y alineó su miembro con la entrada. Era un orificio que incluso con solo introducir un dedo ya apretaba fuerte. Pero recordaba vívidamente que ese mismo lugar había recibido el cuerpo de Eckhart.

—Ugh… —gruñó él.

Al introducir ligeramente la cabeza de su miembro en el sexo de Edith, Caleb dejó escapar un gemido. Ya imaginaba que se sentiría bien al entrar dentro de la señora, pero con solo empujar un poquito, un éxtasis capaz de nublarle la mente lo envolvió. Si solo con que el ajustado interior acariciara la punta sentía este placer, ¿cuánto mejor no se sentiría al penetrar por completo?

Sintiendo que se acercaba cada vez más al límite, intentó introducirse más en su interior.

Pero, contrariamente a lo esperado, el miembro de Caleb no lograba entrar fácilmente. Mientras la punta de su pene solo abría ligeramente la húmeda hendidura sin poder penetrar, el límite le llegó.

—¡Khh, ugh!

Finalmente, sin poder introducirse más en el interior, Caleb terminó eyaculando entre los muslos de Edith.

Se corrió largamente, con el cuerpo tembloroso, tantas veces que incluso él mismo se sorprendió.

—Nunca… había… corrido tanta cantidad… —murmuró.

El semen que había eyaculado salpicó no solo entre los muslos de Edith, sino incluso hasta su vientre. Entonces recordó la imagen de cuando Eckhart estaba con Edith, de cómo aquel líquido lechoso fluía de la unión de sus sexos. En el invernadero, Eckhart, como si quisiera introducir hasta la última gota en el cuerpo de Edith, separaba sus nalgas y movía las caderas. Incluso, lo que se derramaba, ¿no lo volvía a empujar hacia dentro con los dedos? ¿Qué demonios era esto para que…?

—…Ah —exclamó Caleb.

En ese instante, Caleb lo comprendió por sí mismo. Por qué Eckhart se aferraba a Edith con tanta desesperación mientras se movía. Por qué los caballeros decían cosas extrañas y anhelaban las noches con Edith.

—Esto… si entra en el cuerpo de la señora, ¿se crea un bebé?

Edith asintió con la cabeza. Ya que había ganado el combate, Caleb también tenía el derecho y el privilegio de derramar su semilla. Al pensar en lo natural que le resultaba tener estos pensamientos, se preguntó si ella también se habría convertido en una Hacklam, pero ya no le importaba.

Aferrándose a la sábana, cerró los ojos, preparándose para el momento en que el miembro de Caleb entrara en ella.

—Entonces, yo quiero parar esto ahora.

—¿Qué…?

Ante las palabras que jamás imaginó, Edith abrió los ojos.

—Si se siembra una mala semilla, brota un débil retoño. Yo… como soy un mestizo, no de sangre pura… La señora no debería tener un hijo mío.

Aunque ahora su cuerpo había crecido, Caleb pensaba que eso no significaba que él fuera perfecto.

—Yo quiero que la señora dé a luz a un Hacklam fuerte y sano. Así que… yo no sirvo.

La voz de Caleb se hizo más pequeña. Claro que quería entrar dentro de la señora. Quería abrazar a la señora como Eckhart o Richard, y comportarse como un macho Hacklam. Pero, ¿y si la señora daba a luz a un niño que se pareciera a él?

«El niño y la señora serían despreciados.»

Eso no lo quería.

Mirando a Edith, que lo observaba atónita, sonrió.

—Si la señora se siente bien, yo también me siento bien. Así que…

Diciendo eso, la abrazó y susurró:

—Haré solo muchas cosas que hagan sentir bien a la señora.

Desde que ganó la final, o más bien, desde que dijo que quería participar en el combate, Caleb solo había deseado una cosa: hacer feliz a la señora que era tan amable con él. Durante el tiempo que le quedaba, Caleb pensaba dedicarse por completo a hacer lo que deseaba.

***

Caleb salió de la habitación de Edith al anochecer del día siguiente.

Hasta que el mayordomo vino a decirle a Caleb que saliera, Edith permaneció acostada en la cama. Tenía todo el cuerpo entumecido y la mente aturdida. Durante todo el día, Caleb había lamido y chupado cada rincón de su cuerpo. Los continuos orgasmos, sin llegar a la penetración, la habían dejado completamente agotada. Pero ante la pregunta de Caleb de si se sentía bien, Edith no pudo responder que no.

Caleb, tal como había dicho, la había estimulado solo en sus puntos débiles, dedicándose por completo a su placer. Como si realmente no le importara lo que pasara con él, con tal de que Edith disfrutara.

Después de que Caleb se fuera, Edith, ayudada por las doncellas, se dirigió al baño y se quedó dormida en la bañera. Cuando abrió los ojos, fuera ya estaba completamente claro. Aunque claramente había dormido hasta tarde, no tenía fuerzas para moverse. Por eso, aunque afuera se oía alboroto, no podía pensar en levantarse.

Pero al poco rato, una doncella entró y dijo algo que la obligó a incorporarse de golpe.

—Señora, ha llegado la que se dice ser su hermana, Abir.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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