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Capítulo 75

—¿Abir?  

Edith murmuró ese nombre. Era un nombre que, por supuesto, conocía. Pero había pensado que no volvería a escucharlo en el resto de su vida. Por eso, por un momento, pensó si no estaría soñando. O tal vez había escuchado mal. Sin embargo, la criada, como si estuviera segura de lo que había oído, repitió:

—Sí. Dice que es la princesa Abir, con quien usted convivió en el convento…

—No puede ser.

Sin poder evitarlo, su voz se tornó gélida. La criada, sorprendida, miró con cautela, y Edith negó con la mano.

—Debes de haberte enterado mal. Para empezar, no es posible que otra princesa venga de repente a Hacklam. Además, ¿no deberían estar los caminos aún sin deshelar?

Todavía era invierno, y Hacklam permanecía aislada. Por eso mismo, Rokesha no ansiaba otra cosa que la nieve se derritiera pronto para poder ir a la capital. Las otras criadas también murmuraban a menudo que ojalá los caminos se repararan rápido y se abrieran las puertas de la fortaleza para poder ir y venir a otras ciudades cercanas. Entonces, ¿cómo iba a poder Abir, y encima en esta estación, llegar a Hacklam?

—Ah, bueno… parece que no vino por el camino de Vasane. Como llegó junto con los mineros de la mina, quizá usó otro camino…

La voz de la criada se fue haciendo cada vez más baja. Parecía no saber nada con certeza. Edith sintió que algo era extraño.

—¿Quién te ordenó que me transmitieras esto?

Si Richard o Eckhart le hubieran ordenado que se lo comunicara, no habría hablado de manera tan ambigua. Ante la pregunta de Edith, la criada por fin se calmó un poco y respondió con cautela:

—Bueno, el caballero que regresó de la mina…

—¿Un caballero? ¿Te dijo que me lo dijeras directamente a mí?

—…Sí.

Solo entonces, al parecer dándose cuenta ella misma de lo extraño de la situación, la criada encogió los hombros.

En un caso así, lo correcto era informar primero a Richard o a Eckhart. Pero que un caballero ignorara a su señor y ordenara transmitir el mensaje directamente a Edith era, pensara como se pensara, algo extraño. Si Edith y Abir hubieran sido amigas íntimas desde antes, tal vez se podría entender, pero ni siquiera era ese el caso.

Edith recordó la última imagen que tenía de Abir. Casi desnuda, mirándola con fijeza, y luego, al ver las monedas de oro que le habían arrojado, corriendo hacia ellas con los ojos brillantes.

Habiendo enfrentado el invierno en esas condiciones, sería un milagro que siguiera con vida. ¿Y entonces cómo iba a poder llegar hasta Hacklam?

Por más que lo pensaba, no tenía sentido.

«¿No habrá confundido el nombre con el de otra persona?»

Pero aunque no fuera Abir, no era posible que alguien más viniera a Hacklam a verla. No había nadie que lo hiciera. Mientras tanto, el alboroto afuera de la ventana se intensificaba. Edith se levantó de su asiento y se acercó a la ventana. Al mirar hacia abajo, sus ojos se abrieron con sorpresa.

«¿Los caballeros están fuera?»

Normalmente, los caballeros de Hacklam apenas se alejaban de la zona de la orden. Venían a la fortaleza principal solo cuando tenían que hacer una ronda de vigilancia o algún asunto que atender. Pero ahora, abajo, había grupos de caballeros reunidos por todas partes. Además, aunque estaban lejos, se oían sus fuertes voces, lo que indicaba que estaban muy alterados. Como si fuera el día de los combates regulares.

«¿Qué habrá pasado?»

Tenía que averiguar lo de Abir y también por qué los caballeros estaban así. Tras dudar un momento, Edith ordenó que le trajeran su abrigo de piel de zorro lunar. A esta hora, Richard debería estar en su despacho. Aunque todavía le daba reparo encontrarse con él, no podía seguir evitándolo para siempre.

Así lo pensó, pero cuanto más se acercaba al despacho, más pesados se volvían sus pasos. Seguía sin saber cómo debía tratar a Richard. Tampoco sabía cómo la trataría él a ella.

Ella no había hecho nada malo. Confundir a alguien era un error, pero no podía considerarse una falta. Y, si se examinaban las cosas, la culpa de lo sucedido mientras él no estaba, ¿no era en realidad toda de Eckhart? Sin embargo, aunque lo pensaba, su corazón no se sentía en paz.

«…No lo sé».

Eckhart nunca le había dicho que él fuera Richard. Por lo tanto, era difícil acusarlo de haberle mentido. Al pensar en aquello, la cabeza volvía a darle vueltas. Más que eso, ¿se podía decir que alguien tuviera la culpa? ¿Acaso Richard la había deseado desde el principio? Él solo había sido amable con ella porque era un cuerpo capaz de concebir al hijo de Hacklam. Además, la decisión de compartirla con Eckhart era algo que él también había aceptado, así que no se podía culpar a nadie en este asunto.

Antes de que pudiera ordenar su confusa mente, llegó al despacho. Pero no pudo entrar de inmediato. Varios caballeros estaban frente a la puerta.

En cuanto Edith apareció, todos la miraron. Ante las miradas que se dirigían hacia ella, Edith se sorprendió y se detuvo un instante. En realidad, que la miraran no era algo sorprendente. Era algo natural. Pero la expresión en sus ojos en ese momento le resultaba desconocida.

Los caballeros siempre solían mirar a Edith como hechizados, con la mirada perdida. Con unos ojos anhelantes que solo podían describirse como cargados de adoración, anhelo y deseo. Pero las miradas que le dirigían ahora eran diferentes a las que había visto hasta entonces.

«…¿Por qué?»

No en cualquier lugar, sino en la fortaleza de Hacklam, y además frente al despacho, el que los caballeros la miraran de esa manera la desconcertó.

Al principio, pensó que era por la ira de haber pasado la noche con Caleb. Sabía bien cuánto despreciaban y menospreciaban a esos hombres. Pero no era esa clase de sensación. La miraban con una ira y un deseo de matar, como si estuvieran viendo a un enemigo.

Justo cuando Edith estaba a punto de dar un paso atrás, la puerta se abrió. Aunque no llevaba gafas, pudo saber que quien abrió la puerta era Richard.

—Todos, vuelvan a la orden. Les comunicaré los detalles después de que se confirme todo.

—¡Pero…!

—Vuelvan. No diré más.

La voz de Richard hacia los caballeros era tan fría que hasta Edith se encogió. Finalmente, los caballeros refunfuñando se dieron la vuelta. Aun así, mientras lo hacían, no dejaron de lanzarle miradas hostiles a Edith.

—Entre.

A las palabras de Richard, Edith se apresuró a entrar en el despacho. En cuanto la puerta se cerró, soltó un largo suspiro sin darse cuenta y se dio cuenta de lo tensa que había estado. Pero entonces, al sentir la mirada de Richard sobre ella, volvió a contener la respiración.

Recuperando el aliento, Edith recordó por qué había ido allí y le preguntó:

—¿Qué significa eso de que ha llegado Abir?

Richard, que sabía quién era Abir, era quien mejor podía desmentir con total certeza ese sinsentido de que Abir había llegado. Así que pensó que le diría algo como ¿qué dices?, parece que has oído mal, pero…

—Tal como lo oyó. La princesa Abir ha llegado.

—No puede ser. Es invierno, todos los caminos están bloqueados.

—Ella usó un pasaje subterráneo para llegar a la mina. Según parece, explicó allí quién era a los que estaban y exigió que la trajeran a la fortaleza de Hacklam.

Al oír sus palabras, Edith notó algo extraño.

—¿No dijeron que no había nadie que conociera los pasajes subterráneos?

Cuando le mostró el mapa de los pasajes subterráneos, él le había dicho que todos los que conocían esos pasajes habían muerto. Y ahora, de repente, Abir aparecía en Hacklam usando ese pasaje. Por más que lo pensara, no tenía ningún sentido.

—Yo tampoco sé cómo llegó ella a saberlo.

En ese momento, sonó un golpe en la puerta y, desde fuera, el mayordomo anunció que Su Alteza la princesa había llegado.

—Hazla pasar.

A la orden de Richard, la puerta se abrió. Edith, tensa y con los puños apretados, miró a la persona que entraba. Seguía sin poder creer que Abir estuviera allí. Incluso si seguía viva, ¿por qué iba a venir a Hacklam? ¿Y además, cómo es que conocía el pasadizo subterráneo secreto?

Una sensación de inquietud le bullía en lo más profundo del pecho. Las manos, fuertemente apretadas, le temblaban. La sensación de que algo iba mal no dejaba de oprimirle la garganta.

Y en el momento en que la puerta se abrió por completo, Edith no tuvo más remedio que aceptar que todo era cierto. Quien entró era, sin duda, Abir. Abir se detuvo frente a Edith y, sonriendo, la saludó:

—Hola, Edith. Ha pasado mucho tiempo. Me alegro de volver a verte.

Su voz era suave y amable, pero cualquiera con ojos podría darse cuenta. De que los ojos de Abir hacia Edith brillaban con odio. Al mismo tiempo, Abir recorrió a Edith de arriba abajo como si mirara a un inferior y luego se giró hacia Richard. E inclinando ligeramente la cabeza, preguntó:

—Solo está usted, Lord Richard. Me habría gustado que Lord Eckhart estuviera también presente.

—¡…!

Ante las palabras de Abir, tanto Edith como Richard la miraron sorprendidos. La familia imperial no sabía de la existencia de Eckhart. Entonces, ¿cómo era posible que ella, que hasta hacía unos meses era tan ignorante como Edith, supiera ahora de los asuntos de Hacklam?

Richard no preguntó cómo lo sabía. En su lugar, desenvainó al instante la espada que estaba sobre la mesa y la puso en el cuello de Abir. La punta de la espada le pinchó el cuello y la sangre comenzó a fluir. Aun así, Abir, lejos de asustarse, sonrió levemente.

—Debe de estar preguntándose cómo sé yo ese dato.

Entonces, rebuscó en su pecho y sacó algo. Edith se sobresaltó al ver lo que Abir tenía en la mano. Eran trenzas de cabello cortado. Abir, como si fuera el arma más poderosa del mundo, lo agarró con fuerza y dijo:

—Traigo un mensaje de parte de la señora Malea, la prometida de Lord Eckhart y la novia de Hacklam.

Robin: lo sabia lo sabi madafakersss que Malea estaba viva yo lo sabiaaaa



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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