Extra 22
Chloe pasó dos días reflexionando sobre la propuesta del Gran Arzobispo.
{—Por favor, adopten a la Santa como su hija.}
Era una sugerencia desconcertante, pero no le resultaba desagradable en absoluto. De hecho, en ese momento, su corazón latía con fuerza y se sentía casi al borde de aceptar la adopción sin siquiera consultar a Raymond.
«Es absurdo. Alguien tan adorable y encantadora como la Santa…»
Después de dar a luz a Elliot y Eve, la Emperatriz no tuvo más hijos.
Aunque la Familia imperial valoraba la descendencia, Raymond no quería imponer más cargas a su frágil cuerpo.
«Una hija, de repente…»
Cuando estaba embarazada de los Príncipes, Chloe preparó dos nombres, sin saber si serían niños o niñas. Como, al final, ambos fueron varones, el nombre que pensó para una hija quedó sin usar.
Pero Chloe aún recordaba claramente la palabra que consideró para llamar a su hija. Era el nombre de la Reina de las hadas que aparecía en los mitos fundacionales del Imperio Astart.
Durante sus embarazos, ella leía con frecuencia esas historias y, tanto “Elliot” como “Eve”, además de “ese nombre”, provenían de dichas leyendas.
—…
Sin embargo, en el instante que intentó pronunciar aquel nombre, algo la detuvo, dejándola con un nudo en la garganta.
Chloe cerró los labios temblorosos y volvió a pensar en Lette.
Según lo que el Gran Arzobispo reveló, la Santa no tenía conocimiento alguno sobre la sociedad humana. Aun así, aunque ciertamente parecía muy joven, su comportamiento frente a los demás era el de una Santa perfecta.
«¿Acaso todo eso es el resultado de una educación acelerada? Si es así, es impresionante.»
Considerar una adopción sin pensar en si la niña podría desenvolverse bien, o no, bajo las estrictas normas de etiqueta Imperiales, era imprudente. Pero, si la Santa había asimilado su papel como enviada del Dios Ramie tan rápido, seguramente también podría adaptarse perfectamente como la futura Princesa del Imperio de Astart.
De repente, la voz de Betsy interrumpió sus reflexiones.
—¿En qué está pensando tan concentrada, Su Majestad?
Al recuperar la conciencia, Chloe vio a Betsy sonriendo mientras le tendía un espejo.
—¡Ah! Nada, no es nada…—dijo ella sonriendo y, al ver su reflejo con el cabello ligeramente arreglado, añadió—. Gracias, Betsy.
—No hay de qué.
Betsy, ahora conocida como «la Condesa Vincent», se encogió de hombros.
Aún adorable e inocente, Betsy ya era madre de tres niñas, todas idénticas a ella, y el Conde Vincent las adoraba tanto que apenas las dejaba salir de casa. Incluso Chloe, la Emperatriz, solo las veía en eventos que se desarrollaban en la Mansión Condal de los Vincent. Pero era fácil entender por qué el Conde las protegía tanto.
Las tres hermanas, que bajaban corriendo las escaleras para ver a Chloe, pero se escondían tras la barandilla al cruzar miradas, eran demasiado adorables. Además, cuando Betsy las llamó, y las tres caminaron en fila, juntando las manos sobre sus vientres para hacer una reverencia cortés, todos estallaron en risas, pues, con su rostro juvenil y su pequeña estatura, Betsy parecía una cuarta hermana junto a sus hijas.
Aun así, el Conde Vincent siempre las observaba con orgullo, y Chloe no era muy diferente a él. Se sentía orgullosa de Betsy, quien, a pesar de las dificultades, seguía siendo alegre, y amable, dando todo su amor a sus tres niñas que se le parecían tanto, así como a su marido que la amaba en demasía.
—Tener hijas debe ser diferente a tener hijos, ¿verdad?—preguntó Chloe de forma repentina.
Betsy abrió los ojos como platos.
—¿Eh? ¿Por qué lo pregunta…? ¿Acaso Su Majestad…?
Cuando la mirada de la doncella miró disimuladamente su vientre, Chloe negó rotundamente:
—No, no es eso. En serio que no. Solo… Te lo pregunto por curiosidad.
Por alguna razón, Chloe sintió que las expectativas de la otra persona eran diferentes a lo que ella pensaba, así que acompañó sus palabras agitando rápidamente las manos.
No obstante, Betsy frunció los labios, decepcionada.
—¡Bah! ¿Todo esto para nada?—protestó la joven Condesa—. Si hubiera una Princesa, hermosa como tú en el Palacio, yo le arreglaría su melena todos los días con mucho cariño.
Desde que se convirtió en madre de tres hijas, Betsy había mejorado mucho en el arte de peinar y decorar peinados. Por eso, en el Palacio, siempre que tenía la oportunidad, jugueteaba con el cabello de Chloe y el de otras damas de compañía con la excusa de hacer un arreglo bonito.
Especialmente, le encantaba el cabello de Chloe. Incluso les preguntaba disimuladamente a Elliot y Eve, quienes preferían llevar el pelo corto, si no tenían intención de dejárselo largo.
—El cabello… Mmmm… Si llego a tener una hija… ¿Tendré que aprender a trenzarlo bien?—comentó Chloe, con una expresión de preocupación.
Como nunca antes había peinado el cabello de alguien más, solo de pensarlo, su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¡Ay, Su Majestad la Emperatriz no necesita saber hacer eso!—respondió Betsy, soltando una risita—. ¿Para qué lo haría usted misma si aquí estoy yo?
Su actitud orgullosa, levantando la nariz, era bastante adorable, pero Chloe sintió un poco de melancolía.
«Yo también quiero hacer tocados en su cabello…»
Al imaginar, entre sus dedos, los suaves mechones plateados de la Santa, Chloe sintió una cálida ternura en su pecho.
Así fue como, de pronto, la Emperatriz se dio cuenta de que, sin siquiera haber decidido aún si adoptar, o no, a la Santa como su hija, ya estaba visualizando su vida junto a ella.
—Pero, en serio, ¿por qué Su Majestad piensa, de repente, en querer tener a una linda Princesita?—inquirió, Betsy, quien se había acercado a ella con los ojos brillantes llenos de curiosidad—. Antes decías que con los dos Príncipes era suficiente.
Como no podía hablar de un asunto aún no decidido, Chloe desvió el tema con torpeza.
—Ya te dije que no es por eso…
Betsy puso una expresión de duda y sospecha, pero Chloe evitó su mirada, fingiendo distraerse.
Raymond y Chloe ya habían acordado, en privado, aceptar a Lette como miembro de la Familia imperial. Por supuesto, las opiniones de Elliot y Eve también importaban, pero lo más importante era la Santa. Ambos estaban decididos a no presionar a Lette si no estaba de acuerdo con la idea, sin embargo, aparte de eso, había algo que no encajaba del todo.
«El Sumo Sacerdote no es alguien que insista sin razones lógicas…»
El comportamiento del Gran Arzobispo, Mikhail, les había parecido extraño, tanto a Chloe como a Raymond, por igual.
«Era como si nos estuviera advirtiendo… O revelando algo a medias…»
No obstante, Raymond argumentó que el Sumo Sacerdote, como siervo de la Iglesia del Dios Ramie, jamás haría algo que dañara a la Santa. Así que, era lógico pensar que, probablemente, Mikhail estaba usando a la Familia Imperial para cuidarla y protegerla.
«Mmmm… Aunque Ray puede que tenga razón, debería preguntarle directamente al Arzobispo cuál es su verdadera intención.»
- ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈•
Después de llegar al Palacio, la vida de Lette se volvió muy tranquila. Todos los días comía, jugaba y volvía a jugar sin hacer nada más.
No obstante, un día, preocupada por su propio estilo de vida, Lette le preguntó con cautela a Mikhail:
—¿De verdad está bien vivir así, sin hacer nada?
—¡Vaya! Parece que sí tienes conciencia. Aunque, viendo cómo te la pasas, comiendo y jugando sin más, aparte de engordar sin preocupaciones, ¿quién, en este Imperio, creería que eres “la Santa”?
Lette abrió los ojos con furia y lo miró fijamente. En su mente solo había quedado grabada una palabra de lo que el Gran Arzobispo había dicho.
—¿Engordar? ¡Eso es una falta de respeto hacia mi cuerpo, que es ligero como una pluma!
Pero, al fin y al cabo, era cierto que no hacía más que comer y divertirse. Es por eso que, con un poco de remordimiento en su conciencia, Lette continuó la conversación.
—Después de todo, soy la Santa. ¿No debería hacer algo ahora que estoy aquí?
—Si tanto quieres hacer algo, ¿por qué no practicas tu inútil energía sagrada? ¿Qué podría hacer una Santa que ni siquiera controla bien sus poderes?
Aunque Lette había planteado el tema con seriedad, Mikhail se rió burlonamente y ella, ofendida, se sentía a punto de estallar de ira.
—¡Mikhail, tú…!
—Por cierto, ¿no tienes una cita para el té con la Emperatriz Chloe esta tarde? Si te retrasas más, la harás esperar.
—¡Ah, es cierto! ¡La hora del té…!
Al levantar la cabeza y mirar el reloj, Lette salió corriendo a toda prisa, dejando completamente solo a Mikhail.
—¡Qué ingenua es!—dijo, para sí, el Gran Arzobispo, dejando escapar una risita burlona por lo bajo—. En esta vida, por favor, no hagas nada. Está bien que te conviertas en una perezosa, siempre y cuando seas feliz, Lette.
Con una sonrisa en los labios, Mikhail observó su figura alejarse.
- ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈•
Lette, que caminaba rápidamente hacia el Palacio de la Emperatriz, se encontró con Elliot, que venía en dirección contraria.
—¡Ah, es la Santa…!—al verla, Elliot se quedó paralizado por un instante, pero luego, inmediatamente, la saludó de forma incómoda—. Hola.
Lette, por su parte lo imitó, levantando su propia mano con torpeza.
—Hola.
A diferencia de cuando estaba junto a Eve, quien siempre transmitía calidez, con Elliot la atmósfera era tensa cada vez que se veían. Aun así, tras conversar un rato, la incomodidad siempre desaparecía y, al final, terminaban riendo juntos, a pesar de que ambos sabían perfectamente que al día siguiente volverían a empezar de cero.
Normalmente era Lette quien iniciaba la conversación, pero, esta vez, contra todo pronóstico, Elliot se acercó y la siguió mientras preguntaba:
—¿Adónde vas?
—A ver a la Emperatriz.
—Ah…
Con una expresión extraña, Elliot parpadeó varias veces y continuó caminando con ella a su lado.
—¿…?
Al ver la mirada confusa de Lette, Elliot mostró una amabilidad inusual, diciendo:
—Te acompaño.
Aturdida, y sin querer, su pensamiento casi se le escapó de los labios
—No hace falta, en realidad…
Al instante, Elliot captó la indirecta, por lo que frunció el ceño y la miró con severidad. La Santa, al ver su expresión, rápidamente buscó algo con lo que excusarse:
—Eh, no… Quiero decir… Es que no quiero molestarte… Prínc-
Pero Elliot, antes de que ella terminara la palabra que tenía en la boca, la interrumpió de forma inmediata:
—Llámame Elliot.
—¿Eh?
—Sí, dime: “Elliot”.
—Ah… Sí.—asintió la Santa a regañadientes y, mientras movía la cabeza afirmativamente, Elliot continuó mirándola fijamente. Era como si con sus ojos quisiera pedir algo, lo que hizo que Lette inclinara la cabeza con curiosidad y añadiera—. ¿Tú también…? No, quiero decir… Elliot, ¿quieres llamarme Lette?
—Sí.—respondió él de forma instantánea, esbozando una sonrisa burlona—. Y, con respecto a antes, no me molesta en absoluto, así que te acompañaré, Lette.
Su tono, como si estuviera haciéndole un favor, dejó a Lette con una sensación extraña. Sin embargo, rechazar su amable oferta también le resultaba incómodo, así que simplemente asintió.
Un silencio incómodo fluyó entre los dos mientras caminaban juntos. Además, Elliot miraba constantemente a Lette de reojo, para observar su reacción.
Hace unos días, durante una rara cena familiar, Raymond había sido el primero en mencionar el tema, explicando, a sus dos hijos lo que el Gran Arzobispo les había propuesto durante una la audiencia
{—El Sumo Sacerdote ha dicho que la Santa necesita una familia y nos pidió, encarecidamente, que fuéramos la suya. Si la emparentan con cualquier noble, podrían usar la influencia de la Iglesia para causar problemas en el futuro. Así que, por ahora, vuestra madre y yo estamos de acuerdo en adoptar a la Santa. Pero esto no es solo un asunto político, sino también familiar, así que queremos saber vuestra opinión.}
Como siempre que se trataba un asunto de familia, Raymond explicó el tema de la adopción a sus dos hijos mientras los miraba con afecto.
{—Por eso, debemos tomar una decisión antes de que llegue la primavera, ya que, para entonces, todos los miembros de la Iglesia deberán regresar al templo, tal y como se ha acordado.}
Pero, ahora, entre sus pensamientos, Elliot aún tenía reciente la pregunta que le había hecho su padre días después.
{—Elliot, ¿acaso estás preocupado por el tema de incorporar a la Santa a la Familia Imperial?}
Aunque bien es cierto que no se sorprendió ni se alarmó porque ya lo había escuchado a través de Eve, aquella decisión le había dado mucho en qué reflexionar durante semanas y su expresión, a veces, lo delataba.
«¡Un nuevo miembro en la familia de forma repentina! ¡Y encima, es una Santa que se parece tanto a mi hermano al punto de confundirlos!»
Dicho pensamiento que, constantemente, no salía de su mente, volvió a repetirse mientras observaba a la Santa caminando junto a él. Así que, para dejar de darle vueltas a aquello, rompió el silencio incómodo que se había formado entre los dos.
—Dijiste que despertaste hace poco, ¿verdad? Me refiero a cuando llegaste al continente.
—¿Mmm?—Lette, confundida por la pregunta repentina de Elliot, inclinó la cabeza antes de asentir con fuerza—. ¡Sí! El Sumo Sacerdote dijo que me encontró en un bloque de hielo, pero no recuerdo nada. ¿Cómo lo supiste?
—… Solo lo escuché por ahí.—vaciló él antes de continuar preguntando, esta vez con más cuidado—. Entonces, ¿no tienes ningún recuerdo de tu familia?
—¡Ah! ¡Enoch y Mikhail son mi familia!
—No, no me refiero a eso…
Pero justo cuando Elliot iba a decir algo más un hombre los llamó desde atrás con una voz inquietante.
—Su Alteza Elliot.
Elliot, sobresaltado, se volvió y vio a su instructor de esgrima, Sir Brandon Kennen, mirándolo con una expresión aterradora.
—S-Sir Kennen…
En cuestión de segundos, el rostro de Elliot palideció. Lette, intrigada por quién podría asustar tanto al mismísimo Príncipe Heredero, vio cómo Brandon se inclinaba cortésmente ante ella.
—Buenos días, Santa. Soy Brandon Kennen, el instructor de esgrima de Su Alteza Elliot.
—¡Ah, sí! ¡Buenos días!—respondió Lette alegremente, cuyo rostro se sonrojó al mirar a Brandon.
«Pensé que Enoch era el segundo hombre más guapo del mundo. Pero este hombre, el instructor de esgrima del Príncipe Heredero, es tan guapo como él… Mmmm, no, quizás incluso un poquito más.»
Sin embargo, Brandon, que había saludado a Lette con amabilidad, cambió, de forma repentina, su expresión a una más severa al mirar a Elliot.
—Durante el entrenamiento, desapareció de repente y resulta que estaba aquí…
Cautelosamente, Elliot observó de reojo la reacción de Brandon mientras se acercaba al oído de Lette para, en voz baja, advertirle:
—Ten cuidado. Sir Kennen tiene un carácter terrible, a pesar de su apariencia.
Pero, lamentablemente, su susurro fue lo suficientemente fuerte para que Brandon lo escuchara desde donde estaba.
—¡Príncipe Heredero! ¿Por qué está diciendo cosas feas de la gente donde pueden oírlo perfectamente?—lo regañó Brandon, con tono seco, al mismo tiempo que le tiraba de la oreja.
—¡Ay! ¡Ay, ay, ay!
Un pequeño grito se escapó de los labios de Elliot y, sin siquiera poder despedirse adecuadamente de Lette, fue arrastrado por su instructor de vuelta al campo de entrenamiento.
Lette, con cierta curiosidad por lo que acababa de presenciar, simplemente agitó su mano a modo de despedida mientras lo veía alejarse por el pasillo.
- ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈•
Chloe solía llamar a Lette para que no se aburriera en el Palacio. Ambas pasaban su tiempo juntas tomando chocolate o paseando. Momentos dulces que se convirtieron en los favoritos de la pequeña Santa.
—¿No te aburres viviendo en el Palacio?—preguntó Chloe.
—¡No! ¡Gracias a la Emperatriz, no me aburro en absoluto! ¡Todo es gracias a ti!
—¡Vaya…!—exclamó Chloe y, riendo suavemente ante su respuesta entusiasta, sus ojos brillaron con calidez al mirar a la pequeña niña frente a ella.
La joven Emperatriz sentía un cariño extraño e inexplicable hacia ella. El Gran Arzobispo le había explicado que la apariencia de la Santa se asemejaba a la de los Príncipes por la voluntad del Dios Ramie, y que, quizás, de ahí provenía la razón de sus confusas emociones llenas de calidez. Pero, Chloe sabía perfectamente que lo que sentía iba más allá de algo como eso, porque, cada vez que veía a la Santa, nacía en ella un sentimiento conmovedor que no se podía explicar simplemente diciendo que era por su gran parecido a sus dos hijos.
Recordando las palabras de Mikhail, Chloe observó detenidamente el rostro de Lette.
«¿Realmente es la voluntad de los Dioses que la Santa se convierta en nuestra familia? ¿Por eso apareció con un rostro tan parecido al de Elliot y Eve?»
La Santa se parecía a ambos gemelos, pero, especialmente era idéntica a Eve, hasta el más mínimo detalle. Si hubiera una diferencia que destacar sería solo que Lette era un poco más baja que Eve, y que su cabello era más largo. Pero esos eran los únicos puntos que no tenían en común y tampoco eran algo para hacerlos tan dispares entre sí.
—Dime, Santa, ¿cómo te sentirías si tuvieras una familia?—habló Chloe, con cautela.
Lette, que tomaba a sorbos su chocolate calient, inclinó la cabeza ante la pregunta.
—¿Una familia? Mmm…
Justo antes de reunirse con Chloe, Elliot también le había preguntado algo sobre la “familia” y, a diferencia de antes, ahora Lette no sabía muy bien cómo responder. Más que nada porque el Príncipe le había dicho que Enoch y Mikhail no eran a quienes se refería cuando hablaba de “familia”.
—No lo sé… Nunca tuve una familia… Bueno, Enoch y Mikhail son como una familia, ¿no? Pero…
Al verla titubear, Chloe frunció el ceño con ternura. Le daba pena que esta pequeña y adorable Santa dudara al hablar de “familia”.
—Eh… Entonces, ¿puedo decir que Enoch y Mikhail son mi familia?—preguntó Lette de forma cuidadosa mientras vacilaba.
Chloe no respondió de inmediato, solo la miró a los ojos. Pero, cuando sus miradas se encontraron, las mejillas de Lette se tornaron de un color rosado y se excusó:
—Lo… Lo siento, Emperatriz. Fue una pregunta tonta, ¿verdad? No saber quién es mi familia y preguntar así… Je, je…—balbuceó Lette, riendo de forma incómoda para no darle importancia al asunto.
Sin embargo, cuando Chloe estaba a punto de decirle que no era así, alguien las interrumpió
—¡Chloe…! ¡Oh! ¿También está aquí la Santa?
Al abrir la puerta de la sala de recepción y entrar, Daria descubrió a Lette e hizo una elegante reverencia para saludarla.
—Buenos días, Santa. Soy Daria, La Duquesa de Carolina y, como tal, vengo a presentar mis respetos a la enviada de Ramie.
Lette, que ya se sentía incómoda por el repentino ambiente tenso que se había formado entre ella y la Emperatriz, giró rápidamente su cabeza hacia Daria y respondió su saludo con una sonrisa brillante:
—¡Buenos días, Duquesa!
—¿Les importaría si me uno a ustedes?—añadió la Duquesa.
—¡Sí, claro!
A diferencia de Lette, quien la recibió con alegría, Chloe parecía confundida al preguntar:
—¿Qué te trae por aquí sin avisar, Daria?
Daria, con una expresión llena de preocupación, se sentó entre ellas.
—Es por nuestra Becky… Vine a pedirte consejo, Chloe.
—¿Por Rebecca? ¿Qué pasa?
—Apenas tiene nueve años, pero parece que ya está entrando en la pubertad. Cada vez se interesa más por su apariencia…
—A esa edad, es normal, ¿no?
—Ya, pero hace unos días, le rogó a Will que le consiguiera retratos masivos del Príncipe Eve, y esta mañana descubrí que había decorado toda una pared de su habitación con ellos.
—¡Dios mío! ¿En serio?—dijo Chloe, riéndose un poco por lo bajo.
—¡No es cosa de risa, Chloe! Estoy muy preocupada.
«Así que, incluso la Gran Duquesa de Carolina termina siendo, al final, una “madre”…»
Pensó Lette mientras Daria se quejaba con un rostro serio. Además, lejos de escandalizarse, Chloe sonrió levemente y respondió como si fuera normal:
—Bueno, es verdad que no es algo para tomar a la ligera. Sobre todo si algo como esto puede continuar y llegar a mayores.
Lette, sin entender por qué Daria se preocupaba tanto por su hija, la observó con curiosidad. Para ella, el asunto no le parecía tan grave, pero, como la Emperatriz la apoyaba, comenzó a reflexionar sobre ello.
«¿Es porque la Duquesa de Carolina es su “madre”? ¿Acaso todas las “madres” son así de preocupadas?»
Aunque había perdido la memoria, comprendía el orden de la sociedad humana. Sin embargo, extrañamente, los conceptos de “madre” y “padre”, a veces, le resultaban demasiado difíciles.
Así que, después de terminar la hora del té con Chloe, Lette siguió pensando en aquella conversación y decidió dirigirse a la biblioteca con el fin de sacar un montón de libros relacionados con la “familia” para investigar sobre ello. Pero, al salir, se encontró de nuevo con Elliot.
Al verla, Elliot corrió hacia ella y tomó los libros que cargaba.
—No es necesario…—dijo Lette.
—¡Otra vez con lo mismo!—contestó Elliot, entrecerrando los ojos—. En estos casos, solo debes decir “gracias”.
—… Gracias.
Al decirlo, Lette sintió un repentino rubor, pero Elliot, sin darse cuenta de ello, preguntó:
—¿Has oído hablar del invernadero del Palacio Imperial?
—¿Invernadero?
—Sí, es un lugar al que solo los Emperadores pueden entrar, así que es tranquilo y perfecto para leer.—explicó Elliot, quien dejó de caminar delante de Lette para voltear su rostro hacia ella con una sonrisa pícara y añadir—. ¡¿Qué te parece si vamos juntos?! ¡Ven conmigo!
—¿Pero no acabas de decir que solo los Emperador pueden entrar allí? ¿Está bien que vayamos?
—¡No hay problema! Eve y yo hemos estado en todos los rincones del Palacio sin que nuestros padres lo sepan.
—¿…?
Lette lo miró con expresión desconcertada y Elliot se rascó la cabeza mientras añadía:
—Solo sígueme, ¿sí?
«¿De verdad está bien seguirle? Pero dijo que es un lugar restringido…»
Con un corazón inquieto, Lette miró alrededor antes de apresurarse tras Elliot. Afortunadamente, no había guardias cerca del invernadero.
Pero, en el momento en que ella entró al invernadero junto a Elliot, Lette sintió un calor en el pecho y una extraña sensación
«De alguna manera… Me siento familiarizada con esto…»
Aunque era la primera vez que visitaba el lugar, le resultaba conocido. Era como si ya hubiera estado allí antes.
De pronto, le pareció escuchar una canción en la distancia.
[—Si subes montado en las nubes…]
Lette sintió cómo su mente se nublaba lentamente con aquel dulce cantar.
[—…Hay un castillo de ángeles.]
Pero, justo cuando intentó seguir la voz, Elliot la detuvo tomándola de la muñeca:
—¿Estás bien?
—Ah… ¿Eh?
Al recuperar la conciencia, Lette miró alrededor, pero el canto había desaparecido sin dejar rastro.
«Debo haberlo imaginado…»
Ante la mirada preocupada de Elliot, Lette simplemente se rió tímidamente y lo tranquilizó diciendo:
—No es nada. Estoy bien.
En ese momento, un suave sonido proveniente del interior captó su atención y ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Eh? ¿Eve?
—¡Príncipe Eve!
Eve, que jugaba con Rebecca y unos pajarillos que revoloteaban por el invernadero, sonrió al verlos.
—¡Elliot! ¡¿Y la Santa también está aquí?!
Al instante, Eve dejó de lado lo que estaba haciendo y se volvió hacia Lette.
—Hola, Santa. Veo que te has hecho muy cercana a nuestro Elliot.
—Hola, Príncipe Eve.—respondió Lette, al mismo tiempo que se acercaba a ellos rápidamente—. Y a usted también, Princesa de Carolina.
Rebecca, con un pajarillo en su palma que se acababa de posar en ese momento, se escondió rápidamente detrás de Eve y asomó solo la cabeza para saludar.
—¡Ah! ¡Hola, Santa…!
Aunque era evidente que Rebecca sentía algo de recelo hacia Lette, la Santa no pudo evitar sonreír al encontrarla adorable junto a Eve.
«¡La Princesa es incluso más bajita que yo! ¡Con el Príncipe Eve a su lado, se ven como si fueran una linda pareja!»

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY