Extra 20
Las manos de las dos personas se rozaron, y la bola de nieve de Lette rodó gradualmente hasta tomar una forma redonda.
—¡Ah…!
Al ver su propia bola de nieve, que ahora era tan redonda como la de Chloe, Lette sonrió radiante.
—¡Mire esto, Su Majestad la Emperatriz! ¡Mi bola de nieve también se ha vuelto tan bonita como la tuya!
—Así es. Es una bola de nieve adorable y hermosa, parecida a la de la Santa.
Chloe soltó una risita y las bolas de nieve de ambas fueron creciendo cada vez más.
—Espere un momento, Santa. Si sigue rodándola así…
La bola de nieve que Lette estaba rodando terminó siendo tan grande como ella misma. Aunque Chloe puso una expresión preocupada, Lette solo estaba emocionada, riendo con alegría.
—¡La bola de nieve es tan grande como yo!
—…Realmente es enorme.
Chloe sonrió con incomodidad y movió la cabeza de un lado a otro. Luego, con una expresión un poco más seria, miró las dos bolas de nieve.
—Para hacer un muñeco de nieve, tendríamos que apilarlas así… Pero creo que será difícil con solo nosotras dos.
—¡Bah, solo hay que levantarlas así…!
Lette, como si no fuera gran cosa, intentó levantar la bola de nieve con ambas manos, pero se sorprendió al notar que era mucho más pesada de lo que esperaba mientras abría los ojos como platos.
—¿Eh? ¿Eh? ¿Por qué es tan pesada?
—Mejor dejémoslo así por ahora. Más tarde le pediremos ayuda a Raymond.
Aunque podrían pedirle ayuda a cualquier caballero que pasara, Chloe prefería pedírselo específicamente a Raymond.
—Pero Su Majestad el Emperador está muy ocupado.
—Es el muñeco de nieve de la Santa, así que seguro que nos ayudará. ¿Qué tal si entramos ahora?
Chloe sonrió dulcemente al mismo tiempo que le tendía la mano a Lette y ésta última, con una sonrisa brillante, la tomó de inmediato.
—¡Sí!
La pequeña mano de Lette no estaba fría, a pesar de haber jugado tanto tiempo en la nieve. Chloe inclinó ligeramente la cabeza y pensó:
«¡Qué raro…! ¡Ah! Como es la Santa, debe de ser diferente de las personas comunes.»
En el camino de vuelta que ambas recorrieron juntas, quedaron marcadas en la nieve las grandes huellas de una mujer adulta y las pequeñas de una niña, una al lado de la otra.
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Lette esperó a Chloe junto a la cálida chimenea. Ella se encontraba sentada en la mecedora, que le parecía divertida ya que se balanceaba hacia adelante y hacia atrás cada vez que movía su cuerpo. Por ello, Lette no dejaba de mecerse en ella hasta que la manta que cubría sus rodillas se deslizó hacia abajo.
Justo cuando Lette se inclinaba para recoger la prenda que había caído a sus pies, se escuchó el sonido de la puerta abriéndose y los pasos de Chloe tras ésta.
—¡Oh! No te molestes en levantarte.
Chloe caminó rápidamente hacia ella, dejó la bandeja que llevaba a un lado y subió la manta que se había caído. Un dulce aroma emanó de la bandeja colocada sobre la mesa.
Al ver la mirada curiosa de Lette, Chloe sonrió y le entregó una taza.
—Es chocolate caliente.
—¿Chocolate? ¿Qué es eso?
Lette tomó la taza con ambas manos y olfateó el contenido. El vapor caliente y el dulce aroma le hicieron cosquillas en la nariz, mejorando su ánimo.
—Toma un sorbo, ya verás cómo tu cuerpo se calentará al instante.
Siguiendo las palabras de Chloe, Lette bebió un sorbo sin dudar. Luego, con los ojos brillantes y muy abiertos, miró a Chloe.
—¡Es realmente delicioso!
—Me alegra que le guste, Santa.
Chloe se sentó frente a Lette con una sonrisa suave. Por un lado, se sintió aliviada, ya que mientras preparaba el chocolate en la cocina había estado preocupada por si a Lette no le gustaba.
Hacía mucho tiempo que no se preocupaba tanto por la opinión de alguien. Ni siquiera con Raymond había sido tan considerada. Pero, por alguna razón, cuando se trataba de la Santa, cada ínfimo detalle se volvía muy importante.
«Debe ser, probablemente, porque la Santa es demasiado pequeña…»
Tampoco lo que le pasaba con ella era lo mismo que con Elliot e Eve. Aunque los príncipes y Lette eran igual de pequeños y adorables, extrañamente, su corazón se conmovía especialmente al tratarse de la Santa.
Por supuesto, Chloe sabía cuán fuertes y grandiosas habían sido las “Santas” en la historia. Sin embargo, aun así, sentía el deseo de proteger a aquella niña. Cada vez que veía su adorable cara sonriente siempre pensaba así, sin poder evitarlo.
—Hoy fue muy divertido. Muchas gracias por ayudarme a hacer un muñeco de nieve conmigo.—habló la niña con dulzura mientras bebía su chocolate.
—No hay de qué. Yo también disfruté mucho al pasar tiempo contigo, Santa.
—¿En serio?
—Sí, claro. ¿Cuándo tendré otra oportunidad de jugar con una Santa tan adorable como tú en la nieve?
Ante el cumplido, el rostro de Lette se tiñó de rojo.
—Su Majestad la Emperatriz Chloe es muy amable.—respondió ella tímidamente con genuina felicidad—. ¡De todas las personas que he conocido, usted es la más hermosa y bondadosa! ¡Ah! Claro que… Como desperté hace poco, no he conocido a mucha gente todavía…
—… Escuché que la encontraron dentro de un bloque de hielo…
—¿Eh? ¡Ah, sí! No lo recuerdo, pero Mikhail me lo contó. Dijo que estaba dormida dentro del hielo.
La conversación derivó naturalmente hacia el momento en que Lette fue descubierta como la Santa. A Chloe le dolió pensar que alguien tan pequeña hubiera estado dentro de ese frío hielo.
—¿No se sentía frío?
—Para nada. Ni siquiera lo recuerdo.
—Pero…—Chloe dudó un momento antes de levantarse y arrodillarse frente a Lette. Luego, ajustó la manta que cubría sus piernas y la arropó mejor—. Si no es mucha molestia… ¿Puedo abrazarla, Santa?
—¿Eh…?
Sorprendida por la inesperada propuesta, Lette parpadeó asombrada.
—¡Ah! Si se siente incómoda, olvídelo. Es solo que… Pensar en que estuvo sola dentro del hielo me hace querer abrazarla…
Al decirlo en voz alta, el pecho de Chloe se oprimió con un ligero deje de dolor.
—¡No hay manera de que me sienta incómoda! ¡Por favor, abrázame!—respondió Lette rápidamente con el rostro enrojecido.
Si lo rechazaba, temía que el hermoso rostro de Chloe se tiñera de tristeza y eso la disgustaba enormemente.
Al escuchar el permiso de Lette, una suave sonrisa floreció en los labios de Chloe. Ella extendió sus largos brazos y abrazó con fuerza la cintura de Lette. Lette era tan pequeña que parte de los brazos de Chloe sobraban después de envolverla por completo.
TUM, TUM…
PUM, PUM…
Los latidos de ambas se mezclaron y resonaron al unísono. El momento fue tan emotivo que Chloe apretó los ojos con fuerza para evitar que las lágrimas escaparan, y, por supuesto, Lette no era diferente.
No podían entender por qué el estar juntas, les resultaba tan triste y abrumador.
—El príncipe Elliot y el príncipe Eve deben ser muy felices…—murmuró Lette con voz suave, aún acurrucada en los brazos de Chloe.
Chloe, que había estado abrazando su pequeño cuerpo, alzó la cabeza para mirarla mientras Lette explicaba el porqué de su comentario.
—Tienen a alguien tan gentil y hermoso como madre. ¿Crees que, si yo hubiera tenido una madre, me habría abrazado con tanto cariño como lo hace usted, Emperatriz Chloe?
—…
Al escuchar aquello, el rostro de Chloe se distorsionó de manera peculiar. Sus largas pestañas parecían a punto de llenarse de lágrimas, y Lette agitó rápidamente las manos en señal de disculpa.
—¡A-ah! No, quiero decir… ¡No lo dije con malas intenciones! Yo solo…—balbuceó la pequeña, confundida.
Al ver su expresión de pánico, los brazos de Chloe alrededor de Lette se apretaron con más fuerza.
—Dice lo más natural, Santa.—respondió Chloe, esforzándose por sonreír de forma tranquilizadora—. Nadie podría evitar amar a alguien tan adorable como tú. Es más, estoy segura de que ella la abrazaría diez, no, ¡incluso veinte veces al día!
Al escuchar su voz dulce y cálida, Lette también sonrió tímidamente, llena de felicidad, y, cuando terminó su chocolate vaciando la taza con un sorbo ruidoso, murmuró con expresión soñadora:
—Creo que fue bueno venir a la capital del Imperio de Astart. Cuando Mikhail me dijo que debía venir para conocer a Sus Majestades estaba algo nerviosa, ya que ambos son personas tan imponentes… Y la verdad, es que yo solo soy una niña que no sabe nada, aunque me llamen y me traten como a una Santa. Así que, tenía miedo de cometer algún error al venir aquí…
Chloe tomó su taza vacía y la colocó en la bandeja. Luego, se inclinó hacia Lette para escucharla con atención.
—Pero todos me recibieron con tanto cariño… Especialmente tú, Su Majestad. Vimos la primera nieve juntas, hicimos un muñeco de nieve, me diste una bebida deliciosa… Han sido tantas cosas felices… De verdad, nunca olvidaré la amabilidad de la Emperatriz Chloe.
Eran palabras simples, pero el hecho de que contenían el profundo y sincero agradecimiento de Lette conmovió el corazón de Chloe.
Temía que la extraña emoción que la embargaba desde hace rato la hiciera perder el control. Así que, Chloe se esforzó por no pensar en cosas tristes.
—¿Quieres más chocolate?—preguntó Chloe con una sonrisa serena, ofreciéndole su propia taza. Aunque ya no estaba caliente, aún conservaba un poco de calor.
—¡Sí! Ah! ¡Pero esta es la bebida de Su Majestad…—respondió Lette, entusiasmada, mientras miraba de reojo a Chloe.
Su expresión era tan adorable que Chloe soltó una risa suave.
—Bébelo, Santa.
Al entregarle la taza, Lette vaciló un momento, pero pronto sonrió radiante.
—¡Gracias!
Chloe se quedó mirándola fijamente, cautivada por su sonrisa. Verla disfrutar del chocolate le provocó un dolor en el pecho.
«Es tan… Linda.»
Una de las damas de compañía de Chloe, Jayce Gloah, a veces se agarraba el pecho exageradamente cada vez que estaba frente a la joven Emperatriz. Incluso, a veces, decía bromeando:
{—¡La belleza de Su Majestad me parte el corazón! ¡Me dará un infarto y moriré joven!}
Chloe siempre se reía, pero ahora entendía perfectamente sus palabras.
Aunque ver a Lette le provocaba melancolía, su manera de beber chocolate era simplemente adorable.
«Deberé pedir en la cocina que le sirvan chocolate de postre de ahora en adelante…»
Lette, al notar la mirada de Chloe, sonrió tímidamente. Se sintió avergonzada por haber bebido de forma tan ansiosa el chocolate.
Justo cuando iban a seguir conversando, llegó Raymond.
Con expresión cansada por las reuniones matutinas, entró en la habitación.
—Chloe, necesito un descanso… ¡Ah! La Santa también está aquí.
Al ver a Lette, sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Por la mañana, Elliot parecía que estaba molestándote.—añadió el Emperador.
—¡A-ah! ¡¿Vio eso?!—preguntó Lette, avergonzada.
Raymond soltó una risa al recordar a Elliot huyendo y a Lette agitando una espada de madera tras él.
—Si Elliot es grosero contigo, dímelo.
—No… El príncipe Elliot no fue para nada grosero. Solo estábamos jugando.—respondió Lette, con tono aniñado.
Raymond la encontró encantadora, como una niña normal de su edad.
—Me alegra oírlo. Aunque no se parezca a mí, Elliot tiene un lado travieso.
Chloe, que escuchaba en silencio, se tapó la boca para reír. Ambos la miraron, y Chloe notó de pronto lo similares que eran sus ojos.
—Llegaste en el momento perfecto, Ray. Te necesitábamos.
—¿Necesitaban?
—Tienes que ayudarnos con algo.
—¿…?
Raymond inclinó la cabeza, confundido, mientras Chloe y Lette reían al unísono.
Guiado por ellas, Raymond descubrió dos grandes bolas de nieve que las dos habían preparado.
Bajo el ánimo de las dos mujeres, colocó una bola sobre la otra con facilidad, formando finalmente un muñeco de nieve perfecto.
—¡Guau…!—exclamó Lette, corriendo hacia él—. ¡Mira, Emperatriz! ¡Es un muñeco de nieve de verdad!
—Ahora solo falta decorarlo.—dijo Chloe, entregándole una cesta llena de adornos que había pedido previamente a sus damas de compañía.
Lo primero que hizo Lette fue agarrar una zanahoria alargada para colocarla como si fuera la nariz del muñeco de nieve, pero, al ser tan pequeña, no podía alcanzar el lugar con facilidad. Raymond, al notar que Chloe le estaba echando un vistazo de reojo, se acercó por detrás de Lette diciendo:
—Permiso por un momento.
Con aquellas palabras, Raymond la tomó por la cintura y la levantó en el aire.
—¡Ah! ¡Gracias!
Lette rió alegremente mientras observaba la cabeza del muñeco de nieve y finalmente logró colocar la zanahoria donde quería. Luego, satisfecha, inclinó ligeramente la barbilla mostrándose orgullosa.
Cuando Raymond la bajó de nuevo, Lette rebuscó en la cesta y eligió dos botones bien grandes, pues pensaba usarlos para hacer los ojos del muñeco.
—Un momento.—interrumpió Raymond que, por alguna razón, se había involucrado tanto como ella en la tarea y, por ello, sacando algo de su bolsillo, propuso—. ¿Qué tal usar esto en lugar de los botones?
Lo que Raymond mostró eran una pequeña variedad de gemas preciosas, las cuales poseían un color rojo intenso semejante al color de sus ojos y los de la Santa.
—¡Oh! ¡Son preciosas! Pero… ¿No parecen muy valiosas…? ¿Estás seguro de que podemos usarlas?
—Por supuesto, que puedes.
Lette saltó de emoción, y Raymond esbozó una sonrisa tierna.
Verla comparar las gemas con cuidado, tratando de decidir cuál le quedaba mejor al muñeco, le produjo una sensación extraña. Era un sentimiento cálido, reconfortante, pero también venía acompañado de un dolor opresivo en el pecho.
Cuando Lette finalmente eligió dos de los grandes rubíes y sus hoyuelos aparecieron con una sonrisa llena de felicidad, algo ocurrió.
¡PANG!
Un dolor de cabeza repentino hizo que la expresión de Raymond se tensara. Por un momento, creyó oír la risa de un bebé seguida de las palabras de una niña pequeña:
[—Madre, padre…]
Además, su voz sonaba quebrada con cada sílaba que pronunciaba.
—¿Raymond?
Pero la llamada de Chloe, preocupada, dispersó la breve alucinación de inmediato.
Aún aturdido, Raymond levantó la cabeza como si hubiera visto un fantasma y ella preguntó:
—¿Te sientes bien?
—No, no es nada.—negó él rápidamente para evitar que Chloe se preocupara y, como si nada hubiera pasado, se inclinó hacia Lette—. ¿Ya decidiste cuáles vas a utilizar para los ojos?
Lette, sin notar su cambio de humor, respondió con una sonrisa radiante:
—¡Sí!
Raymond la levantó de nuevo y, finalmente, el muñeco de nieve tuvo ojos y nariz.
—El muñeco se parece a ti, Raymond.—comentó la niña.
—Hmm, a mí me parece que se parece a la Santa.—rebatió el Emperador.
Dicho esto, los dos discutieron un buen rato, cada uno insistiendo en que el muñeco se parecía al otro mientras admiraban las gemas rojas que ahora eran sus ojos.
—Creo que el muñeco necesita brazos.—sugirió Chloe interrumpiendo el debate.
Raymond, al escuchar la propuesta de su esposa, sonrió y miró a la Santa.
—¿Quieres ir a buscar ramas para hacerle los brazos?
—¡Sí, vamos!—asintió Lette entusiasmada.
Los tres, con Lette en el centro, caminaron lentamente en busca de ramas.
Las risas y el parloteo de Lette, junto con las respuestas ocasionales de Chloe y Raymond, acompañaron sus pasos felices por los senderos del Palacio.
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Lette, sentada junto a la ventana con la barbilla apoyada en las manos, murmuró con voz soñolienta:
—Mikhail, ¿alguna vez has estado enamorado?
—¿Qué tonterías dice ahora?
Los ojos de Mikhail se fruncieron levemente.
—Es que… Creo que me he enamorado…
¡CRASH!
El sonido de una bandeja cayendo al suelo resonó en la habitación. Lette y Mikhail giraron la cabeza al mismo tiempo y vieron a Enoch, que acababa de entrar, mirándola con una expresión de estupefacción.
El chocolate caliente de una taza rota se esparció por el suelo y llenó el aire con su dulce aroma.
—¿La Santa…? ¿Ya ha empezado a amar a alguien?—dijo con su voz que, pese a ser normalmente serena, ahora temblaba ligeramente—. ¿De quién se trata?
Pero Lette saltó y corrió hacia él, exclamando:
—¡Enoch! ¡El vaso se rompió! ¡No te muevas, es peligroso!
Mientras tanto, Mikhail se limitó a hacer un sonido de reproche.
—El vaso no importa, Santa. Dígame, por favor. ¡Oh! ¡No me diga que alguien indebido la está manipulando…!
—¡No son para nada indebidos!
Mikhail, que había permanecido en silencio, intervino con un tono igual de grave que Enoch.
—Espere… ¿“Son”? ¿En plural?
—Sí, por supuesto que no es una persona. Son dos.
—¡…!
—¡…!
El ambiente en la habitación se volvió gélido en un instante.
—¿Q-qué pasa? ¿Por qué se ponen así?—tartamudeó Lette, confundida por sus reacciones—. Es solo que me gustan mucho tanto la Emperatriz Chloe como el Emperador Raymond…
—Ah…—dijeron al unísono tanto Mikhail como Enoch, haciendo que la tensión en la habitación se disipara en un instante.
—Entonces… ¿Los objetos de su… “enamoramiento” son el Emperador y la Emperatriz?
—¡Claro! ¿Quién más en el Palacio podría gustarme tanto como ellos?
—… Menos mal.—Enoch, que había estado paralizado, suspiró aliviado—. Pensé que alguien con malas intenciones se había acercado a usted…
—No es culpa tuya, Enoch. Es solo que la Santa se expresa de manera confusa.—reafirmó Mikhai, lquien, del mismo modo, suspiró y miró a Lette con expresión de descontento.
—¡¿Por qué esa expresión tan extraña?! Yo, yo… Realmente sentí amor por ellos dos… ¿Vale?—Lette cruzó las manos y las colocó sobre su pecho, y, con un rostro emocionado, pensó en Chloe y Raymond mientras añadía—. Cuando los veo, me siento rara. Me late el corazón muy rápido y fuertemente, como si me hiciera cosquillas. Además, una sirvienta del Palacio Imperial me dijo que a esto se le llama “amor”.
—Mmm…
—¡Así que, por eso os digo que estoy enamorada de Lady Chloe y Lord Raymond! ¡No es ninguna mentira!
—Sí, sí, como tu digas…—respondió Mikhail con un tono claramente molesto.
Sin importarle, Lette sonrió ampliamente y continuó hablando.
—¡Por cierto, hoy hicimos un muñeco de nieve juntos! ¿Quieres venir a verlo?
—No, qué pereza. Hace mucho frío afuera.—protestó el joven sacerdote.
—¡Eso no es excusa! ¡Vamos! ¡Enoch, tú también!
—¿Eh? Sí, Santa.
Lette salió arrastrando a Mikhail, que no quería moverse, junto con Enoch, que aún estaba algo aturdido tras toda la información que Lette compartió de improvisto.
Mientras ella los llevaba hacia afuera, con uno en cada brazo, el Gran Arzobispo pensó:
«Dicen que cuando amas, el mundo entero se ve hermoso».
Pues Lette estaba tan feliz que incluso Mikhail, quien la consideraba a veces una niña patética, le parecía hermosa.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY