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Extra 15

Finalmente, había llegado el día de partir hacia el Imperio de Astart.      

Aunque nadie la despertó, Lette se levantó al amanecer, con el corazón acelerado, esperando ansiosamente su partida.  

El tiempo parecía pasar más lento que nunca, hasta que, al final, ella no pudo contenerse y comenzó a deambular por el santuario desde el alba, despertando a todos. Por supuesto, el pobre Mikhail fue su primera víctima.  

—Ugh…  

Al sentir algo pesado sobre él, Mikhail abrió los ojos y, por un breve instante, se preguntó si un pequeño demonio* había aparecido en el santuario. 

*Mimy: según la traducción dice: “fantasma”, pero lo sustituí por “pequeño demonio”, o diablo, incluso se puede decir, para denominar al “causante”, no literal, de este fenómeno, porque, aquí, se están refiriendo a la parálisis del sueño. En concreto, a aquella donde se siente una presión en el pecho. A esto, en un contexto religioso, se liga a la idea de una opresión espiritual demoníaca, como si un diablillo se sentara sobre ti. 

Pero, pronto, se dio cuenta de que lo que lo aplastaba tenía la forma de Lette. 

—¿Santa…?—preguntó Mikhail, con el entrecejo fruncido—. ¡¿Qué está haciendo en mi habitación a estas horas?!  

En la oscuridad de la habitación, la figura de Lette, con su vestido blanco y su cabello suelto, se asemejaba más al aspecto de un pequeño fantasma, que al de un diablillo nocturno.  

—Hoy es un día muy importante, pero nadie se ha levantado aún, así que vine a despertarlos a todos. 

Su voz, aún adormilada, dejaba entrever la irritación del joven Arzobispo.  

—El sol ni siquiera ha salido todavía…  

Por supuesto, Lette lo notó, pero fingió no darse cuenta y sonrió maliciosamente.  

—¿No dijiste que levantarse antes del canto del gallo es una virtud básica de los sacerdotes? ¿A qué esperas entonces? ¡El Gran Arzobispo debe dar el ejemplo, Mikhail!  

Cuando la Santa le devolvió sus mismas palabras en forma de contraataque, mientras alzaba la barbilla con arrogancia, la expresión de Mikhail se distorsionó visiblemente, incluso en la penumbra.  

—Te devolveré estas mismas palabras más tarde, Santa, espéralo con ansias. Ahora bien, ¿podrías apartarte? No puedo levantarme porque me estás aplastando.  

—¡Qué exagerado! ¡No peso tanto!—refunfuñó Lette mientras saltaba de su pecho al suelo.  

—¿Qué dices? Pesas bastante. Casi muero asfixiado.  

—¡No es verdad! ¡Enoch me dijo que soy ligera como una pluma! 

—Pues entonces el Caballero Enoch debió haberte mentido.  

—¡Enoch no miente! ¡Solo la gente mala como tú hace eso!  

Mikhail, haciendo como si ignorara el comentario, descorrió las cortinas. El amanecer apenas comenzaba.   

—Entonces vete con él. ¿Por qué has venido aquí para despertarme, entonces?  

—Bueno, iba a hacerlo, pero…—con una pequeña pausa, Lette sonrió con dulzura y entrecerró los ojos, respondiendo con descaro—. ¡Estaba durmiendo tan profundamente que no tuve corazón para despertarlo!  

—…—la expresión de Mikhail se tornó cada vez más sombría al ver esa adorable sonrisa, que no iba dirigida a él—. Yo también estaba durmiendo profunda y plácidamente…  

—Enoch y tú sois diferentes.  

Mikhail, exasperado, dejó escapar un suspiro.

—Haaa… Sí, supongo que sí lo somos.  

Por la ventana, el cielo comenzaba a aclararse.  

«De cualquier modo, ya era hora de comenzar el día.»

—Ya amaneció.—dijo él, pero, cuando giró la cabeza para preguntarle si quería dar un paseo, Lette ya no estaba en la habitación—. ¿Santa?  

La puerta, abierta de par en par, revelaba adónde ella se había ido. Mikhail frunció el ceño y salió, viendo a Lette corriendo alegremente por el pasillo. 

«Haaa… Esta mujer… Sin duda, al ver que amanecía, ha ido a despertar a los demás…»  

Efectivamente, poco después, el santuario entero se llenó de ruido. Mikhail negó con la cabeza mientras observaba el desayuno, servido dos horas antes de lo habitual.  

—Parece que tiene muchas ganas de ver a la Emperatriz.—murmuró para sí, el joven Arzobispo.  

«¿Será porque todavía tiene el cuerpo de una niña? Pero, debo reconocer que es divertido ver cómo sus pensamientos se reflejan tan claramente en sus expresiones y acciones.»  

Finalmente, llegó la hora de partir. Gracias a las prisas de Lette, desde el amanecer, los caballos y el carruaje ya los esperaban en la puerta principal desde hacía más de una hora.  

Lette subió al carruaje bajo la despedida de los sacerdotes.  

—Tantas ganas tengo de ver a la Emperatriz…—susurró mientras sacaba de su bolsillo un pequeño retrato de Chloe que el pintor le había regalado. 

Aunque solo era una imagen, su corazón latía con fuerza.  

—Realmente no cambias.—dijo Mikhail, sentado frente a ella, quien se rió, viendo cómo Lette lo miraba con los ojos entrecerrados.  

—¡No tienes derecho a burlarte!—protestó la pequeña Santa.  

El carruaje comenzó a moverse, alejándose del santuario bajo el cielo despejado.  

«Por fin… Voy a conocerte, Chloe.»  

Lette apretó el retrato contra su pecho, llena de emoción.  

—Espero que le guste a la Emperatriz…  

Enoch, sentado a su lado, sonrió de forma tranquilizadora.  

—Seguro que sí.  

—Vaya trío que formamos.—murmuró en voz baja Mikhail, observando a la Santa y su caballero, alternativamente.  

El viaje al Imperio de Astart apenas comenzaba. Pero incluso él no pudo evitar esbozar una sonrisa ante el entusiasmo de Lette. 

—¿Qué pasa?—preguntó Lette enfurruñada, al ver la sonriente expresión del joven Arzobispo.

—Nada. Solo es que eres adorable.—respondió él, extendiendo la mano y acariciando suavemente la cabeza de Lette.  

—¡No me trates como a una niña!—estalló de ira la pequeña Santa, al mismo tiempo que apartaba su mano bruscamente. 

Que él la encontrara “adorable”, fue una revelación que Lette nunca se imaginó, y, mucho menos, el escuchar esas palabras salir de su boca, como si nada. Sintiendo un escalofrío recorrer todo su cuerpo, ella inquirió: 

—Pero, Mikhail, ¿por qué nos sigues?  

—Para asegurarme de que no desaparezcas.  

Lette, pensando lo ridícula que era aquella contestación, soltó una risa burlona:  

—¡Ja! Como si fuera una mocosa que se escapa sin avisar. Para tu información, sé valerme por mí misma.  

—Sí, claro que sí.—concluyó él, con indiferencia, desviando su mirada perdida hacia la ventana.  

Mientras el carruaje continuaba su marcha. Un rubor rojizo se extendió por el rostro de Lette, quien, expectante, abrazaba el retrato de la Emperatriz con fuerza.  

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Durante días, los gemidos de dolor llenaron el interior del carruaje. 

—Ah… Esto es agotador…  

Mikhail frunció el ceño y miró a Lette, quien yacía frente a él, pálida y quejumbrosa.  

—¿Estás bien?  

—Pues no, no estoy bien, para nada bien.  

Ella tenía el rostro desencajado, como si estuviera a punto de desmayarse en cualquier momento.  

«¿Será porque tiene el cuerpo de una niña?» 

Se preguntó Mikhail.

Lette había sufrido varios mareos severos durante todo el viaje, obligándolos a detener la marcha incontables veces.  

—Aguanta… Vamos a hacer una parada dentro de poco.  

—Ugh…  

Tan pronto como se detuvieron, Lette salió corriendo y abrazó a Enoch, todavía con el rostro pálido.  

—Lette, ¿estás bien?  

—Creo que me voy a morir, Enoch…

El caballero la sostuvo con cuidado y le dio palmaditas en la espalda.  

—Gran Arzobispo, la Santa parece estar sufriendo mucho. ¿No sería mejor detenernos y descansar por hoy?  

—Hmm…—Mikhail, observando a la pequeña, se pasó la mano por la barbilla, pensativo. 

Aún faltaba un día de viaje para llegar a la capital del Imperio de Astart. El retraso, causado por los constantes mareos de Lette, ya los había puesto en contratiempo.  

—No, no puede seeeeer… Tengo que ver pronto a la Emperatriz Chloe…

Sin embargo, su rostro pálido, y sus palabras incoherentes al hablar, mostraban que su estado no era el mejor. Forzarla a continuar solo empeoraría las cosas.  

—Se ve que no hay otra opción.—determinó, finalmente, Mikhail asintiendo con un suspiro—. Descansaremos hoy en un pueblo cercano e informaré al Emperador sobre el retraso.  

—¡Por fin! ¡Descansaaaaar…!—Lette se aferró a los hombros de Enoch, moviendo sus brazos como una muñeca sin cuerda. 

Enoch, al verla de forma tan tierna, sonrió y la cargó con facilidad.  

No lejos de donde se detuvieron, había una ciudad bulliciosa y llena de vida. Aunque no era tan grande como la capital, el lugar rebosaba actividad, y el grupo decidió alojarse en la posada más céntrica.  

Al sentarse en la suave cama y sentir la suave brisa entrar por la ventana, Lette sintió un alivio inmediato.  

—Descansa un poco.—dijeron Mikhail y Enoch, quienes salieron de la habitación, dejándola sola para que se recuperara. 

Pero, una vez que se sintió mejor, el aburrimiento comenzó a apoderarse de ella. Después de rodar por la cama sin rumbo, Lette saltó de repente y abrió la puerta.  

—¡Enoch!—gritó, pero el pasillo estaba vacío y en silencio. 

Sin pensárselo dos veces, cerró la puerta con cuidado y bajó las escaleras para buscar al posadero. Pero allí se enteró de que todos habían salido hacía un buen rato.  

—Uf… Esto es muy aburrido…  

No tenía nada que hacer en la habitación. Tras un momento de duda, una sonrisa traviesa apareció en su rostro y salió corriendo.  

«Mientras vuelva antes de la cena, no pasará nada, ¿no?»  

Lette, miró el cielo despejado mientras caminaba.  

Cuando, antes, llegó a la posada en brazos de Enoch, estaba demasiado exhausta para notarlo, pero ahora veía que estaba en el corazón de una bonita ciudad.  

Hasta ahora, ella solo había visitado el templo y sus alrededores, por lo que el bullicio de la gente le resultaba fascinante.  

Con paso ligero, se acercó a un grupo de personas congregadas alrededor de unos cuadros. Al asomarse, vio que los retratos eran de ella misma.  

«¡Eh…! ¡Pero si esa soy yo!»  

Según las palabras de Mikhail, eran versiones idealizadas de ella, y la gente murmuraba emocionada.  

—Así que, ¿es esta la Santa?  

—¡Es tan hermosa! ¡Parece un ángel caído del cielo!  

—¡Hasta la Emperatriz Chloe palidece ante su belleza!  

Lette se sonrojó y cubrió su rostro con las manos al escuchar los elaborados elogios de la muchedumbre.  

—¡Ay! Por favor…—murmuró, con una sonrisa tonta, que se escapó de sus labios, pero, por desgracia, nadie la reconoció.  

Era comprensible. En los cuadros, la Santa aparecía como una mujer elegante y madura, mientras que, la Lette actual, era una niña pequeña que apenas llegaba a la cintura de los adultos. Por eso, la gente seguía cuchicheando, ajena a la chica que hacía muecas extrañas a su lado.  

—Dicen que la Santa apareció en el bosque invernal del norte.  

—En la capital están preparando todo para recibirla.  

—Mi primo partió hace días para verla.  

—Ojalá pase por nuestra ciudad…  

—Si al menos pudiéramos verla tan solo una vez…  

«¡Wow! ¡No esperaba que la gente me recibiera con tanto entusiasmo!»

Pensó Lette, sintiendo un cosquilleo en el pecho que la hacía temblar de emoción.  

Aunque en el templo también la trataban con amabilidad, la infinita simpatía que le mostraban personas desconocidas la llenaba de una felicidad indescriptible.  

Por eso, Lette caminaba por la ciudad con paso ligero, con una expresión tan alegre como si estuviera flotando en las nubes.  

«¡Quiero presumir de esto pronto con Enoch! ¡Y con Mikhail también!»  

Los ciudadanos estaban eentusiasmados por la aparición de la Santa y Lette, contagiada por el ambiente, sonreía como una tonta hasta que, de repente, un niño agarró su muñeca de golpe, haciendo que su pequeño cuerpo se inclinara hacia él.  

—¿Eve?—preguntó el chico quien, al confirmar el rostro de Lette, le apretó las mejillas con ambas manos y gritó—. ¡Eve!  ¡¿Qué haces aquí?!  

Lette, sobresaltada, encontró su rostro extrañamente familiar.

—¿Eh…? ¿Q-qué?—balbuceó ella, pero, tras un momento de tardía comprensión, Lette dio un salto de sorpresa y exclamó—. ¡Tienes la misma cara que yo!  

Aunque su cabello era rojo como las llamas, y era, aproximadamente, una cabeza más alta que Lette, sus ojos rojos y su rostro era idénticos al de ella, como si fueran gemelos.  

—¿Qué estás diciendo, Eve?—murmuró el niño, frunciendo el ceño—. ¿Y qué haces con ese peinado y esa ropa? Pareces una niña de verdad… ¿Qué clase de broma es esta?  

—Yo no soy Eve.—respondió Lette con expresión confundida. 

Pero el chico solo sonrió y le presionó la frente con el dedo.  

—¿Viniste siguiéndome porque estabas preocupado? Si querías disfrazarte, al menos deberías haber cambiado tu cara. Así llamas demasiado la atención.  

—¿…?  

—Ven, vamos por aquí.  

Como Lette no entendía nada y solo parpadeaba con los ojos como platos, el niño la tomó de la mano y comenzó a arrastrarla hacia algún lugar.  

—Aquí es peligroso, Eve. Te llevaré donde está la guardia. Espera allí y luego volveremos juntos a la capital.  

—E-espera, para, yo no soy Eve…—intentó protestar Lette, quien estaba siendo arrastrada sin remedio. 

Pero, en ese instante, el niño detuvo su marcha y la miró con seriedad.  

—Eve.  

—¿Eh? No, que yo no soy…  

—No es momento para bromas. Aunque eres muy lindo haciendo travesuras… Ahora no es el momento para juegos de este tipo.

—¡No! Escúchame…  

—¡Uff…! Eve, si yo entiendo que quieras estar conmigo.—prosiguió el chico, con aire presumido—. Pero, aquí hay secuestradores que se llevan a niños tan bonitos como tú…

Él, tomó una pausa y la miró de arriba abajo, mientras Lette fruncía el ceño, frustrada por no poder hacerse entender.  

—¿S-secuestradores?—balbuceó, aún más confundida.  

—Pero no te preocupes, si alguien osa tocarte, no se saldrán con la suya.—continuó el niño, con la comisura de sus labios curvada con orgullo—. En fin, aquí es peligroso, así que primero…  

Aunque él intentaba explicarse con calma, Lette ya estaba sumida en el caos más absoluto.  

«¡S-secuestradores!»  

Si era secuestrada, sería el hazmerreír de Mikhail para siempre. La imagen de él burlándose de ella con una sonrisa fría la estremeció de horror.  

«¡No puedo dejar que me secuestren!»  

Lette apretó los puños con determinación. Pero entonces, como burla a su resolución, menos de un minuto después, los secuestradores aparecieron frente a ellos.  

 

—¡Oh! ¿Qué hacen dos niños nobles solos en un callejón sin sus guardias?  

—¡Maldición! ¿Por qué aparecen justo ahora…?—el niño, aún agarrando la mano de Lette, soltó una palabrota que no encajaba con su lindo rostro—. No te preocupes, Eve. Escóndete detrás de mí.  

El niño la empujó tras él y dio un paso hacia delante, desenvainando una espada tan alta como él.  

Los criminales, al ver a un niño de unos diez o doce años empuñando un arma, dudaron un momento, pero pronto se rieron.  

—¿De dónde sacaste algo tan peligroso…? 

Pero, antes de que terminaran de hablar, el niño se movió rápido y golpeó al secuestrador con la hoja de la espada en el cuello. Si hubiera usado el filo, su cabeza habría rodado por el suelo.  

¡AAAGGGGH!  

—¡Qué molesto! No quería que Eve me viera así…—dijo entre dientes el niño, con genuino fastidio. 

Luego, giró el cuello y miró a los demás. Su mirada, llena de ira, los hizo retroceder.  

—¿Así que ustedes son los pervertidos que secuestran a niños bonitos?—inquirió el muchacho.

Los secuestradores, al escuchar su identidad revelada, palidecieron de inmediato.  

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso es una trampa de la Guardia Imperial?—preguntó uno de ellos, confundido.  

—¡Usar a un niño es demasiado bajo!—le reprochó otro. 

El niño rió, con sus ojos rojos brillando de diversión.   

—¿Trampa? ¿Pero de qué hablan?—se burló él—. —Ustedes aparecieron de la nada, y me arruinaron el día! 

Sin embargo, cuando en ese momento alzó su espada para atacar de nuevo, el grito de Lette lo hizo girarse.    

—¡Aahh!  

Un hombre enorme la había atrapado y la amenazaba con un cuchillo.  

—¡Tú! ¡Suéltalo ahora!—gritó el niño, cuyas pupilas comenzaron a centellear, al ver lo peligrosa que se estaba volviendo la situación.

El hombre gigante se estremeció, por un momento, ante el aura mortal que emanaba del niño, pero pronto recuperó su compostura, convencido de su superioridad.  

—Si no bajas esa espada, tu amigo morirá ahora, mocoso.  

—… 

No obstante, en vez de obedecer, el niño tensó su cuerpo y ajustó su agarre en la espada. Además, su mirada se volvió aún más feroz, clavando sus ojos ardientes en el hombre.  

—¿Cómo te atreves…? ¿A quién crees que…?  

Era una mirada sanguinaria. Incluso era difícil de creer que aquellos ojos pertenecieran a un niño de apenas diez años.  

—No quería derramar sangre delante de Eve, por eso te estaba dando una oportunidad, maldito idiota.—prosiguió el muchacho mientras crujía los dientes.  

Pero, justo cuando el niño lo embistió, y estaba a punto de cortar la muñeca del criminal, Lette, capturada por él, gritó repentinamente:

—¡No!  

En ese mismo instante, ella mordió el brazo del secuestrador y una luz blanca estalló de su cuerpo, seguida de un estruendo ensordecedor.  

—¡Eve!  

El niño se lanzó rápidamente y abrazó al supuesto “Eve”. Ambos rodaron por el suelo y, justo donde había estado ella segundos antes, ahora se alzaba una columna de luz blanca que alcanzaba el cielo.  

—¿Estás bien, Eve? ¿Te lastimaste?—preguntó el chico, preocupado.

La costosa ropa del niño estaba completamente arruinada, después de arrastrarse por el suelo con ella en brazos.  

—Y-yo estoy bien…—balbuceó Lette, todavía confundida mientras miraba a su alrededor.  

Todos los amenazantes captores yacían inconscientes en el suelo.  

«¿Q-qué fue eso…?»  

Solo había pensado que realmente sería secuestrada y se convertiría en el hazmerreír de Mikhail, pero no contaba con tal desarrollo.

—Ten cuidado, Eve.  

El niño tomó la mano de Lette y la ayudó a levantarse con delicadeza, revisando meticulosamente si estaba herida. Lette se sintió extrañamente avergonzada por la excesiva atención del muchacho.  

—Debes estar muy asustado, Eve.—continuó él—. Esos malditos… Los llevaré al Palacio Imperial y no quedarán impunes…  

—¿Palacio Imperial?  

—Sí, claro, el Palacio Imperial. Vamos a casa, Eve. No quiero quedarme ni un segundo más en esta asquerosa ciudad…  



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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