Extra 8
La puerta se abrió de golpe y Raymond entró en la habitación, refunfuñando con un tono juguetón.
—Al final, me arrebataron a mi esposa porque, ella misma, decidió que era mejor pasar la cena con esa mujer que conmigo.
—¡Bienvenido, Raymond!
—¿No estás cansada hoy? —preguntó Raymond mientras se sentaba al borde de la cama, con una voz llena de cariño.
Su mano, extendida sin vacilación, entrelazó sus dedos con los míos y me atrajo hacia su pecho. Después, con suavidad, la bajó y envolvió mi muñeca mientras, con la otra, masajeaba mi palma, presionando con firmeza.
El calor que emanaba de las yemas de sus largos dedos se extendió por mi mano, y luego, por todo mi cuerpo.
—Me alegré mucho de la inesperada visita de nuestra gran amiga. Hubiera sido mejor si Raymond también hubiera estado allí, fue una pena.
Aunque mi respuesta no era particularmente graciosa, él soltó una risa baja y continuó masajeando mi palma con movimientos circulares.
—¿Y tú, Raymond, no estás cansado? Tienes mucho trabajo. Y yo no soy de ninguna ayuda… —murmuré, sintiendo que en realidad era él quien debería recibir el masaje y no yo.
Una punzada de culpa me hizo titubear, pero él aprovechó ese momento para responder con firmeza:
—¿Que no eres de ayuda? ¡Qué tontería! Tu sola existencia ya es una gran ayuda para mí.—dijo al mismo tiempo que su mano, grande y cálida, acariciaba ligeramente mi coronilla, despeinando mi cabello—. Eres mi único lugar de descanso, Chloe. ¿A estas alturas no lo sabes?
Sus palabras me alegraron profundamente. Claro, había cierta exageración en lo que decía, no obstante, aun así, como siempre, él consiguió mejorar mi estado de ánimo con creces.
—Así que… ¿Yo soy tu lugar de descanso?
—¡Por supuesto!—asintió Raymond sin dudar ni un instante.
Al verlo, abrí los brazos de par en par.
—Entonces ven aquí, Raymond. Déjame darte ese descanso.
Antes de que terminara de hablar, ya me había rodeado por la cintura con sus brazos. Yo, a su vez, envolví los míos por sus hombros, besando su labio inferior con suavidad, como si fuera un pájaro picoteando semillas.
¡MUAC!
Mis toques, ligeros y suaves, se repitieron, una y otra vez, por sus labios, mejillas y rostro.
¡MUAC, MUAC, MUAC!
Luego, nuestros ojos se encontraron, compartiendo una sonrisa en la mirada y, en ese mismo instante, el último beso que cayó sobre mis labios se convirtió en un lago y profundo.
¡MOOCH, SLURP, CHUU, HAAA!
—¿Qué tal? —pregunté con una sonrisa seductora en los ojos.
Él emitió un pequeño gemido y apoyó su frente contra la mía.
—¡Ugh! Me vuelves loco, Chloe. Me gustas demasiado…
Sus pupilas, cargadas de pasión, me miraron con intensidad. Hasta esa mirada ardiente me parecía demasiado adorable como para contenerme. Así que, mordí su labio inferior sin hacerle daño mientras él abría un poco su boca, buscando mi lengua como si fuera la última burbuja de oxígeno debajo del agua. Sin embargo, lo dejé con ganas y me separé. Una expresión de decepción cruzó su rostro, pero fingí no darme cuenta y cambié de tema.
—Creo que ya es hora de volver a mi trabajo. He descansado demasiado durante este tiempo, cuidando a los pequeños.
—¿Tan pronto? —preguntó Raymond, arqueando ligeramente las cejas.
—¿Tan pronto? Durante los últimos siete meses, aparte de administrar malamente el Palacio de la Emperatriz, no he hecho nada productivo.
—No, Chloe. Puedes descansar más. Yo me encargaré de todo…
—No puedo permitir que sigas trabajando por dos, Ray.
—¡Te aseguro que no es para tanto! ¡No me importa en absoluto!
—Pero lo has estado haciendo desde que nacieron Elliot y Eve. Siempre, a todas horas, sin descanso.
—Pero, Chloe… Si te esfuerzas demasiado y te enfermas…—musitó él, con unos ojos rojos que escudriñaban mi cuerpo.
Para demostrarle lo saludable que estaba, levanté ligeramente la barbilla y respondí:
—A veces pareces tratarme como si fuera una muñeca de papel. No soy tan frágil como piensas tú, Ray.
—¡Qué va! Para mí eres, más bien, como una muñeca de cristal, que parece fuerte, pero da miedo que se rompa con solo apretarla un poco.
—¿Eh?
Por un momento, no entendí sus palabras y parpadeé confundida.
«¿No es el cristal más frágil que el papel…? Bueno, en realidad, el cristal no se rompe solo por un poco de presión…»
Mientras me enredaba en esos pensamientos absurdos, Raymond tomó mi brazo con extrema delicadeza.
—Cada vez que te veo, me invade la inquietud. Eres tan pequeña y frágil…
Me reí al ver cómo jugueteaba con los dedos comparando su palma con la mía.
«Raymond me sobreprotege demasiado. No es que me disguste del todo… Pero el que mis manos sean más pequeñas que las suyas no significa que sea tan delicada como un bebé. »
—Por eso, en el torneo de caza…
Pero antes de que continuara, yo lo interrumpí:
—No te preocupes. Sé montar a caballo.
—Pero, para tensar el arco, puedes lastimarte y suelen doler mucho las palmas. Tus bonitas manos podrían verse con heridas y rasguños.
—Bueno, que se lastimen un poco, entonces. Para eso están, para usarlas.
Ningún tipo de persuasión funcionaba conmigo con respecto a ese tema.
Fue Raymond quien me enseñó a defender mis opiniones y, ahora, me parecía que tal vez se arrepentía un poco de habérmelo enseñado. No era para menos, porque su expresión se había vuelto bastante incómoda.
—¿Por qué te obsesionas tanto con este torneo de caza, Chloe?
—¿Por qué tanta preocupación? ¿No ganaste el torneo de caza a los doce años, Raymond? Daria me lo contó.
—¡¿Qué?! Bueno, eso fue…
Al principio solo quería burlarme de Raymond, que me veía frágil, pero mientras hablábamos, salió a la luz mi carácter terco.
«¿De verdad que este hombre me ha visto todo este tiempo como una niña débil que ni siquiera puede tensar un arco?»
De hecho, mientras más lo pensaba, más absurdo me parecía toda aquella sobreprotección sin sentido.
«A los doce años, él había cazado tres lobos y ganado el torneo. ¿No podría yo, a los veintidós, cazar al menos algún animal pequeño? Como un conejo o una ardilla…»
—Aún no ha pasado mucho tiempo desde que diste a luz.—replicó Raymond.
—¡Ya han pasado siete meses! El médico dijo que podía moverme con normalidad. Incluso, recomendó que el ejercicio moderado era bueno para mí.
—¡Haaa…!—finalmente, Raymond, incapaz de resistirse a mi terquedad, soltó un profundo suspiro y cedió—. Está bien, está bien… Tú ganas, participarás en el torneo. Pero con la condición de que yo mismo te enseñe a disparar el arco.
—¡Oh! ¡¿De verdad?! ¡¿En serio?!
—Pero prepárate, Chloe, porque soy un maestro bastante exigente.
Sin embargo, a pesar de sus palabras, resultó ser un maestro demasiado amable y compasivo, lo cual era un problema. Además, quedó en claro, unos días después, cuando comenzó a enseñarme tiro con arco en el campo de prácticas, que seguía viéndome como una muñeca de cristal.
—¡No, Chloe! ¡Si sigues así, te saldrán ampollas en las manos!
Desde cierta distancia, notó mis palmas enrojecidas e hinchadas y se acercó rápidamente, caminando hacia mí, con pasos agigantados.
—¡No soy tan delicada como crees, Raymond!—exclamé con un deje de frustración, ya que me sorprendió un poco al verlo con una expresión tan preocupada por el simple hecho de que mis manos estuvieran levemente enrojecidas.
Parecía que la imagen que tenía de él de mí en su cabeza era muy diferente a la que yo tenía de mí misma.
—¡Maldición! ¡Chloe! ¡Te han salido marcas rojas en las palmas!
—Es por la fricción al tensar la cuerda…
—Da igual. Dame tu mano.
Confundida, le tendí la mano, y él la tomó con mucho cuidado, soplando suavemente sobre ella, como si fuera una niña pequeña.
—Duele un poco, pero no es insoportable…
—Hoy terminamos aquí.
—¿Eh?
Lo miré con decepción, pero él, con expresión firme, me cortó en seco, diciendo:
—Si insistes, cancelaré tu participación en el torneo.
—¡Ray! ¡Eso es injusto!
—Ya has practicado suficiente por hoy, Chloe. El exceso puede dañar tu cuerpo.
—Ufff…
Al escucharlo, noté que mis brazos estaban un poco adoloridos.
«¡Qué pena…!»
Miré hacia el blanco, donde algunas flechas habían acertado. Pero su actitud no dejaba espacio para más terquedad, así que, conteniendo mi desilusión, regresé a mis aposentos.
Después de un baño rápido, la Condesa Sain me saludó.
—Buenas, Su Majestad. Los pequeños Príncipes acaban de despertarse.
Desde que retomé mis deberes, la Condesa Sain, que vivía en el Palacio como niñera de Elliot y Eve, me informaba con una sonrisa, cada vez que regresaba a mi habitación.
—Gracias.
Tras agradecer brevemente, me acerqué a las cunas de los Príncipes, que acababan de despertarse. Los bebés, que estaban inquietos, me reconocieron y agitaron sus pequeños brazos hacia mí.
—Hola, mis pequeños. ¿Extrañábais a vuestra madre?
—¡Aah, aah!
—¡Abuu!
Aunque los sonidos que salían de sus bocas distaban de ser lenguaje, sentí que estaba comunicándome con ellos.
—Sí, vuestra madre también os extrañaba, tanto a Elliot como a Eves. Mis dos tesoros.
Besé sus frentes y los acaricié suavemente, calmando poco a poco sus quejidos.
Luego, coloqué una silla frente a las cunas y tomé un gran libro de ilustraciones de la mesa para leerlo en voz alta. Sus risitas ocasionales me llenaban de paz y tranquilidad.
Al terminar el cuento, lo aparté y miré a los dos bebés con una sonrisa tierna.
—No os preocupéis, Elliot, Eves. Vuestra madre os traerá la piel del león dorado.
Claro, lo más probable era que, en lugar del león dorado, volviera con la piel de un conejo blanco o una ardilla marrón. Pero, al menos, en mi imaginación, ya los veía vestidos con la piel del león dorado, visualizando a los dos pequeños gateando en invierno con ropas hechas de ese preciado trofeo.
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Finalmente, llegó el día del torneo de caza. Desde la mañana, Raymond tenía una expresión disgustada, y me detuvo durante mi calentamiento, mientras montaba mi caballo.
—¿De verdad insistes en participar? Aún estás a tiempo de cambiar de opinión…
—¡No te preocupes tanto, Ray! Ganaré seguro.
Ardía en confianza, pues los caballeros de Raymond habían alabado mi habilidad con el arco durante las prácticas.
{—¡Es increíble, Su Majestad la Emperatriz!
—¡En toda mi vida no había visto una puntería tan excepcional!
Sus elogios exagerados y sus rostros enrojecidos de emoción incluso me hicieron dudar.
—No puedo ser tan buena como dicen… ¿verdad?
—¡No, Su Majestad! ¡Es cierto! ¡Su progreso día a día es asombroso!
—¿En serio…?
Parpadeando, sorprendida, un caballero, con el cuello enrojecido, afirmó con convicción:
—¡Sííí! ¡Sin duda, Su Majestad será la ganadora del torneo!}
Así fue como sus constantes halagos hicieron brotar en mí una expectativa esperanzadora.
Aunque el espíritu de la caballería había decaído en los últimos tiempos, un verdadero caballero solo habla la verdad. Además, si ellos, que entrenaban a diario, veían tal talento en mí, ¿quién, si no, lo negaría?
Por eso, hoy tenía un buen presentimiento.
—Mis caballeros te acompañarán en todo momento, Chloe. Pero, aun así, ten cuidado.
—¡Por supuesto, confía en mí!—respondí con voz firme y, sonriendo, besé su mejilla.
Su rostro, lleno de preocupación, se relajó levemente e hizo una señal a sus caballeros detrás de mí. Probablemente, una orden para protegerme. Ignorando aquel gesto, tomé mi arco y las riendas del caballo.
Raymond no iba a participar esta vez. Tras ganar el torneo, año tras año, desde los doce, la Casa Hedges, organizadora del evento, le había prohibido competir debido a las quejas de los demás concursantes.
Pero, justo cuando entraba al campo de caza, dejando atrás el apoyo de Raymond, una cara familiar me detuvo.
—¡Su Majestad la Emperatriz!
—¡Vincent, Joven Lord…! ¡Oh, no! ¡Disculpa! Ahora debo llamarte Conde Vincent, ¿no es así? ¡Qué alegría verte!
El hombre, que una vez me acompañó en varios bailes y eventos, se bajó de su caballo y me saludó.
—¡Ha pasado mucho tiempo! ¿También participa en el torneo de este año, Su Majestad?
—¡Sí! ¡Ganaré y me llevaré la piel del león dorado!—montada a caballo y recibiendo su saludo, hablé con expresión decidida, lo que provocó que él soltara una risa fresca.
—Ja, ja, ja… Entonces, Su Majestad la Emperatriz, será mi rival. También tengo la intención de ganar esta cacería y llevarme la piel del león dorado.
Mis ojos brillaron ante sus palabras, y le dirigí una mirada interesada.
—¡Oh! ¿Y eso?
«Mmmmms… Por lo general, la piel del león dorado que recibe el ganador de la cacería suele dedicarse a la familia o a un ser amado. Quizás es…»
—Le hice una promesa a Lady Betsy… Le regalaré una capa de invierno confeccionada con la piel del león dorado.
—¿Entonces al fin has empezado a salir con Betsy?
—No, lamentablemente no…
—¿…?
—Dijo que lo reconsideraría si ganaba esta cacería.
El Conde Vincent, fingiendo estar desanimado, bajó las comisuras de los ojos como un actor de teatro. Pero, contrario a sus intenciones, las cuales delataban su espíritu competitivo, no parecía afligido en absoluto, así que solté una pequeña risa.
«Este hombre tan alegre habla así superficialmente, pero, en realidad, parece saber que el corazón de Betsy ya se está inclinando bastante hacia él. Parece que no falta mucho para que Betsy se convierta en la esposa del Conde Vincent.»
—Entonces, hoy tendrás que esforzarte mucho, Conde Vincent. Aunque apoyo con todo mi corazón que ustedes dos empiecen a salir pronto, no pienso ceder la piel del león dorado.
Justo cuando él iba a responder con una risita a mi amenaza juguetona…
¡ZAS!
De repente, una flecha voló pasando por detrás del conde Vincent y se clavó en un árbol al otro lado de donde nos encontrábamos.
Claro que había suficiente distancia para que no fuera peligroso, pero una flecha lanzada sin previo aviso fue suficiente para que ambos nos sobresaltáramos.
—¿Está bien, Conde?
El Conde Vincent tragó saliva y respondió con incomodidad:
—Sí, estoy bien…
«¿Habrá sido uno de los caballeros asignados por Raymond?»
Pensé y, girándome hacia la dirección de donde vino la flecha, pregunté:
—¿Qué está pasando?
—Disculpe, Su Majestad la Emperatriz. Hace un momento sentí una presencia muy peligrosa.
«¿Qué? ¿Una presencia peligrosa?»
Esas palabras me sobresaltaron y miré a mi alrededor. Pero no había nada que pareciera amenazante.
—Estaba seguro de que era un animal salvaje… Pero desapareció de inmediato. No se preocupe demasiado, Su Majestad. Nosotros la protegeremos.—respondió un caballero con cuidado, como queriendo tranquilizarme.
—¡Ah…! Entiendo…—dije, asintiendo en silencio.
Sin embargo, al volver a mirar al Conde Vincent, noté su rostro visiblemente pálido, como si hubiera visto algo aterrador.
—¿Conde Vincent? ¿Estás bien?
—Su Majestad… Creo que debo retirarme…
Sin siquiera terminar de despedirse adecuadamente, Vincent huyó de inmediato.
—¿Qué le pasa…?—murmuré, perpleja.
Luego, sin comprender, miré hacia atrás, pero los caballeros de Raymond solo tenían sus habituales sonrisas amables mientras intentaban aclarar la situación:
—El Conde también debe haber sentido la presencia de un animal peligroso. El bosque parece inseguro, quizás deberíamos regresar…
—No, estoy bien. Si aparece otro animal peligroso, ustedes me protegerán, ¿no? Así que no hay de qué preocuparse.—contesté con ligereza, al mismo tiempo que guiaba mi caballo para adentrarme en el bosque.
No obstante, cuando situaciones similares se repitieron varias veces, empecé a sentir que algo andaba mal.
Extrañamente, todo estaba tranquilo cuando hablaba con las demás damas nobles que me encontraba a mi paso, pero, cada vez que me encontraba con un varón, sin falta, volaban flechas porque aparecía una “presencia peligrosa”.
Ese inusual comportamiento alcanzó su punto máximo cuando hablé con el Príncipe Heredero del Reino de Borta. Tres flechas volaron, una tras otra, pasando demasiado cerca de él, hasta clavarse en un árbol.
A esas alturas, era imposible no darme cuenta de que alguien me estaba gastando una broma, y solo había una persona que se atrevería a hacerle esto a la Emperatriz del Imperio Astart.
Después de, amablemente, despedir al Príncipe heredero, grité hacia la dirección de donde vinieron las flechas:
—¡¡¡¡Raymond!!!!
Ante mi grito, los caballeros de Raymond, que siempre estaban a unos pasos de distancia protegiéndome, se estremecieron.
…
Entre el follaje silencioso, comenzó a escucharse un crujido. Pronto, Raymond apareció, y sus caballeros, inmediatamente, agacharon la cabeza.
—Chloe… ¿M-me descubriste…?
—¡¿Todas las flechas que han volado hasta ahora fueron obra tuya?!
—Mmm, bueno… Yo…—su balbuceo era obviamente fingido, ya que, pronto, hizo una expresión satisfecha, como si estuviera agradecido de que lo hubiera descubierto, y se acarició la barbilla.
—¡¡¡Cómo te atreves a hacer algo tan peligroso!!!—grité, indignada.
Pero él, en cambio, levantó la barbilla con orgullo.
—No te preocupes, Chloe. Mis flechas nunca fallan.
—¡¡No es solo una cuestión de seguridad!!
Aunque nadie resultó herido, fue un acto extremadamente grosero. Además, el último hombre que había hablado conmigo, era nada menos que un Príncipe Heredero del extranjero.
«¿Cómo puede actuar con tanta confianza después de casi provocar un problema diplomático? »
—Ese principiante, ni siquiera pudo detectar mi presencia.—refunfuñó él.
—Pero yo sí te descubrí, ¿no?
«Bueno, en realidad, no fue su presencia lo que detecté, sino un patrón de comportamiento… Tal vez, incluso el Conde Vincent también se dio cuenta de que era Raymond. De lo contrario, no habría huido con el rostro pálido como si hubiera visto un fantasma…»
—No pongas esa cara de enojo, Chloe. Me siento muy injustamente acusado…
—¡¿Injustamente acusado?!
Su actitud de víctima me dejó sin palabras, pero decidí escucharlo.
—Entonces, dime. ¿Por qué hiciste algo tan absurdo, Raymond?
—… Porque estaba realmente preocupado por ti.—se excusó bajando las cejas y mirándome de reojo. Pero, luego, apretó los puños y alzó la voz—. ¡Fue por tu seguridad! ¡Esos lobos no hacían más que merodear a tu alrededor!
—¡¿…?!
—¿Qué pasa? ¿No te acuerdas, Chloe? ¡¡¡El Príncipe heredero de Borta. El año pasado, en primavera, se enamoró de ti y dijo que moriría si no te tenía!!!— Raymond gritó, como si fuera una gran injusticia.
Sin embargo, mis ojos se estrecharon cada vez más al escuchar tan endeble excusa.
—Así que, ¿es por eso que planeabas matarlo en esta oportunidad?

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY