Extra 9
—¿C-cómo lo has sabido…?—balbuceó Raymond sorprendido, pero rápidamente cambió de tema para disimular—. No, ¿qué estás diciendo? ¡No soy tan irreflexivo!
Obviamente, noté su desliz al momento y, aunque había intentado arreglarlo, yo ya había escuchado sus verdaderos pensamientos.
«Este hombre… A veces me deja sin aliento, pero no puedo insistir y regañarlo más no vaya a ser que cometa otra locura…»
Con esto en mente, me rendí, y solo sacudí la cabeza con exasperación. Tras unos segundos, salté del caballo y me acerqué a él. Luego, extendí mi mano y dije:
—Ya que estamos así, vámonos juntos.
—¿En serio?—preguntó, no sin antes agarrar mi mano con fuerza no fuera a ser que me arrepintiera.
—No sé qué otra travesura podrías hacer…—le reproché—. Así que mejor caminamos así, bien agarrados de la mano.
Mientras decía eso, entrelacé mis dedos con los suyos, y su rostro se iluminó al instante. Al verlo reaccionar de aquella manera, no pude evitar soltar una risita.
«Tal que un cachorro… Ahora incluso parece como si una cola invisible se moviera alegremente detrás de él.»
—Todos ustedes, sigan nuestra marcha a veinte pasos de distancia.—ordenó Raymond a los caballeros con una voz muy solemne.
«Ahora intenta parecer serio… Después de lo que acaba de hacer no resulta imponente en lo más mínimo, aunque sí un poco adorable.»
Mimy: ¿Adorable? Chloe… Que intentó asesinar a otros hombres por solo hablar contigo amigablemente. Además, siendo la Emperatriz es parte del protocolo el no ignorarte. Este no es el Raymond del principio de la novela, es como si parte del espíritu posesivo de Kylos lo poseyera…
Cuando los caballeros se retiraron, sentí como si estuviéramos solos, y un cosquilleo nervioso me invadió.
—No lo vuelvas a hacer, Ray.
—Mmm…
—¡Oh! ¿Acaso planeas hacerlo de nuevo?
Como no respondió de inmediato, intenté soltar su mano disimuladamente, pero él la sostuvo con firmeza y gritó:
—¡No!—No obstante, inmediatamente se dio cuenta de que alzó la voz demasiado y rectificó añadiendo—. Ehem… Como dijiste, no lo volveré a hacer, Chloe.
—Bien.
Satisfecha con su respuesta, me levanté de puntillas y besé su mejilla. Al ver lo feliz que se veía, no pude evitar sonreír también. Pero, en ese mismo instante, escuchamos un gorjeo proveniente de un tronco cercano y ambos detuvimos el paso al unísono.
—¡Chloe! ¡Una perdiz!
—¡Ah, sí…! ¡Es una perdiz…!
—¡¡Rápido, el arco!!—gritó él, aún más emocionado que yo.
Una pequeña ave herida estaba en el suelo, mirándome fijamente. Tal como había practicado, saqué rápidamente una flecha y tensé la cuerda del arco.
—¡Bien, Chloe! ¡Ahora suelta la cuerda…!
Raymond me dio instrucciones desde un lado. Pero me vi incapaz de disparar al pequeño bulto marrón que parpadeaba con sus ojos negros, y vacilé.
—¿Chloe…?
—…
—¿Qué pasa? ¿Sucede algo?—preguntó él, confundido, al ver que no soltaba la cuerda.
—Mmm… Es que…—después de dudar varias veces, finalmente bajé el arco llegando a una conclusión—. Ray… No puedo hacerlo.
—¿…?—Raymond, guardó un par de minutos en silencio y, mientras me observaba con una expresión de incomprensión, añadió—. ¿Es porque te da pena el pájaro? Pero Chloe, viniste a cazar… Y, aunque no lo hagas tú, una perdiz herida, como esta, no sobrevivirá mucho tiempo si la dejas sola.
—Lo sé. Pero…
Miré a la pequeña ave, impotente, batiendo sus alas con desesperación, y luego levanté la vista.
—Es la madre.
—¿…?
—¡Allí, en el nido! ¿Ves? Hay polluelos.
Los sonidos de las crías, que gorjeaban de forma lastimera entre las ramas de un arbusto, fueron los que me habían hecho dudar desde antes.
—Si cazo a esta ave, los polluelos morirán sin nadie que los cuide.—le expliqué, visiblemente apenada.
—Ya veo.—asintió él con comprensión.
Luego, pasó a mi lado y se acercó con paso firme hacia el gorrión herido. Sus manos grandes y rudas levantaron la perdiz con cuidado. Era más pequeña de lo que parecía entre sus palmas mientras la traía consigo.
Cuando la tomé en mis brazos, saqué un poco de medicina que llevaba y curé sus alas, envolviéndolas con un pañuelo blanco.
—Creo que tienes razón Raymond. Al estar herida… Le será difícil sobrevivir.
Aunque no era mi responsabilidad, me sentí profundamente triste y Raymond, al escucharme, mostró una expresión que exudaba compasión.
«¿Será porque compartimos una situación similar al tener que cuidar a los pequeños Eliott y Eve?»
—Chloe.—susurró Raymond, percibiendo mi estado de ánimo. Luego, me dio una palmada cariñosa en el hombro, sonrió y me propuso una idea perfecta para arreglar la situación—. Si lo deseas, ¿qué tal si llevamos a la perdiz y a sus crías al Palacio?
—¿A la familia completa?—pregunté un tanto sorprendida.
—Sí. Si tú quieres, podemos criarlos en el Palacio o simplemente cuidarlos hasta que las alas de la madre sanen. Una vez que sean dependientes, podemos, incluso, liberarlos en vez de mantenerlos encerrados.
«¿Criar animales en el Palacio?»
Nunca lo había considerado.
—¿De verdad podemos hacer eso?
Raymond, acariciando mi rostro, el cual se iluminó de alegría con aquella sugerencia, remató el asunto con una verdad imposible de refutar.
—¿Acaso alguna vez te he prometido algo en vano?
—¡Gracias, Raymond!—exclamé sonriendo ampliamente mientras abrazaba con cuidado al pájaro herido.
Poco después, Raymond ordenó a un caballero que recogiera el nido de entre los arbustos. Los polluelos gorjeaban fuerte, desconfiados, pero cuando coloqué a la madre en el nido, dirigieron sus débiles cuellos hacia ella.
La madre escondió a sus crías debajo de su cuerpo herido, como si intentara protegerlas.
—Tranquilos, no queremos asustaros.—les dije con dulzura—. Es peligroso aquí, así que os llevaremos a un lugar seguro.
—Dudo que estas aves entiendan tus palabras, Chloe.—Raymond se burló cariñosamente de mi intento de comunicarme con las perdices y preguntó—. Entonces… ¿Ya no seguimos cazando?
—No… Ahora estoy bien.—respondí y, sacudiendo la cabeza suavemente, miré a la pequeña familia de perdices, añadiendo—. Aunque no conseguiremos la piel del león dorado, creo que podré darle a Elliot y Eve un regalo aún mejor.
De regreso, nos encontramos nuevamente con el Conde Vincent. Al ver a Raymond a mi lado, se sobresaltó, pero rápidamente hizo una reverencia formal. En su mano llevaba un pequeño conejo.
—… Veo que ya has atrapado algo, Conde.
—Sí. ¿Se parece a Lady Betsy, verdad?
Dijo orgulloso mientras me mostraba el conejo vivo, el cual se mostraba nervioso, respirando agitadamente.
«No se parece mucho, la verdad…»
Pensé, pero, como no podía decirle eso directamente, vacilé un poco, evitando la respuesta.
—Mmm… ¿Se lo vas a regalar a Betsy?
—Sí. ¿No crees que le quedará bien?—explicó Vincent, visiblemente emocionado—. Lamentablemente, parece que este año no seré quien recoja el premio de la caza… Pero, en su lugar, traje un lindo conejo que se parece a Lady Betsy.
«Un conejo y Betsy… ¡Qué combinación tan tierna!»
Mientras hablaba con Vincent, Raymond tosió exageradamente a mi lado.
—Ahem. Ahem.
Inmediatamente, el Conde comprendió la indirecta y se despidió rápidamente antes de desaparecer entre los árboles.
Luego, continuamos caminando hasta el lugar donde se recibiría el premio. Lentamente, los concursantes llegaron, uno por uno, con sus presas.
Cuando terminó el tiempo estipulado, se determinó el triunfador contando el número de piezas y su valor. De este modo, el ganador de la competición de caza de este año fue Sir Walter Lucas, el prometido de Daria.
En el podium, el Duque, Adrian de Hedges, le entregó la piel dorada de un león y, al recibirla, Sir Walter, emocionado, corrió hacia donde estaba Daria y la colocó sobre sus hombros.
Aprovechando la ocasión, ambos anunciaron el embarazo de Daria y su boda, que tendría lugar antes de este mismo invierno. Por supuesto, todos los presentes los felicitaron entre vítores de alegría.
Sin embargo, justo cuando pensaba que el evento había terminado, el Duque Hedges hizo un anuncio inesperado.
—Aún no hemos terminado, señoras y señores. Puesto que este año hay un premio especial en la competición de caza.—proclamó Adrián de Hedges alzando la voz—. ¡La ganadora del premio especial es Su Majestad la Emperatriz!
Estaba tan sorprendida que incluso perdí por completo mi compostura Imperial.
—¡¿Qué?!
—¡Después de todo, trajo con vida a una pequeña familia condenada al fracaso!—exclamó el Duque soltando una carcajada.
«Esto no suena muy bien que digamos… Es como si hubiera hecho trampa para recibir un premio de consolación…»
Avergonzada, miré al Duque con escepticismo. Aunque a veces era excéntrico, no era la única que había traído algo vivo. El Conde Vincent, por ejemplo, trajo un conejo.
Me acerqué a Raymond, quien estaba a mi lado con una expresión de orgullo, y le susurré:
—¿Acaso sobornaste al Duque Hedges?
—¡Qué va! ¡Por supuesto que no!—negó él con vehemencia, mientras su rostro enrojecía.
«Vale, vale… No hace falta gritar tanto…»
Frunciendo los labios, subí al carruaje con él, llevando con cuidado el nido con las perdices.
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Las perdices que recogí durante la competición de caza hicieron un nuevo hogar en el Palacio Imperial. Los polluelos, que al principio solo piaban pidiendo comida, comenzaron a aletear, y, cuando la madre se recuperó por completo, la corte se convirtió en un caos.
—¡Ay, Su Majestad! ¡las perdices vuelan por todas partes!
El día que la madre voló por primera vez, todos la animaron como si estuvieran presenciando un milagro. No obstante, eso había sido apenas una semana atrás. Ahora, con los polluelos aprendiendo a volar, el palacio era un alboroto constante.
Sin embargo, por otro lado, Elliot y Eve parecían disfrutarlo. Ambos intentaban atrapar a las perdices que volaban sobre sus cabezas, agitando sus pequeños brazos sin éxito.
—¡Auuu! ¡Abubub!
—¡Au! ¡Au! ¡Auuu!
Llevaban chalecos hechos con la piel dorada de león que recibí en la competición.
«Qué adorables se ven mis gemelos idénticos cuando se visten por igual…»
La tela era hermosa y perfecta para el invierno.
«Aunque, pensándolo bien, ese premio no debería haber sido mío.»
Por supuesto, había sido una porción de piel un poco más pequeña que la que recibió Sir Walter, el verdadero ganador de la competición. Pero era suficiente para que mis dos bebés vistieran ropa tejida con dicho material, e incluso para hacer alguna que otra prenda más para un adulto.
Sin embargo, ante tal descarado favoritismo, comencé a desconfiar de todo lo que otros apremiaban con grandes halagos hacia mí. El mayor golpe fue descubrir que mi habilidad con el arco, tan alabada por los caballeros, era en realidad bastante mediocre.
«¿Cómo pudieron mentirme así?»
Era como si me hubieran tratado como una tonta. Estaba tan enfadada que durante un tiempo ni siquiera quise verlos. No obstante, al final cedí y los perdoné cuando se disculparon con lágrimas en los ojos. Aun así, esta experiencia me pasó factura, haciendo que todo elogio proveniente de ellos me pareciera sospechoso.
Cosas como, que el premio especial fuera inesperado y por una razón de poco peso, o incluso, que el hecho de que el premio de consolación fuera idéntico al del ganador, solo hicieron aumentar la idea de que aquello no era justo.
Pero, al ver a Elliot y Eve con sus chalecos dorados, tan adorables, decidí no protestar ni indagar más acerca de dicho asunto.
—Uuuu…
—¡Oh, Príncipe Eve!
Eve, frustrado por no atrapar a las perdices, empezó a lloriquear.
—No llore, Su Alteza.
—¡Sea bueno, Príncipe!
Las sirvientas intentaban consolarlo, conteniendo la risa.
«No me parece mal si se ríen… A decir verdad, incluso a mí me parece lindo y gracioso.»
Con esto en mente, lo abracé, y de inmediato dejó de llorar.
—Es increíble, Su Majestad. ¿Cómo es que el Príncipe Eve siempre deja de llorar cuando la ve?
—¡Al Príncipe también le gustan las mujeres hermosas! ¡Tiene buen ojo!
«Ya está otra vez Jayce a punto de empezar con sus elogios. Ahora que lo pienso… ¿También serán exagerados como los de los caballeros?»
Como no quería volverle a dar vueltas a aquella cuestión, miré a Elliot para cambiar de tema. Pero, de repente, sucedió algo asombroso e inesperado.
Elliot, frustrado por no atrapar a las perdices, se agarró del borde de su cuna y se puso de pie.
—¿Elliot…?
En un instante, todos en mi habitación contuvieron la respiración y miraron fijamente al pequeño Elliot. El único que hacía ruido era Eve, que reía alegremente como si estuviera animando a su hermano.
—¡Auuh!
La mano de Elliot rozó el pájaro fugazmente y luego volvió a caer de culo.
—¡Uuuuh!
Finalmente, después de dar apenas tres pasos, tras varios intentos, Elliot volvió a desplomarse y gritó enfadado. Pero, por desgracia, nadie en la habitación pareció prestar atención a lo furioso que estaba.
—¡Dios mío, el Príncipe Elliot acaba de dar sus primeros pasos!
—¡Felicidades, Su Alteza!
—¡Felicidades, Príncipe!
Todos se apresuraron y felicitaron a Elliot entre alabanzas, a pesar de que, entre tanto alboroto, solo hacía que se enfureciera aún más al ver a las aves huyendo del lugar.
A los pocos minutos, Raymond llegó corriendo en cuanto escuchó la noticia, uniéndose a la celebración.
—¿Elliot dio sus primeros pasos?
—Sí, Raymond. Nuestro Elliot.
Señalé a Elliot con orgullo, y él, emocionado, lo levantó con ambas manos.
—¡Para conmemorar el primer paso del Príncipe, declaro este día “Festivo” en el Imperio…!
Mimy: WTF
—¡Raymond!
Aunque el primer paso de Elliot era sin duda un motivo de alegría y celebración, no era razón suficiente para declarar un festivo. Raymond, que lo sabía mejor que yo, tosió incómodo.
—Ejem, ejem… Mmmm… Yo solo… Quería expresar lo conmovido que estoy…
—Pero Raymond, eso fue demasiado. Ten en cuenta el peso de tus palabras.—dije sonriendo mientras le entregaba una caja—. Toma esto.
—¿Qué es…?
Al abrirla, se encontró con una capa hecha de piel dorada de león. La misma que había recibido sin, en mi opinión, merecerlo.
—Mientras hacía las prendas de Elliot y Eve, también hice una para ti.
—¿Cómo pudiste…?—balbuceó Raymond mirándome con ojos emocionados antes de que, de repente, me abrazara con fuerza, exclamando—. ¡Te amo, Chloe! ¡En serio, te amo tanto…!
—¡Ay, Raymond!
Aunque me gustaban aquellas muestras de afecto, lo empujé suavemente, golpeando su pecho sin fuerza. Por supuesto, él no cedió y siguió abrazándome con firmeza.
Finalmente, Raymond me soltó y se envolvió ligeramente con la capa.
—¿Qué tal, Chloe? ¿Me queda bien?
—Sí, muy bien…
Al ver a los tres luciendo las mismas pieles, sentí una extraña sensación. El pecho se me llenó de calidez, como si estuviera a punto de llorar.
—¿Por qué pones esa cara?—preguntó él, frunciendo ligeramente el ceño, al mismo tiempo que tomaba mi mano.
—¿Qué cara?
—Parecía que… Estabas a punto de llorar.
Era típico de Raymond notar hasta el mínimo detalle de lo que sentía en mi rostro. También era el único que entendía mis emociones mejor que yo, incluso sin la necesidad de decir nada.
Lo miré y relajé mi expresión con una sonrisa.
—Es solo que… Desearía que este momento durara para siempre.
Raymond parpadeó un par de veces y luego esbozó una sonrisa traviesa.
—Si ese es el motivo, no llores y dímelo. No es nada difícil.
—¿Eh?
Mientras parpadeaba confundida, él gritó, ordenando a los sirvientes que se encontraban esperando afuera, tras la puerta de la habitación.
—¡Que venga el pintor de la Corte Imperial de inmediato!
No pasó mucho tiempo antes de que el pintor llegara corriendo mientras yo aún seguía desconcertada.
—Ray… ¿Para qué…? ¿El pintor?
—Dijiste que querías que este momento durara para siempre, ¿no?—dijo y, besándome suavemente en la frente, me susurró dulcemente al oído—. Entonces, hagámoslo y guardemos este momento, Chloe. Para nosotros, y todos los que vendrán en el futuro.
—Ains… Ray…
—No pongas esa cara y siéntate aquí, mi amor.
Con el corazón emocionado, me senté junto a Raymond. Yo posaba con Elliot en brazos, y él con Eve en su regazo, quien reía alegremente.
El pintor, ya preparado, juntó las manos, esperando las instrucciones de Raymond.
—Debes pintar un retrato que inmortalice la felicidad de este momento, para que perdure en la historia del Imperio de Astart.
—Sí, Su Majestad.
El pintor de la Corte respondió con respeto y comenzó a trabajar, alzando y moviendo con soltura el pincel sobre el lienzo blanco.
Cantando alegremente, los tres pequeños pájaros revoloteaban a nuestro alrededor mientras nos retrataban, como si ellos también quisieran participar y celebrar la felicidad que inundaba nuestros corazones en aquel precioso día de otoño.
Era un momento muy especial. Uno, en el que nuestro tiempo, el mío, el de Raymond, el de Elliot y el de Eve, quedaría grabado para siempre y por toda la eternidad.

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY