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Capítulo 79

El lugar donde pasé todo el tiempo, después de regresar al Palacio Imperial, no fue otro que el dormitorio de Raymond. Al abandonar el Gran Ducado, me quedé dormida en su firme pecho y, cuando abrí los ojos de nuevo, aún seguía junto a él.

Ese día, Raymond me recostó en su cama y, vergonzosamente, masajeó con sus propias manos mis brazos cansados. Tras un breve momento de relax, él bajó su cariñoso toque hacia mis pies doloridos. No obstante, cuando sus dedos traviesos empezaron a subir por mi pantorrilla con un roce un tanto sugerente, exclamé:

—Su-su, ¡Majestad…! ¡No haga esto! ¡Si alguien nos ve…!   

Mimy: Pero, ¿no están en la habitación? ¿Quién cojones los va a ver o entrar sin llamar a la puerta? Sin contar con los caballeros y personal que se cruzaron con ellos, y son perfectamente conscientes de que el Emperador metió una mujer dentro de sus aposentos para no jugar al parchís precisamente…

—Aparte de que mi dignidad como Emperador se vea un poco afectada, por mí, no hay problema en absoluto.

A pesar de mis gestos de protesta llenos de incomodidad, él se quedó firme como una estatua, sentado junto a mí, masajeando mis rodillas y muslos.

—Por favor, Majestad. ¿Estoy alucinando? Porque estoy tan atónita que…

—Shh… Quédate quieta.—dijo él con su tono, como siempre, autoritario, aunque, al mismo tiempo, estaba cargado de su sumo afecto hacia mí—. Te quedaste dormida en el pequeño espacio del carruaje. Por eso, necesito aflojar tus músculos agarrotados, si no, mañana, te sentirás peor.

—Solo fueron unas pocas horas de sueño. Además, me siento perfectamente bien después de ese descanso.

—Esto  va a ser un pequeño problema. Parece que a mi mujer le gusta tener la última palabra para salirse con la suya y casi nunca me da la razón.

Cuando estaba a punto de preguntarle si no era él quien era el más terco de los dos, me quedé petrificada al escuchar la frase “mi mujer” saliendo de entre sus labios sonrientes.

«¿Me habré equivocado al oírlo…? Raymond dijo… “mi mujer”, ¿no? Estoy casi segura de ello… Si solo lo pudiera repetir una vez más…»

Me quedé en silencio y esperé, de nuevo, a escuchar esas mismas palabras salir de su boca. Sin embargo, él, como burlándose de mí, no añadió nada más, y continuó masajeando mi cuerpo. 

Molesta, y sin poder soportar más la intriga, quise poder confrontarlo directamente con lo que rondaba por mi mente:

«Su Majestad, ¿he escuchado bien? ¿Me acaba de llamar “su mujer” ?»

No obstante, una sensación extraña me envolvía. Era una mezcla entre timidez y obstinación competitiva, en la que no quería ser yo la primera en desvelar la felicidad que sentía al escucharle decir eso. 

Además, no era descabellado pensar que todo fuese una alucinación auditiva, fruto de mi cansancio y estrés acumulado durante estos últimos días. De ser así, no quería encontrarme en un embarazoso aprieto y romper el agradable momento que estábamos compartiendo. 

Por tanto, las palabras se quedaron en mi garganta y no me atreví a preguntarle aquello. En cambio, solo me quedé disimuladamente viendo su expresión, en busca de algún atisbo de vergüenza o algo que revelara una pizca de sus pensamientos.

Tras el masaje, Raymond salió de sus aposentos para arreglar varios asuntos y algún que otro papeleo que había dejado pendientes. Aunque ya habíamos desvelado y apresado a los criminales, aún quedaba el juicio y la sentencia. 

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Días después de mi regreso a Palacio, me encontraba en el alféizar de la ventana de la habitación, moviendo las piernas de un lado a otro y, mientras contemplaba el paisaje, murmuré para mis adentros:

—Estoy segura de que dijo “mi mujer” en ese momento…

Las palabras se escaparon de mi boca a medida que mi mente se llenaba de la voz de Raymond pronunciando aquellas sílabas.

«Quiero escucharlo de nuevo. ¿Debería preguntarle esta noche si realmente lo que oí fue correcto?»

—Mmm…—pensativa, musité en voz baja—. Bueno… Ya he confesado que lo amo, ¿no es así? No habría problema en preguntarle sobre ello…

Mimy: Momentos random en los que Chloe parece una niña de doce años en vez de una de veintitantos, contando las dos vidas, que tuvo una hija y varias noches de sexo.

Cuando finalmente tomé una decisión vaga, y solté una pequeña risa, miré hacia afuera. La cálida brisa acariciaba mi rostro mientras el sonido de las cigarras cantando me llegaba a los oídos como una armoniosa melodía. Era un día claramente de verano.

—El sol aún está muy fuerte, Lady Chloe.

—¡Sir Enoch!

La voz de Sir Enoch, que de repente llegó de improvisto, ya no me sorprendía en lo más mínimo.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?—pregunté, soltando una risita, a la vez que entrecerraba mis ojos hacia él.

Por otro lado él, con su habitual sonrisa suave, me miraba desde una rama, erguido y apoyado con ambos pies sobre ella.

—Solo, tenía curiosidad por ti.

—Entonces, dime. ¿Qué es lo que te interesa saber sobre mí?

Cuando le hice esa pregunta, Enoch se detuvo un momento antes de levantar una sonrisa traviesa, arrancando una hoja del árbol que se mecía con el viento.

—Hmm… Pues, si has estado comiendo bien estos días, si no tienes ninguna dolencia, y si no estás llorando, como antes, con aquel rostro lleno de tristeza y melancolía,

—Ja, ja, ja… Realmente… Eso es muy propio de tí, Sir Enoch. Siempre tan atento.

—Bueno, es porque creo que, a estas alturas, Lady Chloe y yo somos buenos amigos, ¿no piensas tú también lo mismo?

—Es un honor. Aunque temo las represalias de la envidia de todas las mujeres en el Imperio que te admiran con creces, Sir Enoch. Y no son precisamente unas pocas.

Sonriendo ampliamente, con una expresión genuinamente feliz, él se quedó como ausente por un momento. Pero, pronto, siguió mi broma soltando una leve carcajada. Aunque el sol seguía siendo especialmente abrasador aquella tarde, sentí una extraña sensación de frescura mientras miraba a Enoch.

—¿Está bien que Lady Chloe esté aquí?

—…

—Escuché que hoy es el último día de juicio…

—¡Ah…!—dije cuando finalmente comprendí su pregunta y, como respuesta, asentí con la cabeza.

Hoy era el día en que se decidía la sentencia de Kylos. Y, aunque estuve presente como testigo en las dos primeras audiencias, había decidido no asistir al último día de juicio que se celebraba hoy.

—Sí, no es necesario para mí.—determiné firmemente.

Recordé los ojos vacíos de Kylos que me miraban durante mi declaración. Pupilas oscuras, cuyas tinieblas parecían estar contenidas en aquellas dos esferas negras, donde el más mínimo atisbo de luz se había muerto de por vida. Era la mirada de un hombre que lo había perdido todo.

Debido a que ya experimenté una vez la muerte, sabía lo que sucedía con el alma de un ser humano cuando se enfrenta a su final, tras haber perdido toda esperanza en la vida. Lo que da más miedo que la desaparición del cuerpo, es la desintegración de la mente, el ego. Saber que ese es el final de tu “yo” es aterrador, al punto que todos tus arrepentimientos parecen más pesados, a medida que olvidas quien, una vez, fuiste.

En el momento en que perdí lo más valioso de la vida, mi mente se desmoronó y dejé ir todo. Fue un miedo y vacío incomparable con la desaparición del cuerpo, pero también me sentí liberada de todo el dolor que había sufrido en aquella vida pasada.

Sin embargo, Kylos tenía la mirada de alguien quien, hace mucho tiempo, había perdido la cordura. El Kylos, que una vez fue en el pasado, no existía en el ahora y, simplemente le quedaba enfrentarse a la muerte del alma en un cuerpo que aún seguía viviendo. Un final desdichado, tal y como, la pobre “Chloe Garnetsch” del pasado, había padecido.

«¿Acaso hay algo más aburrido, que decidir la sentencia de muerte, de alguien que ya ha perdido todas sus ganas de vivir?»

Por eso decidí no presenciar el dictamen al que se enfrentaría una persona así. Al fin y al cabo, sabía que no se iba a salvar de la muerte después de todos los crímenes que había cometido y, aunque en un hipotético caso, lograra evadir la pena de muerte, ya no me importaba en lo más mínimo.

Kylos de Ludwig, el único hombre al que alguna vez creí amar, el que resultó ser una persona vil y cruel que, en mi niñez, me sacó del barro para luego hundirme en un infierno aún peor, ahora ya no era nada para mí.

—¿Y qué hará Sir Enoch a partir de entonces?—pregunté para aliviar un poco la pesadumbre que se había formado en el ambiente.

Independientemente de la sentencia que recayera sobre Kylos, la orden de los caballeros del Gran Ducado se enfrentaría a la disolución de la misma. Pensar que, había la posibilidad de que ya no podría volver a encontrarme con este amable y generoso amigo, me entristeció.

—No lo sé…—respondió Sir Enoch sonrió levemente mientras desviaba la mirada de mí para contemplar el horizonte y, con la mente perdida en sus pensamientos, murmuró suavemente—. ¿A dónde debería ir yo ahora…?

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

Después del largo juicio, Raymond regresó, con una voz algo fatigada debido a la audiencia, que había sido más larga de lo habitual. Al verme en sus aposentos, esperando a que llegara, sonrió levemente y me preguntó:

—¿No me preguntas nada? ¿No te intriga saber lo que ha pasado con ese hombre?

—No, en absoluto.—contesté, con resolución, negando con la cabeza al mismo tiempo.

Raymond, que parecía no creerme, levantó una ceja, a lo que conseguí añadir:

—Lo único que me intriga y quiero saber es sobre el hombre que tengo ahora frente a mí.

Una provocación sutil, que hizo que él no pudiera evitar tomarme por la cintura y acercar mi cuerpo al suyo, apretando mis caderas y mis pechos contra sus fuertes músculos. En respuesta, me puse de puntillas, me colgué de su cuello y lo besé apasionadamente. Nuestras bocas y lenguas se entrelazaron besándose acaloradamente.

—Ha, Ha… Justo después de que terminara el juicio de hoy, Daria solicitó la anulación de su matrimonio.—dijo Raymond, mientras recuperaba el aliento y bajaba por mi cuello continuando con sus besos.

—Ahhh, Mmm, ¿No va a haber un juicio de divorcio?

—Así es.—respondió susurrando en mi clavícula mientras dejaba las marcas de sus labios en ella—. Parece que será mucho más fácil de lo que pensaba.

En ese instante en el que terminó la frase, Raymond me levantó por la cintura con ambas manos y me sentó sobre la mesa. Para estar a la altura de sus ojos, tuve que inclinar la cabeza hacia atrás, incluso desde aquella elevada posición, y él aprovechó para deslizar sus largos dedos entre el cabello que cubría mi nuca.

—Daria soltó una declaración impactante durante el juicio anterior. La verdad es que me pilló por sorpresa… Pero bueno, lo que importa es que sus palabras y las pruebas que presentó anulan por completo el matrimonio Imperial que tuvo lugar hace diez años conmigo.

Raymond sonrió amargamente y me acarició la mejilla con el dorso de su mano. Cuando hablaba de su relación con Daria, siempre se volvía débil frente a mí. No es que necesitara hacerlo, porque sabía las razones de su matrimonio. Sin embargo, por supuesto que, como mujer, el hecho de que el hombre que amaba fuera legalmente el esposo de otra persona me resultaba algo incómodo y desagradable. Aunque, sabía mejor que nadie que él era el hombre más puro y genuino del Imperio, eso no impedía que surgieran ciertos celos en mi corazón.

Aun así, deseaba que Raymond no se sintiera más culpable conmigo, por un matrimonio al que él se había visto obligado a contraer.

Su expresión, como si temiera molestarme, me recordó a un perro grande preocupado por desagradar a su dueño. Mientras lo contemplaba con cariño, su titubeo, al hablar, desapareció y, de forma repentina, continuó diciendo rápidamente:

—De todos modos, si mi matrimonio con Daria se anula, entonces… Hmmmm…

Pero no pudo continuar fácilmente. Involuntariamente, mi mano subió para acariciar su cabello y, agarrando suavemente sus rojos mechones, lo acerqué a mis labios. A un centímetro de distancia, con nuestras narices rozándose, susurré:

—Eres adorable.

Como si hubiera tomado una decisión, lo besé apasionadamente, pero, tras un instante, él me separó suavemente. 

—Haaa, Haaa… Chloe… Espera… Necesito que me escuches un momento, es importante…

No se si la picaresca de Daria me había afectado pero, aquellos momentos, para Raymond, eran una dulce tortura, y para mí, un secreto placer. Haciéndome de rogar, bajé mi mirada por un momento, y luego la levanté, fijando mis ojos en los suyos directamente. 

—Dime, Su Majestad.—dije sonriendo ligeramente mientras esperaba lo que estaba por decir.

Parecía que en el pasado hubo un momento similar, donde dije esas mismas palabras. 

En mi memoria borrosa, probablemente en el invernadero del Palacio Imperial, donde las flores florecían en abundancia… Sí, allí Raymond me entregó la flor roja, que era el símbolo de su Casa, los Astarot.

{—Yo, ya te amo… Más que nada en el mundo, Chloe.}

Su confesión, enterrada en mis recuerdos de hace mucho tiempo, volvió a florecer, reviviendo los colores y sensaciones del pasado.

{—Cuando llegues a amarme también, prométeme que ese día me lo dirás. Mientras tanto, yo te esperaré…}

Recordé a Raymond de aquel entonces, que, a pesar de su forma de hablar, nerviosa y apresurada, me miraba cuidadosamente mientras profesaba su amor por mí. Un recuerdo que ahora traía a la mente, quizás demasiado tarde.

«¿Por qué me acuerdo de esto solo ahora?»

Sabiendo que lo próximo que iba a decir ahora, era una nueva confesión repetida,  me preparé para no retrasarme en dar una respuesta. Entonces, sus labios se abrieron lentamente: 

—Chloe… Ahora ya no hay ningún Gran Duque que amenace tu seguridad…

Raymond, se detuvo y me miró fijamente a los ojos. En ese instante, el tiempo pareció detenerse y, en ese espacio eterno, luché por controlar mi corazón que latía con fuerza. La promesa de amor, que seguiría a sus palabras, me emocionaba tanto, que casi estaba por decirle “Yo también te amo” antes de que terminara de hablar. 

Pero lo que Raymond dijo a continuación me dejó desconcertada.

—Así que respetaré tu elección.

—…

«¿Mi elección? ¿Qué elección? ¿No es esto una confesión?»

—Antes de venir a Palacio, te prometí que te ayudaría a encontrar tu felicidad y liberarte de la influencia que el Gran Duque tenía sobre tí. Ahora, lo que sea que desees, lo respetaré. Incluso si esa felicidad no está a mi lado…—declaró firmemente, pese a que, al final, murmuró y apretó los dientes, revelando sus verdaderos sentimientos.

—¿Qué…? ¿Dices que sea feliz mientras no esté a su lado…?

—No, exactamente. Lo que quiero decir es que seas feliz donde sea que encuentres tu dicha. Siempre y cuando lo decidas tú, y sea algo que realmente deseas, yo te apoyaré en esa decisión.

—Entonces… Lo que quieres decir es que… Si yo elijo un lugar que no sea a tu lado para ser feliz… ¿Eso está bien para tí?

—Claro, que no estaría bien para mí. Pero sé que si te quedas conmigo, en contra de tu voluntad como en el pasado, podrías sufrir otra vez, y prefiero que seas libre a causarte dolor por mis deseos egoístas. Es por eso que, esta vez, no quiero obligarte a que estés a mi lado.

—¿Es eso lo que en verdad desea, Su Majestad?

Mimy: Menudo diálogo de besugos entre las pajas mentales de Chloe y el pichafloja de Raymond porque, ya me dirás… Te acuestas con ella, la seduces con el disfraz de “tratamiento psicológico para valorarte”, te la comes a besos y ahora vienes con esto… ¿No debías haber esperado o haber tenido esta conversación antes? 

—…—él guardó silencio. 

No es que no pudiera entender por qué decía eso. 

«Probablemente, está preocupado de que, como en el pasado, vuelva a enfrentarme a la oposición de la nobleza y que, durante en ese proceso, termine lastimada… Pero… Pero…»

Mimy: No, creo que se refiera a eso pero bueno, cada loco con su tema. A ver, el matrimonio fue nulo, ahora puede casarse con quien le salga del nabo. Además, Raymond y muchos saben que el que se oponía está apresado esperando su sentencia de muerte (Duque de Carolina), y Daria se la pasó preparando a Chloe para el puesto de Emperatriz. Sin contar a Lette, el Deus ex machina de esta novela que desapareció después de esta conversación. Entonces, ¿cuál es el problema? Ninguno, es vender drama barato y volver repentinamente estúpidos a dos personajes que se lucieron, a nivel intelectual, para atrapar a varios conspiradores. 

—Dijiste que me amabas, ¿verdad?

Sin querer, mi voz salió algo molesta. Me sorprendí por la forma en la que había hablado, pero traté de disimularlo.

—Sí, yo te amo, Chloe. Mis sentimientos no han cambiado en lo más mínimo.—susurró, dirigiendo con una mirada tierna hacia mí—. Pero, por eso te digo esto. Te amo tanto… Eres tan valiosa para mí, que deseo que nunca sufras o salgas lastimada por el resto de tus días.

Con sus dedos gruesos, apartó mi cabello y lo pasó por detrás de mi oreja, antes de continuar con su explicación:

—Por supuesto, yo nunca querría hacerte daño, ni ser la causa de tu dolor, pero eso no significa que, por ello, desaparezcan las cosas que debas soportar a mi lado, como mi mujer. Es por eso que quiero que estés segura a la hora de decidir dónde quieres encontrar la felicidad que te mereces, Chloe.

—…

—Dejaré todo en tus manos, en tu elección, y yo, me limitaré a respetarla.

En aquella situación, si Raymond me diera la oportunidad de susurrarle al oído, que el único lugar donde podría ser feliz es a su lado, sería el escenario más perfecto. Sin embargo, tras lo que él había dicho, el deseo de hacerlo desapareció de inmediato.

Estaba molesta, ya que, en cierto modo, su declaración implicaba que preferiría no estar a mi lado con tal de no ver mi sufrimiento. Un momento donde me sentí como una tonta, pues, aunque entendiera racionalmente lo que decía, me costaba contener las emociones que se acumulaban en mi interior.

Había leído en algún libro que ese tipo de sentimiento tenía un nombre. Así que, podría decirse que estaba un poco… “enfadada” con Raymond.

Mimy: O.o ¿Qué? ¿No sabes lo que es estar enfadada después de lo de Kylos? Te lo compro si acabas de sufrir un cortocircuito neuronal, que desconozco, después de tanta paja mental… 

Aunque sabía cuánto me amaba, aunque sabía lo valiosa que era para él. También era consciente de que, por preocuparse por mí, ni siquiera me pediría estar a su lado.

Mimy: A ver, en el pasado te lo pidió y lo traicionaste, las cosas son como son. Y date con un canto en los dientes porque, si fuera yo, pasaba de ti como la mierda o me montaría “un porn revenge”. 

Me sentí tan importante para él, que de alguna manera, me molestaba. Bien es cierto que, en parte, mi razón comprendía a Raymond. Pero, ante el hecho de que el corazón humano es verdaderamente traicionero, y no se puede controlar, por mucho que lo deseara no podía aceptar sus palabras fácilmente.

De alguna manera, era irónico. Cuando Kylos trató de mantenerse cerca de mí, por la fuerza, lo desprecié tanto que incluso estuve dispuesta a tomar aquel veneno que me entregó Elizabeth. Ahora, sin embargo, deseaba que Raymond me retuviera a su lado, aún si eso significaba que resultara lastimada en el proceso.

De repente, sin querer, lo que pensaba en mi interior salió de mis labios:

—Parece que, durante este tiempo juntos, después de la regresión, no he logrado dar ninguna certeza a Su Majestad…—dije, sintiéndome algo extraña—. Esto… Es una ofensa a mi amor por Su Majestad.

Cuando terminé, lo miré fijamente a los ojos, con determinación.

«¿Estará bien hacer esto? ¿Decir tan claramente lo que siento?»

En mis días con Kylos, temía constantemente ser abandonada y me preocupaba mucho por ocultar mis sentimientos. Ahora, en cambio, estaba mostrando, sin reservas, la tristeza que sentía. Aunque me preocupaba un poco que, si me veía de esta manera, pudiera llegar a disgustarse conmigo, lo que más me aterraba era que él no supiera lo que verdaderamente sentía por él.

Sin embargo, Raymond, al parecer, no había anticipado mi reacción, y se mostró un poco desconcertado.

—Chloe, no quiero decir eso…

Ahora que lo pensaba bien, él era muy parecido a mi “antigua yo”. El temor de que sus palabras fueran la causa de mi rechazo hacia él, hablando como si temiera ser malinterpretado, me hizo recordar a la joven y genuina Chloe Garnetsch.

La Chloe de antaño, rebosante de pura inocencia, había sido una mujer muy tonta, pero su corazón había sido sincero.

Al recordarlo, sentí un nudo en el estómago y, en un impulso innecesario, grité:

—¡¿Qué piensas que soy, Su Majestad?! ¡¿Por qué me subestimas?! ¡¡No soy tonta!! ¡¡¡Si me has dicho que me amas, si tan seguro estás de tus sentimientos ¿por qué no puedes estar seguro de los míos?!!!

Pero, en el fondo, sabía el por qué no debía esperar que estuviera completamente seguro.

Había estado a su lado durante tanto tiempo, amando a otro hombre mientras lo engañaba, y solo ahora, en este tiempo, me había dado cuenta de que Raymond, lo sabía. Era consciente de que no lo amaba y, aún así, me esperó hasta el final. 

«Raymond no era tonto y lo traté como tal. ¿Cómo es que tengo yo ahora la osadía de decir que no me trate como a una tonta?»

Lo que había exclamado en el aire, fue fruto de mi enfado sin sentido. La molestia de, por primera vez, haber abierto mi corazón a alguien y no ser comprendida de inmediato. Podría decirse que estaba “enfadada” conmigo misma y no con Raymond, pero me costaba reconocerlo. 

«Él siempre me amó, aunque yo no lo amara en ese entonces. No es su culpa de que no esté seguro de mis sentimientos, sino la mía por haberlo amado tan tarde…»

En mi mente, lo entendía, pero mi corazón no. Era una lucha interna entre ser comprensiva y ceder o enfadarme y darle de su propia medicina.

«Pero… Se ve tan claramente que quiere estar conmigo… Yo ya estaba segura de sus sentimientos, de nuestro amor mutuo… Y esperaba tener una confesión de amor como aquella vez, en el invernadero, con aquella roja flor…»

Al pensar en eso, en lo ilusa que había sido hace unos instantes, aumentó mi enojo y, finalmente, los sentimientos, que bullían en mi interior, superaron a la razón.

  • ┈┈┈••✦ ♡ ✦••┈┈┈• 

La conclusión a la que llegué, fue dejar el Palacio Imperial. Al salir de sus aposentos, furiosa y molesta con Raymond, él me preguntó adónde iba. Sin embargo, yo le respondí con un tono infantil:

—Dijiste que podía ir a cualquier parte, ¿verdad?

“Realmente, la que está haciendo el ridículo aquí soy yo, no él.”

Nunca había hecho algo tan inmaduro, ni siquiera cuando era más joven. Ahora, al darme cuenta de lo que había hecho, me sentí abrumada por una vergüenza tardía.

“¡Tonta, tonta, tonta…! ¿Qué demonios me hizo salir de allí?”

Me cubrí el rostro con las manos, sintiendo el ardor en mis mejillas. La sensación de calor era suave, pero suficiente para hacerme sentir incómoda.

“¡Estúpida Chloe Garnetsch! Sabes bien por qué dijo eso, y aún así te pones a hacer berrinches…”

Como no tenía la despasachez de regresar al ala del Emperador, después de cómo me había comportado, seguí caminando hasta que llegué frente al sombrío Palacio de Daria.

—¿Chloe? ¿Qué haces aquí? Pensé que ya no vendrías más al Palacio de la Emperatriz.

Daria, que estaba en su oficina terminando los últimos papeles antes de su partida, me vio y sonrió ampliamente.

—Veo que la oficina está casi vacía…

—Sí, es que dentro de tres días se llevará a cabo el juicio para anular mi matrimonio. Como será un procedimiento rápido, mi intención es irme de inmediato después del veredicto, así que, ya empaqueté casi todas mis pertenencias.

Como decía, había cajas por todas partes, y algunas sirvientas ya estaban cargando el equipaje en varios carruajes para sacarlo del Palacio. No solo la oficina, sino también los pasillos y otros rincones del edificio se estaban preparando para despedir a su dueña.

—… ¿Estás segura? ¿No vas a extrañar mucho todo este tiempo como Emperatriz?

—¡Oh, vamos Chloe! No soy tan despiadada. ¡Por supuesto que lo haré! Si Raymond me olvida mientras disfruta de su tiempo contigo, lo maldeciré por siempre. Al fin y al cabo, fue, y es, un gran amigo… Aunque  a veces se comporte como un mocoso, ja, ja, ja…—dijo Daria mientras dejaba el bolígrafo y soltando una risa burlona.

Luego, me contó que, después de la anulación de su matrimonio con Raymond, se le otorgaría el título de “Duquesa de Carolina”, el cual era suyo, por derecho. Normalmente, al casarse, el marido u otro familiar varón es quien ocupa la posición como cabeza del Ducado. Pero, en este caso, una vez que Daria revoque su casamiento, inmediatamente pasaría a convertirse en la primera mujer en heredar un título nobiliario. Un logro revolucionario en toda la historia del Imperio de Astart.

Sin embargo, cuando escuché la noticia, no me impresionó en lo más mínimo, ya que, en el fondo, sabía que, en algún momento, ella sería Duquesa, tal y como sucedió en el pasado.

—Hmm, parece que no te sorprende que me conviertas en Duquesa. ¡Qué aburrida eres, Chloe!—bromeó ella, calmando mis sentimientos revueltos.

—Bueno, es que te va como anillo al dedo un puesto como ese. Incluso te queda bien ser la Emperatriz. 

—¡No me llames así, Chloe! He renunciado y no me arrepiento de ello. A partir de ahora, por fin, ya no soy más la Emperatriz del Imperio Astar.

—¿Entonces cómo debería llamarte? ¿Duquesa de Carolina?

—Llámame Daria.

—Hmmm…

No podía llamarla directamente por su nombre, a pesar de que, en ese momento, ella ya no era mi superior, me resultaba extraño. Miré hacia otro lado con un gesto de incomodidad, y ella hizo una expresión traviesa, mientras añadía:

—Es mi último mandato Imperial a mi fiel y querida doncella. Si lo rompes, serás severamente castigada por ir en contra de la voluntad de la Familia Real.

—¡Pero qué diantres! ¡Eso es una excusa que te acabas de sacar de la manga!—protesté con frustración

No obstante, Daria respondió con una voz solemne:

—Aunque se sienta injusto, no hay nada que pueda hacer al respecto.

—Mi Señora Daria…

—¡Maldi-! ¡No me llames “señora”!

Al final, cedí y pronuncié su nombre con voz tímida:

—… Daria…

Ante esto, Daria soltó una risa divertida, como si estuviera sorprendida de que yo fuera tan seria y formal.

—¡Dios mío, qué acabo de hacer…!—murmuré avergonzada, cubriendo mi rostro con las manos

Daria, divertida con mi confusión, aumentó su risa.

—¡Ja, ja, ja, ja…! Vamos, no es para tanto. ¿Por qué te avergüenzas de tal manera?

—La Emperatriz…

—Daria.

—… Daria, aunque haya sido solo por un corto tiempo, fuiste una persona a quien serví sinceramente. Es natural que me sienta algo cohibida con esta petición.

Daria se quejó un poco chasqueando la lengua varias veces y, curvando sus labios suavemente, se acercó a mí, hablándome con una voz dulce:  

—Levanta la cabeza, Chloe.

Extendiendo la mano, me acarició la mejilla y, cuando levanté la vista, nuestros ojos se encontraron mientras ella me dedicaba una sonrisa.

—De verdad… Pensar que una belleza como tú, se entregue a alguien como Raymond, es una pena. Si fuera por mí…— murmuró Daria observando mi rostro mientras se relamía los labios.

Al ver su expresión, el vello de mi cuello se erizó, y rápidamente respondí:

—Yo… Yo no tengo interés en las mujeres, Daria.

—Ja, ja, ja… Eso también es cierto para mí.

—¡No rías de esa forma tan sospechosa!

—Pero, tal vez sería interesante… Abrir los ojos a un mundo nuevo…

En el instante en que sus palabras susurradas me impactaron al punto de gritar, se oyó un repentino alboroto en el pasillo y, al escuchar la puerta abriéndose de forma ruidosa, Daria y yo nos giramos al unísono 

—Daria, ¿Estás…? ¿Con Chloe…?

Raymond, que parecía haber corrido hasta allí, jadeaba en el umbral, después de haber entrado con un golpe. Al vernos a Daria y a mí, de pie, frente a él, sus ojos se movieron rápidamente, mirando alternativamente de una a otra.

—¡…!

Pero, no tardó mucho en fruncir el ceño y fijarse en Daria, para dirigirse a ella.

—¡¿Estás jugando otra vez con Chloe?!

—¿Jugando? ¿Yo? ¿Qué quieres decir con eso?—Daria, con una calma imperturbable, retiró la mano de mi rostro y, como si nada hubiera pasado, añadió—. Solo estaba mostrándole un nuevo mundo a Chloe.

—¡¿Qué…?!

—Es cierto, ¿verdad, mi querida Chloe?—respondió Daria guiñandome el ojo, pero mi expresión no coincidía en absoluto con su tono juguetón.

—Chloe…

Raymond me llamó, pero no pude mirarlo a los ojos, y un incómodo silencio se formó entre los tres.

—Solo… Espera un momento, no me has entendido bien, deja que te explique que… 

Cuanto más me hablaba Raymond, más se calentaban mis ojos. Al darse cuenta de eso, él interrumpió lo que iba a decir y retrocedió rápidamente excusándose:

—No, mejor, te veré dentro de poco…

Con aquellas palabras, Raymond se despidió y salió de la oficina. No obstante, Daria con una expresión entre curiosidad y extrañeza, me observó atentamente. Sabía que no podía evitar las preguntas que vendrían ahora, por parte de ella.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY



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