Capítulo 70
Raymond, me miraba nervioso. Probablemente porque, verme en aquel estado, con mi rostro cubierto de lágrimas, lo preocupaba en desmesura.
—¡Oh no…! No quería hacerte llorar, Chloe. Tranquila…—murmuró con voz rasposa.
—¡Su Majestad, está equivocado! ¡Mis lágrimas no son culpa tuya! ¡Al contrario! Por una parte es impotencia, por todas aquellas personas que han sospechado de mí o han dudado de mi corazón… Otra de debe a mi frustración, al ser consciente de que yo misma he negado mis sentimientos, he intentado huir de ellos, incluso hacer oídos sordos a los latidos de mi corazón que se aceleraban con solo atisbar tu figura en la lejanía, pero ahora, cuando ya me he rendido ante tí, cuando ya no puedo contenerme más… ¿Quién osa dudar y decir que no amo a Su Majestad? ¿Quién se atreve a prohibir que esté tu lado mientras sufrías tras ser envenenado? ¡No estaría en este estado por cualquiera, Su Majestad! ¡No soy tan buena y de corazón cálido como piensa! Yo, en este momento, lloro únicamente por ti, Su Majestad. De solo pensar que nunca más podría volver a verte… Es tan doloroso que me rompe el corazón…—las palabras, que había contenido durante todo este tiempo, salieron de mis labios a borbotones.
Mis sentimientos de disculpa y resentimiento se habían mezclado de tal manera, que no sabía cómo diferenciarlos en aquella maraña llena de emociones que se revolvía en mi interior.
Pero, ¿quién podría culparme en esta situación? ¿Una mujer que llora por un hombre que no ama? ¿Dónde se ha visto esto? No, no soy una mujer tan blanda y de corazón cálido como ustedes creen. Yo también tengo mi lado egoísta que desea que Raymond sea solo mío y, a la vez, yo ser únicamente suya. ¿Qué tiene de malo eso?
Es más, sigo siendo la misma mujer que no derramó ni una mísera lágrima en el funeral de la joven Marquesa de Rosaline y la que ni siquiera lloró ante la muerte de su madre. Quizás, incluso sea la única que no mostró tristeza por la caída de la noble casa de los Garnetsch.
Por eso, el que haya llorado ante la posibilidad de la muerte de Raymond, no se trata de simpatía o de pena barata. Según Kylos, mi actual comportamiento era una falta grave a los estándares de una distinguida Dama. Unas rigurosas normas subjetivas que él mismo me había inculcado. No obstante, aquello carecía de importancia ante el dolor de él, al que yo amaba en desmesura y, por quien, mostrar mi llanto, era inevitable.
«Si tú, Raymond de Astarot, sin duda alguna, profesas tu amor, como siempre lo has hecho, mil y una veces… Entonces, inevitablemente, yo debo confesar que, con total seguridad, también te amo con tal intensidad.»
—Hmmm… Pero tú, Chloe, todavía no me has dicho que me amas. Al menos no, con tus propias palabras.
—¿Eh? Pero, yo… Te he besado… Quiero decir, fue una manera de decir que el sentimiento es mutuo, ¿no?
—… Aún antes de regresar en el tiempo… Tú ya me habías besado…
—…
No pude replicar a su objeción. Aunque hablaba con una expresión impasible, ahora sabía que mostrar simples gestos de amor, no quiere decir que uno sienta eso mismo de corazón.
—Chloe, solo besarnos no es suficiente para mí. Siempre tengo hambre de ti. No tienes idea de cuánto ansío tu amor, cuánto te deseo y por cuánto tiempo te he esperado…—continuó con una sonrisa amarga.
Sin embargo, yo no podía reírme con él.
—Su Majestad…—pronuncié, con voz temblorosa, tras abrazarlo con fuerza, añadí—. Te amo. Te amo, Su Majestad.
Mientras las lágrimas en mi rostro se secaban, sentía la piel tirante. Probablemente mi apariencia ahora era un desastre y para nada atractiva. Aun así, no me importaba y, directamente, dirigí mi mirada a sus ojos tranquilos, en los que, mis pupilas, se veían reflejadas con un hermoso brillo carmesí.
—Y por si acaso, voy a borrar sus dudas por completo, repitiendo hasta la saciedad las palabras que tanto le hacía falta escuchar a Su Majestad. Te amo. Te amo mucho, más que a nada en el mundo.
Su risa suave resonó en mi oído mientras llegaba su respuesta:
—Yo también.
—…
—Yo también te amo mucho, Chloe.
En ese momento, dominada por un impulso irresistible, envolví su rostro con mis manos y lo atraje hacia mí. Él, por otro lado, me ofreció sus labios sin resistencia.
Fue un beso profundo y apasionado, donde vertí todo mi corazón. Un beso profundo donde dejaba en claro los sentimientos de amor que compartíamos.
En el momento en que se separaron nuestros labios, el sonido húmedo quedó entre nosotros.
—Ha… Ha… ¿Todavía…?—balbuceé, casi sin aliento—. ¿Todavía no es suficiente?
Al escuchar mi pregunta, él sonrió con una pequeña de sus pícaras sonrisas.
—Hmmm… ¿Si pido más, llorarás?
—No lloraré.
—Entonces, todavía no es suficiente…—esta vez, él rodeó mi rostro con sus manos y, con una mirada era fogosa e intensa, agregó—. Te deseo, Chloe.
Contemplando sus labios, que se acercaban lentamente, cerré los ojos poco a poco, mientras la habitación se vio envuelta con un frenesí de amor correspondido.
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En el espacio de descanso preparado para la Emperatriz, tanto el Emperador como ella colapsaron.
Este incidente tenía un patrón muy similar al de la muerte del difunto Emperador, su esposa y amante. La coincidencia era que, en ambos casos, las personas implicadas fueron víctimas tras haber bebido un té envenenado en un lugar de difícil acceso.
Era una toxina lo suficientemente fuerte como para matar y los médicos dijeron que Raymond pudo recuperar la conciencia tan rápidamente debido a sus condiciones físicas excepcionales.
Sin embargo, Daria aún no había despertado después de haber pasado un día.
Se decía que la Señora Gemma, estaba conmocionada por la noticia de que la Emperatriz había perdido el conocimiento tras haber consumido veneno y que todavía se hallaba encamada sin volver en sí.
Aquella inestabilidad emocional no le venía bien a su embarazo. Así que, tanto Daria, como la Señora Gemma y el bebé en su vientre, estaban en riesgo.
Mientras tantas vidas pendían de un hilo, tenía que soportar las miradas afiladas de las personas que se dirigían hacia mí.
Todo debido a que, el lugar donde Raymond y Daria habían colapsado estaba en el área de descanso preparado para la Emperatriz durante el Festival de la Santa Flora, y los únicos que podían acceder a ese lugar éramos; Betsy, la Marquesa Gemma, y yo.
Por tanto, naturalmente, los sospechosos se redujeron dos de las doncellas de confianza de la Emperatriz. Es decir, a nosotras.
Por supuesto, también se pensó que podría haber sido la Señora Gemma, quien también tenía un pase de acceso a todos los espacios privados de Daria. Pero esa conjetura quedó descartada cuando se comprobó que, después de haber conseguido quedarse embarazada tras un largo período de infertilidad, no había salido de su mansión durante días. Incluso los caballeros del Emperador, quienes tuvieron que esperar afuera sin poder pisar dicha área restringida, quedaron libres de sospecha.
No obstante, en medio de todo esto, y sin pruebas concluyentes, todos me señalaron como la culpable.
Justo antes del Festival de la Santa Flora, Raymond había anunciado su intención de divorciarse de Daria a las familias de los tres grandes Duques y los siete grandes Condes del Imperio de Astart. Así que, eso, y el testimonio de un sirviente que me vio salir de la habitación de Raymond, reforzaba tal sospecha.
De repente, me convertí en una criminal cegada por los celos que intentó asesinar a la Emperatriz. Los rumores se extendieron como la pólvora, hablando de una doncella que, al convertirse en amante del Emperador, había osado codiciar el puesto de la Emperatriz, y, debido a su excesiva ambición, había incluso ocasionado daño al Soberano de Astart.
Por supuesto, todo aquello solo eran historias infundadas y llenas de morbo. Es cierto que había pruebas circunstanciales en las que estaba implicada, pero no había ninguna evidencia concreta que respaldara dicha hipótesis sin sentido.
—¿Por qué pensaste que era obra del Gran Duque Ludwig?—preguntó Raymond.
Él no había olvidado las palabras incoherentes que había dicho cuando vino a verme tras haber recuperado la consciencia.
Aunque era incómodo hablar de mis suposiciones sin pruebas concretas, la insistencia continua de Raymond me llevó a confesar mis pensamientos tras el fortuito encuentro que tuve con él durante el Festival.
—Ese mismo día, en el que ocurrió el incidente, me encontré con Kylos y me dijo cosas un tanto extrañas…
No podía olvidar la voz enigmática de Kylos que me habló durante el mismo momento en el que Raymond y Daria estaban bebiendo el veneno.
{—Pronto lo sabrás. Solo yo puedo amarte.}
Recordaba perfectamente su expresión fría y sombría, que me observaba con una sonrisa perversa, como si todo fuera parte de su plan.
—Pero es solo una corazonada.—aclaré—. En aquel momento, estaba tan asustada que solo solté lo primero que me vino a la mente…
—Hmm…—Raymond, pensativo, frunció el ceño y suspiró—. Si te soy sincero, aquel día no había nada especialmente fuera de lo normal antes de perder el conocimiento. Daria preparó el té para ambos y se lo tomó sin sospecha alguna. Si no hubiera tirado el mantel al caer y hecho ruido, podríamos no haber recibido tratamiento a tiempo.
—No sé si debería decir que es una suerte, pero… Me alegra de que, gracias a Dios, esté a salvo…—murmuré en voz baja mientras él tomaba mi mano y sonreía.
—Por ahora, debemos esperar a que Daria despierte, Chloe. Así que, llévalo con calma, no me gusta verte triste.
Caminábamos por el pasillo y nos detuvimos en frente de los aposentos de la Emperatriz. Al aparecer Raymond, se abrió la puerta y en el momento en que entramos, una voz llena de odio se dirigió hacia mí.
—¡¿Qué hace aquí esa despreciable mujer?! ¡Ella! ¡Ella fue la que intentó asesinar a mi querida sobrina!—gritó un hombre que me miraba con desdén.
Era alguien al que nunca había visto. Pero, por algún motivo Raymond, se puso a la defensiva y se interpuso entre ambos, para protegerme.
—Duque, tenga cuidado con lo que dice.
La voz amenazante, que resonó como la de una bestia, intimidó al hombre. En ese momento, supe de quién se trataba.
Era el Duque de Carolina. El tío de Daria y el padre de Betsy.
—¿Cómo te atreves a acusar sin pruebas y declarar que Chloe es la culpable?
Sin embargo, ante las palabras de Raymond, el Duque Carolina se rió con desprecio y habló con voz sarcástica.
—¡Ja! Si no es esa mujer, ¿quién más intentaría asesinar a la Emperatriz? ¿La Marquesa, que nunca salió de su mansión? ¿O quizás Betsy, quien es su prima y de su misma sangre?—y, con una mueca cargada de malas intenciones, añadió—. ¿Acaso no están lo suficientemente claros los motivos y testimonios de la gente?
«¿Testimonios? ¿Qué quiere decir con eso?»
Al no comprender la conversación entre los dos, el Duque continuó con una explicación que parecía dirigida a mí.
—Ya hay testimonios de un soldado de la guardia Imperial que vio, durante el Festival, a una mujer de cabello plateado intercambiando la tetera de té por otra del mismo aspecto.
«¿Cambiar la tetera? Pero el acceso a ese lugar estaba restringido. Si solo nosotras, las doncellas de Daria, podíamos acceder a él y yo, obviamente, no fui… ¿Cómo demonios podría haber sucedido eso?»
—¡Maldita sea, Duque de Carolina! ¡Todos los participantes del evento estaban enmascarados! ¿Dónde está la prueba definitiva de que esa mujer es Chloe?
—Que yo sepa, Su Majestad, no es común encontrar en la capital a una mujer con cabello plateado y ojos rojos. Además, si contamos que ella tenía un pase para todos los espacios de la Emperatriz…
Harta de escuchar tal incriminación sin sentido, cargada de una gran falta de respeto, lo interrumpí de forma tajante:
—Eso no es posible.
Al escucharme, la mirada aguda del Duque se dirigió hacia mí.
—¿Cómo que, “no es posible”?
—Los pases de libre acceso solo se entregaron a las doncellas cercanas a la Emperatriz: a Betsy, a la Señora Gemma y a mí. Y, ciertamente, entre las tres, solo yo tengo el cabello plateado…
—¡Por eso mismo eres la culpable!
—No, soy inocente, Duque de Carolina. He estado con Betsy en todo momento, desde el inicio del Festival. Únicamente nos separamos brevemente después de recibir la bendición de la Santa, pero… Estoy convencida de que alguien me tuvo que ver en ese instante en el que estuve sola.
Ese momento, había sido cuando conversé con Kylos en un callejón, y después, me detuve sola en la calle, absorta en mis pensamientos. Exceptuando esa ocasión, siempre estuve rodeada de gente durante el resto del tiempo. Así que, sin duda, alguien, además de Betsy, debió haberme visto. Incluso cuando estaba parada sola había personas a mi alrededor que lo podrían atestiguar…
—Está claro que no debemos descartar la posibilidad de que la culpable fuera una mujer con apariencia similar a la de Chloe y que, además de eso, llevaba una máscara de flores que cubría su rostro.—dijo Raymond en medio de la discusión.
—¡¡…¡¡
Aquello me dio una idea.
«La máscara…»
Era una prenda repartida al azar a todos los que asistieron al Festival para llevarla en sus rostros.
«Pero, ¿Y si no me tocó a mí por casualidad…? Tal vez lo hicieron a propósito…»
Aquella conjetura comenzó a tomar forma en mi cabeza.
—Es posible, dado que la festividad reunió a toda la población del Imperio. Pero, ¿dónde más encontrarías a una mujer con cabello plateado y ojos rojos que tuviera acceso a todo los espacios privados de la Emperatriz si no es ella?—reprochó el Duque para, luego, declarar—. Su majestad, como cabeza de la familia de Carolina y representante de los nobles del Imperio de Astart, presentaré una solicitud formal de juicio. Mientras no se dicte una sentencia, esta mujer, es la principal sospechosa.
—Duque de Carolina, estamos ante un autor tan meticuloso que incluso cubrió su rostro con una máscara, ¿no podría haber también cambiado el color de su cabello? Además, no podemos excluir del rango de sospechosos a una persona por “ser un pariente”. Si tocas a Chloe, ten por seguro que tu hija tampoco estará a salvo.
Cuando Raymond mencionó a Betsy, los ojos del Duque de Carolina se estrecharon como los de una serpiente.
—Entiendo que tengas cariño por ella… Pero incluso el Emperador no puede actuar unilateralmente sin respetar a la nobleza. Ya, en el consejo nobiliario…
—¿Te refieres a los nueve nobles que estás incitando a mis espaldas?—cortó Raymond.
—¡¿Incitando?! ¡Eso es…!
—¡Cállate!—ordenó Raymond con una voz fría que nunca antes había escuchado—. ¿Estás levantando la voz frente a mí, ahora?
Se acercó lentamente al Duque de Carolina con pasos firmes, dejándome atrás.
—Bueno, como Duque…—balbuceó.
Aunque el Duque de Carolina no era bajo, había una diferencia de una cabeza cuando estaba frente a Raymond. Aplastado por la imponente presencia del Emperador, el hombre bajó la cabeza.
—¿Te atreves?—repitió Raymond.
—… Lo siento, Su Majestad.
Un silencio gélido llenó la habitación. La tensa calma continuó mientras la ira contenida se mantenía.
Pero, sin previo aviso, Betsy irrumpió en la habitación, corrió hacia el Duque de Carolina, y luego me abrazó de repente.
—¡Padre!—exclamó y, dirigiéndose a mí, preguntó—. ¿Estás bien, Chloe? ¿Acaso mi padre te dijo algo horrible?
Besti mordía su labio inferior con nerviosismo. Estaba tan asustada y preocupada que casi parecía haber olvidado que Raymond también estaba en la habitación.
—¡Padre, no dudes de Chloe! ¡Ella nunca haría algo así!—gritó Betsy.
—…
No obstante, el Duque de Carolina la ignoró, e hizo un gesto a los caballeros presentes en la sala. En un instante, los hombres del Duque la sujetaron por ambos lados.
—¿Qué? ¿Qué está pasando? ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me están haciendo esto?! ¡¡¡¡Padre!!!!
—Llévenla al carruaje, de vuelta a la residencia.
Los caballeros se inclinaron ante la orden del Duque de Carolina y comenzaron a llevarse a Betsy a la fuerza.
—¡No, padre! ¡Suéltame! ¡Suéltame, te lo ordeno!—los gritos de Betsy resonaron por el pasillo.
Una vez que el Duque se aseguró de que ella se había ido, se inclinó ante Raymond una última vez, antes de salir de la sala.
—Chloe.—dijo Raymond que se acercó a mí con una expresión preocupada.
—Estoy bien.—respondí antes de que pudiera preguntar y adentré en la habitación de la Emperatriz.
Allí estaba Daria, mientras yacía tranquilamente sobre la cama. Su apariencia pálida como un cadáver me heló el corazón.
—…
Enmudecida por la visión, contemplé su rostro durante un largo rato, llena de dolor.
«¿Quién pudo haber hecho esto? Si realmente fue obra de Kylos…»
Sin embargo, no lograba encontrar la conexión entre el Duque de Ludwig con este intento de asesinato. Él no era un hombre que tuviera resentimientos contra Daria. Ciertamente, era alguien capaz de empuñar una espada sin piedad, si era necesario para alcanzar sus propios objetivos, pero, ¿qué ganaría entonces envenenando a la Emperatriz del Imperio de Astart? Si su objetivo era ella realmente, ¿tendría sentido que Kylos hubiera atacado a Daria junto con Raymond para luego incriminarme a mí?
«No puedo acusarlo por una simple corazonada… Necesito confirmación.»

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: MIMY