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Capítulo 59

Eckhart sostenía a Edith en brazos mientras entraba en la habitación de ella. El aire era más cálido que en el invernadero y estaba impregnado del fresco aroma de hierbas bien secas. El lugar más bellamente decorado de todo el castillo de Hacklam le había sido otorgado a ella, como era debido.   

Al entrar, dos doncellas hicieron una reverencia. Una de ellas, que no podía hablar, corrió hacia el baño. La doncella que se quedó le dijo:

—El agua ya está preparada. Si me permite, yo me encargaré de la señora…

—No hace falta. Cuando esté todo listo, salgan.

Ante las palabras de Eckhart, la doncella dudó un instante, pero rápidamente disimuló e inclinó la cabeza con más profundidad.

—Como ordene. Dejaré aquí la ropa para que la señora se cambie.

La doncella se movió con rapidez sin añadir nada más. Era una mujer perspicaz. Poco después, cuando todo estuvo listo, las doncellas salieron de la habitación con presteza. Eckhart, aún con Edith en brazos, entró al baño.

Eckhart sentó a Edith en una larga silla que había dentro del baño. Su aspecto era lastimoso, todo desordenado porque la habían vestido apresuradamente en el invernadero al volver. Él le retiró la parte de arriba de la ropa con premura. Luego tragó aire, conteniendo un suspiro. Aunque se había esforzado por contenerse, aún quedaban varias marcas en su pecho.

Al quitarle la ropa, Edith se encogió, como sintiendo frío a pesar de estar en el baño. Él la levantó, aún dormida, y entró con ella en la bañera.

El baño, contiguo a su habitación, era tan grande como cualquier otra estancia digna del castillo. Dado que era una región muy fría, en el castillo de Hacklam el baño era una de las estancias en las que más esmero se ponía. Y tratándose del baño de la habitación que ocuparía la novia, era natural que se hubiera puesto aún más cuidado. Era un lugar que normalmente no le inspiraba ningún pensamiento especial, pero, extrañamente, hoy los defectos le saltaban a la vista. Cosas como el tamaño de esta bañera, que quedaba justa ahora que él y ella estaban juntos dentro.

«Entonces lo encontraba molesto.»

Recordaba haberle dicho a Richard, que venía a consultarle cada detalle, que si no podía arreglárselas él solo. Pensándolo ahora, debería haber prestado más atención en ese momento.

Al sumergirse en el agua tibia, Edith se movió y abrió los ojos. Sin embargo, su mirada aún estaba ausente, como si no pudiera distinguir si esto era un sueño o no.

—Duerme más.

Ante las palabras de Eckhart, sus ojos se cerraron de nuevo suavemente. Por su respiración, no estaba inconsciente. Solo profundamente dormida por el gran cansancio. Eckhart la miró, incrédulo, mientras ella dormía con la cabeza apoyada en su pecho. Le parecía asombroso que, en lugar de despertarse sobresaltada, se hubiera vuelto a dormir tan dócilmente.

Tras disfrutar un rato del calor del agua, mojó el cuerpo de Edith con agua que cogía con la mano.

Cuando se unieron en el invernadero, al principio Edith se había horrorizado y había intentado apartarlo.

—¿Y si… y si alguien nos ve? —decía, mientras con las piernas le rodeaba la cintura con habilidad. ¿Sería por la tensión? Eckhart tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la cordura, pues ella lo apretujaba más de lo habitual.

Sus manos separaron las piernas de Edith. Debido a que había eyaculado dentro varias veces, como repintando, había restos resecos abundantemente entre sus muslos. Los restregó bien y los limpió todos. Tras dudar un momento, deslizó suavemente un dedo entre sus piernas.

—Ugh…

Solo con eso, Edith tembló violentamente. Sus ojos, que se habían cerrado, se abrieron de nuevo. Incluso entre sueños, parecía haber notado qué se introducía entre sus piernas. Justo antes de que su rostro se torciera, Eckhart susurró:

—No voy a meterlo. Pero no puedo dejar que siga saliendo… Voy a sacarlo.

Era un absurdo. Había sido él quien había eyaculado dentro hasta que ese pequeño vientre pareciera a punto de reventar. Y ahora decía que iba a sacarlo. Además, esto iba en contra de su propósito. Las posibilidades de concebir aumentaban si lo retenía dentro, mucho tiempo, así que ¿qué razón había para sacarlo expresamente?

A pesar de que dijo que no lo metería, el cuerpo de Edith seguía tenso. Sin decir más, retiró sus dedos y luego la abrazó por detrás, de modo que la espalda de ella quedara contra su pecho. Entonces, presionó suavemente el vientre de ella con la palma de la mano.

—Uungh…

Junto con un quejido, lo que él había introducido entre sus piernas salió de ella y desapareció. Es una estupidez. Aunque no vaya a meterlo más, ¿qué estaba haciendo? Pensando así, sin embargo, acarició su vientre con cuidado para que terminara de salir todo.

Al darse cuenta de que realmente no iba a hacer nada más, Edith volvió a cerrar los ojos. La somnolencia que la invadía era difícil de resistir. Quien se vio en apuros fue Eckhart. Abrazado a aquel suave cuerpo dentro del agua tibia, su entrepierna volvió a cobrar vida.

En otros tiempos, sin dudarlo, habría levantado el cuerpo de Edith, alineado sus caderas y hundido lo suyo sin vacilación. Pero hoy no quería hacer eso.

Terminó de lavar a Edith y la giró para abrazarla de frente. Al ver su rostro dormido, inerte, pensó que esta mujer era bastante linda. Solo la había visto temblar de miedo cada vez que lo miraba, así que quizás era normal no haberlo notado antes.

Cuando estaba a punto de levantarse por fin, la mirada de Eckhart se posó en el pecho de Edith. Aunque había tratado de tener cuidado, aún quedaban marcas. Tras dudar un momento, sentó a Edith en el borde de la bañera y tomó su pecho con los labios.

A diferencia de otras veces, su lengua se movía lentamente. Era un movimiento como queriendo calmar aquello que, tras la repetida estimulación, estaba hinchado y terso. Edith se retorció, intentando escapar de su boca.

—Me hace cosquillas… —riéndose entre dientes, intentó apartar el cuerpo de Eckhart.

Él se quedó mirando aquella cara sonriente, absorto. Luego, volvió a mover la lengua. Al chupar sin hacer daño, volvió a escuchar una risita y Edith abrazó su cabeza. Aunque su propio rostro estaba presionado contra su pecho, no sentía molestia alguna. Más bien, al contrario…

—Richard… basta… me hace cosquillas…

Al oír el nombre que Edith pronunció, Eckhart volvió en sí. Apartó la boca de inmediato y la miró, pero ella murmuró algo y luego se calló. Parecía estar medio dormida, hablando en sueños.

Eckhart guardó silencio un momento, luego la levantó en brazos y se puso en pie. La recostó en la silla y secó su cuerpo con las toallas que las doncellas habían preparado. Aunque era tarea de los sirvientes, él movió las manos en silencio.

Tras secarle la humedad y ponerle el camisón, ató bien los cordones sobre su pecho, ahora limpio y sin marcas, y la llevó a la cama. Luego salió de la habitación, ordenó a las doncellas que la atendieran y se dirigió a su despacho.

Pensaba que no habría nadie, pero Richard estaba sentado frente al escritorio.

—No te habías ido. ¿Queda mucho trabajo?

Richard solía irse a su habitación al caer la noche, incluso si le quedaban tareas. Porque la noche era el momento que Eckhart dominaba por completo. Cuando Eckhart se acercó, Richard se levantó de su asiento. Era lo apropiado.

Una vez sentado, Eckhart revisó los documentos sobre el escritorio. Como siempre, eran varios papeles relativos a la administración de Hacklam. Entre ellos, uno captó especialmente su atención. Era un mapa de la mina. Le pareció extraño que lo hubiera sacado, y en ese momento Richard habló:

—Por favor, no trate mal a la señorita novia.

—…

Eckhart giró la cabeza para mirar a Richard. Aunque sus gélidos ojos lo fulminaban, Richard continuó:

—Vi su cuello. Aún tenía débilmente marcadas las huellas de sus manos.

—Pero la curé.

—Aun así, lo que hizo no desaparece.

Eckhart guardó silencio por un momento. Era la primera vez que Richard le hablaba sin echarse atrás de esta manera. Un desagrado comenzó a brotar desde lo más profundo de su pecho. No era por su actitud desafiante. Era un desagrado hacia sí mismo, por estar buscando excusas ante las palabras de Richard.

Sin poder responder más, Eckhart, mientras ordenaba los documentos sobre el escritorio, dijo:

—…Esta vez, la mina. Irás tú.

—¿Cómo?

Ante lo inesperado de sus palabras, los ojos de Richard se abrieron de par en par.

—¿Qué te sorprende tanto? Siempre has ido una o dos veces en invierno. Además, viendo que has sacado el mapa de la mina, ¿no estabas pensando en ir?

—Bueno, eso es cierto… —la verdad es que sí había pensado en ir a la mina. Porque Edith había mostrado gran interés en ese lugar. Pensó que si en primavera la llevaba al interior, sería mejor inspeccionarlo y comprobar el camino antes. Así que iba a decirle a Eckhart que quería ir a la mina, pero que él se lo hubiera adelantado le provocaba una sensación extraña, de desgana. 

—Pero en invierno hay mucho trabajo en el castillo, así que por ahora…

—¿Acaso me ves como un idiota que no puede administrar el castillo sin ti?

—…No, señor.

—De paso, tráete a los hechiceros de la mina. Tengo que investigar algo antes de romper el hechizo de los Nils.

—Entendido.

—Partirás al amanecer. Los preparativos para llevar a la mina ya deben estar listos, así que no tendrás que preparar nada aparte.

Ante la orden de Eckhart, Richard apretó el puño. Su orden era razonable. En invierno, Richard también solía pasar por la mina una o dos veces. Aunque él no estuviera, Richard no tendría problemas para manejar los asuntos administrativos.

Entonces, ¿por qué se sentía como si lo estuvieran expulsando?

Eckhart se dirigió a Richard, que aún seguía de pie:

—Y, siguiendo tu consejo, me llevaré bien con Edith, así que no hace falta que te preocupes por ella.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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