Capítulo 48
¿Sería un problema que su primera vez hubiera sido con él, temblando de ansiedad? Edith terminó por darse cuenta de que cuanto más bruscamente la trataba él, más placer sentía.
Seguro que ya era así desde que estaba en el convento. Por eso, tal y como se lo había recriminado Eckhart, había salido por su propio pie para buscarle, aunque él no la hubiera amenazado para que volviera a salir.
Fue vergonzoso cuando lo supo con certeza. Sentir placer ante actos coercitivos y violentos. Seguro que ni siquiera las prostitutas del mercado sentían algo así.
La mano de Edith se palpó el vientre. Aunque había pasado ya un buen rato desde que Eckhart se había retirado de dentro de ella, aún sentía como si él permaneciera en su interior.
—Me voy ya.
Finalmente, Edith se levantó. Hoy, por algún motivo, sentía que no debía quedarse con Richard. De todas formas, en este estado, no tenía sentido seguir sentada allí más tiempo.
«Será mejor que me vaya al invernadero».
Aprovechando para comprobar el estado de las plantas que había tocado, prefería pasar el tiempo sola en un lugar tranquilo. Fue justo cuando, a diferencia de lo habitual, estaba recogiendo sus cosas sin haber cogido ningún libro para leer.
TOC, TOC.
Se oyó el sonido de alguien llamando a la puerta y un criado anunció que una doncella del taller había venido a ver a Richard. Entonces, Richard le dijo a Edith:
—Espere un momento. Parece que al fin lo ha traído.
—¿Qué es lo que ha traído?
En lugar de responder, Richard abrió la puerta e hizo pasar a la doncella. En las manos de la doncella que entró había una gran caja de madera. Él la recibió y despidió a la doncella. Edith se asomó con curiosidad a la caja que él había dejado en el suelo. Por lo visto, había ordenado que le trajeran algo para ella.
«Como si ya no tuviera más que de sobra».
Cada mañana, cuando Rokesha la saludaba, solía contarle sus cuitas.
—Vuestra Señoría preparó muchísimas cosas para la señora. La cuestión es que, como suelen hacer los hombres, solo las fue acumulando y dejó los preparativos para más tarde. Estoy haciendo una lista con esmero, así que tenga un poco de paciencia.
Diciendo esto, solía llenar la habitación con algunos de los objetos ya ordenados. Edith acababa abrumada. Nunca antes en su vida había poseído nada en abundancia. Aunque desde que llegó a Hacklam había disfrutado de todo tipo de lujos y poseía muchas cosas, no las consideraba suyas. Incluso cuando Richard, notando que ella apenas se atrevía a tocar los objetos, le sugería que los usara, Edith no sabía qué hacer.
Como no había banquetes, no necesitaba vestidos ni joyas, y los libros que requería para estudiar podía cogerlos de la biblioteca. Por suerte, no le escatimaban el papel, la tinta y las plumas, así que pensaba que con eso bastaba. Lo único que había pedido era el espacio del invernadero.
Richard, que conocía bien esta situación, se preguntó qué más habría preparado, y Edith, preparada para decirle que ya era suficiente, miró la caja. Pero en el momento en que él la abrió, no tuvo más remedio que tragarse todas las palabras que había preparado.
—Esto es… —dijo ella.
—Son otras prendas confeccionadas con la piel del zorro lunar.
Dentro de la caja había artículos para protegerse del frío: guantes, un cuello de piel, orejeras e incluso un gorro.
—¿Quiere probárselos ahora?
—¡Sí!
Si hubiera sido cualquier otra cosa, le habría dado las gracias educadamente y habría pedido a las doncellas que los llevaran a su habitación. Pero los artículos de piel de zorro lunar eran una de las pocas cosas que Edith codiciaba.
Al ver a Edith emocionada, Richard sonrió y le colocó el gorro de piel en la cabeza. Luego las orejeras, y después los guantes.
Ante su meticulosa atención, Edith sintió que el resentimiento que había albergado durante todo el día se desvanecía sin darse cuenta.
—¡Gracias, Richard!
Cuando terminó de ponerse los guantes, Edith extendió los brazos y lo abrazó.
—Rokesha me lo había mencionado, pero me alegro mucho más de recibirlo directamente. Muchas gracias de verdad.
—Ah, esto es… —tartamudeó Richard.
Mientras él dudaba, Edith se puso de puntillas y le besó suavemente en la mejilla. Entonces, Richard se quedó inmóvil. Al verlo completamente petrificado, fue Edith quien se sintió avergonzada.
—Bueno, yo me voy. Entonces… —dijo ella.
Edith salió del despacho casi huyendo.
Después de que Edith desapareciera, Richard permaneció quieto un largo rato y luego se tocó la mejilla con el dorso de la mano. El lugar donde los labios de ella habían rozado estaba caliente. Se lo presionó varias veces con la mano fría, pero el calor no se aplacaba. Entonces, cayó en la cuenta de su propio error cometido instantes antes.
—Vaya…
Se pasó una mano por el rostro. Había querido decirle, al darle el regalo, que eran artículos confeccionados con los zorros lunares cazados por Eckhart. Pero en el momento en que ella, que al recibir otros objetos mostraba signos de incomodidad más que de alegría, se puso contenta al recibir aquellos, Richard sintió como si una afilada espina le rasgara el interior.
Por eso, perdió el momento de decirle que todo había sido hecho por orden de Eckhart. En ese intervalo, Edith le había besado la mejilla.
—…
Richard miró la caja de madera vacía. Si hubiera sido la Edith de siempre, habría dado las amablemente las gracias y se habría llevado solo uno de los artículos. Y probablemente habría pedido a una doncella que lo dejara en su habitación.
La actitud de esa Edith le preocupaba. Desear poseer algo es un instinto humano. Pero Edith no mostraba esa avaricia. Era como si sintiera que, si poseyera las cosas que había allí, tendría que pagar un precio por ello.
Eso significaba que no estaba haciendo bien el trabajo que se le había encomendado. Si Eckhart le había permitido ganarse el favor de Edith no era solo porque existiera como su sombra.
—Haz que esa mujer quiera tener un hijo. Haz que ella misma piense que quiere convertirse en la madre de Hacklam.
Eckhart no había tenido necesidad de dar esa orden. Desde el momento en que vio a Edith por primera vez, perdió la cabeza, y Richard, más que nadie, deseaba que ella amara Hacklam. Por eso le daba todo lo que quería, e incluso lo que no quería. Después de que ella pasara su primera noche con Eckhart en Hacklam, cuando vio sus ojos mirándole sabiendo toda la situación, en realidad se sintió contento.
Porque así pudo saber con certeza que Edith le tenía aprecio. Durante el día, cuando la abraza, ella misma se quita la ropa y abre las piernas. Con cada movimiento de él, ella emite sonidos encantadores y, abrazada a él, no sabe qué hacer.
Y sin embargo, ella seguía sin desear nada más. Pensó que si esperaba, llegaría a desearlo… pero lo primero que ella codició fueron las cosas que Eckhart le había proporcionado, y no las que Richard había preparado.
Tras permanecer quieto un largo rato, esbozó una sonrisa amarga.
—…Qué locura.
Por un instante, sintió cierta inquietud hacia Eckhart. Era algo absurdo. Richard, desde que vivía como su mano derecha, jamás había albergado sentimiento negativo alguno hacia Eckhart. Cada vez que Caleb movía la cola delante de Eckhart, simplemente le causaba gracia. Porque creía firmemente que nadie podía igualar su lealtad y obediencia absolutas hacia él.
¿Acaso no le había concedido Dios un rostro como el suyo por esa razón?
Cerró la tapa de la caja de madera.
«Tengo que decírselo la próxima vez».
Mañana mismo debe decirle a Edith que todas esas prendas fueron preparadas por Eckhart. No es algo difícil. Ella vendrá a verle mañana de todas formas.
Aun pensando así, Richard exhaló un breve suspiro sin motivo y miró hacia afuera.
Por alguna razón, la llegada de la noche no le resultaba nada placentera.
***
Palacio principal de la corte imperial.
Afuera reinaba la oscuridad, pero dentro del palacio principal estaba tan iluminado como si fuera de día.
Junto con las lámparas, unas esferas de luz inextinguible, creadas en el pasado con el misterioso poder de las razas no humanas, se alineaban a lo largo del corredor. Gracias a ello, el suntuosamente decorado pasillo brillaba hasta marear la vista.
Había un hombre recorriendo ese pasillo con rostro impasible. El hombre, de cabello rubio claro y ojos azules, era asombrosamente apuesto. Pero si se observaba con un poco más de detenimiento, se podía notar un destello de ambición, junto con un antiguo terror, en su rostro.
A medida que se acercaba al final del pasillo, su paso se ralentizaba ligeramente, aunque ni los sirvientes apostados a lo lejos ni él mismo fueron conscientes de ello.
Cuando llegó frente a la enorme puerta, un sirviente hizo una profunda reverencia y dijo:
—Saludo a su Alteza, el Príncipe Heredero.
El Príncipe Heredero dejó pasar el saludo con indiferencia y preguntó:
—¿Su Majestad?
—Bueno, es que… —el sirviente no pudo continuar.
Por su reacción, el Príncipe Heredero pudo adivinarlo. Que el ánimo de su padre estaba, también hoy, terriblemente alterado.
—Desde luego, esos tipos de Hacklam son impresionantes —murmuró.
Los únicos a los que el Emperador de este poderoso imperio vigilaba con recelo. Esos que, tras décadas de vivir agazapados, en el momento de descuido del Emperador, le asestaron un golpe por la espalda.
«Pero ellos no lo sabrán».
Que la novia que se llevaron jamás podrá tener un hijo.
Robin: KEEEEE

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN