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Capítulo 46

Mientras cubría una marca con otra, recordó algo del pasado.    

Su relación con su prometida había sido, ante todo, una cuestión de conveniencia política. Desde pequeño, Eckhart había sido reconocido por todos como el futuro líder. Por eso, su futura pareja se decidió rápidamente. Provenía de una familia de alto linaje dentro del clan Hacklam; su madre y sus hermanas habían dado a luz a muchos hijos y eran mujeres de carácter firme y recto.

Eran personas a las que no les faltaba nada, así que antes de que él cumpliera los diez años, ambos ya estaban prometidos. Además, tras el compromiso, pasaban la mitad del año cada uno en casa del otro. Decían que, si se acostumbraban el uno al otro, el vínculo también sería más profundo y sólido.

De tanto verse, él y su prometida se volvieron como amigos. Pero, contrariamente a lo que esperaban los mayores de la familia, el vínculo simplemente no se formaba. Todos estaban desconcertados. Porque el vínculo no solo se lograba amándose apasionadamente. A veces bastaba con sentir una profunda camaradería, como un compañerismo de guerra, y otras veces se lograba precisamente por haberse tratado desde niños y ser la persona con la que uno se sentía más cómodo.

Sin embargo, Eckhart y su prometida, que se llevaban tan bien y eran la pareja perfecta sobre el papel, no solo no lograron el vínculo, sino que casi ni siquiera se les veía juntos.

—Yo me estoy esforzando… ¿No será que tú me odias?

Cada vez que su prometida decía eso, Eckhart no respondía. Como si no hiciera falta responder. Los ancianos, impacientes, lo culpaban a él y lo apremiaban. Pero Eckhart, con rostro inexpresivo, les decía:

—¿Así que ustedes creen que con estar juntos, no importa con quién, ya se forma el vínculo? Menos mal que no crían perros o gatos.

—¡¿Señor Eckhart?!

Los ancianos, sintiéndose insultados como si les hubiera llamado animales que se aparean con cualquiera, gritaron con el rostro enrojecido, pero Eckhart no pestañeó siquiera.

—Que decidieran a mi prometida a su antojo, lo pasó por alto. Cuando llegue el momento, cumpliré con mi deber. Pero no esperen nada más. El respeto que voy a mostraros llega hasta aquí.

Ante la actitud de Eckhart, que parecía dispuesto a romper incluso el compromiso si lo presionaban más, los ancianos no pudieron decir nada más. Aun así, no se rindieron. Sus expresiones delataban que creían firmemente que, algún día, la prometida que ellos habían elegido daría a luz a sus hijos.

Así que los ancianos hicieron correr el rumor. Decían que la relación entre Eckhart y su prometida era excelente y que, de hecho, el vínculo ya se había formado. Quienes estaban cerca sabían que eran tonterías, pero los que no lo sabían se lo creían a pies juntillas. Eckhart no se molestó en corregir ese malentendido. Total, fuera como fuese, era un fastidio.

Recordando aquello, su rostro se torció en una mueca. Pero entonces, Edith, que estaba sobre él, se movió mientras dormía, sacándolo de sus pensamientos. El calor del cuerpo femenino que, jadeando suavemente, dormía sobre él, hizo que los viejos recuerdos se desvanecieran y desaparecieran.

Ahora, entre las piernas de Edith, se deslizaba el deseo que él había contenido durante tres semanas. Ya había hecho lo que tenía que hacer, así que bien podría levantarse e irse ya.

Aunque era quien mejor lo sabía, Eckhart no se levantó. Mientras tanto, lo que se había calmado un momento antes empezaba a reavivarse lentamente.

«¿Lo haré una vez más?».

Aunque Edith estuviera dormida, no era difícil saciar su deseo. Si se despertaba durante el acto, también estaría bien.

Eckhart abrazó con más fuerza aquel cuerpo que aún no reaccionaba, rendido al sueño. La sensación de aquel cuerpo blando pegándose al suyo era agradable. Tanto que pensó que no le importaría estar así toda la vida. Al apretarla un poco más, Edith, quizás porque le costaba respirar, se quejó suavemente y se removió. Al rozarse los pezones con los de ella, Eckhart sintió una sed inexplicable y tragó saliva. Su miembro, erguido con fiereza, rozó la vulva de Edith, produciendo un sonido húmedo.

Solo tenía que empujar así. Si entraba de una vez, ella se sobresaltaría y abriría los ojos. Sus pupilas, nubladas por el dolor y el placer de la penetración, lo mirarían y se humedecerían. Entonces, si se movía, ella lloraría con una voz bastante bonita.

Solo de imaginarlo, la sangre se agolpó más abajo. No había razón para dudar. Él era el jefe de los Hacklam y esta mujer tenía la obligación de recibirlo. Levantó sus caderas y alineó sus cuerpos. Como la había estado follando sin parar antes de dormir y la había dejado bien empapada, seguro que su interior aún estaba bien abierto. A Eckhart le gustaba ver cómo ella, aunque le costara, se las arreglaba para tragarse todo lo suyo.

Solo tenía que meterlo así.

—Uungh, no… —Justo cuando la punta empezaba a penetrar, Edith negó con la cabeza y frotó su mejilla contra el pecho de él.

Sería un acto instintivo, sin ser consciente de la situación en la que se encontraba. De otro modo, no se habría puesto tan mimosa con él. Aunque lo sabía bien, los movimientos de Eckhart se detuvieron.

Su mirada se posó de nuevo en el rostro de Edith.

—…

Eckhart se quedó un buen rato observando aquel rostro en silencio.

***

—¿Qué es esto…?

Eckhart miró la maceta que tenía en la mano. Bueno, lo que había sido una maceta. Porque se había caído al suelo y se había roto.

Al final, se había quedado en la habitación sin volver a tomar a Edith. Luego, al ver que el cielo clareaba, se levantó. La mañana era el momento de Richard. Si se llevaba a Edith a la cámara nupcial, que no tenía ventanas, podría seguir abrazándola, pero no pensaba hacerlo a propósito. Había vuelto tras tres semanas de ausencia, así que tenía que revisar la orden de caballeros y muchas otras cosas que hacer.

Por mucho que Richard se encargara de la mayoría del papeleo, no era que Eckhart se desentendiera por completo.

Cuando ya iba a salir, vio esta maceta frente a la puerta. Edith la había dejado caer sorprendida al verlo cuando entraba en la habitación. Aquello le había torcido el humor y la primera embestida fue un poco brusca. Aunque ella suplicó que parara, que lo hiciera más despacio, él fingió no oírla. Además, sabía que pronto estaría retorciéndose de placer y mordiéndoselo, así que tampoco veía la necesidad de consolarla.

Eckhart, que iba a salir dejándolo así, chasqueó la lengua y recogió la maceta.

«¿Se la habrán dado?».

Cuando él regresó, los sirvientes le dijeron que Edith había salido con Richard a ver la ciudad. La gente habría recibido calurosamente a la nueva señora de los Hacklam, a quien veían por primera vez. Así que seguramente le dieron esta maceta, cultivada con esmero en invierno.

«Es bueno».

Es una mujer que ha pasado toda la vida siendo rechazada. Así que si recibe atención y cariño de la gente, pronto cobrará afecto por este lugar. Como Richard parece estar todo el día pegado a ella ayudándola, quizás ya le tenga cariño a este sitio.

Eckhart barrió los trozos de maceta y la tierra y los cogió en la mano. Como la maceta no era grande, los fragmentos le cupieron en la mano sin problema.

«Si lo dejo así, se marchitará más».

Como a Edith parecía gustarle lo suficiente como para traerla ella misma, pensó que podría llevarla al invernadero que tanto le gusta y plantarla allí.

Se dirigió al invernadero con paso ligero. Era un lugar donde casi nunca iba. Quizás por visitarlo después de tanto tiempo, el aspecto era bastante diferente al que recordaba. Antes parecía que solo lo mantenían lo suficiente para que la gente pudiera pasar, pero ahora no solo habían limpiado por completo las malas hierbas de alrededor, sino que además habían puesto piedras en el camino para facilitar el acceso.

Pensando que estaba bien, se adentró. Era el amanecer, el cielo apenas comenzaba a aclararse. Así que no debería haber nadie en el invernadero, pero sus ojos captaron algo que se movía junto a él.

«¿Quién demonios?».

¿Quién se atreve a rondar por aquí? Pensó que, fuera quien fuese, primero lo mataría a medias y luego le preguntaría el motivo, pero en ese instante, la persona que estaba frente al invernadero notó su presencia y se giró.

—¿Eh? ¡¿Señor Eckhart?!

La capucha que llevaba calada se resbaló, revelando un brillante cabello rubio que relucía incluso en la oscuridad. Al verlo, Eckhart apagó al instante su agresiva actitud y respondió con una sonrisa.

—Caleb.

En cuanto lo llamó, Caleb se acercó corriendo a él. Al verlo aún con aspecto de niño, Eckhart no pudo evitar esbozar una sonrisa amarga.

Eckhart era un jefe estricto con el clan Hacklam, pero que valoraba y anteponía a los suyos. Por eso, aceptó de buen grado en el clan a Caleb, aunque solo tuviera la mitad de sangre. Para él, Caleb era alguien del clan al que no pudo proteger a tiempo y, al mismo tiempo, alguien que le preocupaba por su discapacidad permanente.

No sabía cómo habría influido la sangre de su padre, pero su cuerpo, que ya debería haber terminado de crecer, seguía en la etapa de un muchacho. Por eso, Eckhart se mostraba bastante blando y amable con Caleb.

—¿Por qué andas por aquí en lugar de estar en tu alojamiento? —dijo Eckhart mientras le despeinaba el cabello sin cuidado con una mano.

Caleb frunció el ceño, pero no esquivó su mano. Más bien, acercaba la cabeza como pidiendo más. En cierta ocasión, Richard había visto esta escena y comentó: —Cualquiera diría que son padre e hijo.

Ante la pregunta de Eckhart, Caleb se sobresaltó y, mirándolo de reojo, respondió:

—Es que… no podía dormir…

—Entonces podrías haber ido al campo de entrenamiento.

—…

—Por cómo no respondes, veo que has vuelto a meterte en algún lío y estás castigado sin salir, ¿no?

Ante las palabras de Eckhart, Caleb bajó la cabeza por completo. Eckhart no preguntó más. Porque no era algo de un día que Caleb, expulsado de la orden, vagara por los rincones del castillo.

En su lugar, abrió la puerta del invernadero y dijo:

—Sígueme.

Si hubiera sido otro, no lo habría dejado entrar. No tenía intención de dejar entrar a otro macho en este lugar donde permanecía intensamente el aroma de Edith. Pero Caleb era una excepción a esa regla.

¿Qué iba a hacer este chico con la novia de los Hacklam?

Robin: Uiiiii ya veremos kiaaa!!! Caleb mi gallo!!



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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