Capítulo 43
Ese lugar es la plaza Dos. El reloj de la torre está allí.
Richard señaló la plaza que se encontraba más abajo, al otro lado de la muralla.
—Aunque la llamamos plaza Dos, es más ancha que la plaza Uno. La plaza Uno se construyó cuando se erigió la fortaleza de Hacklam, mientras que la plaza Dos se creó más tarde, al aumentar la población y los suministros. Por eso se hizo grande desde el principio, pensando en el futuro.
Edith escuchaba las palabras de Richard mientras alternaba la mirada entre el mapa y la ventana. Luego, al ver el papel que tenía a su lado, suspiró.
—Y por eso decías que las tasas impositivas aquí son diferentes.
—Sí. Tienes buena memoria.
—Richard, no soy tonta. Sé perfectamente que las tasas impositivas varían según la zona.
Edith se encogió de hombros y Richard soltó una risita.
—Pero hace una semana no lo sabías.
—…
Ante su comentario, Edith desvió la mirada con disimulo. Sobre el escritorio, donde se posaron sus ojos, había varios libros y papeles. En los papeles, numerosos números estaban escritos de forma desordenada. También había muchos tachones hechos con pluma, señal de que había escrito algo y luego se había dado cuenta de que estaba mal. Todas eran pruebas del esfuerzo de Edith por aprender.
Le habían dicho que buscara algo que hacer, así que entraba y salía del invernadero, pero no podía pasarse todo el día allí. Por eso también tenía que encontrar tareas que pudiera realizar dentro de la fortaleza. Lo que Edith eligió fue estudiar las labores propias de la señora de la casa, algo que debía hacer en el futuro.
Como era de esperar, lo fundamental era revisar los libros de contabilidad y los documentos. Leerlos no era un problema, pero no lograba comprender qué significaban realmente las cifras ni cómo funcionaba todo. Especialmente cuando intentaba aprender a hacer los pedidos necesarios, Edith se sentía abrumada.
No se trataba simplemente de fijarse en la cantidad pedida anteriormente y copiarla. La administración de una casa era como un ser vivo, siempre había variables y las fluctuaciones según la estación eran enormes. Los pedidos semanales y mensuales cambiaban dependiendo de la entrada y salida de los trabajadores, los acontecimientos fuera de la fortaleza y los eventos dentro de ella.
Además, el precio de los productos también variaba según la estación. Esto se debía en parte a la característica de Hacklam, donde en invierno se interrumpía el intercambio con el exterior, pero eso no significaba que en otras estaciones no hubiera fluctuaciones.
Una semana antes, mientras revisaba unos documentos, Edith acabó confesando a Richard que no tenía ni idea de cómo hacer todo aquello. Ante la ignorancia de Edith, Richard no se sorprendió ni tampoco suspiró.
En cambio, trajo varios libros y un montón de papel en blanco y le dijo:
—Entonces, solo tienes que aprender.
A partir de ese día, Richard se tomaba un tiempo durante el día para enseñarle personalmente a Edith todo lo que necesitaba aprender.
—Debes de estar muy ocupado, podrías enviar a alguien para que me enseñe.
—En invierno estoy relativamente libre, no te preocupes.
—¿Que estás relativamente libre?
No podía ser. Desde lo que Edith veía, Richard estaba ocupado todo el día. Incluso antes de que amaneciera, ya había docenas de vasallos esperando para verle. Por eso, solo podía compartir un breve rato la comida con Edith y luego volvía rápidamente a sus labores. E incluso durante ese breve rato, mucha gente le buscaba. Así que lo de estar libre era, sin duda, una mentira.
Cuando Edith le miró con una mirada llena de asombro, Richard soltó una carcajada, la abrazó suavemente y susurró:
—Si es para estar juntos, debo sacar tiempo aunque no lo tenga. Además, si les digo que te estoy enseñando, los vasallos me presionarán un poco menos.
Y no sé qué hizo o cómo lo gestionó, pero a partir del día siguiente, reservó dos horas después de la comida para Edith. Así, hasta que tomaban el té después de la lección, ese era el momento más importante de la rutina diaria de Edith.
—Pero más que eso, recuerda bien esta zona. Es donde suelen vivir concentrados los que emigran desde fuera. Aunque traen mercancías de lugares lejanos… no son personas con un gran sentido de pertenencia, por lo que hay que prestarles atención. Todos los espías del Emperador que han entrado en Hacklam hasta ahora lo hicieron a través de los gremios comerciales de esta zona.
Al oír lo de “espías del Emperador”, Edith preguntó sorprendida:
—¿Puedes contarme algo así?
—No hay nada que no pueda contarle a mi esposa. Además… no es como si fueras a contárselo al Emperador, ¿verdad?
Tenía razón. No pensaba contarle al Emperador que sus espías habían sido descubiertos, ni tampoco tenía forma de hacerlo. En realidad, no tenía ninguna razón para hacerlo. Para Edith, el Emperador no era su padre, sino un extraño lejano y temible. ¿Por qué iba a ir a contarle información a quien la había abandonado?
Richard se acercó un poco más a Edith y señaló varios lugares del mapa. Le fue mostrando uno a uno las instalaciones y lugares importantes dentro de Hacklam. Mientras lo hacía, su mano tanteó la cintura de ella.
Como ella fingió no darse cuenta, su mano se fue dirigiendo poco a poco hacia zonas más íntimas. Cuando llegó a rozarle por debajo del ombligo, el cuerpo de Edith dio un respingo. La pluma que sostenía saltó, salpicando tinta. Edith dejó rápidamente la pluma y buscó con qué limpiar la mesa. Pero la mano de Richard apretó con más fuerza su cintura y no la soltó.
—Richard, espera… ¡Ah!
Sus labios comenzaron a juguetear con el cuello de Edith. Solo con eso, Edith recordó vívidamente lo sucedido el día anterior.
Richard era de los que no desperdiciaban el tiempo que tenían.
Por eso, en cuanto terminaba rápidamente la lección, tumbaba a Edith en el sofá. En el sofá donde la primera vez que se habían mezclado los cuerpos de los dos, había, por alguna razón, más cojines y mantas que antes. El contacto, que comenzó con suaves besos, pronto se volvió profundo. Que lo hubieran hecho una vez no significaba que la vergüenza desapareciera fácilmente. Además, su cuerpo, expuesto bajo la brillante luz del sol, estaba, a diferencia de su actitud amable, completamente excitado.
Cuando los labios de Richard descendieron de su rostro y rondaron su pecho, el cuerpo de Edith ya estaba abierto para él.
Él le quitó la ropa rápidamente. Sus largos dedos desabrocharon los botones con demasiada facilidad. La ropa interior también. El primer día había dudado un instante, pero ahora, con solo mover los dedos unas cuantas veces, la tela que cubría el cuerpo de ella cayó sin fuerza al suelo.
Sus labios se juntaron y la piel desnuda rozó el cuerpo del otro. Richard abrazó a Edith contra su pecho. El pecho de él, firme contra su espalda, le hizo sentir, una vez más, que era quien había mandado volando a un caballero de un solo golpe. A pesar de que pasaba todo el día sentado ante un escritorio.
Richard se tomó más tiempo y cuidado que de costumbre para preparar el cuerpo de Edith. Acarició sus pechos, rozó su vientre y luego introdujo sus dedos entre sus piernas.
—Uún… —Edith tembló. Mientras, se aferró al brazo de él que la sostenía.
Richard la poseía casi a diario. No era como el primer día, que lo hizo como loco durante horas. Él aún tenía muchas cosas que hacer. En cambio, su actitud se volvió insistente.
No la poseía con rudeza como Eckhart, pero tampoco era que su cuerpo lo llevara bien. Incluso haciéndolo una sola vez, llevaba a Edith hasta el límite, al borde del desmayo.
Los dedos que habían entrado entre sus piernas pronto se humedecieron por completo. El número de dedos dentro de ella aumentó gradualmente. Dos, tres… Después de prepararla lo suficiente para que algo grueso entrara sin problema, él colocó la suya entre sus piernas. Cuando su miembro, surcado de venas, se frotó contra esa zona tan sensible por la estimulación, Edith, solo con eso, gimió y derramó sus jugos.
Pensando que si aquello de él se hundía un poco más en la hendidura húmeda, entraría directamente, el cuerpo de Edith se tensó. Pero él no entraba fácilmente. Hasta que, en el momento en que Edith se acostumbró a esa sensación tan peligrosa:
—¡Huuuk!
El miembro de él penetró de una vez. Su cuerpo, que había ido acumulando estimulación, alcanzó el clímax inmediatamente con esa sola embestida. Edith, abrazada a él, jadeó sin poder respirar por un momento.
—Otra, otra vez así… de una… —alcanzó a decir.
—¿Acaso le pareció poco con una sola vez?
—No es eso… ¡Hup!
Richard, sin retirarse de dentro de ella, la fue tumbando lentamente en el sofá. Como sus cuerpos seguían unidos, cada movimiento de él era una estimulación para Edith. Aun así, Edith se sintió aliviada. Pensó que a partir de ahí se repetirían los actos familiares y podría anticiparlos hasta cierto punto.
Pero Richard, como burlándose de sus pensamientos, levantó una de las piernas de ella y la colocó sobre su hombro, girando ligeramente el cuerpo de ella hacia un lado.
—¿Richard…?
Edith, con las piernas bien abiertas, lo miró tensa. Richard, en lugar de responder, movió las caderas.
Finalmente, antes de que él se moviera siquiera unas cuantas veces, ella acabó suplicando, aferrada a la manta.
—Huuu… ah, demasiado, demasiado hondo…
Sentía como si todo lo que tenía dentro fuera a salir por la boca debido a la presión que Richard le provocaba. Pero Richard, sujetándole fuertemente la mano mientras ella suplicaba, siguió moviendo sus caderas. Con aquello de él, que llegaba más hondo de lo habitual, Edith acabó desmayándose en el momento del segundo clímax.
Eso fue ayer. ¿Acaso hoy también piensa hacerlo?
Justo cuando Edith, pálida, se aferraba a su falda, Richard la tranquilizó y dijo:
—Hoy no lo haremos. En cambio…
Y entonces, mordisqueó suavemente el lugar donde había estado besando.
—Nos prepararemos para la marcación.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN