Capítulo 34
Por un momento, olvidando para qué había venido a este convento, Richard se acercó a la mujer arrodillada.
Le había preguntado a Eckhart innumerables veces cómo podía saber si la mujer que encontraran sería apta para convertirse en la Novia de Hacklam. La respuesta siempre era la misma: que solo se sabía en el momento de verla. Como nunca había recibido una explicación más precisa, Richard temía que, aunque encontraran a quien debían convertir en Novia, pudieran pasarla por alto sin darse cuenta.
Pero en el instante en que vio a la mujer, comprendió lo infundado de esa preocupación. Su mirada se fijó en un solo punto y su sangre fluyó más rápido. Todos sus sentidos priorizaban la supervivencia de la otra persona por encima de la suya propia.
Quitarse la capa y cubrirla con ella fue un acto instintivo. Deseaba que esta persona no sintiera ni un poco de frío. Y, antes de eso, había querido arrancar los ojos de todos esos hombres que miraban el pecho de ella y se relamían los labios. Después, quiso degollar a todos los que la sometían y contemplaban la escena.
No habría necesitado en absoluto la ayuda de los caballeros que habían ido con él. Los humanos en el convento, Richard habría podido masacrarlos él solo sin problema. Pero, en lugar de matarlos a todos, Richard rápidamente recuperó la compostura y actuó conforme a su estatus de “Señor de Hacklam”.
No es que fuera una persona especialmente paciente. Sino que hacerlo así era lo mejor para la Novia de Hacklam.
Si le mostraba una escena violenta de asesinatos ante sus ojos, ella seguramente les temería y los rechazaría. Además, si llegaba a saberse que era posible matar en un lugar sagrado, el Emperador se enfurecería y sin duda subiría con todo su ejército a Hacklam.
«No es que no pudiéramos defenderlo, pero no hay necesidad de provocar esa situación a propósito.»
Lo más importante era la seguridad de la Novia. Así que no era necesario provocar una guerra a propósito. Tampoco había motivo para darle al Emperador un pretexto. Por eso, Richard concluyó el asunto mostrándose como el Señor perfecto e hizo subir a Edith al carruaje.
Durante todo el camino de regreso a Hacklam, estuvo inquieto. Antes de ir, había dado estrictas instrucciones a los del castillo de que iban a traer a la Novia y que prepararan todo minuciosamente. Incluso había hecho llamar a las doncellas que había seleccionado de antemano para ella, por si acaso aparecía.
Aun así, la preocupación de Richard no cesaba. Creía que tenían los preparativos siempre listos para recibir a la Novia, pero ahora que ella había aparecido, todo le parecía terriblemente insuficiente.
La preocupación de que Hacklam pudiera parecerle demasiado modesto a los ojos de la Novia no abandonaba su mente. Él y sus caballeros se dirigieron a Hacklam como posesos. Pero a diferencia de ellos, que iban emocionados a toda prisa, Eckhart durante todo el trayecto no pareció tener ninguna emoción en particular. No solo eso, sino que a veces incluso mostraba gestos de desagrado.
Richard no lograba comprender a Eckhart. Él solo de estar al lado de la Novia sentía que la cabeza le daba vueltas. Los otros caballeros también estaban igual.
Los caballeros de Hacklam no suelen ser personas que muestren sus emociones. Es también parte de la naturaleza de los lobos, pero estos hombres, que han vagado durante mucho tiempo viendo morir a sus compañeros, ya no se inmutan por cualquier cosa. Además, bajo el estricto entrenamiento de Eckhart, la disciplina estaba completamente arraigada. Sin embargo, durante todo el trayecto hacia Hacklam, esos mismos hombres no dejaban de mirar de reojo el carruaje que custodiaban. Aunque no pudieran ver a la mujer, no podían apartar la vista del carruaje.
Una inquietud, un anhelo y una ternura nunca antes sentidos en la vida los invadían al mismo tiempo. Los únicos imperturbables eran Eckhart y un caballero anciano.
—¿Tú estás bien? —preguntó Richard.
El caballero anciano sonrió con amargura.
—Yo hice el marcaje hace mucho tiempo. Aunque siento la presencia de la Novia, no ando tan angustiado como esos muchachos jóvenes.
El marcaje era una de las habilidades sobrenaturales que poseía el clan Hacklam. El hombre del clan promete entregarlo todo a una mujer. Al hacer el marcaje, incluso estando lejos, se sabe dónde está la otra persona y qué emociones siente. Era una habilidad de doble filo. Además, una vez hecho el marcaje, desde entonces ya no se mira a otra persona. Era, literalmente, un acto de atrapar el alma y grabarla.
Ahora, para los Hacklam, el marcaje se había convertido en algo de leyenda. Porque ya no había más personas que pudieran ser la compañera de un Hacklam.
Gracias al caballero anciano, Richard recordó lo del marcaje y su corazón se aceleró. Porque albergaba la esperanza de que quizá él también pudiera hacer el marcaje. En condiciones normales, lo correcto sería que Eckhart hiciera el marcaje con ella.
«Pero escuché que el jefe ya hizo el marcaje antes, con su prometida.»
Su prometida, la última mujer del clan. Escuchó que Eckhart había hecho el marcaje con esa mujer, a quien el Emperador asesinó y ni siquiera pudieron recuperar su cuerpo. Por eso Eckhart temblaba de rabia y odiaba al Emperador.
«Así que, si no marca con el jefe…»
Quizá Edith haría el marcaje con él.
Exceptuando a Eckhart, no, incluso con Eckhart presente, Richard estaba en una posición mucho más ventajosa. Él era el jefe del clan Hacklam ante el mundo. Era quien estaría con ella durante el día, y su nombre era el que aparecía en todos los documentos oficiales. Por lo tanto…
Richard, lleno de esperanza, se dirigió como un poseso hacia Hacklam.
***
Y así se llegó al momento presente.
—…¿Acaso creía que le trataba con amabilidad por una orden?
Diciendo esto, Richard tomó la mano de Edith. Con cuidado, levantó la mano de ella y besó su dorso. Era un gesto más cortés que el de cualquiera en la corte imperial. También era lo que Edith había soñado, cuando, sentada sola en su habitación del palacio apartado, esperaba de su futuro esposo.
—El jefe se marchó sin dejar ninguna orden.
Ante esas palabras, Edith contuvo el aliento. Entonces, lo que él hacía ahora era todo porque él quería hacerlo.
Los labios de él, que habían estado recorriendo el dorso de su mano, subieron con cuidado. Aunque era sobre la ropa gruesa, el calor era tal como si el fuego tocara su piel desnuda, y ella se estremeció.
La relación que ella deseaba era esta. Si algún día se casaba, si obtenía un compañero, soñaba con alguien que la tratara con preciosidad. Alguien que no forzara, que no golpeara, que la tratara, aunque fuera un poco, con valor. En ese aspecto, Richard era como si hubiera hecho realidad sus fantasías.
Nunca levanta la voz, y al andar siempre camina a su lado. No menosprecia a ella, que desconoce muchas cosas, escucha lo que dice e intenta darle lo que desea.
Los labios, que habían subido lentamente por su brazo, ya rondaban su rostro. Como una muestra de afecto, rozaban sus mejillas, volvían a posarse una y otra vez en su frente, y luego bajaban con cuidado.
Mientras tanto, su mano seguía sosteniendo la de Edith. Al principio la sujetaba suavemente, pero en algún momento sus dedos se entrelazaron con los de ella y la apretó con firmeza. Cada vez que sus labios la rozaban, su mano apretaba más fuerte. Y cada vez, Edith contenía el aliento y se estremecía.
—Edith.
Cuando Richard llamó su nombre, Edith abrió los ojos que había mantenido fuertemente cerrados.
Justo delante de ella, estaba el hombre que la miraba con cariño. El mismo rostro, pero una persona completamente diferente. Quien durante el día la trataba con amabilidad, pero por la noche había cerrado la puerta dejándola a solas con Eckhart.
Debería estar furiosa. Era casi como si la hubieran engañado. Sin embargo, Edith no podía enfadarse con él.
Aunque dijera que era la costumbre del clan, todavía no podía entender que todos pudieran compartir una misma esposa.
Pero, aunque no pudiera aceptarlo, ¿qué podía hacer al respecto?
No sentía ni el más mínimo deseo de arrojarse por una ventana porque hubiera yacido con otro que no era con quien había hecho el juramento matrimonial. Si era así, debía aceptarlo.
Edith pensó. Aquí estaban las cosas que había deseado. Un lugar donde quedarse, ropa que ponerse, comida que comer. Y también alguien que la trataba bien. La imagen de Eckhart vino a su mente. Si solo podía soportar pasar la noche con él… podría obtener todo esto. El futuro que tanto había anhelado desde pequeña.
Pensó que estaba loca. Habiendo sido abrazada por otro hombre hasta anoche, ahora miraba al hombre que se la había entregado y pensaba en estar con él. Sin duda, desde que llegó a Hacklam, ella también se estaba contaminando con sus costumbres. Pero… no había otro camino. Si no podía morir, no le quedaba más que forcejear para vivir.
Viendo que él dudaba, besando siempre los bordes de su rostro, Edith, con cuidado, fue la primera en moverse. Con un pequeño chasquido, sus labios se rozaron un instante y se separaron.
—Ah…
El rostro de Richard, que se había quedado helado por la sorpresa, comenzó a enrojecerse lentamente. Luego, él abrió la boca.
—El día es mi tiempo. Así que ahora…
Unos labios cargados de pasión se acercaron de nuevo.
—Eres mi esposa.
El hombre, con el mismo rostro y la misma voz que Eckhart, la cubrió con un movimiento completamente diferente.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN