Capítulo 27
«¿Un ritual?»
La boda solo variaba en su forma dependiendo del estatus o la riqueza de los contrayentes. Los de alto rango colocaban a su alrededor a personas tan engalanadas como ellos mismos y pronunciaban innumerables juramentos y promesas innecesarias; los acaudalados decoraban el lugar con coros y flores.
Sin embargo, lo más importante era el acta matrimonial. El documento que la pareja exhibía con una sonrisa orgullosa ante todos los asistentes para demostrar que, de corazón, habían deseado esa unión. Una vez redactada el acta, la boda estaba, prácticamente, concluida.
—Sí. Es algo importante, así que deben hacerlo sin falta.
¿Qué podría ser para que Richard lo dijera con tanta seriedad?
—¿Hay algo que deba preparar yo aparte?
—No hay nada que preparar. Termina rápido y no es difícil, así que no tiene por qué preocuparse demasiado. Puede que sea un poco desagradable… pero, aun así, es importante, así que espero que acceda a hacerlo.
Ante tan insistentes palabras, Edith asintió. Si él se expresaba con tal vehemencia, sin duda debía ser algo tan crucial como el acta matrimonial.
—Entonces, ¿qué clase de ritual es?
—Lo sabrá el día de la boda.
Contrario a su expectativa de que le explicaría en qué consistía, Richard se limitó a decir eso y desvió la conversación hacia otro tema. Como todo lo que decía era importante y estaba relacionado con la boda, Edith no pudo indagar más y no tuvo más remedio que seguir escuchando sus explicaciones.
Finalmente, sin poder preguntar más, vio la espalda de Richard mientras se alejaba, enrollando con cuidado el acta matrimonial. Verlo así le dio tranquilidad. Al menos, podía saber que él se tomaba este matrimonio con seriedad.
***
El día de la boda, desde la mañana cayó una tormenta de nieve. Nevaba con tal intensidad que, a pesar de ser la hora en que el sol ya debería haber salido, el exterior seguía tan oscuro que uno podría pensar que el amanecer no había llegado.
—Cómo nieva, ¿eh?
Incluso las doncellas de Hacklam, que ya debían estar acostumbradas a las fuertes nevadas, miraban por la ventana y chasqueaban la lengua, asombradas. Quien se mostraba particularmente inquieta ante tal espectáculo era Rokesha. Y es que el día que la boda anterior fue cancelada, mirando el cielo inusualmente despejado, había dicho con pesar:
—¡Qué lástima! Dicen que hay una superstición: cuanto más despejado esté el día de la boda, más feliz será el matrimonio.
Habiendo dicho eso, no podía evitar sentirse observada.
Aun así, Rokesha movía las manos con presteza. Entre las doncellas, Rokesha y unas mujeres que, según decían, habían traído de fuera del castillo, acicalaron a Edith, quien quedó engalanada, hermosa como una flor recién abierta.
Cuando Rokesha le colocó por fin el velo y se echó hacia atrás, todas las mujeres presentes en la habitación contuvieron el aliento.
Cuando Edith llegó por primera vez a Hacklam, las doncellas pensaron que su señor había traído un cadáver andante. Por muy caras y finas ropas que la cubrieran, el estado de Edith era tal que parecía que exhalaría su último suspiro en cualquier momento. Además, sus labios estaban agrietados de tanto sufrir en el viaje y su cuerpo estaba tan demacrado que se le marcaban los huesos.
¿Acaso no hubo quienes cuchicheaban si la mujer que había traído su señor era realmente una princesa imperial? Su aspecto era tal que más bien parecía la mujer de un siervo, no una princesa.
Sin embargo, cuando Edith recobró el conocimiento, el señor la visitaba mañana y tarde para cuidarla, y, sin darse cuenta, su rostro comenzó a recuperar la vitalidad. Poco a poco su expresión se fue animando, y su cuerpo, que hacía holgadas las ropas, también fue recuperándose. Su cabello, antes áspero, recobró el brillo, y sus mejillas hundidas se rellenaron. Fue entonces cuando todos recordaron los rumores que llegaban desde la lejana capital: que las princesas imperiales solían heredar la belleza de sus madres.
Y hoy, al ver a Edith completamente engalanada, las personas comprendieron de nuevo que ella era una de aquellas hermosas princesas que, según se decía, residían en el pabellón privado del emperador.
Su brillante cabello rubio plateado, poco común en Hacklam, y sus ojos de un color similar al de las hojas tiernas que empiezan a brotar. Aquellos ojos hacían que quien los mirara pensara en un bosque profundo.
Algunas de las doncellas que la observaban sintieron, sin saber por qué, el pecho oprimido por la emoción. Mirar a Edith era como evocar un paisaje desconocido jamás visto: una tierra de bosques y lagos, donde reinaba un eterno inicio del verano en lugar del invierno.
Fue entonces cuando la voz de los caballeros que habían ido a buscar a Edith, anunciando que era hora de partir, sacó a todas de su ensimismamiento.
Los caballeros llevaban puestos sus gruesos yelmos, tal como cuando habían ido a buscarla al convento. Solo se les veía el cabello que asomaba un poco y los ojos; tenían el rostro tan cubierto que era imposible distinguir quién era quién. Edith los siguió en silencio. El abrigo de piel de zorro lunar que llevaba sobre el vestido de novia le pareció especialmente pesado aquel día.
En cuanto salieron del castillo, la nieve se acumuló al instante sobre sus hombros. Los caballos rodearon a Edith como una valla, protegiéndola del viento y la nieve.
La condujeron apresuradamente hacia un lugar dentro del castillo. Cuando sus pasos se detuvieron, Edith divisó, entre los copos que caían con furia, un edificio. Adosado a la entrada de aquel lugar, había un emblema de un tipo que Edith veía por primera vez en su vida.
—Esto es… —murmuró Edith, esperando una explicación, pero ninguno de los caballeros respondió.
Quien finalmente contestó fue Rokesha, que estaba detrás de los caballeros.
—Eh, yo tampoco había venido aquí nunca… pero he oído que hay un antiguo templo que aún se conserva. No sé si este será ese lugar…
Templo. Al oír esa palabra, Edith se mordió el labio.
El Imperio, oficialmente, profesaba una única religión. Una religión cuya doctrina sostenía que existía un Dios único y que el Emperador era su representante en la tierra. Aquella religión había erradicado las creencias que antes se extendían por el continente y se había instaurado en su lugar. Con el apoyo incondicional del Emperador, había ido ocupando los santuarios de todo el continente hasta convertirse en la facción más poderosa.
Pero lo que hicieron los miembros de esa orden religiosa no fue solo ocupar los santuarios y construir monasterios por todo el Imperio. También destruyeron, de manera enfermiza, los templos donde antaño las diferentes etnias rendían culto a sus propios dioses. Por eso, ya no quedaba ningún templo en el Imperio. Todos habían sido arrasados e incendiados por los caballeros imperiales. Que hubiera un templo en Hacklam era, sin duda, un acto de traición.
Rokesha, consciente de ello, no añadió nada más y se limitó a mover los ojos con inquietud. Pero quien se mostraba sorprendida era solo Rokesha; los caballeros, e incluso las doncellas, contemplaban el templo con total naturalidad.
En ese momento, la puerta del templo se abrió y Richard apareció en el umbral. Cuando bajó los escalones, los caballeros se apartaron y él tomó la mano de Edith para guiarla.
Rokesha intentó seguirlos, pero los caballeros le bloquearon el paso. Rokesha no preguntó por qué hacían eso. Era evidente para cualquiera que le impedían la entrada.
Rokesha, viendo a las doncellas que ya se habían retirado, se apresuró a situarse junto a ellas. Cuando Richard y Edith entraron, los caballeros que estaban fuera también pasaron al interior y cerraron la puerta.
¡BAM!
La enorme puerta se cerró y Edith parpadeó varias veces. El interior del templo era más luminoso de lo que esperaba. Y es que había lámparas colgadas no solo del techo, sino por todas partes. Bajo esa luz, se reveló la forma del templo. Era un edificio con forma de gran cúpula. No había ni una sola columna, y en el centro se alzaba una plataforma elevada como un escenario. Alrededor, en el suelo, había grabados en hueco unos caracteres cuyo significado Edith ignoraba.
Era una escena terriblemente extraña. Ante cosas que veía por primera vez en su vida, Edith, sin poder evitarlo, dio un paso atrás.
Lo sorprendente no era solo la apariencia del templo. Alrededor de la alta plataforma circular, estaban los caballeros de Hacklam, completamente armados. Permanecían inmóviles, mirando fijamente hacia la plataforma, sin volverse.
Richard tomó la mano de Edith y la condujo hacia el centro. Nadie se movía, pero Edith sentía que las miradas de todos los caballeros estaban posadas en ella.
«Qué miedo».
Edith se sentía incómoda y atemorizada por aquellas miradas. No es que percibiera hostilidad en ellas. Los caballeros no sentían hacia ella ningún recelo ni maldad. Pero era precisamente por eso que Edith sentía más miedo. Porque aquellas miradas se parecían a las ansiosas que, de vez en cuando, veía en las fiestas del palacio imperial, en aquellos que ansiaban poseer un recuerdo del Emperador.
En el momento en que Richard y Edith se situaron en el centro, los caballeros comenzaron a gritar de repente con gran estruendo. Cuando Edith, asustada, intentó retroceder, Richard la sujetó con fuerza y la atrajo hacia sí. Edith, temblando, no tuvo más remedio que escuchar aquellos gritos incomprensibles que proferían los caballeros.
La única palabra que pudo entender fue una:
—¡Hacklam!
Los gritos, que parecían que iban a durar eternamente, cesaron de repente. Entonces Richard abrió la boca.
—La novia ha llegado a nosotros.
Al instante, estallaron de nuevo los vítores. Ante tan desconcertante escena, Edith ni siquiera podía escuchar bien las palabras de Richard.
—Todos nosotros aceptaremos a la novia de Hacklam.
Estalló un clamor aún mayor. Deseando taparse los oídos pero sin poder hacerlo, Edith tuvo que soportar aquellos gritos enloquecidos que se vertían sobre ella. Luego, tardíamente, reflexionó sobre las palabras de Richard. Todos nosotros la aceptarían.
—¡La novia se unirá a nosotros, los de Hacklam, parirá a nuestros descendientes y continuará con el linaje de Hacklam!
El templo se llenó ahora de gritos y vítores ensordecedores. Si la Madre Superiora del convento hubiera estado allí, seguramente habría puesto los ojos en blanco y echado espumarajos por la boca ante tan demente espectáculo.
—Que traigan nuestra sangre.
A la orden de Richard, uno de los caballeros que estaba abajo subió a la plataforma llevando un gran cuenco en las manos. En el instante en que Edith vio lo que traía, su rostro palideció por completo. En el cuenco que el caballero portaba, se agitaba una masa de sangre oscura.
En el momento en que iba a preguntar qué era aquello, Richard tomó la mano de ella que sujetaba y la acercó al cuenco.
—¡Ah!
Sin tiempo para que Edith dijera nada, sintió un dolor punzante en la punta del dedo. Richard, con un pequeño puñal que no se sabía de dónde había sacado, le había hecho una pequeña herida en el dedo.
Sobre su blanco dedo, brotó al instante una gota de sangre roja. Esa sangre cayó dentro del cuenco que sostenía el caballero, mezclándose al instante con la sangre que allí se agitaba.
Richard tomó el cuenco de manos del caballero y, acercándoselo a Edith, dijo:
—Bebe.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN