Capítulo 32
Al salir, el frío envolvió a Edith. En el pasado, habría ordenado que le trajeran inmediatamente el abrigo de piel de zorro, pero ahora yacía tirado descuidadamente sobre su cama. Aunque sus dientes castañeteaban antes de siquiera dar unos pocos pasos, Edith no se detuvo.
—Ah…
Con cada paso, sentía un dolor que emergía de lo más profundo de su cuerpo. Una pesada punzada, como si le hubieran golpeado el bajo vientre. Entre sus piernas y en la punta de sus senos también era igual.
«Y eso que dijo que no necesitaba placer alguno».
Habiendo dicho tales palabras, Eckhart había chupado sus senos con insistencia. Si solo hubiera sido chupar, habría tenido suerte. Cada vez que ella alcanzaba el clímax, él, como para que se viera, mordisqueaba los pezones. Aunque no estaban heridos, las marcas de sus dientes permanecían vívidas. Edith intentó apartar su rostro, pidiéndole que parara por el dolor punzante, pero Eckhart no cedió ni un poco.
—Ya que es imposible recordar cuántas veces lo hicimos, ¿no debería dejarlo registrado?
Diciendo esto, apartó la mano de Edith y se empeñó en añadir el registro. Por eso, cuando Edith entró a lavarse hacía un momento, la doncella que ayudaba a desvestirla soltó un grito ahogado de sorpresa.
¡HIK!
Incluso ante esa reacción, Edith no sintió vergüenza alguna.
Desde que supo qué era la Novia de Hacklam y por qué estaba aquí, después de haber sido poseída por Eckhart durante toda una semana de todas las formas que jamás había imaginado, sentía como si su corazón se hubiera desgastado en algún lugar.
—No se apresure tanto, mi señora. Aún no debe encontrarse bien… —Rokesha, a su lado, parloteaba con una sonrisa.
Rokesha, que había visto las marcas en el cuerpo de Edith junto con las otras doncellas, desde entonces la atendía con una sonrisa aún más radiante que antes. Por eso, Edith también sintió distancia con Rokesha. Sentía que la trataban valorando únicamente su capacidad de concebir al hijo del señor, sin importarles lo mucho que ella hubiera sufrido.
—Si esperaba, el señor Richard habría venido. No sabía que deseaba verlo tanto como para ir a buscarlo usted misma tan temprano.
Parecía que Rokesha pensaba que Edith estaba furiosa y resentida con su esposo, quien, después de haber compartido el lecho durante una semana entera, no la esperó despierta. Además, parecía pensar que esas horribles marcas eran señal de la buena armonía conyugal entre el señor y la señora.
—Ya corre el rumor no solo en el castillo, sino en todo el feudo, de cuánto se quieren ustedes dos. Pronto tendremos un heredero, y las muchachas que soñaban con fantasías desaparecerán.
Mientras decía esto, Rokesha contó cómo hasta ahora muchas mujeres del feudo habían codiciado el puesto de señora y se habían acercado a Richard.
—La verdad es que todas eran increíblemente tontas. No solo el señor, sino incluso los caballeros de Hacklam no tienen relaciones con ninguna mujer del feudo, ¿cómo se atrevían a codiciar el puesto de ama del castillo?…
Ante las palabras de Rokesha, Edith soltó una risa amarga.
«Debe ser porque no son de Hacklam, ni siquiera les dirigían la mirada».
Según decía Eckhart, todos los caballeros de Hacklam son razas híbridas de sangre pura. Aunque su apariencia no difiere mucho de la humana, para ellos los humanos son realmente una especie diferente; probablemente veían a los humanos comunes como poco más que animales que hablan. Quienes no saben esto, parece que piensan que es porque la orden de caballeros es casta.
Si pudiera, le gustaría mostrar a todos esas miradas codiciosas que brillaban en la ceremonia de la boda. El problema es que, aunque lo hiciera, no obtendría nada a cambio.
Poco después, Edith llegó frente al despacho de Richard. Antes de entrar, preguntó a Rokesha:
—Rokesha, ¿cuándo salió Eckhart?
Ante la pregunta de Edith, Rokesha inclinó la cabeza con extrañeza y preguntó a su vez:
—¿Eh? ¿De quién habla? ¿Acaso es el nombre de un caballero?
Mientras tanto, Edith observó a las doncellas que la habían seguido. Una de las tres se sobresaltó, y las otras dos mostraron una mirada perpleja, igual que Rokesha.
—Si no lo sabes, no importa. Tengo que hablar con Richard, así que vayan a otro lado todas.
—Entendido.
Rokesha no sabía por qué el humor de Edith había empeorado repentinamente, pero decidió que por ahora era mejor obedecer y abrió la puerta. Cuando Edith entró, la puerta se cerró tras ella. Edith miró el interior del despacho. Vio a Richard levantarse de un escritorio al fondo.
Cuando Edith se acercó, él se apresuró a venir y la guió hacia el sofá.
—Siéntese. Aún debe estar cansad…
¡PAF!
Antes de que terminara su frase, un fuerte sonido resonó en el despacho. Edith le había abofeteado la mejilla.
—…Me engañaste.
La voz de Edith temblaba de ira.
Recordó vívidamente la imagen de haber visto juntos a Eckhart y Richard en una habitación sin ventanas. Incluso la perplejidad y desesperación que sintió entonces.
Cuando estuvo a punto de ser expulsada del convento, al ver a Richard que decía haber venido a buscarla, había olvidado incluso lo del bosque y sintió gratitud. Porque era la primera vez que alguien actuaba por ella. Cuando en el carruaje la sostuvo Eckhart y no él, tampoco sabía nada y no lo resintió. Al llegar a Hacklam, aunque ella no había firmado el pacto matrimonial, él no se enfadó diciendo que debía obedecer, sino que dijo que esperaría y, mientras recorrían juntos el castillo explicándole cosas, por primera vez supo lo que se sentía al ser respetada.
Pero todo eso había sido un engaño. Si solo hubiera sido eso, quizás no habría sido tan miserable. Pero la imagen de él, como para que se viera, retirándose y dejándola a solas con Eckhart, la llenó de ira.
—No lo negaré.
Cuando él habló con serenidad, Edith volvió a levantar la mano. Fue entonces cuando vio que aún permanecía una mancha amoratada en la mejilla de Richard. Aunque había pasado otra semana desde entonces, la marca no se había borrado por completo. Decían que esa marca había aparecido porque él había dudado, acogiéndola a ella.
Edith, con la mano levantada temblando violentamente, al final la bajó sin fuerzas.
El jefe de Hacklam es Eckhart. Richard solo había actuado según sus órdenes. Incluso la había cuidado, llegando a desobedecer en parte las órdenes.
Que le sonriera y la tratara con amabilidad, que le mostrara atenciones más allá de lo necesario, al fin y al cabo solo seguía órdenes, y ella sola se había dejado seducir por esa insignificante amabilidad albergando sentimientos. Cuanto más se enfadaba, más parecía reconocer que solo su propio corazón se había implicado, volviéndose más miserable.
Cuando Edith se tambaleó y jadeó, Richard se acercó a su lado, la sostuvo y la sentó en el sofá. Pensó que, ahora que todo estaba descubierto, él se volvería descarado, pero su actitud no cambiaba, y Edith sintió extrañamente ganas de llorar.
Tras sentarla, él preparó té caliente y lo puso frente a ella. Luego esperó en silencio hasta que Edith hablara. Después de un largo rato, cuando por fin se calmó, Edith le preguntó:
—¿Quiénes en el castillo conocen tu verdadera identidad y la de Eckhart?
—Todos los caballeros de la orden, y solo los humanos que han trabajado bajo Hacklam desde hace mucho tiempo. Contando todo, no llegarán a veinte personas.
—…¿Qué relación tienes tú con Eckhart?
—Como dijo el jefe, él es la noche y yo soy el día. En Hacklam, cuando se designa al jefe, nace después un niño similar a él. Antiguamente, quien nacía como el día, si el jefe fallecía repentinamente, asumía el cargo de jefe provisional hasta que se decidiera uno nuevo, pero ahora…
Richard esbozó una sonrisa amarga y continuó con la explicación.
—…Desde que el Emperador intentó exterminar Hacklam, yo pasé a encargarme de la jefatura en el ámbito externo. Como él es muy dado a actuar por su cuenta en muchos aspectos, era necesario proteger al jefe de forma más perfecta. Para no perder al jefe, concentraron los riesgos en mí, el día.
—¿Son hermanos?
—Habrá unos cincuenta años de diferencia entre el jefe y yo. En cuanto a la relación de sangre… aunque somos del mismo clan Hacklam, es más cercano a ser extraños.
—…
Que individuos de apariencia idéntica sean casi extraños, y que haya una diferencia de edad de cincuenta años. Cuanto más lo oía, más se daba cuenta de que realmente eran una raza híbrida de sangre pura.
Recomponiendo su mente que se alejaba, Edith preguntó lo que más temía:
—Lo de la Novia de Hacklam… dijeron que es la novia de todos. Entonces, yo… de ahora en adelante… ¿cómo, y con quién debo compartir el lecho…? —Intentó preguntarlo con la mayor naturalidad posible, pero al final la voz le tembló de nuevo y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Por más que lo pensaba, era algo inaceptable para el sentido común de Edith. Se sentía como una prostituta de la calle. Tener que ser la esposa no de un solo compañero, sino de todos los hombres de este lugar. No, quizás una prostituta sería mejor. Al menos ellas son libres, ¿no? Ella, en cambio, viviría para siempre encerrada aquí, teniendo que parir hijos de ellos….
Era algo tan absurdo que ya ni siquiera sentía impotencia. Sencillamente, no podía hacerse a la idea.
—Vivirás como la compañera del jefe por la noche, y como mi compañera durante el día. Y una vez al mes, vendrá un caballero de la orden. No hay un orden establecido ni se decide por sorteo. Tú eres nuestra novia, a la que con tanto esfuerzo encontramos y trajimos. Entre los caballeros, aquel que venza en un combate de fuerza tendrá el honor de ser tu esposo por un solo día.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN