Capítulo 16
—Cielos. Miren este brillo. Está hecho con piel de marta cibelina negra.
—¿Cómo le gustaría que le recogiera el cabello?
—Señora, ¿quiero que le traiga un poco de té caliente? Tiene las manos muy frías.
Las mujeres que rodeaban a Edith parloteaban sin cesar, como si hubieran olvidado que se encontraban en un convento. Sin embargo, sus manos no dejaban de moverse con presteza.
El lugar donde estaba Edith era un edificio destinado a los huéspedes. Aunque se decía que era el más lujoso del convento, aparte de la gran cama, la alfombra del suelo y unos pocos cuadros colgados en las paredes, no difería mucho de otras habitaciones. Pero ahora, ese lugar estaba repleto de objetos tan hermosos y suntuosos que uno podría pensar que habían traído una estancia entera del palacio imperial.
Edith miró el enorme espejo colocado frente a ella. Los espejos eran artículos tan valiosos que incluso en el palacio imperial solo quienes gozaban del favor del Emperador podían usar uno grande, pero el que tenía delante era extraordinariamente nítido y de un tamaño superior al de una persona. Por supuesto, el soporte que sostenía el espejo también estaba ricamente decorado y brillaba con un dorado resplandeciente.
En ese espejo, vio reflejada su propia imagen sentada en la silla.
Ya no estaba aquella mujer que, apresada, tiritaba mientras le arrancaban el raído hábito de monja. La persona reflejada en el espejo era una dama vestida con ropas confeccionadas con valiosas pieles y telas de alta calidad. Como era de esperar, esas ropas eran las que había traído Richard.
Edith, que estaba mirando el espejo, tocó la ropa que llevaba puesta con la mano. Por dondequiera que la tocaba, estaba acolchada con abundante guata y resultaba mullida. Era una suavidad que nunca había sentido en el convento y parecía que la mente se le nublaba. Entonces se dio cuenta. Estas ropas le quedaban demasiado perfectas a su cuerpo. Como si hubieran sido hechas desde el principio solo para ella.
De repente, le vino algo a la mente. En el bosque, cuando terminaba el denso acto carnal, el hombre, sin retirarse de su interior, la abrazaba tal cual y le palpaba todo el cuerpo. Aquellas manos que jugueteaban con su cuerpo extenuado como si fuera un juguete eran insistentes. Le rascaba los pezones, le agarraba la cintura, le acariciaba el vientre… En ese momento, pensó que era una manifestación de su lujuria aún no saciada, pero ¿no serían aquellas acciones para confeccionar ropa que le quedara perfecta al cuerpo?
—Ah…
Edith no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica ante sus propios pensamientos. ¿Sería porque había tocado fondo y había resurgido? Se sentía absurda por esforzarse en pensar bien de él. Aunque le agradecía que la hubiera salvado de los cazadores, al fin y al cabo, ¿no era por su culpa que la hubieran tratado como una impura y casi la expulsaran del convento?
Edith no sabía si debía reprocharle o agradecerle. Dejando de lado la cuestión para la que no había podido encontrar respuesta, surgió otra duda en su mente.
«¿Por qué querrá llevarme con él?»
Para empezar, no entendía por qué Hacklam se tomaba la molestia de buscar esposa fuera de sus dominios. Así como el Emperador los consideraba una molestia, ellos también mantenían las distancias con el Emperador. Por eso nunca habían respondido al llamamiento de la corte imperial, ¿no es así?
«Me conocía.»
Así como él no le había dicho su nombre, Edith tampoco le había dicho el suyo. Pero él, nada más entrar en el convento, se acercó y la llamó por su nombre. Quizás, pensó, él ya sabía quién era ella desde el principio. Incluso antes de salvarla de los cazadores.
Las dudas continuaban.
«¿Por qué yo?»
El país de su madre había desaparecido y ahora ya no habría nadie en el palacio imperial que la recordara. Era alguien de quien, aunque se aprovechara algo, no se obtendría beneficio alguno. Quizás él solo había venido a recoger uno de los recuerdos desechados en este convento. Y entre ellos, quizás ella, con quien se había acostado, le había gustado y por eso había dicho que se la llevaría.
«Pero no hay motivo para eso.»
Por más que lo pensara, el poderoso Hacklam no tenía razón alguna para venir hasta aquí a buscar esposa. Por eso, Edith no podía sentirse aliviada.
Debería estar alegre en este mismo instante. Hasta hacía un momento, sin siquiera poder cubrirse con ropa, había estado a punto de ser expulsada del convento, y ahora estaba vestida con ropas abrigadas, sentada en una lujosa habitación, preparándose para irse de este lugar. Y además, con un esposo rico.
Incluso comparado con su época como princesa, se estaba desarrollando la situación más ideal de su vida, pero Edith no sentía ni un ápice de alegría o emoción.
Ocultó sus manos temblorosas bajo la gruesa piel. Sentía como si le faltara el aire. Pensó si, en realidad, cuando huía de los cazadores, la habían atrapado y todo esto no sería más que una alucinación antes de morir. De lo contrario, no era posible que de repente solo le ocurrieran cosas buenas de esta manera.
Pero por mucho que se presionara la palma de la mano con las uñas hasta hacerse sangre, no despertaba. Finalmente, Edith, para poder aceptar lo que estaba sucediendo, preguntó a las mujeres que la habían estado arreglando.
—¿Cómo es Hacklam?
Ante la pregunta de Edith, las mujeres abrieron los ojos como platos y negaron con la cabeza.
—Eso tampoco lo sabemos nosotras.
—Nunca hemos ido ni siquiera cerca del norte.
—¿No son ustedes de Hacklam?
Ante la pregunta de Edith, las mujeres dijeron que ellas eran de una ciudad cercana, y que cuando unos caballeros llegaron de repente buscando mujeres que ayudaran a ataviar a una dama, les dieron mucho dinero por adelantado, así que se habían ofrecido voluntarias. Además, como el destino era un santuario que se encontraba siguiendo el camino de peregrinación, habían aceptado tranquilamente.
—¿La única persona de Hacklam no será aquella?
Diciendo eso, las mujeres señalaron a una anciana sirvienta que estaba arreglando cosas en un rincón. Al oír que hablaban de ella, la sirvienta se acercó e hizo una profunda reverencia.
—¿Cómo te llamas?
La sirvienta no respondió. En su lugar, solo hizo unos gestos incomprensibles con las manos.
—No puedes hablar, entonces.
Ante las palabras de Edith, la sirvienta inclinó la cabeza como disculpándose. A Edith se le escapó un suspiro. Había intentado obtener alguna pista sobre los entresijos de esta situación, pero resultaba que la única persona de Hacklam era alguien que no podía hablar. Además, parecía que tampoco sabía leer ni escribir. Si era así, las únicas personas a quienes podía preguntar sobre Hacklam eran los caballeros que habían venido con Richard.
Edith se levantó de su asiento y se acercó a la ventana. A través del cristal empañado, se veían los caballeros de Hacklam apostados por todo el convento.
¿Sería que percibían su presencia? En el momento en que Edith los miró, todos los caballeros que estaban de pie volvieron la cabeza para mirarla a ella. Sobresaltada, Edith retrocedió rápidamente. Volvió a sentarse en la silla y se presionó el pecho, que latía con fuerza.
Eran personas, sin duda, pero sus pupilas parecían brillar como las de bestias. Justo como cuando vio a Richard por primera vez en el bosque.
«Además, por muy caballeros que sean, ¿cómo han notado mi mirada?»
Como si hubieran oído algún sonido, todos se giraron a la vez para mirarla; fue una escena escalofriante. Edith recordó el aspecto que habían tenido durante un instante.
«Era tal como decían los rumores.»
A la orden de caballeros de Hacklam se la llama los Lobos Negros. Es por el lobo negro dibujado en su estandarte, pero también porque todos los miembros de la orden de Hacklam tienen el cabello negro. Al ver que todos los caballeros de fuera tenían el cabello negro, pensó que a veces los rumores sí aciertan.
«Pero, ¿qué fue esa mirada de hace un momento?»
Robin: x2
Nada más cruzarla, sintió escalofríos. No era que quisieran matarla. No, ni siquiera era eso… Mientras pensaba por qué aquella mirada le resultaba familiar, Edith se mordió el labio. Se preguntaba dónde la había visto, y era la misma mirada que Richard mostraba cada vez que se encontraban en el bosque. La de cuando Edith se desnudaba y se acercaba a él, y él, tragando saliva con fuerza, se abalanzaba como si quisiera devorarla en ese mismo instante…
TOC, TOC.
Entonces se oyó un golpe en la puerta y, al poco, voces del exterior. Momentos después, la puerta se abrió y entró la madre superiora. Con una sonrisa radiante en el rostro, algo poco común en ella, nada más entrar tomó las manos de Edith y le habló con voz afectuosa:
—Aunque la norma es dejar todas las pertenencias del convento al marcharse, a ti, hermana Edith, te permito de modo excepcional que te lleves todo. Aunque vayas lejos, no olvides las enseñanzas de nuestro convento y propaga el nombre de Erem entre los ignorantes.
Lo único que había recibido aquí eran dos hábitos por temporada, una Biblia vieja y algunos otros trastos que no eran más que basura. Resultaba cómica la actitud de la madre superiora, que daba esas cosas como si estuviera concediendo un gran favor, pero Edith inclinó la cabeza dócilmente.
Las hermanas legas metieron sus pertenencias en un cesto y se lo entregaron. Cuando Edith lo cogió, Richard dijo:
—Entonces partiremos de inmediato. Debemos regresar a Hacklam cuanto antes, antes de que empiece a hacer más frío.
Mientras decía esto, agarró a Edith por el hombro. Edith se estremeció, pero él la agarró con más fuerza y la atrajo hacia sí mientras continuaba:
—Porque una vez que comience la tormenta de nieve, no se podrá entrar ni salir de allí.
***
Tan rápido como habían llegado de repente, los caballeros de Hacklam partieron.
Tras intercambiar breves saludos, Edith subió al carruaje. Su única acompañante era la anciana sirvienta. Edith observó con una mirada impasible a las monjas que le agitaban las manos. Eran las mismas que, hasta hacía unas horas, la habían hecho arrodillarse y la habían señalado con el dedo. Aunque dijeran que era por su culpa, al ver a quienes habían intentado abandonarla tan fríamente, no podía sentir ni una pizca de simpatía.
El carruaje, traqueteando, se alejó del convento. Cuando no habían avanzado mucho, Edith descubrió a alguien mirando el carruaje desde entre la maleza seca.
—…Abir.
La persona que estaba allí de pie, con aspecto desaliñado, mirando el carruaje embobada, era Abir.
—¡Edith! ¡Lo siento, yo fui mala! ¡Es que, sin querer, tuve tanto miedo…!
Abir, soltando patéticas excusas, se acercó al carruaje. Luego se arrodilló junto a él y suplicó:
—Por favor, ¡por favor, llévame a mí también, por favor…!
La voz que antes se burlaba de Edith diciendo que no iba a morir sola, ahora suplicaba clemencia.
Edith miró fijamente a Abir. Hubo un tiempo en que sintió lástima por aquella hermana. Pero ahora…
Cogió el cesto que tenía sobre las rodillas y lo arrojó fuera del carruaje. Junto con los viejos hábitos, las monedas de oro que había dentro rodaron y cayeron frente a Abir.
—Vamos.
A la orden de Edith, el carruaje aceleró y se alejó como un poseso de Abir, que recogía las monedas de oro como una loca, y del convento. Edith contempló lo que se alejaba.
Aquello que no echaría de menos ni un poco.
Robin: asuuuu

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN