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Capítulo 7

Las personas sienten miedo en dos circunstancias:

Cuando falta algo que debería estar.   

O cuando hay algo que no debería estar.

Normalmente, la segunda provoca un terror mucho mayor.

Edith no pudo pensar en nada durante un momento. Su mente se negaba a procesar lo que sus ojos estaban viendo. Cuando el carruaje volvió a sacudirse, la mujer empujó con el pie el cajón que había estado golpeteando, cerrándolo. El camino se volvió llano de nuevo y el vehículo recuperó la calma. La mujer, sonriendo como si estuviera de mal humor, dijo:

—El camino aquí está muy accidentado, ¿verdad? Si hay una ruta nueva que lleve al convento, ¿no sería mejor cerrar este camino de una vez?

Su voz no había cambiado en absoluto respecto a hacía un momento. Una voz despreocupada y alegre, como si no tuviera ni idea de lo que contenía aquel cajón.

Edith parpadeó lentamente. La escena era tan plácida que por un momento dudó de lo que había visto. Pero aquello era, sin duda…

—Hermana, tengo una curiosidad, ¿puedo preguntarle? El santuario donde está el Convento de Erem es famoso por ser un lugar donde no se puede matar nada. ¿Es eso cierto? ¿Ni siquiera un insecto se puede matar?

—Ah… sí. Dentro del santuario no se puede matar nada.

A diferencia de su mente, que se había quedado paralizada, la respuesta fluyó de forma natural. En el momento de ser consciente de ello, Edith pensó que era un alivio. Era una de las preguntas más frecuentes de los visitantes, así que podía responder sin necesidad de pensar demasiado.

—Pero, aun así, podría pisar un insecto sin querer, ¿no?

—Eso no ocurre. El poder del santuario guía nuestras manos y pies hacia lugares donde no hay vida.

—¿Y qué pasa si alguien intenta matarlo a propósito?

Esa también era una pregunta que solían hacer a continuación. La gente, al visitar el santuario, preguntaba si había alguna manera de desafiar su poder. Cada vez que eso sucedía, Edith pensaba que esa gente se parecía al Emperador. En ese punto de no poder dejar las cosas como son, de querer pisotearlas y destruirlas. Hasta el punto de pensar que quizás, entre las habilidades innatas de los humanos, no solo está la de procrear con otras especies, sino también la de conquistar. Ese deseo torcido que avanza recto hacia su objetivo. Quizás incluso eso sea una habilidad humana.

—Nunca lo he intentado, así que no lo sé.

Mientras respondía, la imagen de la mano cortada que había visto hacía un instante flotaba en la mente de Edith. Como solo la había vislumbrado, ni siquiera sabía si era de hombre o de mujer. Lo que sí había visto con claridad era el corte limpio y la tierra y el musgo pegados en las yemas de los dedos. Aquello debía ser, sin duda, el rastro de la voluntad de vivir de su dueño hasta el último momento.

Su mente, que había recibido el impacto, comenzó a moverse lentamente.

«¿Qué es esto?»

¿Quién en el mundo llevaría una parte del cuerpo humano dentro de un carruaje? Y si acaso existiera alguien así, con la evidencia de un crimen a sus pies, estaría alerta a su alrededor. Pero la mujer que tenía delante, lejos de mostrarse cautelosa, sonreía con total naturalidad. Parecía tan tranquila y alegre que era imposible creer que era alguien que tenía una mano humana bajo sus pies. Como si no supiera en absoluto de la existencia de algo tan horrible bajo sus pies.

Cierto, podría no saberlo. El carruaje estaba hecho para transportar mucho equipaje. Quizás alguien más lo había puesto ahí mientras la mujer no estaba. Sobre todo, esta mujer era una embarazada. No es posible que alguien así esté cerca de algo tan horrible… No, no. Se dice que hasta los animales evitan los lugares peligrosos cuando están preñados. Si siendo humana, y además estando embarazada, mantiene algo tan horrible cerca, ¿cómo sería ella realmente…? Ahora que lo pensaba, este carruaje… ¿no tiene una cantidad de compartimentos extrañamente grande?

En medio de la confusión que el terror había traído, justo cuando Edith intentaba pensar en qué hacer, la mujer sonrió ampliamente y preguntó:

—Hermana, ¿lo ha visto, verdad?

Aunque era una pregunta sin objeto directo, Edith comprendió de inmediato a qué se refería.

Un silencio se instaló en el carruaje por un momento. Y poco después.

¡PAF!

Edith lanzó la cesta que sostenía contra la cara de la mujer. Luego, intentó abrir la portezuela del carruaje. Lo intentó. Pero el picaporte solo emitió un ruido metálico y no se abrió. Mientras Edith, presa del pánico, forcejeaba con la manija, la mujer, que había caído al recibir el golpe, se incorporó.

—Hermana, ¿no cree que es demasiado para una embarazada?

Al ver a la mujer sonriendo con desfachatez incluso con sangre en la nariz, Edith gritó.

—¡Aaaaah! ¡Aléjate! ¿Por qué, por qué?

Su mente aterrorizada no podía formar oraciones coherentes. Edith se golpeó contra la puerta.

Tenía que huir. Solo en eso pensaba.

En ese momento, se oyó un chasquido y la puerta se abrió. Debido a eso, el cuerpo de Edith, que se había lanzado contra la puerta para abrirla, salió volando como si flotara y rodó por el suelo. Sintió dolor en el hombro, que golpeó contra una pequeña piedra, pero no tenía tiempo para preocuparse por eso ahora.

Edith se levantó, recomponiendo sus sentidos que amenazaban con nublarse. Tenía que huir. El bosque era su aliado. Debía adentrarse rápidamente en la oscuridad del bosque, ir al convento y avisar que unos peligrosos habían entrado en el santuario.

En el momento en que supo hacia dónde debía moverse, corrió hacia la oscuridad. Pero antes de dar siquiera un paso, su cabeza fue tirada hacia atrás y el cielo y la tierra se invirtieron.

—¡Aaagh!

La tierra estaba de nuevo frente a sus ojos. Sin darse cuenta de lo que había pasado, dos pares de pies calzados con zapatos de cuero se acercaron a Edith. Entre ellos, unos brillantes cabellos dorados cayeron al suelo. Eran los cabellos de Edith.

—Te dije que no jugaras. ¿Qué habría pasado si la perdemos?

Refunfuñó uno de los hombres hacia el carruaje.

—No estaba jugando. El cajón se abrió de repente, yo también me asusté mucho.

Mentira. Esa mujer, incluso después de que se descubriera la mano, estaba tranquila. Sonriendo, observaba con calma la reacción de Edith. Como un gato jugando con un ratón paralizado.

—Us… ustedes… ¿quiénes… son…?

Al confirmarlo todo, sus pulmones parecían encogerse, aplastados por el terror. Edith, hablando con dificultad, miró a las personas. Por más que los observaba, no eran diferentes de los peregrinos que habían visitado el convento hasta ahora. Jóvenes de aspecto rudo, que parecían más bien simples y un poco obtusos, y una mujer embarazada de apariencia alegre. Gentes tan ordinarias e inofensivas que incluso la estricta madre superiora les habría abierto la puerta sin dudar.

—La mano… ¿por qué…?

—¿La mano del cajón? ¿Qué va a ser? Un recuerdo de cacería.

Parloteó la mujer como si lo que había dentro del cajón no fuera una mano humana, sino bayas silvestres.

—Atrapamos algo interesante y guardamos la parte más bonita. Pero, ¿cómo diría? El dueño de esa mano no fue muy divertido. Qué manía de agarrarse él solito al acantilado mientras huía. Al final, la cacería solo tiene sentido si la presa la atrapo yo misma, ¿no cree? Pero, bueno, había que atraparlo de alguna manera…

La mujer esbozó una radiante sonrisa.

—Corté la mano que estaba agarrada con un hacha. Me pareció un poco cómico verla colgando allí sola en el acantilado, así que decidí llevármela.

Ante las palabras de la mujer, a Edith se le cortó la respiración. Que le contara algo así ahora, delante de ella, significaba que no tenía intención alguna de dejarla con vida.

Cuando Edith intentó levantarse, uno de los hombres la agarró por el cabello. El dolor que había olvidado por un instante regresó de golpe. Mientras tanto, el otro hombre abrió el cajón del carruaje. Refunfuñando, arrojó al suelo la mano que había dentro, sacó una espada larga y la puso en la nuca de Edith. La afilada hoja le rozó el cuello suavemente, como haciéndole cosquillas. Después de acercar y retirar la hoja varias veces, dijo:

—Es verdad. Podría matarla con solo aplicar fuerza, pero la mano no obedece.

—¿De verdad? Dame.

La mujer, como si le pareciera curioso, tomó la espada y, levantándola con fuerza, golpeó el cuello de Edith. Pero la hoja no llegó a tocarla. La mano de la mujer se detuvo a un palmo de distancia. Ante esa escena, el rostro de Edith palideció aún más.

Si la mujer no hubiera querido matarla, la espada la habría alcanzado. Pero como sí quería matarla, la espada no pudo tocarla. Al confirmar con sus propios ojos la intención de aquellos, Edith contuvo la respiración.

A pesar de esta situación, había un poder que la protegía. Precisamente, el poder del santuario que ellos estaban experimentando en ese momento. Mientras estuvieran dentro del santuario, no podían matar a nadie.

«Pero…»

El temblor de Edith no cesaba. Había vivido en el santuario casi un año, así que conocía bien su poder. Sabía lo fuerte que era, y también qué puntos débiles tenía.

La mujer, después de blandir la espada varias veces, miró a Edith y soltó una risita.

—¿Aunque sabe que no podemos matarla, la hermana sigue aterrorizada? ¿Por qué será? ¿Será porque sabe bien que, aparte de matar, otras cosas sí son posibles?

Ante las palabras de la mujer, Edith se mordió los labios.

El santuario prohíbe matar. Pero solo eso. Dentro del santuario no se puede quitar la vida, pero sí se puede herir o realizar otras acciones.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: ROBIN
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN LA MERA MERA DEL SCAN


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