Capítulo 39. El misterioso norte (4)
Weitz estaba soñando.
Era un sueño de un día del pasado que seguía siendo doloroso incluso al recordarlo.
Sería más fácil olvidarlo por completo. Aunque innumerables emociones y sensaciones se habían atenuado, la rabia y la intensidad de aquel día seguían siendo totalmente indelebles, atormentándolo a lo largo de los interminables años.
{— Separaremos tu cuerpo y tu alma para sellarte. Eres una existencia demasiado poderosa; si no lo hacemos así, ningún artefacto podría soportarlo.}
¿Realmente necesitaban capturar y encarcelar a un ser tan formidable solo para satisfacer sus propios caprichos?
¿Simplemente porque se negaba a doblegarse a su voluntad?
«Realmente detesto a los humanos.»
Pensando eso, las lágrimas caían una tras otra. Como si no fuera mentira que su alma estuviera siendo separada, su cuerpo empezó a enfriarse poco a poco.
Fue en ese preciso momento.
Una mujer de cabellos dorados que se mecían suavemente al caminar se acercó y, con cuidado, apoyó la palma de su mano en el rostro de Weitz. El rostro algo inexpresivo de la mujer estaba empapado de lágrimas.
«¿Lilianne?»
En ese instante, Weitz abrió los ojos de golpe.
* * *
—Hmm… siento que he tenido un sueño larguísimo.
—Tengo que dejarte las cosas claras. No te comportas nada bien. Tus hábitos de sueño son terribles.
—¡Ah!
Por la voz baja y firme, me desperté sobresaltada. No hizo falta que mirara alrededor: el dueño de la voz me observaba desde arriba, usando su brazo como almohada bajo mi cabeza.
«Que guapo.»
Incluso el aspecto desaliñado de Weitz al despertar tenía su propio encanto. Aún medio dormida, lo miré fijamente a la cara. Weitz suspiró. Sus dedos ásperos me frotaron los ojos.
— Ahora hasta sollozas mientras duermes. En esta época casi nunca me despierto, pero fue tan inquietante que me levanté. Pensé que había un fantasma o algo así.
—¿De qué estás hablando?
Frunciendo el ceño, me incorporé. Entonces, unas pequeñas lágrimas, como cuentas de perla, rodaron y empaparon mis mejillas.
Eran lágrimas.
¿Qué demonios estaba pasando ahora? Incliné la cabeza.
—¿Eh…? ¿Por qué estoy llorando?
¿Por qué estaba llorando mientras dormía? Ante mi pregunta, Weitz frunció el ceño con torpeza y sonrió.
—¿Qué esperas que te diga?
Me rasqué la mejilla. Estaba segura de que Weitz me había abrazado y se había quedado dormido, y que yo, sin darme cuenta, también había cerrado los ojos…
—¿No será que me pegaste o me pellizcaste mientras dormía? ¿O que tienes mal aliento?
—No saques conclusiones tan raras. Me desgasta escucharte…
Solo había imaginado algo lo suficientemente aterrador como para despertarme llorando, pero Weitz puso una expresión dolida. Luego extendió su gran mano y empezó a jugar con mi cabello.
—Estaba profundamente dormido cuando me despertaste llorando tan lastimosamente.
—¿Yo…?
Me froté los ojos con ambas manos. De repente, caí en la cuenta.
—Es verdad… Estaba soñando. Era un sueño muy triste.
—¿Qué soñaste?
Intenté recordar el sueño tras oír su pregunta, pero mi mente estaba como envuelta en niebla. No lograba acordarme. Moví los labios, dudosa.
Mientras esperaba mi respuesta, Weitz siguió moviendo los dedos. Mi largo cabello se enredaba y se soltaba entre sus dedos gruesos. Hice un puchero y le aparté el pelo de la mano.
—¿Por qué tocas tanto mi cabello? ¿Te gusta?
—Sí, es bonito.
Weitz respondió de inmediato. Gracias a eso, fui yo quien se puso nerviosa. Con las mejillas sonrojadas, jugueteé con mi cabello sin motivo y murmuré.
—¿No sería mejor si fuera un poco más rizado y abundante?
Lo dije y de inmediato me arrepentí. Sentí que había revelado descuidadamente la oscuridad de mi corazón una vez más. Y Weitz no dejó pasar esas palabras desapercibidas. Se incorporó y sonrió.
—¿Estás hablando de tu hermana?
Dudé y luego suspiré. Y se lo conté todo, con sinceridad y franqueza.
— Mi hermana tenía el pelo rizado sin necesidad de usar rizadores ni calor. Desde pequeña parecía una muñeca. Al ver mi cabello de repente me acordé de eso.
Weitz se rio suavemente, luego volvió a extender la mano y me cogió un mechón de pelo. Besó suavemente la punta y susurró:
— Te lo dije, tu hermana no me llama la atención. Yo te quiero a ti.
—Pero…
Como si le molestara mi inminente contraargumento, Weitz se acercó rápidamente. Me agarró por los hombros con ambas manos y mordió con fuerza la tela que los cubría.
Incluso cuando solo entrecerraba los ojos y sonreía, este hombre sensual me hacía sentir como si me estuviera apretando el corazón cuando se acercaba tanto. Lo empujé con ambas manos.
—¡Ya basta! ¡Para!
Aunque frunció el ceño, Weitz se retiró sin resistirse. Luego me miró como preguntando qué problema había. Yo grité, exasperada:
—¡Dijiste que esto era marcar!
—¿Y qué?
—¡Pero, Joonie! Parece que todos en este lugar pueden oler tu aroma. Es vergonzoso.
Parece que todos, tanto niños como adultos, conocen el aroma de Weitz, ¡pero no quiero anunciarlo tan abiertamente a todo el mundo!
—No te acerques. Tampoco me beses.
—Pero dijiste que eras mi mujer.
Weitz con una expresión extraña y ligeramente molesta, hizo pucheros con los labios.
—Tú fuiste quien dijo que vendrías a mi casa.
—No vine a hacer nada sospechoso, ¿sabes? Y, estrictamente hablando, no es una casa en la que vivas solo, ¿verdad?
Ante mis palabras, Weitz ladeó la cabeza y replicó.
—¿Sí es una casa donde vivo solo?
—Pero dijiste que había un administrador.
—Hmm, bueno…
Weitz se frotó la barbilla con un dedo y luego chasqueó los dedos.
—Será más rápido si te lo muestro.
Con un chasquido seco, un sonido como el de miles de hormigas arrastrándose llenó el aire. El escalofrío me hizo agarrar instintivamente el brazo de Weitz. Sin embargo, lo que apareció ante mis ojos era todo lo contrario a ese sonido inquietante: un algodón de azúcar blanco, bonito y de aspecto dulce.
—¿Eso… está vivo?
A primera vista, parecía crema batida con ojos, nariz y boca. Había alrededor de un centenar. Algunas tenían bandas de color rosa envueltas alrededor, creando un efecto marmoleado de varias capas, mientras que otras tenían un marmoleado de color menta.
—¿Qué es esto?
Eran absolutamente adorables.
Fascinada, me agaché frente a las cremitas batidas. Las “cremas batidas” retrocedieron en desbandada, como si se fijaran en mis reacciones. Parecían realmente seres vivas.
—Son los administradores de mi casa.
—Parece crema batida, ¿no?
—Algo así.
—¿Quieres decir que hay criaturas como estas?
Extendí la mano. La punta de mi dedo estuvo a punto de tocar a uno de los de marmoleado color menta, pero al final no me atreví.
«Podría morir por mi culpa.»
Pensando eso, no me atreví a tocarla a la ligera.
Weitz me observó mientras me detenía y doblaba los dedos con una mirada peculiar. Luego se rio suavemente y respondió.
— No están vivos. Bueno… aunque también podría decirse que sí.
—¿Qué se supone que significa eso?
Si están vivos, están vivos; y si están muertos, están muertos. ¿No?
Volví a mirar las cremas batidas. Me devolvían la mirada en masa, emitiendo un extraño sonido similar al graznido de un pato KYU KYU. Al ver que todos los ojitos se movían al unísono, encogí los hombros sin darme cuenta.
Weitz se acercó a mí y tocó ligeramente una de las cremas con el dedo. Pensando que se aplastaría, cerré los ojos con fuerza, pero los entreabrí ligeramente. Aunque era suave en la superficie, tal vez como un merengue, la crema batida permaneció perfectamente intacta.
Weitz acarició suavemente la crema como si estuviera tranquilizando a un cachorro y respondió.
—La mayoría de los seres espirituales son así. No te preocupes por intentar comprenderlo.
—¿Espirituales?
—Hmm, ¿quizás seres similares a los espíritus elementales?
—¿Entonces eres un invocador de espíritus?
Weitz chasqueó los dedos. Las cremas batidas hicieron el mismo sonido peculiar que cuando llegaron y salieron en estampida de la habitación. Me había preguntado por qué había un ruido de susurros; era porque se movían arrastrando sus redondos traseros por el suelo.
Weitz se encogió de hombros.
—No exactamente. Esos pequeños solo existen dentro de mi castillo.
—¿Por qué precisamente formas de crema batida? Al difunto Gran Duque de Rohard debían de gustarle mucho las cosas bonitas, ¿eh?
Incluso al desaparecer eran demasiado adorables. Moví los dedos con nerviosismo.
«Si hubiera sabido que no se aplastaban, los habría tocado todo lo que quisiera…»
Me quedó una espinita clavada. Mientras jugaba con los dedos para calmar esa pena, Weitz explicó con tono tranquilo:
—Tomaron la forma de crema batida porque la Santa así lo deseaba. El Dragón Astuto que la amaba tanto hizo todo lo que ella le pedía. Al final, incluso aceptó ser sellado.
—¿Qué?
Esto era nuevo para mí. Parpadeé sorprendida.
—¿Quién era la Santa? ¿No fue la familia Rohard quien selló al Dragón Astuto?
—Parece que los forasteros no conocen bien lo que ocurrió entonces.
Weitz se pasó la mano por el cabello. Su mirada rozó mi rostro. Me estaba mirando, pero sus ojos parecían fijos en algún lugar lejano.
—La Santa fue quien se encargó de Macura. Supongo que tenía más o menos tu edad. Afirmando que detendría al Dragón Astuto, vino sola hasta el norte, llevando consigo a Macura. El Dragón Astuto rindió homenaje a su noble determinación, y no tardó mucho en convertir ese homenaje en amor.
Era una historia de un pasado lejano. Una tierra misteriosa donde los monstruos podían transformarse en humanos y donde habitaba el ser más poderoso. Y la joven y hermosa Santa que vino a buscarlo.
Habría sido maravilloso que terminado con “Y vivieron felices para siempre”, pero la historia que siguió fue una tragedia.
— Ella se aprovechó de los sentimientos del Dragón Astuto. De no haber sido así, jamás habría quedado atrapado por algo como Macura. El dragón fue sellado, y el norte se convirtió en una tierra cerrada.
Tras explicar todo esto, Weitz añadió con una sonrisa burlona:
—Tienes razón. Ese tipo es un tonto.
Por un momento, me quedé sin palabras. Antes de venir al norte, todo lo que había oído era que el Dragón Astuto era la encarnación del mal absoluto.
Pero cuanto más oía aquí en el norte, más me parecía que el Dragón Astuto no era malvado en absoluto, sino gentil y amable. Poco a poco, abrí los labios.
—Eso es otra cuestión totalmente distinta.
Al oír mis palabras, Weitz frunció el ceño y me miró. Quizá porque yo también había confiado en Albert y en Mimi y había sido traicionada, apreté los puños con fuerza. Me parecía totalmente injusto que me llamaran tonta simplemente por amar y confiar en alguien.
— La persona mala es la que se aprovecha del afecto de otro. Eso es traición, y no es culpa del Dragón.
—….
Ante mis palabras, las pupilas negras de los ojos dorados de Weitz se entrecerraron ligeramente. Su mirada, fija en mí sin pestañear, era intensa.
—¡¿Qué he dicho mal ahora?
La última vez dijeron que el Dragón merodeaba por el norte… ¿serían más cercanos de lo que pensaba? Pensando que debía arreglar mis palabras, abrí la boca:
—Escucha, Weitz.
—Ya basta.
Pero mis palabras no salieron. Weitz me interrumpió con un tono firme.
— No digas más.
—¿Eh?
¿Que dejara de hablar? ¿Por qué?
Weitz se mordió el labio y se cubrió la cara con la palma de la mano. Mi hombro se estremeció al oír su profundo suspiro. Cuando bajó la mano, sus ojos brillaban como estrellas.
—¿Hasta dónde piensas llegar seduciéndome así?
—¿De qué estás hablando?
¿Quién está seduciendo a quién? Solo estaba diciendo que el Dragón Astuto no era un tonto, sino un dragón inocente.
«Ahora que lo pienso, fui yo quien lo llamó tonto primero.»
Si alguna vez lo vuelvo a ver, debería disculparme por llamarlo tonto.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: DULCINEA
RAWS: ACOSB